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Ernesto
Cardenal
Autobiografía (Vida
perdida)
Fragmento de “Los años de Granada”
Estaba la lindísima muchacha de Granada que yo había visto
algunas veces durante mi internado, la Nena, y fuimos
presentados, y en la presentación ella me dijo con mucha
claridad su nombre: “Carmen”. Y tal vez vio mi sorpresa
porque yo la conocía por otro nombre, Nena, y hasta tal vez
se lo pregunté, porque ella me dijo: “Mi nombre es Carmen”.
Por eso yo en un poema de aquellos días, ya enamorado, le
hago decir a ella: “Me llamo Carmen. Carmen es mi nombre”. Y
comenzamos a conversar animadamente, entendiéndonos muy bien,
congeniando, riéndonos, hablándonos más el uno al otro que
con las otras personas del resto del grupo que no recuerdo.
¿Qué hablábamos? Nada importante sería. ¿Qué pueden hablar
un muchacho de 18 años y una muchacha de la edad de la
Julieta de Shakespeare y de Helena de Troya: 14 años? Ella
acercaba su rostro para hablarme, y nos reíamos, sólo Dios
sabe de qué. Yo estaba aturdido por su belleza, ¡aquellos
ojos de tanta luz!, pero más todavía su simpatía hacia mí (o
así me parecía). Jamás había sentido eso, la belleza
femenina ¡y tanta belleza! encariñada conmigo. O así me
parecía. Tenía un vestido azul brillante, de seda, de raso,
yo qué sé. Y en el piso de arriba estaba su mamá con mi tía
Nora, y baja su mamá para llevarla, porque ya es hora de
irse, ya está oscureciendo. Y nos despedimos, encariñados,
me parece a mí. Como habiéndonos entendido ya, como teniendo
un secreto entre los dos. Así me parece a mí. Creo recordar,
ahora a años luz de aquel día, que ella me dijo como
lamentándose, que iban a San Marcos, donde están veraneando
en una finca. Eso es lo que me parece, les repito pues. Yo
no sé la verdadera realidad, qué quieren que haga. Lo de San
Marcos es cierto, porque está dicho en ese mismo poema que
he citado: “ya se puede ausentar. Irse lejos. / Quedarse en
una hacienda, allá en San Marcos. / Hay una mano suya desde
ahora / que estará siempre cerca de mi mano”. Me pregunto si
fue por iniciativa de ella que me llamó la Norita, si fue
por alguna mención que hizo de mí. Me pregunto ahora. Si me
lo pregunté en aquel tiempo, no me acuerdo.
Me volvía a mi casa con el pensamiento puesto en ella. Cené
quién sabe cómo, atontado, con el pensamiento en ella. Me
dormí muy feliz pensando en ella. Me desperté al día
siguiente pensando en ella, y entonces ya me di cuenta de lo
que me pasaba.
Salí al jardín y mi mamá estaba sembrando violetas junto a
la pared de la casa. Las violetas no se dan en clima
caliente, como por ejemplo en Managua. Se daban allí en el
clima de Casa Colorada. Y mi mamá, feliz, con sus violetas,
no sembrándolas, trasplantándolas yo creo, o removiendo la
tierra. Y yo amando las violetas, la tierra llovida, el aire
fresco, la yerba verde, la primavera nuestra, todo tan lindo
¡estaba enamorado!
Muy parecido a lo que sentí aquel 2 de junio cuando me
enamoré de Dios. Yo diría que es igual, aunque uno sea el
amor a una muchacha y el otro sea el amor a Dios.
El amor es saber que uno ya no es uno sino dos, y que uno es
incompleto sin la persona amada. Y es no sólo estar pensando
todo el tiempo en la persona amada, sino sentir que ya no
puede estar separado. No podía estar sin verla, y entonces a
los pocos días fui a verla a Granada.
Su casa era exactamente enfrente de la fachada de la Iglesia
de La Merced. Era una casa de dos pisos y con varias puertas.
Golpeé en la puerta del zaguán con mucho valor, aunque tal
vez temblando. En aquel caso uno es capaz de pasar por
encima de todo. Salió una sirvientita, y le dije que la
llamara, y no se atrevía a hacerlo; como mucho insistí,
después de que dudara mucho, se fue para adentro, y salió
ella. Sonrojada, nerviosa, diciéndome que la iban a regañar,
que era mucho atrevimiento mío. Tenía una pequeña herida en
un dedo, con una pequeña venda; su mano rosada, sus dedos
como pétalos. Sí, se había herido con un cuchillo, pero que
me fuera, la iban a regañar. Me resistí a irme
inmediatamente, me entretuve lo más que pude, quería ver la
herida. Por fin tuve que irme. A eso se refiere un poema de
amor de los que guardó toda su vida Quico Fernández y ahora
me han sido dados, en el que leo esta línea: “tu mano herida
en uno de los dedos”.
