CARLOS MARTINEZ RIVAS
(Guatemala, 1924-Managua, 1998)


Homenaje al Solitario Insurrecto


Bibliografía:

La insurrección solitaria (1953)


Selección de La insurrección solitaria:

  • Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos
  • Eunice Odio
  • Las vírgenes prudentes
  • El pintor español
  • Pequeña moral a Elvira
  • Alba y mi modo
  • No
  • Mundo
  • Petición de mano
  •  


    Regreso a Antología de la literatura nicaragüense



     

    CANTO FUNEBRE A LA MUERTE
    DE JOAQUIN PASOS

     

    I
    Con el redoble de un tambor
    en el centro de una pequeña Plaza de Armas,
    como si de los funerales de un Héroe se tratara;
    así querría comenzar. Y lo mismo
    que es ley en el Rito de la Muerte,
    de su muerte olvidarme y a su vida,
    y a la de los otros héroes apagados
    que igual que él ardieron aquí abajo, volverme.

    Porque son muchos los poetas jóvenes que antaño han muerto.

    A través de los siglos se saludan y oímos
    encenderse sus voces como gallos remotos
    que desde el fondo de la noche se llaman y responden.

    Poco sabemos de ellos: que fueron jóvenes y hollaron
    con sus pies esta tierra. Que supieron tocar algún instrumento.

    Que sintieron sobre sus cabezas el aire del mar
    y contemplaron las colinas. Que amaron a una muchacha
    y a este amor se aferraron al extremo de olvidarse de ellas.
    Que todo esto lo escribían hasta bien tarde, corrigiendo mucho,
    pero un día murieron. Y ya sus voces se encienden en la noche.

    II

    Sin embargo nosotros, Joaquín, sabemos
    tanto de ti. Sé tanto… Retrocedo
    hasta el día aquel en brazos de tu aya
    en que, de pronto, te diste cuenta de que existías.

    Y ante ese percatarte fuiste y fueron tus ojos
    y el ver más puro fue que hasta entonces sobre
    los seres se posara. No obstante, los mirabas
    sólo con una boba pupila sin destino,
    sin retenerlos para el amor o el odio.
    (Aún tus mismas manitas sabían ser más hábiles
    en eso de coger un objeto y no soltarlo).
    Una mañana te llevaron a una peluquería, en donde
    te sentaron muy serio, y todo el tiempo
    te portate como un caballerito
    y bromearon contigo los clientes. Todo esto
    mientras te cortaban los bucles y te hacían
    parecer tan distinto.
    A la calle saliste después. A la otra calle
    y a la otra edad, en la que se le pintan
    bigotes a la Gioconda de Leonardo
    y se es greñudo y cruel..
    Mas luminosa irrumpe pronto la juventud.

    Después, todos sabemos lo demás: el impuesto
    que las cosas te cobraban. El fluir de los seres
    que a tu encuentro acudían por turno, cada uno
    con su pregunta
    a la que tú debías responder con un nombre
    claro, que en sus oídos resonara distinto
    entre todos los otros, y poder ser sí mismos;
    como sabemos que a Iaokanann llegaban
    los hombres más oscuros, a recibir un nombre
    con el que desde entonces
    pudieran ser llamados por Dios en el desierto.

    Y ése fue en adelante tu destino. Por el que no podrías
    ya nunca más mirar libremente la tierra.
    Un mal negocio, Joaquín. Por él supiste
    que ante todas las cosas en que te detuvieras
    el tiempo mandado, temblarías. Que bastaba mirarlas
    con los ojos que se te dieron un tiempo decoroso
    para que se tornaran atroces:
    el fulgor de un limón.
    El peso sordo de una manzana. El rostro pensativo del hombre.
    Los dos senos jadeantes, pálidos, respirando
    debajo de la blusa de una muchacha que ha corrido;
    la mano que alcanza. Hasta las mismas palabras…

    Todo había una esencia dentro de sí. Un sentido
    sentado en su centro, inmóvil, repitiéndose
    sin menguar ni crecer,
    siempre lleno de sí, como un número.

