Guillermo Rothschuh Tablada
(1926)



Bibliografía:

Poemas chontaleños, 1960

Cita con un árbol, 1965

Veinte elegías al cedro, 1973

Quinteto a don José Lezama Lima, 1978


Indice de poemas:

  • Oda al verano en los llanos de Chontales

  • Regreso a Antología de la literatura nicaragüense



    ODA AL VERANO EN LOS LLANOS DE CHONTALES

    Sin agüita no hay vidita
    Aldous Huxley


    El río sin una mirada honda:
    aquí no llora nadie.
    La yerba sin un dedo levantado;
    aquí no crece nadie.
    El ternero sin una gota en la encía:
    aquí no vive nadie.

    Aquí no vive nada ni nadie.
    Todo se seca. El verano es atroz
    y deprime hasta los pájaros más hermosos,
    más veloces.
    El gavilán ha cerrado su abanico de sombra
    y tiene el zenzontle del pico al pecho
    una cicatriz muy honda.
    Yo sé que esto no importa nada
    al escribiente de la otra orilla,
    porque --es claro--
    tiene escondido en su troje
    una poderosa reliquia que le dejó
    su abuelo muerto de pereza
    en la hamaca expiatoria.

    (Pecata tua, eleemosynis
    rédime
    , del viejo Daniel)

    Porque esto sí, creedlo amigo,
    cazar aquí, cantar,
    o simplemente dispara
    una escopeta de aire,
    daría al alambre de púas
    una tensión horrible, electrizante.
    Desde los cercos de piedra altos
    los bejucos buscan como asir su sed,
    y el sol --oh trágico sol de Teustepe!--
    es una lámpara de once mil demonios
    que sollama a los jícaros y a las piedras
    con fulgor y filo. Inditos campesinos,
    esqueléticos y largos ocmo espaguetis
    que nadie acarrea al festín porque hieden,
    y más que a sudor y que a hambre,
    a siniestras heridas.
    La tajona es una culebra amaestrada
    que muerde a los niños en las canillas.

    Aquí, amigo, todo se seca,
    las ubres entre las patas de las vacas,
    y las flores entre los postes de las casas;
    y dedo y gorrión nunca exprimirán nada.
    Nada.

    II

    Economía más Poesía igual a cero,
    y verdad o no, esto, amigo,
    es una verdad aritmética,
    una verdad pura, demostrable, probable.
    ¿Quién saborea este gran queso embijado de dolor?
    ¿El perro o la golondrina, Don Pedro o Doña María?
    Nadie, no son babosos.
    El heroísmo anda en barajustadas,
    y aquí nadie, nadie, amigo,
    posee el infatigable talón de Aquiles.

    Aquí, digo, todo se seca,
    y la Poesía y la Economía,
    ya no son charneles para mi honda,
    caramelos para mis dientes,
    Que venga nuevamente Jesús,
    montado en la burriquita
    y principie a repartir varejonazos,
    a diestra y siniestra,
    a los de a pie y a los de a caballo,
    a los de arriba y a los de abajo,
    a los audaces y a los idiotas.
    Parece que San Pedro ha sido benévolo
    hasta con los infieles
    que ha cambiado su llave por un dólar.
    ¿Verdad, Mr. Ship? ¿Verdad, Mr. John? ¿Verdad, Mr. Frank?

    Repito que la Poesía y la Economía.
    --estrella y pan en la solapa del artillero--
    ya no son pedernales para mi honda,
    chiclets para mis dientes.
    Pero esto sí, amigo, no me avergüenza decirlo,
    tengo en mi carcaj un enjambre de flechas
    que clavaré certero a las abejas discretas,
    para que envenenen el aire
    y entonces den al paisaje un aspecto,
    además de peligroso, serio y melódico:
    Darío-Góngora fritos con chile y aceite
    y puestos sobre una batea en el mercado.
    Poesía indigesta. Gesta indo-española.

    Nuevamente repito que aquí todo se seca,
    y creédlo amigo, cazar, cantar
    o simplemente disparar una escopeta de aire
    sería soliviantar a los cabreros
    con todos sus feligreses barbudos y solemnes.
    Nos darían el topetazo tremendo de la historia
    y aquí nadie, nadie, amigo,
    está preparado para esto.

    Además, los pozos ciegos, se refundirían más,
    y los caballos,
    nuestros pobres caballos con olor a museo
    se quebrarían en la primera pisada,
    en sólo la arrancada, o se secarían más
    en el primer relincho de la victoria.

    Insisto que aquí, amigo, todo se seca.

    Y no vive nada, ni nadie.
    Sólo en el potrero brilla
    la calavera blanca de una vaca muerta
    bajo el sol,
    y que mira por un hueco:
    el pasto seco,
    a la hormiga seca,
    al río seco,
    reseco.


     

    Regreso a Dariana

    Regreso a Antología de la literatura nicaragüense