Modernistas

 Los siguientes poetas son contemporáneos de Darío que hacen eco a los románticos españoles, es decir, a la vieja tendencia.

Mariano Barreto (1856-1927)

La confesión
(fragmentos)

Dime: ¿has amado criatura?
--Amo señor, con locura,
Con ardiente frenesí;
Amo a un hombre que ha jurado,
A mis pies arrodillado,
Quererme tan sólo a mí.
Le amo, señor, porque un día,
Lejos de la patria mía,
Fue consuelo en mi dolor;
Porque sus manos queridas
Vertieron en mis heridas
El perfume de su amor.
¿He pecado, señor cura?
--No has pecado, no, criatura,
Que no es pecado el amor.


 Manuel Maldonado (1864-1945)

Y entonces fue

Muchas veces, Señor, yo te he buscado
donde quiera que hay luz, vida o ruido,
en el fanal del sol, siempre encendido,
y en la feraz vegetación del prado.

Te he buscado en el mar ronco y airado,
en el crujir del rayo enfurecido,
en la flor, en el céfiro, en el nido,
y en el rojo crepúsculo incendiado.

Pero una noche muda, solitaria
y fría como estepa de Siberia,
después de un gran dolor y una plegaria

en un establo lleno de miseria,
al fin te pude hallar dentro de mí mismo,
y entonces fue que se alumbró mi abismo.

 

Los poetas a continuación continúan la obra de Darío y en ellos  aún se encuentran elementos neoclásicos y románticos.

Román Mayorga Rivas (1861-1925)


La flecha y el canto
(de Henry Wadworth Longfellow)

Una flecha arrojé del arco de oro,
la vi un punto brillar, y se perdió,
me fue imposible perseguir su vuelo,
pues el espacio rápido cruzó.

Luego a los aires arrojé mi canto
al sencillo compás de mi laúd;
pero no pude perseguir su vuelo,
porque perdióse en el confín azul.

Muchos años después, la flecha de oro
intacta en una encina encontré;
y la canción perdida de mi alma
en tu amoroso corazón la hallé.


 Santiago Argüello (1871-1940)

Germinal

El horno de abril. En la hoguera
se abrasan los llanos. Extiende
sus velas el pájaro y hiende
los aires. Resopla la fiera.

El horno de abril reverbera,
y se oye zumbar: es el duende
que fuegos eróticos prende.

Después, la gentil Primavera
su espeso cabello prendido
con regias coronas. El nido
renueva las notas del coro.

Rosal lujurioso se cubre
de rosas. Da leche la ubre;
la espiga, mazorcas de oro.

 

Juan de Dios Vanegas (1873-1964)


El butaco
Triste butaco antiguo que, ornado de tachuelas
Y forrado en lustrosa baqueta ennegrecida,
Evocas en silencio las canosas abuelas
Durmiéndose en la margen oscura de la vida.

Eres el arca mágica de familiares sueños
Vividos en los tiempos de veladas dichosas,
Entre rosquillas de oro, chocolates risueños,
Cuentos de brujerías, barajas silenciosas.

A tu vida reviven las dulces horas muertas
De la divina infancia, con sus alas abiertas
Y sus tiernos anhelos dentro del corazón.

El canto de la madre que mece al niño y cose;
Los pasos del abuelo abstraído que tose,
Y que la mecha prende a golpes de eslabón.

 

  Discípulos de Darío

El estudioso de nuestra literatura, Jorge Eduardo Arellano, señala las siguientes características en estos poetas:

  • Preciosismo brillante y sonoro
  • Bohemia alineante y libresca
  • Afirmación de la identidad nacional
  • Rechazo de la intervención norteamericana
  • Rebelión personal como oposición al pragmatismo burgués
  • Helenismo de origen francés y español
  • Tardíos dejos románticos
  • Ausencia de obras concretas, exceptuando la de Ramón Saénz Morales, cuyo poemario Aires monteros fue publicado mucho tiempo después de acallados los ímpetus modernistas, en 1945.
  •  

    Antonio Medrano (1881-1928)

    Oda a Wilson
    (fragmentos)

    La hora vindicatriz ha sonado. La afrenta
    Cuajó en mis horizontes sus nubes de tormenta.

    Y en los azules picos de las montañas mías
    Reposaron su vuelo tus águilas bravías.

    Y la Fuerza violadora unciónos a su carro,
    Y el odio fue a temblar en los filos del guijarro.

    En el hondo misterio de las noches fatales
    Brillaron las cortantes hojas de los puñales.

    Y en el delirio insano de la fibre del odio
    Vimos caer a Hiparco bajo el golpe de Harmodio.

    Y pensé en mi Patria pequeña y tu Nación
    Enorme encontrándose talvez en Maratón.

    Puse entonces en mis cantos el fuego de la ira
    Y empuñé como un látigo las cuerdas de la lira.

     

    Rosa Umaña (1886-1924)

    Muy pronto moriré
    Muy pronto moriré, no está lejana
    mi noche de dolor, mi hora sombría;
    el toque funeral de la campana,
    avisa que llega mi agonía.

    En mi tumba ignorada, negra y fría,
    ¿nunca una planta crecerá lozana?
    ¿No habrá plegaria en la tumba mía?
    ¿Nadie en mi nombre pensará mañana?

    Me ofreciste con frase conmovida
    no negarme el fulgor de tu mirada,
    ser por ti de la muerte defendida.