    Y esa lista de nombres y esa suma total tú la tendrías
    que hacer para el día de la ira o el premio.
    Y al hacerla, pasar tú a ser ella misma.
    Porque también te dieron a ti un nombre. Para
    que de todo esto lo llenaras como un vaso precioso.
    Que de tal modo dentro de ti lo incluyeras
    --las noches estrelladas, las flores,
    los tejados de las aldeas vistos desde el camino--
    que al nombarlo te nombraras
    tú: suma total de cuanto vieras.

    Y para todo esto sólo se te dieron palabras,
    verbos y algunas vagas reglas. Nada tangible.
    Ni un solo utensilio de esos que el refriegue
    ha vuelto tan lustrosos. Por eso pienso que
    quizá --como a mí a veces-- te hubiese gustado más pintar.

    Los pintores al menos tienen cosas. Pinceles
    que limpian todos los días y que guardan en jarros
    de loza y barro que ellos compran.
    Cacharros muy pintados y de todas las formas
    que ideó para su propio consuelo el hombre simple.
    O ser de aquellos otros que tallan la madera;
    los que en un mueble esculpen una ninfa que danza
    y cuya veste el aire realmente agita.

    Pero es cierto que nunca
    rigió el hombre su propio destino. Y a la dura
    tarea mandada te entregaste del modo
    más honorable que he conocido. Eso sí,
    tú sabías bien en qué te habías metido.

    A los obreros viste cuando van a la tienda. Observaste
    cómo examinan ellos las herramientas y palpan el filo
    y entre todos eligen una, la única: la esposa
    para el alto lecho de los andamios.

     

    De este modo elegías tú el adjetivo
    debido, la palabra, y el verso cuyos rítmicos
    pasos como los de un enemigo acechabas.
    Hacer un poema era planear un crimen perfecto.
    Era urdir una mentira sin mácula
    hecha verdad a fuerza de pureza.

    III

    Pero ahora te has muerto. Y el chorro de la gracia contigo.

    Mas dicho está, que nunca permitió Dios que aquello
    que entre los mortales noblemente ardiera
    se perdiese. De esto vive nuestra esperanza.

    Difícil es y duro el luchar contra el Olimpo
    acuoso de las ranas. Desde muy niños son
    entrenados con gran maestría para el ejercicio de la Nada.

    Mucho hay que afanarse porque lo otro
    sea advertido. Y aun así, pocos son
    los que entre el humo y la burla lo reconocen.

    Pero, con todo, perseveramos, Joaquinillo. Descuida.

    Redoblaremos nuestro rencor ritual, el de la cítara.
    Nuestro alegre odio a saltitos.
    La nuestra víbora de los gorgeos.
    Y el Amor ganará.
    Tú deja que tu sueño mane tranquilo.

    Y si es que a algo has hecho traición muriendo,
    allá tú.
    No seré yo quien vaya a juzgarte. Yo, que tantas
    veces he traicionado.
    Por eso
    no levanto mi voz tampoco contra la Muerte.
    La pobre, como siempre, asustada de su propio poder
    y de tantos ayes en torno al muerto, enrojece.

    Tu muerte solamente tú te la sabes.

    No atañe a los vivos su enigma, sino el de la vida.
    Mientras vivamos sea ella olvidada como si eternos [fuéramos,
    y esforcémonos.

    Tú, desde el Orco, gallo, despiértanos.

    IV

    Y a igual manera que las abejas de Tebas
    --conforme el viejo Eliano cuenta-- iban
    a libar miel en labios del joven Píndaro;

    llegue este canto hasta la pálida cabeza.
    En tu pecho se pose y tu pico su pico hiera
    sorbiendo fuego. En torno de tu frente aletee
    tejiendo sobre ella una invisible corona.

    Sus alas bata con más fuerza y hiendan
    un espacio más alto sus noble giros.
    El esfuerzo repita. Y otra vez. Y otra… Y su vuelo
    por el cielo se extienda en anchos círculos.

