de Carlos Martínez Rivas |
Regreso a Homenaje a Carlos Martínez Rivas
Pentecostés en el extranjero
Antaño, en la época de las participaciones, después del tiempo pascual con sus cincuenta días bien contados y plenos en su liturgia triunfante (tal cual se nos presenta hoy bien estudiada y mal vivida) el domingo siguiente a la luna llena del equinoccio de primavera; el suceso tenía lugar: Sobre el fondo en pan de oro la ronda felina de las llamas desvaneciéndose renaciendo y una nueva forma de persuación en boca de esas gentes. Lo claro y lo oscuro. El murado yo voluntarioso con ceño de diamante y el indefinido murmullo que se resigna fondo, se conciliaban. Hoy, el Espíritu Santo ya no es pan común sino que cada uno oye al del otro, extraño al suyo, zurear a su lado. Y ante cada rostro afirmándose la desemejanza de otro rostro. Y nombres propios. Tortuosa, sonsacona, la zagala. Detractor el prójimo rechinando a tu vera. Difícil cada vez más la poesía. Y ni siquiera el día bueno: frío, nublado. Sin el menor rastro de fuego. Pero seguimos esperando. Con fe no exenta de cinismo esperamos el día de mañana para contradecir al de hoy. A su golpe vacío. Así los dos compatriotas (E. C. y C. M. R.) sentados junto a Teresa, con su respectivo cáliz y su manera peculiar de mirar a la mujer, brindan en esa dulce reunión a la áspera salud de ser diferentes. Fiel cada cual a su distinta lengua roja a su pentecostés privado a su fraude provisional. Porque es verdad que hacemos fraude. Porque creemos en el Espíritu Santo hacemos fraude. Porque aun a costa del fraude y de los juegos de vocablos, continuamos para perpetuar la amenaza inventar la necesidad mantener el peligro en pie mientras retornan esos tiempos que el hombre ya ha conocido antes.
Pentecostés, 1950. -Hotel de Bretagne, Rue Cassette, París.
Beso para la mujer de Lot Y su mujer, habiendo vuelto la vista atrás, trocose en columna de sal. Génesis, XIX, 26
Dime tú algo más. ¿Quién fue ese amante que burló al bueno de Lot y quedó sepultado bajo el arco caído y la ceniza? ¿Qué dardo te traspasó certero, cuando oíste a los dos ángeles recitando la preciosa nueva del perdón para Lot y los suyos? ¿Enmudeciste pálida, suprimida; o fuiste de aposento en aposento, fingiéndole un rostro al regocijo de los justos y la prisa de las sirvientas, sudorosas y limitadas? Fue después que se hizo más difícil fingir. Cuando marchabas detrás de todos, remolona, tardía. Escuchando a lo lejos el silbido y el trueno, mientras el aire del castigo ya rozaba tu suelta cabellera entrecana. Y te volviste. Extraño era, en la noche, esa parte abierta del cielo chisporroteando. Casi alegre el espanto. Cohetes sobre sodoma. Oro y carmesí cayendo sobre la quilla de la ciudad a pique. Hacia allá partían como flechas tus miradas, buscando... Y tal vez lo viste. Porque el ojo de la mujer reconoce a su rey aun cuando las naciones tiemblen y los cielos lluevan fuego. Toda la noche, ante tu cabeza cerrada de estatua, llovió azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra. Al alba, con el sol, la humareda subía de la tierra como el vaho de un horno. Así colmaste la copa de la iniquidad. Sobrepasando el castigo. Usurpándolo a fuerza de desborde. Era preciso hundirse, con el ídolo estúpido y dorado, con los dátiles, el decacordio y el ramito con hojas del cilantro. ¡Para no renacer! Para que todo duerma, reducido a perpetuo montón de ceniza. Sin que surja de allí ningún Fénix aventajado. Si todo pasó así, Señora, y yo he acertado contigo, eso no lo sabremos. Pero una estatua de sal no es una Musa inoportuna. Una esbelta reunión de minúsculas entidades de sal corrosiva, es cristaloides. Acetato. Aristas de expresión genuina. Y no la riente colina aderezada por los ángeles. La sospechosamente siempre verdeante Söar con el blanco y senil Lot, y las dos chicas núbiles, delicadas y puercas.