    No le niegues a esta alma desgraciada
    lo que llorando te pidió en la vida,
    ¡presintiéndose un día abandonada!


    Solón Argüello (1879-1913)

    Y prosiguió su signo

    Pasó lleno de polvo
    su traje asaz roído,
    con sus viejas sandalias que conocen
    cien valles, cien desiertos, mil caminos.

    Pasó, con su melena
    que desgreñaba el austro,
    con su triste mirada pensativa,
    que escruta, siempre fija en el arcano.

    Pasó, como una sombra,
    callado, obscuro, solo,
    con sus laxos camellos de tristeza
    doloridos. Pasó lleno de polvo...

    Miró hacia atrás en busca
    del ya lejano predio
    y aun oyó reproches que venían
    traídos por la parva de los vientos.

    Y se bebió sus lágrimas
    y prosiguió, en su signo,
    con sus viejas sandalias que conocen
    cien valles, cien desiertos, mil caminos.

     

    Alberto Ortiz (1892-1913)

    Tinta crepuscular

    Crepúsculo, dile al viento
    Que llegue a mi madre buena,
    Y le murmure que siento
    Por su ausencia una honda pena.

    Que cuando miro las brumas
    De las riberas lejanas,
    Los hilos de las espumas
    Me van fingiendo sus canas.

    Que en cada marina brisa
    Va tejida una sonrisa
    del que una tarde partió.

    Y que en el mar o en la playa
    Siempre beso la medalla
    Que en el pecho me prendió.


      Lino Argüello (León 1889-1937)

    Oh triste novia mía

    Oh triste novia mía que nunca has existido,
    sino en mis soñaciones amables y enfermas...
    ¡Oh! pasa deshojando las rosas del Olvido,
    mientras doy mi sonata para que no te duermas.

    Has hecho creer que vives al doliente poeta,
    vagando tantas veces por su Lied sin fortuna,
    y ya le ha sorprendido tu espiritual silueta,
    como a Gustavo Adolfo, en el claro de luna...

    Como eres la flor mustia de su floresta umbría
    ¡tienes un parecido tan cierto con su pena!...
    por eso hay en tus ojos brumas de su elegía
    ¡y es tu semblante como de lirio o azucena!

    ¡Oh triste novia mía! En el soneto loco,
    en la prosa sin seso, en lo que aún no he escrito,
    en todo, lo inefable de tu ternura invoco:
    ¡un corazón celeste con olor a infinito!

    A veces he pensado que ya has muerto, de una
    enfermedad de ángeles, y que en mis camposantos
    en los que, entre cipreses, vierte su amor la Luna,
    te amortajé en la pura mortaja de mis cantos...

    Por eso, con mis lágrimas, me voy de tarde en tarde
    hasta un sepulcro blanco, sollozando oraciones...
    Dirán quienes me vean: "¿Llora?... Pues un alarde
    romántico... ¡y en nada prestigia sus canciones!"

    ¡Ah! porque ellos no saben que en mis noches hostiles,
    cuando el amargo fruto de los insomnios muerdo,
    he escuchado una voz, he visto unos perfiles...
    ¡voz y perfiles no ajenos a un recuerdo!....

    ¿Me amas en otra vida poslunar?....(¡Y qué graves
    divagaciones éstas!) ¿Cerca de Arturo vuelas?...
    Señor, tan cuidadoso de tus pequeñas aves,
    ¿por qué no mandas juntas a las almas gemelas?...

    ¡Oh dulce novia mía! ¡Quién me dirá si existes,
    y seas tú, lectora devota, muy lejana...
    tú que tienes los ojos de tísica más tristes,
    las ojeras más hondas, la sonrisa más vana!...


      Ramón Sáenz Morales (1891-1927)

    Damiana

    Un nombre como el tuyo, enmontañado,
    oloroso a vereda y a balido,
    a surco, a hierbas, a terreno arado,
    a milpa verde y platanar florido.

    Nombre que al escucharlo me asolea
    y enciende en mi sangre soñadora
    cariño loco por tu hogar que humea
    entre rosas de alegre trepadora.

    A la puesta del sol tu nombre tiene
    apenumbrados dejos de frescura
    como de agua que en sombras se detiene...

    Y de noche ¡la noche de mi sierra!
    oír tu nombre sobre aquella altura
    ¡es sentir el suspiro de la tierra!

     

    Arturo Duarte Carrión (1890-1986)

    La canción de divertimento al infante

    (al calor del hogar)

     

    Uno... Dos... Y tres...  

    ¿Lo ves?... Ya lo ves...

    Te rasco, te rasco, te rasco los pies...

    Y corro mi mano, suave y zalamera,

    rascando, rascando también la cadera;

    la sigo subiendo con tino y cuidado,

    y rasca rascando te toco el costado;

    con amor te nombro

    rozándote el hombro;

    luego, con presteza

    rasco tu cabeza;

    te miro a los ojos detenidamente;

    y beso tu frente.

     

    Uno... Dos... Y tres...

    ¿Lo ves?... Ya lo ves...

    Te rasco, te rasco, te rasco los pies...

    Así al cosquilleo de pies a cabeza,

    viene tu sonrisa, se va mi tristeza. 

     

    Fuentes:

    Jorge Eduardo Arellano,  Antología general de la poesía nicaragüense, Managua,1984

    Pablo Antonio Cuadra, Torres de dios, Managua, 1985

     
     

     

    Regreso a Panorama de la literatura nicaragüense

    Regreso a Dariana