Ligia Guillén 

 



Elegía a la muerte de mi padre

 

                                “Solo allí donde hay muerte

                                                                Puede existir la vida.

                                                                ¡Oh muertos inmortales!”

                                Dámaso Alonso

 

 

                                    La tarde que mi padre tuvo que asistir a la cita

era borrosa y destemplada por el frío invernal.

Fue una entrevista rápida,

se encontraron, se reconocieron con un gesto

y después de una vacilación de su parte

tuvo que aceptar el plazo final.

 

Al regresar tenía en el rostro todo el peso del mundo

-No es fácil morirse- me dijo, mirándome a los ojos

y su mirada estaba despavorida.

Pero es que él ignoraba que cada minuto que vivimos

nos acerca un paso a nuestra muerte,

desconocía que la muerte llevaba desde siempre

la cuenta de sus 86 años,

que empezó a morirse en el vientre materno.

 

En esos días una droga empírica le dio esperanzas

y quizo creer en ella, pero a los pocos días

Se convenció de que era una quimera.

 

Se dio por vencido.

 

Asumió con dignidad el trance

aunque a veces, a través de la piel se veía

palpitando la angustia por lo desconocido,

y ese hombre que había sido un “duro”

se fue ablandando todo.

Poco a poco se abrió a la dulzura

que siempre tuvo cerca y prefirió ignorar,

él, que defendió sus ideas con fervor y pasión

no quería que hubiera discusiones

en su presencia, ni guardáramos rencores.

 

 

 

Ya en cama, cuando su rostro y sus canas

eran una misma cosa, al despedirnos

buscaba con leve movimiento el beso en la frente

o la caricia en la cabeza.

Después llegó a las lágrimas y entre llantos

recordó a los hijos bastardos.

 

En las últimas semanas a su Lina la llamaba “Linita”

la tomaba de la mano buscando su fuerza

y solo se aventuraba al sueño sabiéndola cerca.

Dijo entonces que era un hombre bienaventurado

porque se vio rodeado de sus diez hijos

que llegaron de países distantes para el día señalado.

 

En control de sus facultades nos hizo prometer

que no llevaríamos su cuerpo a Nicaragua

y pidió ser enterrado en los llanos de Manasas,

un pueblecito de Virginia donde se libraron

batallas de la guerra civil norteamericana.

Tenía poderosas razones para no querer

que sus cenizas abonaran la tierra natal.

 

Había nacido, como toda su familia, en La Segovia,

sus mejores recuerdos de infancia y juventud

quedaron en las montañas del norte, en El Jícaro,

 San Albino, El Río Coco, Susucayán, El Ocotal.

A los 16 años, junto con sus primos Rufo Marín Guillén

y Miguel Angel Ortez Guillén se unió a las filas

del general Sandino, porque creía que la justicia

era más que una palabra y había que practicarla.

Sus hijos vivimos esa historia con él y por él.

 

El triunfo de la Revolución lo convirtió

en el hombre mas felíz de toda su patria,

pero el desengaño amargó sus últimos años.

Después abandonó el país sin mirar para atrás.

 

El paso de los días lo doblegó y suavemente

reclinó su tronco de roble cansado,

aun así tuvo el ánimo y la ilusión de decir

que tenía cosas por terminar

ignoraba que no se puede recuperar el aire respirado.

 

 

 

 

Aquella tarde del 6 de diciembre

en Nicaragua cantaban la Purísima,

en Virginia caía una nevada.

A las siete de la noche, en un instante,

fue como querer pronunciar una palabra,

dejarla empezada y luego...nada,

el frío de su último aliento se metió en la cama,

en el cuarto, llenó toda la casa y me congeló el alma.

 

Al llegar al cementerio el cielo se había desbordado,

llovía como suele llover en sus montañas segovianas,

una lluvia muda, espesa, pausada y fría.

Diminutos riachuelos corrían entre las lápidas

arrastrando manojos de flores marchitas

que otras manos dejaron para otros muertos.

 

Tiritando bajo las sombrillas empapadas

mirábamos la fosa abierta en la tierra

y dolía

como una enorme herida abierta en el pecho.

¡No sé por qué tardaron tanto en colocar el ataúd!

mientras el agua rojiza por el barro

se deslizaba recogiéndose de prisa en la fosa.

 

Recordé que antes de morir me djo

que yo era su espíritu y me pregunté

qué quizo decirme, sin encontrar respuesta,

entonces me zambullí en el pequeño remolino

que se movía al fondo y naufragué en su tumba

aquella tarde.

 

(Virginia 15 de marzo de 1996)

 

 

 

 

 


 

Regreso a Dariana

Regreso a Antología de la literatura nicaragüense