Estos poemas están escritos a máquina en papeles con el
membrete de la tienda de mi papá, Carlos y Rodolfo Cardenal
Cía. Ltda., y seguramente yo le pedí a uno de los
dependientes de la tienda que me los copiara, porque
entonces no sabía escribir a máquina. Estando ya en México,
leí que Pablo Antonio y otros iban a publicar mis poemas de
amor en Los Cuadernos del Taller San Lucas, los escritos en
Nicaragua y los que después escribí en México, y el título
que habían escogido para esa publicación era Carmen y otros
poemas. A mí me gustó mucho el título, porque Carmen había
averiguado, en sánscrito es canto, y también encantamiento
que es casi lo mismo (encantamiento con canto), y es también
poema en latín, de manera que estaba bonito que a ese nombre
hubieran agregado: y otros poemas. Además de que ese libro
llevaba el nombre amado. Han de saber que sólo yo le he
llamado Carmen. Para todo mundo su nombre ha sido Nena.
Nadie, salvo los más cercanos familiares, saben que su
nombre no es Nena sino Carmen. Pero ese fue el nombre con
que se me presentó aquella tarde de mayo.
No se publicó el libro. Y yo después rechacé esa poesía
juvenil por inmadura. Pero viendo ahora esa colección (incompleta)
que junto con muchos otros papeles guardó en su archivo
Quico Fernández, esas líneas ingenuas reavivan mis recuerdos,
y me hablan de cosas que sólo yo sé.
Sólo yo sé lo de las sillitas verdes. Muy cerca de su casa,
en una esquina frente a la esquina del atrio de La Merced,
estaba la casa de su abuela doña Cora, y en la sala habían
unas sillitas de niño, y en una de ella se sentaba junto a
la puerta una primita de Carmen muy linda, pero mucho más
pequeña, y una vez, antes de enamorarme de ella, había visto
a Carmen sentada en una de esas sillitas; me impresionaron
sus grandes ojos dorados; después de haberme enamorado ya
aquella imagen no la olvidé (la recuerdo aunque es tan
remota) y por eso es que en un poema yo evoco aquella sala
“con las sillas pequeñas pintadas de verde / donde tú te
sentabas chiquita como un niño / con las rodillas juntas”.
Y la mención que hago del Colegio Francés, que es donde
estudiaba ella: “volverás entonces / con el mismo uniforme
del Colegio Francés”. Esto sí es bonito de contarse. Ella
está interna en el Colegio y no la podía ver sino cuando
estaba en su casa (y ya ven que era difícil entonces), y en
una de mis primeras llegadas a Granada ya enamorado, tal vez
la segunda vez, yo estaba con Pepe Sandino frente al Parque
Central, y veo pasar por el parque a todo el Colegio Francés,
las niñas con su uniforme azul y blanco ¡y allí va ella! Y
yo corro como una flecha hacia la fila del Colegio, y me le
arrimo a ella, y ella sonrojada, temblorosa, “Ernesto,
andate” (esas monjas llamadas “las Señoritas Francesas, eran
unas monjas feroces). Y las compañeritas cercanas a ella muy
excitadas por verla junto a un muchacho. Y ella rosada de
rubor. Y yo caminando junto a ella, diciéndole que la quería,
que no podía estar sin ella, cosas así, me imagino. Hasta
que ya fue mucho desafío, ya era suficiente, y me aparté de
la fila. Las Señoritas Francesas no se habían percatado de
nada. Pepe Sandino me dijo después que como lo había hecho
con tanta naturalidad —con mi valor inaudito— ellas
pensarían que se trataba de algo muy legal: un mensaje
urgente, o el saludo de un hermano. Y yo que cuando tuve a
la Cha en traje de baño en mi canoa fui incapaz de tocarle
absolutamente nada, tan tímido que más tarde en París,
Carlos Martínez diría que él y yo ante una amiga éramos como
un Proust y un Kafka: me lancé a la fila de un internado sin
que me detuviera nada.
