Las sensaciones
de Clementina del Castillo

 

Una tarde, Leonor, cuando salía
Alegre al campo en elegante coche,
Te ofrecí que muy pronto te escribiría
La dulce escena de una hermosa noche;

Aquella en que mi unión prometía
Abrir de la inocencia el frágil broche,
Y aunque tímida a un tiempo y placentera,
Gocé de amor la sensación primera.

Mas ¿de qué modo repetirse puede,
Todo el placer de la amorosa senda
Que una virgen recorre si le cede
Amor ardiente a su divina ofrenda?

En el camino, que a su bien precede
Unida al fin de su adorada prenda
Podría sólo imaginar su gloria
Siendo heroína de la misma historia.

Haré, con todo, un decidido empeño
Porque comprendas bien, aunque te asombre,
El secreto que encierra nuestro sueño
Y hace más vivo el amor al hombre.

La virgen muy querida, cuyo dueño
Se embriaga ardiente con un grato nombre,
Sabrá al fin el amoroso fuego,
Cuando le llegue el turno de su anhelo.

El acto del enlace ya terminado había,
El coche nos aguarda a un paso del dintel,
Salimos pues al campo, al declinar el día,
Para gozar la luna de amor, luna de miel.

El sol tiende en la esfera su espléndido paisaje
El imprime en las mejillas su mágico color,
Mi esposo, en los frecuentes vaivenes del carruaje,
Buscaba libertades a su intranquilo amor.

Y en tanto yo trémula mirábale asustada,
Hasta que al fin, taimado, mi susto comprendió,
Y estando ya seguro de presa tan ansiada,
El resto del camino tranquila me dejó.

La quinta puesta estaba con gala y elegancia,
Hermosos emparrados instaban al placer,
Magníficos manjares tan llenos de fragancia,
Que fuera gran pecado sentarse y no comer.

Allí nos aguardaba tan agradable fiesta,
Que absortos los sentidos, la mente en estupor,
Vagaban como el viento, perdidos en la floresta,
Los apetitos todos, unidos al de amor.

El celebró el champagne como una gran delicia,
Un vino que enardece la mente, el corazón,
Muy digno de ofrecerlo como vestal primicia
De amor a la primera y ardiente sensación.

Así, querida amiga, así pasó la tarde,
Y ya la lenta noche se mira al fin llegar,
Más cuando el sol se oculta, el animo cobarde
No se sabe si padece, o goza en aguardar.

El gas la tibia estancia calienta o ilumina,
Se acerca ese momento que tanto aguardas ya,
Espera, voy alzarte la diáfana cortina,
La escena allí a tus ojos de amor se ofrecerá.

Contempla los detalles del cuadro voluptuoso
Que llena a las muchachas de gozo y de temor,
Y que al varón ardiente, audaz e impetuoso,
Al pie de una doncella sujeta con amor.

¿Recuerdas cuántas veces hablamos en secreto
De esos momentos dulces de amor y de placer,
Cuando en amantes brazos del adorado objeto
Se entrega a los delirios de amor una mujer?

Pues ya llegó; lo siento por el tenaz latido
Del corazón que quiere la vestidura abrir,
Sí, ya llegó el instante; vagando mis sentidos
No saben si es delirio, si es gozo o es sufrir.

Edgardo lo comprende y con cariño y calma
Me dice: esposa mía, ¿ya estás sufriendo a fe?
Ve a dormir tranquila, ¡oh alma de mi alma!
Que al lado de tu lecho tu sueño velaré.

Yo comprendí al momento su disfrazada idea:
Del suelo la mirada a alzar no me atreví;
Y trémula, anhelante, cual de un delito rea,
Al lecho blanco y puro mis pasos dirigí.

Apenas despojada de mi vestido estuve
Y cuando en la almohada mi frente recliné,
Como la luz se mira cubierta de una nube,
Su sombra en las cortinas al punto divisé.

Si susto fue o contento, lo que sentí yo ignoro,
Pues rápido al instante de la impresión voló,
Como yo también desnudo el dulce bien que adoro,
Veloz al blanco lecho sin vacilar saltó.

Halléme por encanto ceñida entre sus brazos:
Desvanecióse al punto aquel temor pueril,
Pues dióme tales besos, tan pérfidos abrazos,
Que ardió en el acto mismo mi sangre juvenil.

Su cálido contacto, con lánguido embeleso,
Rindió en mi pecho el germen de núbil impresión,
Y al recibir ardiente su prolongado beso,
El más perfecto goce me dio la sensación.

Audaz su mano puso so mi turgente seno,
Y allí despierta un mundo de adormecido amor,
Recorre todo el cuerpo y fluye su veneno,
La sangre arrebatando con desusado ardor.

Y luego el tacto oprime lo que a decir no llego.
Pero que tu belleza... talvez sospecharía,
Con lágrimas suplico, por compasión le ruego:
Pero él mis labios sella y sigue más y más.

Con queda voz me dice, que el Universo fuera,
Ha tiempo un vasto caos, sin tan sabrosa unión,
Que nuestros mismos padres, cuya virtud austera
Nos sirve de modelo, orgullo y religión,

Fueron en su tiempo lo mismo, y a no serlo
No habría yo nacido, ni habría nacido él,
Y que ese mismo día, amarlo, obedecerlo,
Ante la faz del mundo le hube jurado fiel.

Que en fin, era un pecado la tímida reserva
Que resistir al fuego, era inflamarlo más,
Que la distancia nunca la sensación enerva,
Y enciende el apetito del amador audaz.

Rendíme a sus palabras con celosa resistencia,
Cariño por cariño ardiente retorné,
La llama del deseo recrece con violencia,
Y de su fuego intentoso también participé.

Como un guerrero al punto, sobre su presa avanza,
La roja frente alzando sin más vacilación,
Y hundir quiere, afanoso, su poderosa lanza,
Al caluroso esfuerzo de rápida fricción,

Por sepultarla pronto, frenético se apura,
Mas cuán maravillosa, amiga, esa arma es,
Es más de lo que en sueños la niña se figura,
De irresistible empuje, de indómita altivez.

Cuando yo vi su forma, cuando sentí su brío,
Temblé como azorada, lloré, no pude más,
De angustias sollozando le dije, Edgardo mío,
¡Ah!, por piedad no sigas, ve que a matarme vas...

Inútil fue mi ruego, inútil mi agonía,
La lucha comenzada, sin escuchar siguió,
Y el instrumento fuerte, por la pequeña vía,
Ni un punto del camino buscado se apartó.

Temí morir herida por arma tan gigante,
Pero natura pródiga la virgen al formar,
Le ha dado blandas fibras que abren al instante,
Y dejan aquel monstruo tranquilo penetrar.

Así, Leonor querida, pude entender al punto
Que la mujer y el hombre, son uno, no son dos,
Y que esa unión estrecha, ese feliz conjunto,
Creóle en el Olimpo de Venus el amor.

En dicha tan cumplida parece el tiempo estrecho,
Quisiera siempre viva sentirla en mi interior,
Los brazos enlazados, el pecho sobre el pecho,
El labio sobre el labio, ¡oh delirante amor!

 

 

 

 

  

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