ERNESTO MEJIA SANCHEZ
(1923-1985)



Bibliografía:

Ensalmos y conjuros, 1947

La carne contigua, 1948

El retorno, 1950

Contemplaciones europeas, 1957

Estelas/homenajes, 1971

Recolección a mediodía, 1985

 


Indice de poemas:

  • Ensalmos y conjuros (selección)
  • La poesía
  • La sonrisa
  • Sobremesa
  • La Nicaragua

  • Regreso a Antología de la literatura nicaragüense


     

    ENSALMOS Y CONJUROS


    1
    Ensayé la palabra, su medida,
    el espacio que ocupa. La tomé
    de los labios, la puse con cuidado
    en tu mano. Que no se escape. ¡Empuña!
    Cuenta hasta dos [lo más difícil].
    Ábrela ahora: una
    estrella en tu mano.


    3
    Para [apaciguar] la soledad, escoge
    un día, virgen. Guarda todos tus libros
    bajo siete llaves. Lleva una manzana
    bajo el árbol más puro. No temas, no
    llegará el Maligno. Di
    estas palabras, como si fuesen
    verdaderas: Soledad,
    te amo, creo en ti, no me traiciones.


    6
    Hay días limpios, construidos
    por un aire inconsútil. Ni un demonio
    ni un ángel lo penetran. Ahí
    la soledad da la batalla.
    De nada serviría, amoroso
    llamarla. De nada, porque el aire,
    homogéneo, cerrado, pone plomo
    a la voz. Requiérela al menos,
    sin abrir los labios, así;
    compañía adversaria, estoy contigo.



    7
    En el lugar en que cité a la luna,
    ella aparezca. Porque yo repetí
    hasta cansarme la palabra precisa.
    Porque dije. Ahí, en el lugar
    en que cité a la luna, aparezca,
    blanca, como ella. Que esto
    se cumpla; que no sea mentira.



    9
    Para saber el día en que la virgen
    ha de llorar feliz la marca de tu sangre,
    ata con un pañuelo suyo el calendario,
    no pronuncies palabra, pon en su pecho
    a diario una azucena blanca: espera
    que enrojezca.



    11
    Para saber si el fruto de su vientre
    ha de ser varón o niña, que tu mano
    inaugure la sombra de sus ojos, y
    que pronuncie un nombre sin
    recordar la noche de la sangre.
    Si ella dice: rueca, o: golondrina,
    será mujer quien alegre tu casa.
    Si dice, por ejemplo: amaranto,
    será varón quien besará
    a la madre. Si queda muda,
    no te apenes, él hablará por ella;
    que nacerá un poeta.




    LA POESÍA

    1
    Este desasosiego, esta palabra que desde el corazón
    me llega y se detiene en mis labios, no es nuevo en mí,
    sino que permanece, vive desde cuando mis padres
    en amorosa lucha concretaron la carne de la muerte
    para darme al mundo; y me crece como un mar en el pecho,
    siempre cambiente, furioso y sin consuelo.

    Ha de llegar un día en que tanto afán madure
    y se desangre, y esa ignorada palabra detenida
    en mis labios rompa el aire como un canto y
    me haga feliz y duradero el nombre.

    4
    Si la azucena es vil en su pureza
    y oculta la virtud del asesino,
    si el veneno sutil es el camino
    para lograr exacta la belleza;

    Engaño pues mi amor con la nobleza
    y confundo lo ruin con lo divino,
    hago de la cordura desatino,
    de la sola mentira mi certeza.

    Nadie sale triunfante en la batalla,
    ni angélica promesa en que me escudo
    ni humana condición que me amuralla.

    Contra toda verdad he de quererte,
    equilibrio infernal. Nací desnudo:
    sólo contigo venceré a la muerte.





    LA SONRISA

    Vale tan poco una sonrisa
    que darla cuesta nada y sí
    negarla, mucho. Una sonrisa,
    una sonrisa inmerecida, no tiene
    precio ni en el cielo ni en la tierra.
    Una sonrisa gratuita, pura
    como la luz sin la que no podría
    vivir, sólo se paga con la muerte.





    SOBREMESA

    Una mancha de vino en el mantel me
    recordó París, unas horas que nadie
    me podrá disputar mientras viva.





    LA NICARAGUA


    Aquí remedando a la rosa, las mosquetas y diamelas daban alarma a la vista, disparando antes su aroma al ambiente: allí la Nicaragua, las campánulas, las arreboleras, avergonzaban la pura luz del sol con sus matices y cambiantes.

    Serafín Estébanez Calderón ("El Solitario"), Escenas andaluzas. Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1993, p. 265.


    Andrés y yo somos hombres de pueblo, de pueblo chico, y padecemos memorias de infancia y mocedad. Nuestras lecturas van cargadas de recuerdos: amigos, paisajes, pájaros, flores y frutos de la tierra. Con frecuencia discutimos sus nombres y variantes. El me ha dictado por el teléfono esas líneas de "El Solitario" en que figura la Nicaragua, una flor, en una escena andaluza. He recorrido las Andalucías, sus jardines y cármenes, terrazas y balcones floreados, y nunca me topé con la flor de mi sangre, llevada allá por sangre conquistadora, la misma que nos trajo tantas cosas de Castilla. Esto no puede quedarse así. Navegaré los diccionarios de la flora libresca y obtendré un puñado de noticias tranquilizantes. Aquí van enseguida: En la región oriental de Nicaragua se da la Nicaragüita (Plumeria rubra), que en la occidental se llama vulgarmente chiquiona; es roja, retozona y sandunguera. La amarilla (Plumeria palida), es el sacuanjoche, del náhuatl, zacuani (amarillo) y xochitl (flor). La roja es el cacaloxóchitl o jacalosúschil mexicano, Flor de Mayo, Flor de Cuervo, Alejandría, en maya Chacnicté. Pero el sacuanjoche amarillo es la flor nacional, la flor de los concursos y los sellos de correo. Ah Nicaragüita saltarina, llevada en maceta, sobre el mar, prendedora, pegajosa, prendida, perdida en el Alándaluz. Andalucía, sólo una flor pudo conquistarte. Guerra florida, pues, que llevamos dentro, juntos, Andrés.



     

    Regreso a Dariana

    Regreso a Antología de la literatura nicaragüense