Romanzón a L. P. G. Primomisacantano
Caminantes camineros de Madrid a San Sebastián hemos visto cómo toda la tierra está cantada por el mar. Y al borde de tu misa oímos un océano universal y el rumor de todas las hostias que se venían a quebrar. El Obispo avanzaba ayer, rojo, delante del altar. Los fuelles del órgano soplaban la hoguera de la cristiandad. Y caminantes camineros sacamos en claro esta verdad: que toda la tierra puede ser cantada desde un altar. Como un nadador que separa dos olas así abriste tú el misal. Te vimos entrar en una opulencia de agua de mar donde saltaba la barca de Pedro y chillaba el águila de Juan. Nos abriste como una casa las grandes puertas del misal -el único pórtico rojo por el que debimos entrar-. Cambiar nuestro vino por tu Vino; cambiar nuestro pan por tu Pan. Es porque he mirado la tierra que tengo derecho a cantar: yo estaba de guardia una noche. Las tiendas eran blancas a la luz lunar. Los grillos cantaban enamorados y no paraban de cantar. Un riachuelo sesgaba hacia la muerte y no cesaba de sonar. Yo comenzaba a comprender. Venus desde el abismo me miraba con triste mirar. En Guetaria las muchachas eran arañas entre las redes de pescar. Tejían una red infinita mientras nos veían pasar. En el agua quieta de Orio, brillaba gorda la estrella vesperal. Entramos en una taberna y nos pusimos a tomar. El vino lo sacaban casi negro de un barril profundo, inmemorial. En la cocina misteriosa un niño empezó a llorar. Sobre un plato abandonado, hedía una sardina de metal. Si quisiera contar todo eso no terminaría jamás. Sería como las estrellas del cielo, como las arenas del mar. Del mundo te traigo este día, con lo difícil de nombrar, los pasos pesados de este romance y el abrazo de mi amistad. Convento de Oña Burgos, España, 1946
Villancico
¡Un niño nos ha nacido
un niño se nos ha dado!
Vamos, pastores, vamos,
vamos a Belén,
a adorar, etcétera...
Para algo nace
el niño.
Por algo lo hace.
No se alza porque sí
el vientre, la purísima clausura,
de una Niña de Niñas (¡Virgo Virginum!)
Si viene a traer la paz y no la guerra,
no sé a qué venga.
por más dulce que sea la llegada
de los bebés, y ofrecerlos,
¡por el amor de Dios! si no han de cambiar todo
esto, no sé a qué vienen,
y sí sé
que vienen a engrosarlo no a cambiarlo.
Si El no ha venido -espada
en mano- contra el sabor a hierro,
el regusto a cobre de no haber
sembrado sino desparramado,
de haber sido gastado
por la existencia sin gastarla,
de haber sido usado sin usar,
si El no viene a quitar
de una vez por todas
ese resabio a cobre de las bocas,
no sé a qué viene.
Vamos, pastores, vamos,
vamos a Belén,
a adorar, etcétera...
Porque hemos entendido bastante
bien el sentido oculto (la segunda
intención) de lo blanco, de
lo blancuzco y sus relaciones
con la lepra y el sello del pecado
casi como en el Exodo y en el Levítico es entendido
("...y he aquí que estaba leprosa, como la nieve")
-pero sin poder remediarlo-
(la manchada rutina, el empaste blanque-
cino y la abominable pereza del color: años
centurias eras para que el gris se arrastre
un poco hacia el verde-zinc)
-pero sin poder combatirlo-
creo, entonces, que a eso
viene y que si no viene a eso no sé a qué viene.
Vamos, pastores, vamos,
vamos a Belén,
a adorar, etcétera...
El zapatón que taconea con estrépito
no ha sido silenciado.
Los prójimos unos contra otros se aguzan
como cuchillos chas-chas-chas.
Se oye el encierro, el din-don monótono
el cencerreo de los adúlteros
guisando al rojo y cenando frío
y el ruido de hojas secas de la ropa humana...
Si El no viene a acabar
con ese chas-chas-chas y el frou-frou
de la hojarasca y el din-don y el ¡tac
tac! de la bota y toda
nuestra cacofonía,
no sabré que ha venido cuando venga.
No tendré la menor idea.
Vamos, pastores, vamos,
vamos a Belén,
a adorar, etcétera...
Aquí están todos los hijos, madres.
Recién nacidos, puros como la nieve.
Son la sal de la tierra. El libre
vuelo de vuestro ser.