     

    Madrid, febrero de 1947


     

     

    EUNICE ODIO

    Y añadió:
    --No podrás ver mi faz, pues el
    hombre no puede verme y vivir.
    Exodo, XXXIII,20

    Una visión legendaria, un elevado discurrir, un pensamiento,
    --tal a Avila sus murallas y su gorjeante azul--
    la rodeaban defendiéndola
    de lo que, extranjero y hostil, podía herir.
    Estoy hablando de tu frente.
    A los lados están, asomando
    como las alas de dos ángeles sumisos por un costado en el muro,
    las dos orejas pálidas, acústicas,
    precipitándose en el remolino del oído
    hasta el fondo. Al estanque del tímpano
    en donde se reflejan
    el trino del ave, la nota del violín, el soneto.

    Y sobre la pulida nariz que suele hundirse
    nave en el oleaje de la rosa, buscando
    una exacta respuesta de olor a su pregunta,
    se encienden los dos ojos, desde la telaraña
    redonda, minuciosa y azul de la pupila.

    Y luego, del lecho fresco de los labios, donde tu juventud
    parecía haberse tendido ya a sólo madurar,
    de golpe, como el agua en los valles,
    todo se lanza hacia los hombros y los senos…

    Después todo es quietud y desnudez sin fin.

    (Sólo en el vientre, el vello.
    Creciendo allí tal vez por la misma
    secreta razón --aún sólo sabida por él-- del musgo)

    ¡Muchacha! Tú estás sentada sobre la tierra. Miras.
    Como lebreles tus largas manos posas:
    seres armados, guardan la puerta de tu cuerpo.
    Las dos perreras a la entrada del Jardín.

    He tratado de decir cómo eres;

    de ponerte de nuevo delante de mí
    oh muchacha desnuda! forma! perfección!
    Porque aunque a menudo te vimos,
    apenas nos percatamos de ti.
    Hablamos mucho de tu gracia porque eso distraía
    pero qué poco sospechamos bajo el cariño de la piel
    y entre el ir y venir de tu sangre atariada!

    Creímos que eras bella solamente para ser
    lecho oscuro del sol o chispa de la atmósfera,
    y no advertimos cómo sobrellevabas
    ese penoso y duro oficio de las cosas bellas
    que, tras de su dorada corteza lucha para
    salvar al hombre de la Divinidad en bruto.

    Porque tras de esa membrana, de esa ala de cigarra,
    está escondido, tirante, alerta, lo otro. Detenido
    de pronto en su exceso cuando todo iba a estallar.

    Un poco más y el compromiso se habría establecido.
    Un poco más y habría sobrevenido eso.
    De lo que nadie osa hablar.

    Pero de ello, si unos pocos tuvieron noticias es mucho.
    Porque tú corriste a ponerte disimuladamente en la puerta,
    y entonces ya no te vimos sino a ti, ¡Antifaz!
    con tu pétalo soportando el golpe del ariete sagrado,
    con un dedo menudo y perfecto evitándonos
    en un diálogo el mayor de los riesgos.

    Tú bisel, bisagra, ángulo, eres,
    allí el nudo ciego de la lid, del combate
    entre lo que intenta revelarse, obtener,
    y lo que trata de poner al hombre al amparo
    de lo que no podría soportar.

    Por eso, para hablar de tu cabello, quise
    resistir hasta ahora, para decir
    que está detrás de ti como un árbol
    y como un árbol mucho follaje y sombra esparce.
    Para ocultarnos lo que nos haría enrojecer y temblar:
    el ajetreo de los ángeles, las poleas de lo monumental,
    y a Dios mismo en plena tarea, con las dos
    media lunas de sudor alrededor de las axilas.

    A veces a ti misma te esquivamos.
    Tratamos de cubrirte con palabras
    y adjetivos espléndidos, por temor
    a ver entre tus pliegues algo de lo desconocido,
    pues, ¿qué enorme compromiso no traería
    haberlo visto aunque fuera una sola vez? Por temor
    a conocerte demasiado, de llegar
    a ser demasiado de ti y entrar en relación
    con lo que ¿quién nos dice cuánto no sería capaz de exigir?

