Nicolás Navas 

 



SILENCIO, SÓLO EL RUMOR

 

Sobre la yerba verde y muelle el sisitote triste

llama a la sisitota, y su lamento, a través del viento,

es el lamento medular del mundo;

es el llanto del mar sobre las rocas,

la inválida anidación de la espuma en las arenas.

 

En la viudez de la tarde

siento la soledad del macho abandonado;

el silencio primario traspasando la hora,

el río tributario sangrando por sus poros

en todas las llanuras.

 

II

 

Porque ha llegado la hora de anunciarse,

de tener otros ojos y otros labios,

otro latido.

Porque has llegado a mí y has fenecido en mí,

y callada, tristemente callada aceptaste la hora,

la cita, el advenimiento del amor

tan puro;

y esperaste ese amor, día a día, noche a noche,

hasta que el sueño venció tus ojos

y sólo quedaron nuestros labios como una pregunta,

ajenos.

 

III

 

Otra vez vuelve la vida.

Otra vez este tenaz empeño empujando mis carnes

abiertas y dolientes.

Cuánta verdad podría decirte.

Mentiría con pasión desmedida, con lujo de detalles mentiría.

Pero esta noche en el parque juegan los niños y las niñas

y los padres y la madres de los niños vigilantes

esperan, esperan una mentira dulce.

 

Ya no podría decir qué es el amor;

consultaré cada estrella por separado,

preguntaré con voz tonante, orgullosa, humilde.

Preguntaré en el alba al transeunte, borracho de misterio,

preguntaré al mar, al marinero y sus arenas,

escollos ultramarinos, cocoteros isleños, peces;

preguntaré al herrero forjador de naciones,

preguntaré al amor por el amor, de nuevo.

 

IV

 

Señalemos de una vez el momento.

No tengo prisa en penetrar el corazón del silencio.

No tengo prisa por conocerte, por conocerme.

Penetremos con cuidado la duda,

soy también una parte de esa duda,

lucho contra mis pies inconmensurables que me arrastran

hacia la noche extraña;

lucho contra la carne débil y maravillosa.

Mis articulaciones se resisten, se rebelan airadamente

mientras las estaciones se suceden.

 

V

 

Creí combatir la idea.

Una tumba vacía encontré en mi cerebro.

Pero consciente de no encontrar las esperanzas

recogí  las palabras que otros dejaron olvidadas en mi nombre,

y escudriñé cada palabra, la interrogué como un verdugo,

afanosamente, hasta encontrarme. 

 


 

Regreso a Dariana

Regreso a Antología de la literatura nicaragüense