IV. LA PRENSA

En la citada entrevista de Ariel Montoya a Valle-Castillo, éste afirma con razón que los poetas han sido “nuestros profetas, nuestros guías, nuestros líderes”. Pero para tener una visión integral de la generación del 60, debemos aclarar que los poetas interrumpieron su labor de profetas y guías durante la década de los 80, en la cual el sandinismo ocupó el poder. Exaltados, como la gran mayoría de los nicaragüenses, por las promesas del sandinismo y la idea preconcebida que cada uno se había formado de la revolución, los poetas, con pocas excepciones, fueron absorbidos por el complejo aparato burocrático-cultural del sandinismo, que impuso una concepción del arte eminentemente político partidista (que en algunos poetas, sobre todo los más jóvenes, resultaba espontánea, debido al ambiente altamente politizado que se vivía).

Durante aquella década de deterioro económico y social, caracterizada por persecuciones y acoso a la oposición, a los medios independientes, a la empresa privada, a la Iglesia Católica, a los sindicatos autónomos y en general a todos los grupos humanos no afectos al sistema, la mayoría de los poetas permanecieron dentro de las estructuras de poder sandinistas, hasta la derrota electoral del 90 (unos pocos optaron por el exilio). Todos ellos, con pocas excepciones, reconocen actualmente las bondades del sistema democrático basado en las libertades públicas (que los sandinistas denominaban peyorativamente, “democracia burguesa”) y la necesidad de que los poetas mantengan su independencia de criterio (afirma Valle-Castillo, que fue asesor cultural del gobierno sandinista, que “el poder de la poesía reside en que es enemiga de todos los poderes humanos y divinos, del Poder en mayúscula” y que su función principal es recordarle al ser humano que es “humano y libre”).  Si alguno de ellos experimentó el cambio de perspectiva ideológica antes del 90, es difícil saber.

Es posible que algunos poetas hayan creído honestamente, y sigan creyendo, que la solución de los problemas sociales de Nicaragua es la implementación de un sistema totalitario (al estilo cubano), como el que los sandinistas trataron de imponer (muchas personas continúan identificando dicho sistema con los ideales de justicia social que pregona, no con los mecanismos represivos que lo sustentan y constituyen su verdadera esencia, los cuales tienden a agudizar los problemas sociales que el sistema pretende resolver); otros permanecieron en sus puestos por seguridad y comodidad (algunos ocupando cargos que carecían de una clara definición de funciones), con la posibilidad de viajar al exterior y codearse en Nicaragua, en calidad de cicerones, con figuras internacionales de la talla de Cortázar, Evtushenko y Ginsberg, que visitaban el país en aquella época. Vivían en una torre de marfil, pintada por fuera de rojo y negro.

Hay que tener en cuenta que en la década de los 80, la empresa privada (en todos sus niveles) fue sometida a un constante proceso de hostigamiento, con miras a su total aniquilación, por lo que no se encontraba en condiciones de acoger a las personas que abandonaban sus puestos en el gobierno. Para éstas, la opción más viable era el exilio (al que se sumaron poetas como Xavier Argüello, director de Nicarahuac, y Guillermo Menocal, ministro consejero en los países subsaharianos). En la época anterior a la revolución, una empresa privada próspera (que incluía centros de enseñanza, medios de comunicación e instituciones culturales), en su mayor parte ajena al somocismo, permitía a poetas y artistas desarrollar su obra desde posiciones de desafío a la dictadura, siempre que ésta no detectara alguna relación directa con el entonces movimiento guerrillero sandinista (como fue el caso de Carlos Alemán Ocampo, el miembro de la generación del 60 que más tiempo pasó en la cárcel). 

Cuando pocos meses después del triunfo de la revolución, tras un intento de toma del diario por los elementos pro-sandinistas que laboraban en él (cisma que dio origen al Nuevo Diario), La Prensa rompió sus lazos con el Frente, la Literaria, por orientación de la cúpula sandinista, fue abandonada por los poetas que ocupaban cargos dentro del nuevo gobierno. P.A.C., que dirigía el diario desde el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en 1978, se convirtió en símbolo de la independencia ideológica de los intelectuales ante el régimen frentista. 