Oidlos ahora, parlotear. Miradlos marchitarse
y adiestrarse -agibílibus- y marcharse.
Hinchándose codiciosos,
empobreciéndose de oro. Poco
de todo aquel libre vuelo del ser, madres.
Y poco que hacer desde vuestro lecho
contra esta ola en torno de una cuna.
Poco desde vuestro rezo,
desde vuestro sueño, desde vuestro puesto.
Sólo hay la nieve afuera amontonada
como la sal que se ha vuelto insípida
y es tirada y pisada.
Sólo la nieve sucia, el sello blanco
de la lepra y la sal desalada.
Vamos, pastores, vamos,
vamos a Belén,
a adorar, etcétera...
Memoria para el año viento inconstante I
Sí. Ya sé. Ya sé yo que lo que os gustaría es una Obra Maestra. Pero no la tendréis. De mí no la tendréis. Aunque se vuelva, comentando, algún maestro del humor entre vosotros: -Poco trabajo le costará cumplir... Aunque sepa hasta qué extremo las amáis. Sé cómo amáis la Música. No la de los negros, por supuesto. Ni la guitarra a lo rasgado, por tientos, esa brisa seca de uñas y plata. Ni el endiablado son de la Múcura que está en el suelo, o Rosa de Castilla con su largo alarido al comienzo... sino ¡BACH! Ultimamente sobre todo Juan-Sebastián Bach. Yo os he visto alzar la tapa de la discoteca, oyendo en vuestros sagrados depósitos de música estancada cómo cae el Concierto, y tirar de la cadena purificados por el suceso musical puro. ¡Con qué libertad respiráis! casi voy a decir que vivís como hombres por un momento. De tal modo saboreáis el aire salado de la emancipación al salir por la puerta, la puerta giratoria y afelpada -que se traba- del Museo de Bellas Artes. Y ya cerrarlo con doble llave. Y haber cumplido con la tercera y última de las variaciones de las variantesde la Battaglia. Irse sin dejar nada pendiente con la figura que toca el pífano y el tambor en el Cristo de los Ultrajes de Grünewald. En paz con el exigente Maestro de la Leyenda de Santa Ursula. Gran día para vosotros. Ese de la Obra Maestra. Una antigua necesidad: el holocausto del propio ser. El deseo de imponeros algo perenne y tribunal. Y otro. Más rabioso, más trémulo: el deseo de tener un pasado. Un pasado por fin que oponer al maldito presente. Un pasado adornado con todas sus plumas. Con su perspectiva de adecuada jerga, con sus categorías históricas y su problematismo crítico-cultural precisado en función de una radical revisión de... Y la larga, accidentada, alucinante teoría de los géneros y los estilos. II Si no estuviera el otro. El difuso terco mundillo del amanecer. La pululante línea de la imperfección y el anonimato. Más informe en el año del hombre y dudosa que en el año exterior los renacuajos moviéndose sin dignidad, que la crisálida de una abeja en su célula cuando no es sino un poco de saliva ciega y moho, que esas medusas que olvida el mar aun sin hacer, translúcidas al asco. Ahí velaremos. Como sagaces hijos del siglo. Como el Iscariote, que no conoció almohada. Alertas centinelas en la púrpura penumbra del umbral. Celosos polizontes con la diestra en la cartuchera de cuero al pie del sicomoro. Cada hoja tendrá su guardián. El más mínimo remolino de savia el tiempo necesario de cumplir su revolución su breve furor elipsoidal hasta pintarse como un leopardillo y ya ni Salomón en toda su gloria (o tendrá más tiempo: todo el vasto y soleado tiempo de no cumplirla y abdicarse a sí mismo y perderse). No es una amenaza. Tampoco exageraremos. Pero ni un solo murmullo será malogrado. Ningún lenguaje estéril y ameno brutalizará los reciencapullos, los brotes del presente que asómanse predicando lo que todavía no es cierto. La fina sombra de una lanza llena de tacto guardará el paso cálido, distinto al anterior, casi indecente de una pulsación de segundo. El milagro de un entendimiento súbito entre dos sangres extranjeras. Aceptaremos sin entender cualquier discordancia: el más aprendiz de los palmoteos el más inventado de los borbollones. Porque de lo seguro salimos a reposar en lo inseguro. En