Homenaje al solitario insurrecto


En 1954, tras escaso año de la publicación de La Insurrección Solitaria, Octavio Paz daba cuenta de su admiración por la legítima defensa que un joven sublevado había puesto en escena.

"Con el redoble de un tambor en el centro de una pequeña Plaza de Armas", anunciamos una ingrata noticia:
Carlos Martínez Rivas, el insurrecto solitario, el urdidor de mentiras sin mácula, quien se dio a planear crímenes perfectos de la palabra, la madrugada del martes 16 de junio de 1998, salió a reposar en lo seguro; encontró por fin lugar donde reclinar la cabeza.

El equipo de Dariana no acierta más que a remitir a sus lectores al Canto Fúnebre que el propio Martínez Rivas, con tinta sangre, escribió a la muerte de otro tocado por la gracia, Joaquín Pasos.


Otros poemas de La insurrección solitaria

Selección de su obra varia

CMR y la crítica

Ars poética


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Legítima defensa

La espléndida constelación poética que forman, entre otras obras admirables, Trilce, Altazor, Residencia en la tierra, Muerte sin fin, Nostalgia de la muerte, no parece haber sido substituida por un sistema estelar de magnitud semejante. Entre la luz de esos grandes nombres nocturnos y la poesía solar que acaso de prepara ya en alguna prte de América, hay un espacio neutro, Hora indecisa. Más en los últimos años han brotado, aquí y allá. signos y anuncios de una nueva época poética. En Cuba, el grupo de "Orígenes": Lezama Lima, Vitier, Eliseo Diego. En Perú, en torno a la desaparecida revista Las Moradas, animada por Westphalen y César Moro. En Buenos Aires, la poesía luminosa y fácil de Enrique Molina (fácil en el sentido en que son fáciles el crecer del árbol, la vegetación del mar o la sucesión de imágenes del sueño), el decir concentrado y ascético de Guirri, el boscoso lenguaje -- ora sombrío, ora brillante -- de Eduardo Lozano. En Chile, Nicanor Parra, Braulio Arenas, Anguita, Gonzalo Rojas... Y cerca de nosotros, en la pequeña Nicaragua, un grupo de poetas que recogen el ejemplo de Salomón de la Selva, que "si no ha creado muchos poemas, en cambio ha creado a varios poetas", Joaquín Pasos, gran talento poético que antes de morir cantó la rebelión de las cosas, como en el Popol Vuh; Pablo Antonio Cuadra y tres jóvenes: Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal y Ernesto Mejía Sánchez. Cada uno distinto. Cada uno poseído por su propia palabra poética, dueña de un pico que desgarra y de una ala que deslumbra. Mejía Sánchez inventa exorcismos para librarse de la suya, sin conseguirlo. Cardenal la echa a volar, palabra colibrí. Martínez Rivas la pule como un arma. Cada uno distinto, pero todos inclinados hacia el abismo, porque "de lo seguro salieron a reposar en lo inseguro", según dice Martínez Rivas. Atentos a esa palabra que "como lomo de paloma amarillea" y se resiste a la domesticidad y

Vuela saca las uñas duerme
vive ahí
¿en dónde? ¡aquí ¡aquí!, en el entornado
desierto mundo del amanecer.

Ahora, tras años de vagabundeo (dudando siempre entre "aprender a sentarse y espezar a tener una cara" o continuar la lucha con la poesía sin incurrir en el poema), con un gesto contradictorio, hosco y cordial a un tiempo, Carlos Martínez Rivas nos ofrece su primer libro: La insurección solitaria. ¿Una nueva versión del poeta rebelde? Sí y no. Rebelión y aislamiento pero también búsqueda y reconocimiento de sí mismo y del mundo. A diferencia de otros rebeldes, Martínez Rivas no quiere ser dios, ángel o demonio; si pelea, es por alcanzar su cabal estatura de hombre entre los hombres. Su rebelión es contra lo inhumano. La rebelión solitaria es legítima defensa, pues ahí, enfrente actual y abstracta como la policía, la propaganda o el dinero, se alza

La ola de la Tontería, la ola
tumultuosa de los tontos, la ola
atestada y vacía...

El joven lucha contra la ola con uñas y dientes y palabras. Sobre todo con palabras, únicas armas del poeta. Palabras sacadas de su "propio negro corazón tornasol". De sí mismo saca los signos del poema, "las letras de hoy, los calamares en su tinta", y los ve saltar, negros sobre lo blanco del papel, y se hunde en ellos, y nada, traga amargura, rabia y amor, hasta que nace el canto "crédulo e irritado". Credulidad del canto puro, que entona con voz segura, aunque irritada, el poeta. Fidelidad a su palabra, "a su pentecostés privado", mientras retornan "esos tiempos que el hombre ya ha conocido antes". La poesía de Martínez Rivas es un canto de espera, un canto de presente entre los tiempos de antes y los venideros.


Esos tiempos de antes son los de la palabra en común que han de volver. Martínez Rivas escribe para ellos desde su hoyo presente, desde su agujero de escorpión, desde su nido de águila. Escribe solo, "retirado a su tos", porque hoy "la juventud no tiene donde reclinar la cabeza". Una y otra vez el joven se pone de pie, sale, rompe a hablar, toca con aire atónito el pecho de la gran diosa dormida, "piedra vestida por la sombra y desnudada por el sol". Y luego vuelve a sí mismo, vuelve a lo mismo: al cuerpo a cuerpo con la palabra, a su vocación de asir lo inasible, a acechar el mínimo remolino del la savia que avanza e estalla en frutos. A lo mismo de siempre: a dar nombres hermosos al caos amanazante. Un joven más entregado a la poesía; un nuevo, verdadero poeta -- y la segura promesa de un gran poeta; y la lucha contra el amanecer y sus ruidos obscenos; y el empezar de cada día, inerme ante el idioma enemigo. Empezar y volver a empezar. La atroz y renovada profecía de Rimbaud: "Vendrán otros horribles trabajadores y comenzarán por los horizontes en donde el otro ha caído". Carlos Martínez Rivas es uno de ellos.

México, 1954

Octavio Paz
(tomado de Las peras del olmo, Editorial Seix Barral, S.A., 1983)

 
 
Webmaster: Yolanda Blanco,  Ecorama Publishing Services
Correo | © 1996 Dariana