Mario Cajina Vega

 

CARTEL

La revolución es un pupitre,
es un estante en una escuelita
toda llena de lápices y papeles.

La revolución es el vestido,
es el estreno de los pobres en Domingo
y el pantalón y la camisa limpia para cada día.

La revolución es la comida,
es una mesa servida con su pichel de agua
y el tenedor y el cuchillo
sobre le mantel a cuadros,
teniendo además otro cubierto listo
por si acaso se aparece una visita.

La revolución es la teirra,
son los arados surcando los maizales
y una familia de azadones cultivando hortalizas.

La revolución es el trabajador
(La revolución es el obrero con una flor)

La revolución es el hombre
es el amigo que no piensa lo mismo
y vota en contra y sigue siendo el mismo amigo.

La revolución es el indio.

La revolución es un libro y un hombre libre.





CIUDAD MASAYA

44 mil habitantes. Siete iglesias.
Y un Santo.
Caseríos indios despeinado los cerros
y la raya del arado volviéndose a peinar.
Tardes de aguardiente franco y marimbas enamoradas.
La Alcaldía hereditaria.
El Jefe político.
El Comandante general, doscientos guardias.
Y una escuela.
Media bartolina.
Cincuenta y pico de cantinas.
6 parques. 1 vago.
Diez tiendas diez árabes diez pleitos diez dados;
un coimato.
El hospital de caridad con su capilla encapuchada.
Una familia de visita.
Un muerto nadie.
Avenidas de arena arrastradas por el inverno
Casas antiguas, medio Colonia medio Patria con zaguanes,
corredores, jardines, jazmines, flores. Polvo.
El humo tosigoso del volcán verde sulfuroso.
Y en las noches, cuando los jazmines perfuman larga [largamente
y las guitarras pasean su romántica serenata con luna,
¡la ciudad borda estrellas en el delantal de la laguna!

 

 
 

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