lo peligrosamente sesgado como doncella cortante veloz como desde un puente. Del puente a lo escapado a lo demasiado huído a lo frío saltamos ¡impacientes! Y más si se quiere. Que el tránsito de una burbuja nos sea viaje largo y fatigante. Una piragua de papiro en el centro del remolino es fortaleza, chato torreón de piedra, ante el inseguro inestable vacilante hogar de un corazón inclinado al esbozo. De un corazón de hombres dóciles flexibles vulnerables como un colibrí es siempre un colibrí agudo ardiente rápido. Y más hombres: los que llamaren. Como ese colibrí es tantos diferentes colibríes agudos ardientes rápidos. A cada arranque imprevisto ¡un nuevo colibrí sin memoria! Agua fluctuante y pan preparado sin fatiga, delicioso como agua desaprovechada que se mira correr y riqueza no guardada para mañana (recibida prestada en el viento escrita) agua móvil como sólo ella sabe serlo y jirones de plata donde ninguno se repite y de ninguno es posible hallar vestigio... Lo que a los planetas eternos les fue negado y concedido a una chispa: desaparecer! -Ese lujo- dice el coro. Y vuelta a lo mismo: de lo seguro para girar en lo inseguro en lo ondeante adoncellado y con andares aptos para el desmiembre el date vuelta en lo que como lomo de paloma amarillea y ala untada de plata y gala de la mañana y que pasa de nosotros con liberalidad projimal o nos es quitado por asalto o rechazado (arrebatado por rechazo) o birlado vulgarmente o registrado chabacanamente destruido desplegado con vocerrón devuelto con las patas (¡y para nosotros gala de la mañana!) pero que vuela saca las uñas duerme vive ahí -¿en dónde?- ¡aquí aquí en el entornado desierto mundo del amanecer. Y no domado dulcificado acorderado bajo velocino sino amenazante!
Retrato de dama con joven donante I
La Juventud no tiene donde reclinar la cabeza.
Su pecho es como el mar.
Como el mar que no duerme de día ni de noche.
Lo que está en formación
y no agrupado como la madurez.
Como el mar que en la noche
cuando la tierra duerme como un tronco
da vueltas en su lecho.
Solo.
Retirado a mi tos.
Desde mi lecho que gruñe oigo correr el agua.
Toda el agua que se oye pasar de noche bajo los lechos.
Bajo los puentes.
Las aves del cielo tienen sus nidos. Nidos curiosísimos.
Los zorros y las raposas tienen alegres madrigueras donde hacen de todo.
La juventud no tiene donde apoyar la cabeza.
Y rompe a hablar. A hablar. Toda la tarde
se la pasó el joven hablando delante de la mujer enorme.
Dejándola para mañana se le pasa la vida.
Y en la Pinacoteca de Munich, bajo el gran hongo, a la afable
sombra de los Viejos Maestros, o en la olla del placer,
derramando en el suelo su futuro
dice a su juventud, a su divino
tesoro dícele: -Sólo espero
que pases para servirme de ti.
Y aprender a sentarse.
Empezar a tener una cara.
Lo que hizo Míster Carlyle, el dispéptico.
Lo que hicieron Don Pío Baroja y su boina.
O Emerson ("...una fisonomía bien acabada es
el verdadero y único fin de la Cultura").
Y todos los otros Octogenarios,
los que no escamotearon su destino:
el propio, el que vuelve al hombre rocín
y acaba sólo gafas, hocico, terco bigote individual.
Los que llegaron hasta el final
y zanjaron el asunto y merecieron
un retrato en su viejo sillón rojo
calvo ya como ellos y hermoso.
Sentados para siempre. Fotogénicos.
Idénticos a su celebridad. Fijos los ojos
como si por encima del vano afanarse de la tribu
lo logrado miraran. ¡Lo logrado!
¿Lo logrado?
¿Y si fuera otra cara la verdadera y no ésta
sino la otra, la mal hecha, la que no se parece
y es distinta cada vez? La del Hombre
del Trapo en la Cabeza, el que se cortó
la oreja con una navaja de afeitar
para dársela a la menuda prostituta?
Pero él fue solamente un pintor. Uno
entre los otros espantapájaros, minúsculos
en medio del gran viento que choca contra el cielo,
empeñados en añadir un paso más a la larga cadena.
Ocupados en cambiar la Naturaleza, como las estaciones.