    Pero tú, entretanto, así,

    como una estrella dentro de su armadura,
    sonriendo
    pones a todo esto un nombre
    animador y andadero: belleza.
    Y haces que de esta lucha, de esta
    cuerda tensa
    no brote ni oigamos los cercanos, nada,
    nada, sino esa nota pura a la que el corazón
    en medio de su afán y su gemir pueda un momento
    asirse.


     

     

     

    TOM-BOY AND LITTLE-WOMEN

    No nos equivoquemos sobre este punto.
    Las niñas marimachas, chinvaronas, tom-boys
    --como se diga--
    que juegan sólo con muchachos, beisbol de lustradores
    trepadoras de rodillas raspadas,
    con cicatriz visible y permanente en la ceja izquierda
    impresa contra el filo de la piedra
    de la poza absoluta de la infancia;
    son sensibles, intensas bajo sus overoles,
    y despliegan más tarde mamalias adorables
    y hacen hombre al hombre porque lo trataron
    desde niñas y se lo saben desde dentro,
    y ya adultas le amortiguan todo lo que
    es demasiado duro, pulido e hiriente
    como ebanistería enemiga.

    Pero las otras, mujercitas, little-woman, damitas
    --como se diga--
    que juegan con muñecas y bordan y cocinan de mentira,
    son más tarde mezquinas económas que esconden senos
    ínfimos, metálicos y devienen
    espeluznantes cónyuges, paridoras de futuros
    misóginos, como aquel desdichado que menciona
    el doctor Rober Burton en Anatomy of Melancholy,
    que no salía nunca, y cuando en su alta alcoba
    alzaba los visillos, asomándose al tumulto de Londres,
    si divisaba apenas una sombrilla o un talle,
    rompía a vomitar.

     


     


    LAS VIRGENES PRUDENTES

    Vendrá en la noche como ladrón

    ¿Quién es esa mujer que canta
    en la noche? ¿Quién llama a su hermana?
    De país en país, esa rapsoda que vuelva en el viento
    por encima del mar tenebroso donde culebrea el cielo?

    ¡Salidle al encuentro!
    Ella, la enamorada.
    Ella nada más, y su hermana.
    ¿Ese viento que canta?

    Es la voz del amor. La voz del deseo del amor que se alza
    en la noche alta.
    Sobre la potencia de la ciudad, esa voz que gira.
    Esa aria exquisita!

    Sólo esa nota vibra en la noche helada.
    Esa arpa sola tañendo en la noche vasta.
    Ese único silbo penetrante de la pureza.
    Sólo esa serenata encantada.

    Y el amor de las hermanas!
    De las estrellas protegiendo sus llamas
    para el Deseado que tarda.
    Nada sino eso: el cañaveral de las desposadas
    y la sombra alargada del Ladrón que escala.

    Canta la noche y las llanuras solitarias
    sometidas al hechizo de la luna. Claras,
    vacías súbitamente al paso de las hermanas.
    Al paso de la bandada blanca de las vírgenes hermanas.

    Las que se entregaron al amor.
    A quienes no se les concedió sino el amor.

    Las Vírgenes Prudentes cuchicheando en la alcoba [estrellada.
    Bajando la voz y subiendo la llama.
    Cerrándose en medio de su sombra. Desapareciendo detrás

    [de su lámpara.

    Aquí sólo tienes abismo. Aquí sólo hay un punto fijo:
    el pábilo quieto ardiendo y el halo frío.

    Aquí vas a rasgar el velo.
    Aquí vas a inventar el centro.
    Aquí vas a tocar el cuerpo
    Como toca un ciego el sueño.

    Aquí podrás soplar y apagar tu secreto.
    Aquí ya podrás quedarte muerto.






    EL PINTOR ESPAÑOL

    --Yo pintaré un hombre con una linterna.
    --Hazlo. Pero qué le pondrás
    alrededor para que se vea?
    --Pues, noche dijo, ya iracundo.





