La generación del 60: piezas de un rompecabezas

Franklin Caldera 


I. La India

II. La Tortuga

III. La política

IV. La Prensa

V. La poesía


Poemas emblemáticos de la Generación del 60


 

 
 

 La gran cantidad de poetas nicaragüenses surgidos entre 1960 y 1979, que integran la llamada “generación del 60”, dificulta la elaboración de una historia precisa y bien documentada de esa generación. Lo que existe es un rompecabezas con muchas piezas sueltas. Entrevistas como la publicada en la revista Decenio a Julio Valle-Castillo, ayudan a conformar una visión coherente de la misma.

Valle-Castillo, nacido en 1952, no vivió lo que para mí fue la pieza fundamental de mi propia experiencia dentro de esa generación: la cafetería La India, en su configuración inicial.

  

I. LA INDIA

Beltrán Morales, Edwin Ylllescas y Jorge Eduardo Arellano

El 11 de noviembre de 1968 el poeta Beltrán Morales presentó en la Prensa Literaria (suplemento del diario La Prensa) a “3 poetas nuevos”. Éramos Álvaro Urtecho, Xavier Argüello y el que escribe estas notas, con 17, 18 y 19 años de edad, respectivamente. Esta presentación en “la Literaria” justificó nuestro ingreso en lo que en otra ocasión denominé “la Mesa Redonda del Algonquin” (o el café Pombo) de la generación del 60: La cafetaría “La India”.

Su encanto radicaba en que no fue establecida como punto de reunión de intelectuales, como las librerías-café de la actualidad. Su adopción espontánea como tal se debió a su ubicación estratégica: media cuadra arriba del Palacio de Comunicaciones, cerca tanto de la Escuela Nacional de Bellas Artes, hábitat de pintores y escultores, como del diario La Prensa, donde los lunes los poetas entregábamos nuestros poemas (doblados en el bolsillo de la camisa) a Pablo Antonio Cuadra, codirector del diario y director de la Literaria. Cruzando en dirección al lago de Managua el amplio estacionamiento de Comunicaciones se llegaba a la calle del Triunfo, donde, hacia abajo, estaba La Prensa, y hacia arriba, Bellas Artes. P.A.C. y Luis Rocha seleccionaban los poemas con criterio sumamente riguroso, por lo que ser publicado en la Literaria equivalía a tomar la alternativa

“La India” era un amplio salón, sin pretensiones intelectuales, con una barra, un regular número de mesas (atendidas por la Coquito) y un patio interior al fondo. A partir de noviembre del 68 y durante gran parte del 69, ocupé mi lugar en la mesa redonda de la cafetería, en realidad, varias mesas que se juntaban para que los poetas discutieran entre cigarrillos, tazas de café y vasos de agua. 

Ocupar un escaño en esa mesa no era fácil, pues el aspirante era sometido a un proceso de iniciación (similar al de una fraternidad universitaria) que implicaba una serie de abusos verbales que espantaban a los más sensibles. Las reuniones se desarrollaban casi a diario debido a que la mayoría de los asistentes estudiábamos en la UCA. Algunos entrábamos en la universidad, temprano por la mañana para salir al mediodía y volver a entrar por la noche; otros estudiaban sólo por la noche y por el día desempeñaban trabajos de tiempo parcial que les permitían dedicar parte del día a la literatura y la bohemia.

En primera fila, Lizandro Chávez Alfaro (en medio),  Roberto Cuadra (der.). Segunda fila, Juan Aburto y Carlos Perezalonso

Entre los habitués se encontraban, Beltrán Morales, Julio Cabrales, el narrador Carlos Alemán Ocampo (asistente de Rodrigo Peñalba en Bellas Artes), Jorge Eduardo Arellano, Edwin Yllescas, Francisco de Asís Fernández, el (futuro) crítico de cine Ramiro Argüello, Iván Uriarte, Roberto Cuadra (cofundador con Yllescas del núcleo de agrupamiento denominado “Generación Traicionada”), Ciro Molina, Octavio Robleto, Michele Najlis (ocasionalmente), y una gran cantidad de poetas que a veces llenaban  todo el local.