Rehaciendo y contrahaciendo el rostro del mundo. El rostro
del vasto mundo plástico, supermodelado y vacío.II
Aludo a, trato de denunciar algo sin un significado cabal pero obcecado en su evidencia: el árbol con piel de caimán. La esponja con cara de queso de Gruyere, y viceversa. El viejo de la esquina, el que vende cordones para zapatos, peludo de orejas, animal raro, Nabucodonosor amansado. Una lora en su estaca moviéndose peculiarmente. Mostrándonos su ojo viejo, redondo, lateral. Los moluscos, temblorosa vida en la canasta que contemplan tan serios el niño y la niña. El perro en la cantina, debajo de su mesa favorita, temible a causa de su bozal. Un par de hombres solitarios bañando un caballo con un cepillo grande a la orilla del mar en una perdida costa pequeña y abrupta. Los grandes bueyes lentos de fuerza y peso, cargados de su propio poder, y los caballos pastando con sus cuellos inclinados igual que las colinas... Todo incomprensible (en apariencia) o idílico, pero inasistido, no azotado por el error, vivo dentro de un cero en la impotencia de lo sólo evidente. El mundo plástico, supermodelado y vacío. Como un infierno ocioso, abandonado por los demonios, condenado a la paz.
III
Pues si esta noche el alma. Si esta noche quisiera el alma hundirse en la infamia o la ira hasta el fondo, hasta que el pulgar del pie brille contra la roca en la tiniebla del agua; y desde allí intentara una vez más bracear, cerrar los ojos, hundirse aun más hondo, no podría. La ola de la Tontería, la ola tumultuosa de los tontos, la ola atestada y vacía de los tontos rodeádola ha, hala atrapado. Inclinada sobre el idioma, sobre el pastel de ciruelas, lo consume y consúmese ella disertando. Y danza. Pero no al son del adufe, sí del castañeteo de los dientes que agitados por el rencor y el miedo producen un curioso tintineo. Al son del ¡sún-sún! de la calavera. Y súbito el recuerdo del hogar. De pronto, como una espiga ardiente. Como el sonido de un clarín de niño en la traición, en las traiciones de las que sólo el olvido nos defiende: sólo otra traición del corazón nos defiende. Y el pecado futuro, ya en acción, zumbando desde lejos, desde antes sabido, realizado y ceniza. Hoyo, humo y ceniza. Es el desierto. El sol huero, la arena y la pequeña mata de llamas. A lo lejos, la nube abstracta sobre la colina ocre. Un pájaro atraviesa la tarde de borde a borde. Una hoja seca araña el techo de zinc. Un grifo vierte el tedio. -Pero conocí a una dama.
IV
Sola en principio y descastada como un águila. El águila de Zeus en el exilio, de paso entre nosotros. El ruido de sus garras sobre la mesa y el ojo perspicaz. El ojo que sólo ve, sin opiniones. Así el suyo. Como el ojo del ave: sin respuesta, puro de voluntad óptica. Ojos duros, pequeños y desiertos delante de la ilimitada extensión del yo varonil. Rostro intemporal, zoológico. Lleno de fanatismo, pero frío, sutil, no sometido, como escarabajo o bala. Civilizaciones la han hecho. Muchas estirpes habrán sido necesarias delante de ella como delante de los frutos soles y siglos. Una hilera de siglos como grandes filtros para que al fin cayera -gota pura- entre las fuentes públicas y los hábitos de su raza. No la driada de los bosques ni oréade, breve de seno, oliendo el aire. No trirreme a la luz de las olas. Ni algo que el pueblo de Francia advertía. Ni tocador lleno de dijes fríos, colgantes como lluvia, y revólveres relucientes que enseñáronme tanto sobre la naturales secreta del níquel y el por qué las uñas y lo dentado. Pero sí algo que entró en el cielo excluído de lo suficiente. Si algo con la lógica de lo simple, la forzosidad de lo perfecto, la inteligibilidad de lo necesario. Ileso eso se mueve en la tercera rueda, nosotros aquí abajo enronquecemos discutiendo. Sin vacilaciones ni sombras. Todo respuesta que el enigma vano de la blancura oculta y suplanta, el pecho ofrece un fondo al rayo de la mano. Tras la aislada frente monótona (donde ensordece el apagado barullo del mundo invisible) se abre el perla, absorto, cóncavo día solo de una mujer. Es el interior de la concha. La Nada femenina. Allí, aun sin aletas y sin ojos un caos se defiende, más cerca del huevo que del pez. Mordiente sol, limón de oro, virginidad aceda. Es la mujer, golpeando, matando con su pico al hombre cálido. Su pico de vidrio. El de hielo. Púdica, insípida y hostil con la terquedad espantable y pacífica de la luz. La Nada femenina. Sola ante lo último, lo límpido donde lo resistente es nácar. Piedra vestida por la sombra y desnudada por el sol. 1949-50 -18, Rue Cassette, París
San Cristóbal
--¿Hay paso? --gritó el niño mirando hacia lo oscuro en los últimos límites de lo bruto. Y no oyó nada, sino la lluvia cayendo en el abismo. Sólo la pesantez eterna ha respondido honda y negra, al niño. --Tal vez es que no viene nadie aquí --cuando vió unos tizones apagándose, mojados bajo el humo. Y llamó otra vez hacia el gran hoyo mudo. Retó al caos palurdo. Golpeó en su oído duro. Y apareció un farol. Se le acercó la noche. cabeceando. El pie descalzo, enorme, removió el agua fría y dormida. El niño vio el reflejo del farol cruzando el río. Sacudido y soñoliento sobre el alto hombro macizo.
