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Joaquín Pasos
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CUATRO
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Cerrando estoy mi cuerpo con las cuatro paredes,
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en las cuatro ventanas que tu cuerpo me abrió.
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Estoy quedando solo con mis cuatro silencios:
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el tuyo, el mío, el del aire, el de Dios.
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Voy bajando tranquilo por mis cuatro escaleras,
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voy bajando por dentro, muy adentro de yo,
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donde están cuatro veces cuatro campos muy
grandes.
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Por adentro, muy adentro, ¡qué ancho que soy!
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Y qué pequeña que eres con tus cuatro reales,
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con tus cuatro vestidos hechos en Nueva York.
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Vas quedando desnuda y pobre ante mis ojos;
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cuatro veces te quise; cuatro veces ya no.
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Estoy cerrando mi alma, ya no me asomo a verte,
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ya no te veo el aire que te diera mi amor;
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voy bajando tranquilo con mis cuatro cariños:
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el otro, el mío, el del aire, el de Dios.
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POEMA A PIE
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Qué actitud, qué gallarda pose original se puede
tomar
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ante la proximidad de este poema?
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Te lo pregunto a ti, oh hábil diseñadora de
nuevas
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sonrisas!, la única
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que puede ofrecerme en un plan de cinco munutos
la más
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conveniente arquitectura de mi genio
actual
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Decían los maestros chinos de la dulce poesía
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que el poeta quedaba enfermo y ojeroso después
del
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(trance amargo;
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pero yo te suplico, bondadosa musilla de ojos
ingenuos,
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que no hagas que mi miel sea elaborada a costa
de mi
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(sangre,
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porque mucha sangre se ha desperdiciado
últimamente y
-
(andan
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escasos de leche los pechos de las
madres.
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Un poema que sale a pie, y como está inédito, yo
le digo:
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Hasta que te vea te creo,
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pretendo primero, sacudirme de encima estas alas
de ángel
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que me agobian,
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a ver si botando toda esa pluma quedo con la
ternura
-
virginal del pollo
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o siquiera con algo de ese equilibrio inestable
de lo que
-
(da risa,
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tan lleno de emoción y de lágrimas como el
cristal que ya
-
(va a caer
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y no cae, pero que sabe que ya va a caer.
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CANTO DE GUERRA DE LAS COSAS
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Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
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si es que llegáis a viejos,
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si es que entonces quedó alguna piedra.
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Vuestros hijos amarán al viejo cobre,
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al hierro fiel.
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Recibiréis a los antiguos metales en el seno de
vuestras
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familias,
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trataréis al noble plomo con la decencia que
corresponde a su
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carácter dulce;
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os reconciliaréis con el zinc dándole un suave
nombre;
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con el bronce considerándolo como hermano del
oro,
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porque el oro no fue a la guerra por vosotros,
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el oro se quedó, por vosotros, haciendo el papel
de niño
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mimado,
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vestido de terciopelo, arropado, protegido por
el resentido
-
acero...
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Cuando lleguéis a viejos, respetaréis al oro,
-
si es que llegáis a viejos,
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si es que entonces quedó algún oro.
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El agua es la única eternidad de la sangre.
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Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha
sangre.
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Su violento anhelo de viento y cielo,
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hecho sangre.
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Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
-
mañana estará seca la sangre.
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Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
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podrán llenar el hueco del corazón vacío.
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Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un
inodoro
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palpitante,
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la constancia viva de un grifo,
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el grueso líquido.
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El río se encargará de los riñones destrozados
-
y en medio del desierto los huesos en cruz
pedirán en vano
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que regrese
el agua a los cuerpos de los hombres.
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Dadme un motor más fuerte que un corazón de
hombre.
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Dadme un cerebro de máquina que pueda ser
agujereado sin
-
dolor.
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Dadme por fuera un cuerpo de metal y por dentro
otro
-
cuerpo de metal
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igual al del soldado de plomo que no muere,
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que no te pide, Señor, la gracia de no ser
humillado por
-
tus obras,
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como el soldado de carne blanducha, nuestro
débil orgullo,
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que por tu día ofrecerá la luz de sus ojos,
-
que por tu metal admitirá una bala en su pecho,
-
que por tu agua devolverá su sangre.
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Y que quiere ser como un cuchillo, al que no
puede herir
-
otro cuchillo.
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Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida
-
será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,
-
porque aquí está el futuro envuelto en papel de
estaño,
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aquí está la ración humana en forma de pequeños
ataúdes,
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y la ametralladora sigue ardiendo de deseos
-
y a través de los siglos sigue fiel el amor del
cuchillo a la
-
carne.