 

Comenzaron a frecuentar “La India” en el 68 los hermanos Mario y Francisco Santos, frescos de su estancia en Solentiname (“Los únicos santos que había en Solentiname” según Beltrán). Los pintores (Pérez de la Rocha, Vanegas, Sobalvarro, Leoncio Sáenz, Genaro Lugo, Efrén Medina y la pintora primitivista de Bluefields, June Beer, entre otros)  tenían sus propias mesas, aunque con frecuencia poetas y pintores compartían en comunidad. En una etapa anterior a mi incorporación a “La India”, había dominado con su agudeza las conversaciones, el dramaturgo Rolando Steiner, pero ya para finales de la década se había retirado, quizá por distanciamiento con alguno de los poetas. Otros que la habían frecuentado anteriormente, se encontraban en el exterior o habían dejado de asistir.

Visitaba La India el poeta carpintero Pedro Pablo Espinoza, siempre tratando de recoger firmas para alguna organización de intelectuales que quería fundar, pero se le hacía el vacío debido a su filiación somocista (P.P.E. fue muerto en medio del furor de la insurrección del 79, muerte inútil por más que se la quiera justificar, sobre todo teniendo en cuenta la facilidad con que tantos adeptos del ancient régime lograron adaptarse a la Revolución).

 La presencia de las poetas que se afianzaron como grupo en los años 70 no fue dominante en “La India” (la mayoría de ellas estaban casadas y criando hijos pequeños o eran todavía colegialas). Sus principales espacios de militancia fueron el Grupo Gradas, fundado a mitad de los 70 como brazo cultural del movimiento preinsurreccional, y los recitales de poesía femenina que se desarrollaron en el Paraninfo de la Universidad de León.

Octavio Robleto asistía con más asiduidad a “La Espuela” (entre la Bolívar y la Roosevelt), propiedad del arquitecto Sam Barreto, donde por las tardes pontificaba el poeta y cuentista Mario Cajina Vega (1929-1995). Cajina Vega y Robleto eran denominados respectivamente, “el barón” y el “gran maestro”. Frecuentaba “La Espuela” la poetisa Ana Ilce, usualmente acompañada por Charles Pierson,

Yolanda Blanco, Guillermo Menocal y Ana Ilce

director de la Alianza Francesa y editor de la Revista Conservadora, en la que Beltrán laboraba como corrector de pruebas. Recuerdo en “La Espuela” una acalorada discusión en torno a la novela “El Comandante” de Fernando Silva; Beltrán atacándola, Uriarte defendiéndola. Pero era Yllescas quien ejercía con más autoridad la crítica literaria verbal, implacable y mordaz, indispensable para discernir entre lo bueno y lo malo, disciplina que en Nicaragua ha sido sustituida por la interpretación de textos (sin juicio valorativo) y el análisis sociopolítico.

La generación del 60 se vio marcada por la influencia de la poesía estadounidense del siglo XX, especialmente la del movimiento “beat” (a través de las traducciones de Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho); de los poetas nicaragüenses Ernesto Cardenal (exteriorismo y mensaje político) y Carlos Martínez Rivas (poesía epigramática y experimentación verbal); del boom de la novela latinoamericana; de poetas suramericanos como Neruda, Vallejo y Parra; de algunos españoles de la generación del 27 y de novelistas traducidos como Dostoievski, Stendhal, Swift, Mann, Hesse, Nabokov, Faulkner, Hemingway y Scott Fitzgerald. La generación también se vio marcada por la oposición a la dictadura de Somoza y la mistificación de la revolución marxista leninista, que se perfilaba como inminente. Uriarte y Julio Valle-Castillo han aplicado el término de neovanguardia a esta generación (que por características comunes debe incluir a poetas surgidos hasta poco antes del triunfo de la Revolución Sandinista), reservando el de posvanguardia para la generación del 40, lo cual es perfectamente válido y debe tomarse en cuenta en futuras antologías.