     

    PEQUEÑA MORAL

    A ELVIRA

    Van dirigidas estas líneas a quien poseyó:


    la Belleza, sin la arrogancia
    la Virtud, sin la gazmoñería
    la Coquetería, sin la liviandad
    el Desinterés, si la desesperación
    el Ingenio, sin la mofa
    la Ingenuidad, sin la ignorancia


    todas las trampas de la feminidad, sin usarlas.






    ALBA Y MI MODO

    Si se da cuenta de mi modo
    Si lo logro

    Si le da la vuelta mi modo
    Entera y en redondo
    Y si mi modo a su manera
    Se le presenta como
    Se le recomienda solo
    Si la despierta con su codo
    Si le restriega un ojo
    Para que vea con el otro
    Y si se le pega su tono
    Y ya le suena como propio

    Si lo logro

    Si de mi modo se da cuenta
    Tomo lo todo que la quiera

    Porque el modo es el hombre. Ellas
    Son sólo darse cuenta.






    NO

    Me presentan mujeres de buen gusto
    Y hombres de buen gusto
    Y últimos matrimonios de buen gusto
    Decoradores bien avenidos viviendo en medio
    de un miserable e irreprochable buen gusto
    Yo sólo disgusto tengo.

    Un excelente disgusto, creo.






    MUNDO

    Dios hizo el agua
    El Diablo la echó en el vino

    Dios hizo la ventana
    abierta para el hombre
    interior
    El Diablo la puerta
    cerrada para el de afuera

    Dios hizo el pan
    El Diablo su precio

    Dios hizo las mejores
    palabras ocultas
    El Diablo las que sobran

    Dios nos hizo juntos
    El Diablo nos falsificó
    separados

    Dios te hizo una
    El Diablo otra

    Yo te esperaba
    Pasaste sin mirarme.
    Te escribí entonces un epigrama
    como una ortiga.
    Pero ¡ay, tú no lo leerás.
    Tú nunca lees versos, mi niña!


     

     

    PETICIÓN DE MANO

    Sigue amor mío, síguete, sigámonos.
    Sólo estando juntos podremos despistarles.
    Sólo juntos podemos volcar el matrimonio,
    ¡hacerlo saltar en astillas!

    Déjalos bisbiseando, abriéndose
    y cerrándose, los labios de la Excusa.
    Aparta tu oreja de la boca
    de tu runruneante preceptor.

    ¿Qué puede decierte? ¿Qué otra cosa
    sentir tú en su aliento, amor mío,
    sino el olor delicado y repugnante de la muerte
    y el aire frío del vacío?

    Asómate…¿qué ves? ¿Qué
    más podrías ver sino la rala oscuridad
    y la mortaja, sola,
    albeando en el fondo del sepulcro?

    Ten cuidado con los casados que se retiran temprano.
    Témeles.
    Al Marido, a su Trabajo, a su Mujer, témeles.
    No les toques ni te toquen. Yo, les tiemblo.

    Es contra nosotros que se han casado.
    Es contra ti y contra mí, amor mío,
    que ellos se retiran temprano a su trabajo:
    los productores, los engendradores, los publicadores de libros.

    Son el Demonio. El Demonio, más activo que Dios.
    Es el Diablo y su banda de muertos laboriosos.

    Si oyeres algún ruido. Cualquier ruido
    al otro lado del mundo, al otro lado
    de la noche;

    Cualquier ruido sospechoso y prudente de falso día,
    de clandestino taller sepulcral,
    de disimulada fábrica de pasado;

    Aviva tu ocio.
    Oponles tu presente de poderosa caducidad.
    Que son ellos, amor mío, ¡siempre los mismos!
    ¡Los muertos enterrando sus muertos!

    ¡Desenterrándolos
    y enterrándolos
    y volviéndolos
    a desenterrar!

     


    Regreso a Dariana

    Regreso a Antología de la literatura nicaragüense

    Homenaje a Carlos Martínez Rivas