Continuaron publicando en la Literaria los poetas que trabajaban en La Prensa, como Cajina Vega y Juan Velásquez, y algunos que residían en el exterior como Salvador Murillo y Jorge Eduardo Argüello (que aparece en algunas antologías como Eduardo Argüello Sansón). Adriana Guillén, que publicaba sus poemas con seudónimo, se incorporó a La Prensa como reportera, habiéndose distinguido por sus amplios reportajes sobre el éxodo de pueblos indígenas de la Costa Atlántica a Honduras, huyendo del sistema marxista leninista que se les quiso imponer. La campaña de hostigamiento desatada en su contra, la obligó a exiliarse. 

Con algunas excepciones, los pocos poetas que permanecieron en Nicaragua desligados de la burocracia cultural, optaron por guardar silencio, manteniendo un perfil bajo, lo que en aquellos tiempos convulsos parecía lo más sensato (la Literaria suplió las ausencias con poetas espontáneos y colaboraciones internacionales). De los poetas ligados al sandinismo, sólo Jorge Eduardo Arellano y Beltrán, que por su carácter excéntrico estaba más allá de toda represalia, se aventuraban a entrar en las instalaciones del diario a saludar “al poeta Pablo”. 

A principios del año 1980,  reanudé, con la colaboración de Ramiro Argüello, mi sección de crítica de cine en la Literaria, que había suspendido durante los ocho meses que pertenecí, por nombramiento unilateral de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, a la comisión coordinadora del Instituto Nicaragüense de Cine. Condicioné mi aceptación de tal cargo a que fuera ad-honorem y a tiempo parcial, para poder escabullirme sin complicaciones burocráticas, cuando el ambiente cuartelesco de aquella institución (dedicada a la producción de documentales de propaganda gubernamental, a la prohibición de películas y a impedir que se hiciera cine fuera de las estructuras creadas por el FSLN) me resultara irrespirable (como en efecto sucedió). Curiosamente, mi separación de INCINE coincidió con el cisma en La Prensa y con las renuncias de Alfonso Robelo y Violeta Barrios de la Junta de Gobierno, que dieron fin a la ilusión de pluralismo dentro de la revolución.   

Los comandantes sandinistas consideraban a La Prensa (que había ejercido durante varias décadas una tenaz oposición a la dinastía somocista), su mayor enemigo interno. El diario fue víctima de constantes ataques verbales y físicos (incluyendo asaltos de las turbas) y cierres frecuentes, hasta su clausura, por decreto gubernamental, en 1986 (se volvió a abrir quince meses después, a raíz de los acuerdos de Esquipulas entre los presidentes centroamericanos, promovidos por el presidente de Costa Rica Oscar Arias, con el propósito de democratizar y pacificar la región). 

Es curioso que se esté tratando de ignorar la significación política de P.A.C. en la década de los 80. En la minuciosa cronología de su vida que aparece en el número 14/15 de la revista Decenio dedicado al poeta (nacido en 1912), al llegar a esa década, no se hace ninguna referencia a su condición de crítico de la gestión gubernamental del Frente, lo que lo convirtió en blanco de ataques constantes y de una campaña de desprestigio dentro y fuera del país, tan despiadada que en algunos círculos extranjeros pro-sandinistas (siempre tan desinformados), se le conceptúa como somocista, a pesar de su larga trayectoria como opositor al gobierno de los Somoza (P.A.C. fue uno de los muchos opositores que guardaron prisión tras la muerte del fundador de la dinastía en 1956). 