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Y luego, decid si no ha sido abundante la
cosecha de balas,
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si los campos no están sembrados de bayonetas,
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si no han reventado a su tiempo las granadas...
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Decid si hay algún pozo, un hueco, un escondrijo
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que no sea un fecundo nido de bombas robustas;
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decid si este diluvio de fuego líquido
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no es más hermoso y más terrible que el de Noé,
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¡sin que haya un arca de acero que resista
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ni un avión que regrese con la rama de olivo!
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Vosotros, dominadores del cristal, he ahí
vuestros vidrios
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fundidos.
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Vuestras casas de porcelana, vuestros trenes de
mica,
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vuestras lágrimas envueltas en celofán, vuestros
corazones
-
de bakelita,
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vuestros risibles y hediondos pies de hule,
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todo se funde y corre al llamado de guerra de
las cosas,
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como se funde y se escapa con rencor el acero
que ha
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sostenido una estatua.
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Los marineros están un poco excitados. Algo les
turba
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su viaje.
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Se asoman a la borda y escudriñan el agua,
-
se asoman a la torre y escudriñan el aire.
-
Pero no hay nada.
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No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.
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Señor capitán, ¿a dónde vamos?
-
Lo sabremos más tarde.
-
Cuando hayamos llegado.
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Los marineros quieren lanzar el ancla,
-
los marineros quieren saber qué pasa.
-
Pero no es nada. Están un poco excitados.
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El agua del mar tiene un sabor más amargo,
-
el viento del mar es demasiado pesado.
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Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio
del viaje.
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Los marineros se preguntan ¿qué pasa? con las
manos,
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han perdido el habla.
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No ha pasado nada. Están un poco excitados.
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Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el
ancla.
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No había que buscarla en las cartas del naipe ni
en los juegos
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de la cábala.
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En todas las cartas estaba, hasta en las de amor
y en las
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de navegar.
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Todas los signos llevaban su signo.
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Izaba su bandera sin color, fantasmas de bandera
para ser
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pintada con colores de sangre de fantasma,
-
bandera que cuando flotaba al viento parecía que
flotaba el
-
viento.
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Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo,
como que si
-
fuera viniendo.
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Subía, y luego bajaba hasta en medio de la
multitud y
-
besaba a cada hombre.
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Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de
sobadora
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de marfil.
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Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el
tranvía;
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cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada
en la trompa.
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Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,
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Sobre el río de todos los puentes,
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por el cielo de todas las ventanas.
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Era la misma vida que flota ciega en las calles
como una
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niebla borracha.
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Estaba de pie junto a todas las paredes como un
ejército de
-
mendigos,
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era un diluvio en el aire.
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Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.
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Con la opaca voz de un destrozado amor sin
remedio,
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con el hueco de un corazón fugitivo,
-
con la sombra del cuerpo
-
con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
-
con el espacio vacío de una mano sin dueño,
-
con los labios heridos
-
con los párpados sin sueño,
-
con el pedazo de pecho donde está sembrado el
musgo del
-
resentimiento
-
y el narciso,
-
con el hombro izquierdo
-
con el hombro que carga las flores y el vino,
-
con las uñas que aún están adentro
-
y no han salido,
-
con el porvenir sin premio con el pasado sin
castigo,
-
con el aliento,
-
con el silbido,
-
con el último bocado de tiempo, con el último
sorbo de
-
líquido
-
con el último verso del último libro.
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Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.
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Somos la orquídea de acero,
-
florecimos en la trinchera como el moho sobre el
filo de la
-
espada,
-
somos una vegetación de sangre,
-
somos flores de carne que chorrean sangre,
-
somos la muerte recién podada
-
que florecerá muertes y más muertes hasta hacer
un
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inmenso jardín de muertes.
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Como la enredadera púrpura de filosa raíz,
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que corta el corazón y se siembra en la fangosa
sangre
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y sube y baja según su peligrosa marea.
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Así hemos inundado el pecho de los vivos,
-
somos la selva que avanza.
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Somos la tierra presente. Vegetal y podrida.
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Pantano corrompido que burbujea mariposas y
arco-iris.
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Donde tu cáscara se levanta están nuestros
huesos llorosos,
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nuestro dolor brillante en carne viva,
-
oh santa y hedionda tierra nuestra,
-
humus humanos.
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Desde mi gris sube mi ávida mirada,
-
mi ojo viejo y tardo, ya encanecido,
-
desde el fondo de un vértigo lamoso
-
sin negro y sin color completamente ciego.
