La confesión
Dime: ¿has amado criatura? |
donde quiera que hay luz, vida o ruido, en el fanal del sol, siempre encendido, y en la feraz vegetación del prado. en el crujir del rayo enfurecido, en la flor, en el céfiro, en el nido, y en el rojo crepúsculo incendiado. y fría como estepa de Siberia, después de un gran dolor y una plegaria al fin te pude hallar dentro de mí mismo, y entonces fue que se alumbró mi abismo.
|
Los poetas a continuación continúan la obra de Darío y en ellos aún se encuentran elementos neoclásicos y románticos. |
la vi un punto brillar, y se perdió, me fue imposible perseguir su vuelo, pues el espacio rápido cruzó. al sencillo compás de mi laúd; pero no pude perseguir su vuelo, porque perdióse en el confín azul. intacta en una encina encontré; y la canción perdida de mi alma en tu amoroso corazón la hallé. |
Germinal
El horno de abril. En la hoguera y se oye zumbar: es el duende que fuegos eróticos prende. su espeso cabello prendido con regias coronas. El nido renueva las notas del coro. de rosas. Da leche la ubre; la espiga, mazorcas de oro.
|
Vividos en los tiempos de veladas dichosas, Entre rosquillas de oro, chocolates risueños, Cuentos de brujerías, barajas silenciosas. De la divina infancia, con sus alas abiertas Y sus tiernos anhelos dentro del corazón. Los pasos del abuelo abstraído que tose, Y que la mecha prende a golpes de eslabón.
|
Oda a Wilson
La hora vindicatriz ha sonado. La afrenta Reposaron su vuelo tus águilas bravías. Y el odio fue a temblar en los filos del guijarro. Brillaron las cortantes hojas de los puñales. Vimos caer a Hiparco bajo el golpe de Harmodio. Enorme encontrándose talvez en Maratón. Y empuñé como un látigo las cuerdas de la lira.
|
Muy pronto moriré ¿nunca una planta crecerá lozana? ¿No habrá plegaria en la tumba mía? ¿Nadie en mi nombre pensará mañana? no negarme el fulgor de tu mirada, ser por ti de la muerte defendida. lo que llorando te pidió en la vida, ¡presintiéndose un día abandonada! |
Y prosiguió su signo su traje asaz roído, con sus viejas sandalias que conocen cien valles, cien desiertos, mil caminos. que desgreñaba el austro, con su triste mirada pensativa, que escruta, siempre fija en el arcano. callado, obscuro, solo, con sus laxos camellos de tristeza doloridos. Pasó lleno de polvo... del ya lejano predio y aun oyó reproches que venían traídos por la parva de los vientos. y prosiguió, en su signo, con sus viejas sandalias que conocen cien valles, cien desiertos, mil caminos.
|
Tinta crepuscular Que llegue a mi madre buena, Y le murmure que siento Por su ausencia una honda pena. De las riberas lejanas, Los hilos de las espumas Me van fingiendo sus canas. Va tejida una sonrisa del que una tarde partió. Siempre beso la medalla Que en el pecho me prendió. |
Oh triste novia mía sino en mis soñaciones amables y enfermas... ¡Oh! pasa deshojando las rosas del Olvido, mientras doy mi sonata para que no te duermas. vagando tantas veces por su Lied sin fortuna, y ya le ha sorprendido tu espiritual silueta, como a Gustavo Adolfo, en el claro de luna... ¡tienes un parecido tan cierto con su pena!... por eso hay en tus ojos brumas de su elegía ¡y es tu semblante como de lirio o azucena! en la prosa sin seso, en lo que aún no he escrito, en todo, lo inefable de tu ternura invoco: ¡un corazón celeste con olor a infinito! enfermedad de ángeles, y que en mis camposantos en los que, entre cipreses, vierte su amor la Luna, te amortajé en la pura mortaja de mis cantos... hasta un sepulcro blanco, sollozando oraciones... Dirán quienes me vean: "¿Llora?... Pues un alarde romántico... ¡y en nada prestigia sus canciones!" cuando el amargo fruto de los insomnios muerdo, he escuchado una voz, he visto unos perfiles... ¡voz y perfiles no ajenos a un recuerdo!.... divagaciones éstas!) ¿Cerca de Arturo vuelas?... Señor, tan cuidadoso de tus pequeñas aves, ¿por qué no mandas juntas a las almas gemelas?... y seas tú, lectora devota, muy lejana... tú que tienes los ojos de tísica más tristes, las ojeras más hondas, la sonrisa más vana!... |
oloroso a vereda y a balido, a surco, a hierbas, a terreno arado, a milpa verde y platanar florido. y enciende en mi sangre soñadora cariño loco por tu hogar que humea entre rosas de alegre trepadora. apenumbrados dejos de frescura como de agua que en sombras se detiene... oír tu nombre sobre aquella altura ¡es sentir el suspiro de la tierra!
|
|
Arturo Duarte Carrión (1890-1986) La canción de divertimento al infante (al calor del
hogar) Uno... Dos... Y tres... ¿Lo ves?... Ya lo ves... Te rasco, te rasco, te rasco los pies... Y corro mi mano, suave y zalamera, rascando, rascando también la cadera; la sigo subiendo con tino y cuidado, y rasca rascando te toco el costado; con amor te nombro rozándote el hombro; luego, con presteza rasco tu cabeza; te miro a los ojos detenidamente; y beso tu frente. Uno... Dos... Y tres... ¿Lo ves?... Ya lo ves... Te rasco, te rasco, te rasco los pies... Así al cosquilleo de pies a cabeza, viene
tu sonrisa, se va mi tristeza.
|
Fuentes: Jorge Eduardo Arellano, Antología general de la poesía nicaragüense, Managua,1984 Pablo Antonio Cuadra, Torres de dios, Managua, 1985 |
Regreso a Panorama de la literatura nicaragüense |