En un artículo del mismo número de Decenio, al referirse a la posición política de P.A.C. en la década de los 80, el escritor Erick Aguirre menciona en forma enigmática “la exagerada hostilidad de Cuadra ante una circunstancia amarga pero hasta cierto punto comprensible”. Curiosa conceptuación, cuando lo verdaderamente desproporcionado fue la reacción del FSLN contra P.A.C. por ejercer su deber como intelectual de mantener su independencia de criterio, advirtiendo desde una posición de absoluta madurez, las nefastas consecuencias que el rumbo totalitario que los comandantes impusieron al proceso revolucionario, traería al país. La historia (como con gran honestidad reconoce Valle-Castillo) “ha terminado dándole la razón”.    

 

V. LA POESÍA

La antología de poesía nicaragüense elaborada en 1963 por P.A.C. y Rolando Steiner para El Pez y la Serpiente No. 4, y la de Ernesto Cardenal, publicada por la Editorial Lohle de Buenos Aires en 1971, pueden considerarse como definitivas con respecto a los poetas nacidos antes de 1935. En cambio, la poesía de la generación del 60 continúa desperdigada en periódicos y revistas, sin que ninguna antología haya logrado reflejarla a plenitud. 

En la citada antología de Cardenal y en la reedición en 1972 de la antología del Número 4 del Pez y la Serpiente (con la adición de algunos poetas jóvenes), así como en la antología de la generación del 60 publicada en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación de julio de 1989 (incorporada parcialmente a la segunda edición de la Antología General de la Poesía Nicaragüense de Arellano), aparecen poemas emblemáticos de aquella generación: Mi novia de Octavio Robleto, Canto para poner a Dios de moda de Horacio Peña, Rama de Uriarte, El espectro de la rosa de J. Cabrales, Palabras a María de Beltrán, O quan te memoren virgo de Arellano, Son los muchachos de M. Santos, Chichigalpa de F. Santos, Cuando yo me casé de Vidaluz Meneses, Como la tormenta de M. Najlis, Amo a los hombres y les canto de Gioconda Belli (con influencia de Whitman), Un beso sobre la tumba es vida, de Rosario Murillo y ¿Que cómo es Nicaragua? de Carlos Perezalonso, escrito en los años 70, pero que llegó a tener en la década siguiente (“...con pueblitos y soldaditos y soldaditos y soldaditos...”) una vigencia que su autor no pudo haber imaginado. La obra de poetas como Ana Ilce, Christian Santos, Félix Navarrete, Raúl Xavier García, Francisco Valle, Ruby Arana, Sandor Pallais, Napoleón Fuentes, Carla Rodríguez (que no tiene libro publicado), Álvaro Urtecho, Guillermo Menocal, Alberto Cuadra, Alejandro Bravo y Yolanda Blanco (que marca el límite cronológico de la generación), merece una revaluación exhaustiva para que sean debidamente representados en futuras antologías. 

Muchos de los mejores ejemplos de la poesía de la generación del 60 se encuentran en las páginas amarillentas de las colecciones de La Prensa Literaria y en otras publicaciones sueltas. En ninguna antología figura Sinfonía para los peces en Sim-Saima-Si Mayor de Carlos Rigby, uno de los mejores ejemplos de poesía afroantillana  a nivel continental; Silencio, sólo el rumor de Nicolás Navas; Domingo, una miniatura de Fanor Téllez digna de Fra Angélico; esa filigrana de imágenes y colores de Francisco de Asís Fernández titulada Biografía de Honey, ignorada quizá por su aparente frivolidad; la majestuosa Elegía a la muerte de mi padre de Ligia Guillén (escrita en el exilio) o el extenso poema de Edwin Yllescas, Escenas y episodios (con foto de la actriz Faye Dunaway en Bonnie y Clyde), del cual el poeta incluyó una versión mutilada (con otra foto) en Algún Lugar de la memoria. Este poema, en su versión íntegra (Edwin tuvo problemas con la familia de un joven estiliano que en el poema aparecía como caído en la guerra del Vietnam) es el que mejor refleja la influencia que la poesía de Yllescas ejerció en Rugama (algo excepcional, pues los poetas del 60 no crearon escuela), y debe ser rescatado para la posteridad en futuras antologías ... con la foto de Faye Dunaway.