La espléndida constelación poética que forman,
entre otras obras admirables, Trilce, Altazor, Residencia en la tierra,
Muerte sin fin, Nostalgia de la muerte, no parece haber sido substituida
por un sistema estelar de magnitud semejante. Entre la luz de esos grandes
nombres nocturnos y la poesía solar que acaso de prepara ya en alguna
prte de América, hay un espacio neutro, Hora indecisa. Más
en los últimos años han brotado, aquí y allá.
signos y anuncios de una nueva época poética. En Cuba, el
grupo de "Orígenes": Lezama Lima, Vitier, Eliseo Diego.
En Perú, en torno a la desaparecida revista Las Moradas,
animada por Westphalen y César Moro. En Buenos Aires, la poesía
luminosa y fácil de Enrique Molina (fácil en el sentido en
que son fáciles el crecer del árbol, la vegetación
del mar o la sucesión de imágenes del sueño), el decir
concentrado y ascético de Guirri, el boscoso lenguaje -- ora sombrío,
ora brillante -- de Eduardo Lozano. En Chile, Nicanor Parra, Braulio Arenas,
Anguita, Gonzalo Rojas... Y cerca de nosotros, en la pequeña Nicaragua,
un grupo de poetas que recogen el ejemplo de Salomón de la Selva,
que "si no ha creado muchos poemas, en cambio ha creado a varios poetas",
Joaquín Pasos, gran talento poético que antes de morir cantó
la rebelión de las cosas, como en el Popol Vuh; Pablo Antonio
Cuadra y tres jóvenes: Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal
y Ernesto Mejía Sánchez. Cada uno distinto. Cada uno poseído
por su propia palabra poética, dueña de un pico que desgarra
y de una ala que deslumbra. Mejía Sánchez inventa exorcismos
para librarse de la suya, sin conseguirlo. Cardenal la echa a volar, palabra
colibrí. Martínez Rivas la pule como un arma. Cada uno distinto,
pero todos inclinados hacia el abismo, porque "de lo seguro salieron
a reposar en lo inseguro", según dice Martínez Rivas.
Atentos a esa palabra que "como lomo de paloma amarillea" y se
resiste a la domesticidad y
Vuela saca las uñas duerme
vive ahí
¿en dónde? ¡aquí ¡aquí!, en el
entornado
desierto mundo del amanecer.
Ahora, tras años de vagabundeo (dudando siempre entre "aprender
a sentarse y espezar a tener una cara" o continuar la lucha con la
poesía sin incurrir en el poema), con un gesto contradictorio, hosco
y cordial a un tiempo, Carlos Martínez Rivas nos ofrece su primer
libro: La insurección solitaria. ¿Una nueva versión
del poeta rebelde? Sí y no. Rebelión y aislamiento pero también
búsqueda y reconocimiento de sí mismo y del mundo. A diferencia
de otros rebeldes, Martínez Rivas no quiere ser dios, ángel
o demonio; si pelea, es por alcanzar su cabal estatura de hombre entre
los hombres. Su rebelión es contra lo inhumano. La rebelión
solitaria es legítima defensa, pues ahí, enfrente actual
y abstracta como la policía, la propaganda o el dinero, se alza
La ola de la Tontería, la ola
tumultuosa de los tontos, la ola
atestada y vacía...
El joven lucha contra la ola con uñas y dientes y palabras.
Sobre todo con palabras, únicas armas del poeta. Palabras sacadas
de su "propio negro corazón tornasol". De sí mismo
saca los signos del poema, "las letras de hoy, los calamares en su
tinta", y los ve saltar, negros sobre lo blanco del papel, y se hunde
en ellos, y nada, traga amargura, rabia y amor, hasta que nace el canto
"crédulo e irritado". Credulidad del canto puro, que entona
con voz segura, aunque irritada, el poeta. Fidelidad a su palabra, "a
su pentecostés privado", mientras retornan "esos tiempos
que el hombre ya ha conocido antes". La poesía de Martínez
Rivas es un canto de espera, un canto de presente entre los tiempos de
antes y los venideros.
Esos tiempos de antes son los de la palabra en común que han de
volver. Martínez Rivas escribe para ellos desde su hoyo presente,
desde su agujero de escorpión, desde su nido de águila. Escribe
solo, "retirado a su tos", porque hoy "la juventud no tiene
donde reclinar la cabeza". Una y otra vez el joven se pone de pie,
sale, rompe a hablar, toca con aire atónito el pecho de la gran
diosa dormida, "piedra vestida por la sombra y desnudada por el sol".
Y luego vuelve a sí mismo, vuelve a lo mismo: al cuerpo a cuerpo
con la palabra, a su vocación de asir lo inasible, a acechar el
mínimo remolino del la savia que avanza e estalla en frutos. A lo
mismo de siempre: a dar nombres hermosos al caos amanazante. Un joven más
entregado a la poesía; un nuevo, verdadero poeta -- y la segura
promesa de un gran poeta; y la lucha contra el amanecer y sus ruidos obscenos;
y el empezar de cada día, inerme ante el idioma enemigo. Empezar
y volver a empezar. La atroz y renovada profecía de Rimbaud: "Vendrán
otros horribles trabajadores y comenzarán por los horizontes en
donde el otro ha caído". Carlos Martínez Rivas es uno
de ellos.
México, 1954
Octavio Paz
(tomado de Las peras del olmo, Editorial Seix Barral, S.A., 1983)