Cuando poco después llegué a México, visité a Octavio Paz,
quien me recibió muy bien —él era de la edad de Pablo
Antonio, es decir unos diez años mayor que yo—, y, en
aquella edad joven, eso es otra generación. Los poemas le
gustaron, según me dijo, pero me aconsejó suprimir el nombre
“Colegio Francés” porque eso era muy concreto; la poesía no
debía ser demasiado concreta. Cuando más tarde, impelido por
el amor regresé en vacaciones a Nicaragua, le conté esto a
Coronel, y me dijo que había que decirle a Octavio Paz que
hay unas islas del Pacífico donde el principal encanto de la
poesía era precisamente el que está llena de cosas concretas,
como el caso de un poeta hawaiano que comparaba los ojos de
su amada con las chaquiras que se vendían en la tienda tal
del chino tal en la calle tal. También esos poemas se los
mostré a Villaurrutia, quien me recibió fríamente, y sólo me
hizo unas correcciones ortográficas y académicas. También se
los mostré al buenísimo y santo blasfemador León Felipe, a
quien entusiasmaron mucho, y mi amor por Carmen lo hizo
también entusiasmarse por ella.
Curioso: ella se me empezó a parecer a mi madre. Me parece
que cualquiera que tenga una amada bella, o la crea bella (y
ése era mi caso) y una madre bella, o así lo crea (y también
ése era mi caso) podrá encontrar parecida a su amada y a su
madre. Un parecido objetivo había, y es que ambas tenían una
cabellera espesa en esa época y un peinado vagamente
parecido. Yo lo digo en uno de esos poemas de la colección
Quico: que su cabello era como una corona oscura, “¡y yo te
veía semejante a mi madre!” Y aquel amor apasionado por la
Virgen en el Colegio ¿sería que había en mí especialmente
una gran necesidad de madre? En esta colección de Carmen y
otros poemas, que yo he excluido del canon de mi poesía (porque
los poemas no son buenos, y no es por buenos que los cito)
digo que cuando ella llegó, en realidad, volvía: “Mi madre
en ti de lejos me llegaba. / Desandando los años hasta el
niño, / creciendo hacia la infancia, hasta nacer, / desolado
corrí buscando madre. / No era otra cosa en ti lo que
buscaba”. Y termino diciendo: “pero tú eres mi madre / y
quiero desnacer en ti de nuevo. / Ya nunca estaré solo. /
Nunca la soledad (que soy yo mismo)”.
Y vean, una de las cosas más llamativas de ella eran los
ojos (al menos para mí) y en ellos tal vez veía los de mi
madre, se parecieran o no. Menciono en un poema unos ojos
grandes y una mirada grande de esos ojos y una pestaña que
se desnuda con una penetrante luz abierta. (¡Ah, y es que
ahora recuerdo que tenía unas pestañas tan grandes! Los ojos
eran dorados. Y claro, era una gran felicidad verla sonreír.
Yo debo haber sido un acucioso observador de ella, porque en
uno de los poemas hablo de sus sonrisas “que yo conozco casi
de memoria”. Y hay otro verso en que digo: “Sonríete hacia
atrás, muérete casi”, que sería por el gesto de echar el
rostro hacia atrás al sonreír o al reír, y tal vez porque
así lo hizo en el primer encuentro, en Casa Colorada, en
aquella tarde lluviosa de mediados de mayo.
Ese enamoramiento fue una imagen del amor de Dios para
conmigo. Ese fue el sentido de que a mí me hubiera
acontecido aquello; así lo veo desde mi perspectiva de ahora.
Entiendo el comportamiento de Dios para conmigo porque yo
antes pasé por ello.
Fue una gran pasión, sin lujuria. Lástima que esta historia
tan linda acabó —al menos para mí— desdichadamente.
Mejía Sánchez me había dado un cuaderno negro de pasta muy
buena, para que yo llevara en él el registro de mi
enamoramiento. Yo le puse por título “El cuaderno de
Carmen”. Bastantes cosas anoté en Nicaragua y en México, y
este cuaderno habría servido muchísimo para el capítulo que
estoy escribiendo, pero desgraciadamente lo destruí cuando
iba a entrar a la Trapa.
Ernesto Mejía Sánchez ya había aparecido entre nosotros.
Empezaba a ser amigo de Carlos Martínez y mío, pero sobre
todo se veía mucho con Pablo Antonio y Coronel. Había
comenzado teniendo una revistita falangista en Masaya,
instigado por Pablo Antonio, pero pronto abandonó ese error
y no lo volvió a cometer jamás. Después se apegó más a
Coronel y fue como su discípulo predilecto. |