A Darío se le tenía sumo respeto, pero continuaba hacia su obra el distanciamiento estratégico impuesto por el movimiento de vanguardia en los años 40, necesario para que la poesía nicaragüense se pudiera renovar (no olvidemos que a la española le tomó 300 años liberarse del influjo del siglo de oro). De su obra se prefería lo más esotérico, como el poema “Peregrinaciones” o la “Epístola a la señora de Leopoldo Lugones”.

 

II. LA TORTUGA

“La India” era punto de reunión durante el día. Entrada la noche, sobre todo los fines de semana, los poetas más dionisíacos frecuentábamos la discoteca sicodélica denominada La Tortuga Morada o el restaurante Munich, que nunca cerraba. Puntos de reunión sabatinos eran la cantina del legendario Cachecho, en el barrio Santo Domingo, donde se jugaba cuchumbo, o las humildes cantinas de la estación, cerca del lago, en especial La Pecera y la Pecerita, en las que se consumía guaro lija con jocote.

Hace poco se publicó un libro sobre la Tortuga Morada (escrito por Miguel Bolaños) en el que se habla de las bandas de música rock que la animaban. Pero no se destaca el principal enlace de La Tortuga con el mundo literario: los recitales de poesía que se llevaron a cabo allí, durante los primeros meses del año 69. Dimos inicio a esos recitales Alemán Ocampo, Xavier Argüello, Julio Cabrales y el que escribe estas notas.

Julio leyó unos poemas de amor de tono sombrío, inspirados por una joven que, al rechazarlo después de un brevísimo romance, aceleró el proceso de enajenamiento que lo llevaría a su total marginación del mundo cultural. Esa misma joven (perteneciente a la burguesía capitalina, el tipo de muchacha blanca de cabellos claros y lisos idealizada por los comandantes sandinistas, como lo consignó Omar Cabezas en La montaña es algo más que una inmensa estepa verde) había sido novia de Beltrán y el súbito rompimiento con éste exacerbó muchos de los fantasmas internos que lo atormentaron hasta su muerte prematura en 1986. Cabe agregar que esta femme fatale (físicamente parecida a la Severine de Buñuel, pero por su temperamento, más afín a la Catherine de Truffaut) es la “Lucy” a la que Yllescas dedica una parte de sus poemas recopilados en Algún lugar de la memoria.

La Tortuga fue símbolo de la influencia de la contracultura hippy estadounidense en Nicaragua, que enarbolaba el rock, el amor libre y las drogas como elementos de desafío al establishment.  De este ambiente contracultural iban a surgir algunos cuadros intermedios del sandinismo. Pero entre los poetas dominaba más la dipsomanía que la toxicomanía. 

 

III. LA POLÍTICA

La política, que desde el inicio de la década de los 60 fue un imperativo categórico en nuestra cultura, no estaba ausente de “La India”. Desde mi presentación en La Literaria, Beltrán se había convertido en mi mentor, pero más que guía literario, centró su labor en convencerme de las bondades del comunismo (un comunismo que él pintaba, color de rosa). Algunos de los libros que me dio a leer habían pertenecido al poeta revolucionario Fernando Gordillo, fundador del grupo “Ventana” (otro núcleo de la generación del 60), fallecido a los 26 años, después de una larga enfermedad. Cuando Beltrán observó mi receptividad (el marxismo es doctrina pegajosa para los jóvenes; como dijo Errol Flynn: “El que no es comunista antes de los 30, no tiene corazón; el que lo sigue siendo después de los 30, no tiene cabeza”), me pidió que me reuniera en “La India” con el poeta Leonel Rugama (estiliano, ex seminarista, hijo de una maestra y un campesino obrero), miembro del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), entonces en la clandestinidad.