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Asciendo como topo hacia el aire
-
que huele mi vista,
-
el ojo de mi olfato, y el murciélago
-
todo hecho de sonido.
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Aqui la piedra es piedra, pero ni el tacto sordo
-
puede imaginar si vamos o venimos,
-
pero venimos, sí, desde mi fondo espeso,
-
pero vamos, ya lo sentimos, en los dedos
podridos
-
y en esta cruel mudez que quiere cantar.
-
-
Como un súbito amanecer que la sangre dibuja
-
irrumpe el violento deseo de sufrir,
-
y luego el llanto fluyendo como la uña de la
carne
-
y el rabioso corazón ladrando en la puerta.
-
Y en la puerta un cubo que se palpa
-
y un camino verde bajo los pies hasta el pozo,
-
hasta más hondo aún, hasta el agua,
-
y en el agua una palabra samaritana
-
hasta más hondo aún, hasta el beso,
-
Del mar opaco que me empuja
-
llevo en mi sangre el hueco de su ola,
-
el hueco de su huida,
-
un precipicio de sal aposentada.
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Si algo traigo para decir, dispensadme,
-
en el bello camino lo he olvidado.
-
Por un descuido me comí la espuma,
-
perdonadme, que vengo enamorado.
-
-
Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas,
dulces.
-
Pájaros muertos, árboles sin riego.
-
Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
-
No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
-
y parece que la vida se ha marchado hacia el
país del trueno.
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Tú, que vista en un jarrón de flores el golpe de
esta fuerza,
-
tú, la invitada al viento en fiesta.
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tu, la dueña de una cotorra y un coche de ágiles
ruedas, sobre
-
la verja
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tú que miraste a un caballo del tiovivo
-
y quedar sobre la grama como esperando que lo
montasen
-
los niños de la escuela,
-
asiste ahora, con ojos pálidos, a esta
naturaleza muerta.
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Los frutos no maduran en este aire dormido
-
sino lentamente, de tal suerte que parecen
marchitos,
-
y hasta los insectos se equivocan en esta
primavera
-
sonámbula, sin sentido.
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La naturaleza tiene ausente a su marido.
-
No tienen ni fuerzas suficientes para morir las
semillas del
-
cultivo
-
y su muerte se oye como el hilito de sangre que
sale de
-
la boca del hombre herido.
-
Rosas solteronas, flores que parecen usadas en
la fiesta del olvido,
-
débil olor de tumbas, de hierbas que mueren
sobre mármoles
-
inscritos.
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Ni un solo grito. Ni siquiera la voz de un
pájaro o de un niño
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o el ruido de un bravo asesino con su cuchillo.
-
¡Qué dieras hoy por tener manchado de sangre el
vestido!
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¡Qué dieras por encontrar habitado algún nido!
-
¡Qué dieras porque sembraran en tu carne un
hijo!
-
-
Por fin, Señor de los Ejércitos, he aquí el
dolor supremo.
-
He aquí, sin lástimas, sin subterfugios, sin
versos,
-
el dolor verdadero.
-
Por fin, Señor, he aquí frente a nosotros el
dolor parado
-
en seco.
-
-
No es un dolor por los heridos ni por los
muertos,
-
ni por la sangre derramada ni por la tierra
llena de lamentos
-
ni por las ciudades vacías de casas ni por los
campos llenos de
-
huérfanos.
-
Es el dolor entero.
-
-
No pueden haber lágrims ni duelo
-
ni palabras ni recuerdos,
-
pues nada cabe ya dentro del pecho.
-
Todos los ruidos del mundo forman un gran
silencio.
-
Todos los hombres del mundo forman un solo
espectro.
-
En medio de este dolor, ¡soldado!, queda tu
puesto
-
vacío o lleno.
-
Las vidas de los que quedan están con huecos,
-
tienen vacíos completos,
-
como si se hubieran sacado bocados de carne de
sus cuerpos.
-
Asómate a este boquete, a éste que tengo en el
pecho,
-
para ver cielos e infiernos.
-
Mira mi cabeza hendida por millares de agujeros:
-
a través brilla un sol blanco, a través un astro
negro.
-
Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un
acero:
-
¡puedes pasar en el aire, a través de ella, tus
dedos!
-
He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne,
de miedo,
-
días, cosas, almas, fuego.
-
Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá
lejos.
-
-
Regreso a
Dariana
Regreso a Antología de la literatura nicaragüense
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