La reunión se efectuó una tarde en la que no había nadie en la cafetería. Rugama y yo éramos de la misma edad y teníamos la misma talla (1 m. 65 cm.). Durante más de dos horas, ante una botella de Coca-Cola y varias tazas de café, trató de convencerme con argumentos contundentes de que era deber ineludible de todo joven consciente sumarse a la lucha armada. Yo escuché con atención, pero cuando mi conversación comenzó a girar en torno a problemas amorosos (acababa de sufrir esa primera desilusión que exacerba el temor de no ser amado nunca), Rugama, hombre muy perspicaz, comprendió que no tenía madera de guerrillero, lo que no impidió que entre ambos surgiera una amistad que duró hasta su muerte, aunque nunca me volvió a hablar de política.

Cuando Rugama, usando por motivos de seguridad el seudónimo de Francisco Rugama, dio un recital en el Paraninfo de la Universidad de León, le pidió a Beltrán que yo lo acompañara. Beltrán inició el recital. Yo leí a continuación mi poema a Toulouse-Lautrec con el que había sido presentado en la Literaria. Para cerrar, Leonel leyó por primera vez su poema antiimperialista, “La Tierra es un satélite de la luna”, que dejó perplejo al auditorio. Al terminal el recital, los oyentes lo rodearon para felicitarlo, mientras yo permanecía ignorado, en un rincón del pasillo (en medio de aquel jolgorio maximalista, mi poema al trágico pintor impresionista, que exaltaba el individualismo y la soledad como proyectos de vida, debió haber caído como balde de agua fría). Sólo el siquiatra Jacobo Marcos se acercó a saludarme.

En enero de 1970, Rugama murió, se autoinmoló diría yo, en un enfrentamiento con elementos de la guardia nacional que se presentaron en la casa de seguridad que habitaba, para arrestarlo. Mi reacción a su muerte fue considerarme indigno de escribir poemas si este joven de mi edad había tenido el valor de dar testimonio de sus ideas con su vida. Dediqué a su memoria el último poema que escribí antes de iniciar un período de interrupción de mi labor poética de casi treinta años, “Un poeta más bien callado”, publicado en la revista Taller de la Universidad de León. Durante ese período me dediqué a la crítica de cine.

Esa intensa vida intelectual transcurría en el casco de la vieja Managua, donde se podía ir a pie a todas partes; la moneda no se devaluaba y los negocios no quebraban nunca: puntos obligados de reunión como el Gambrinus, el Bonbonier, la clásica Barbería de Julio Gutiérrez, llamada posteriormente “El Estilo”, la Tipografía Asel (de Adán Selva, administrada a finales de los 60 por su hijo Mario), la Farmacia San Antonio, el almacén Carlos Cardenal (que tenía la única escalera mecánica del país), el Gran Hotel (con atmósfera de film noir),  los tres cines de estreno (González, Margot y Salazar) y el mítico Tropical (el Cinema Paradiso de los managuas), por nombrar sólo unos pocos, permanecieron en su mismo lugar durante mi infancia y adolescencia (transcurridas en el segundo piso del Edificio Paiz, donde mi padre tenía su oficina), hasta que todo fuera destruido por el terremoto del 72 (Comunicaciones y el Palacio Nacional fueron de las pocas estructuras que sobrevivieron, como testimonio físico de que aquel microcosmos realmente existió). 

La fama de la Cafetería “La India” como punto de reunión de poetas y artistas la hizo objeto de una remodelación a finales del 69: puertas de vidrio, aire acondicionado, asientos de cuero rojo. Esta es “La India” que conocieron algunos poetas que llegaron a Managua a principios de la década de 1970, como los granadinos Guillermo Menocal y Alberto Cuadra, y otros poetas que empezaron a publicar en esa misma época. Sólo visité una vez la cafetería remodelada. Había perdido para mí su encanto. Poco después fue destruida por el terremoto del 72. No hay evidencia física de su existencia. ¡Ni siquiera una foto! 

IV. La Prensa

V. La poesía