El desertor o ¡Que Dios te valga!
--Por donde vaya tú me faltas. Por donde huya tú eras blanca- fueron mis últimas palabras. Diligentemente la savia trepa verdeando las ramas y el ardor del verano es agua en la pileta de mi casa, aquí en Granada! Sólo tú andas rival y alta. Sin donde, sin nadie, sin nada.
La sulamita
En bata todo el santo día. Muy sola y en sus cosas pero con aire de saberse dos. Flaca, secreta y rocallosa. Sin hablar, cortando papeles y pegándolos. Hogareando. Confiando sólo en su marido detestando los visitantes. En bata todo el santo día soporta la felicidad bajo su camisa de noche.
Ars poética
¿Que eres reacia al Amor, pues su manía de eternidad te ahuyenta, y su insistente voz como un chirriante ruiseñor te exaspera y quieres solamente besar lo pasajero en la cambiante eternidad de lo fugaz? -entonces ¡soy tu hombre! Pues más hospitalario que el mío un corazón no halló jamás para posarse el falso amor. Igual que llegué, parto: solo, y cuando mudo de cielo mudo también de corazón. Pero, atiende: no vas a hacer traición a tu alma infiel. No intentes, si una chispa del hijo del hombre ves en mis ojos, descifrarla, ni trates de inquirir mucho en mi acento y el fondo de mi risa. Donde quiero destierro y silencio no traspases la linde. Allí el buitre blanco del Juicio anida y sólo el ceño de la vida privada ¡canta!
Hogar con luz roja a Pilar y las chicas
Los escalones de madera, inseguros para el extranjero en la oscurana, son fácil camino para el hijo. Alrededor de la mesa, congregada juega a las cartas la familia; las fichas chocan en el centro del tapete en donde cae la luz. Discreta zumba la radio. Porque es pacífico este hogar, temeroso, y sólo al amor consagrado. Llega el hijo y los hermanos del hijo y las hermanas de los hijos acuden a la llamada del timbre, y esperan dichosas, con agitado pecho, en medio del saloncito de mobiliario eterno: los cojines color naranja y el cromo con la góndola de Cleopatra en el Nilo.
En la carretera una mujerzuela detiene al pasante
¿Qué pasó con el joven que amó su madre? El incapturable. Pero a quien las mujeres notaron como el can al extraño. Al que todas ellas amaban: las crías de pecho las niñas sin pecho las mujeres en pecho las despechadas. Cuantas pudieron verle lo guardaron para siempre. No en sus corazones. Ni en el puño cerrado. Ni en el cráneo acústico. En su vientre lo conservaba cada mujer. No encinta de un hijo de él sino preñada dél. O aligeradas de golpe se descargaban, paríanse a sí mismas pariéndolo, detenían su anual alumbramiento. Por qué propósito de fecundar el fondo de la mujer y perpetuar su sombra iba y venía... ¿Dónde circula ahora? ¿Alguien le conoce?
El amor humano estorbando al amor divino
Si amamos (no quiero escribir Amor sino capricho, simple locura, espíritu de demencia) todo es compañía: pudiendo prescindir de todo, nada nos recuerda la soledad. (Porque Su crimen es querer mandar en la nada tan bien desmelenada de los dioses, donde no hay plenitud tramposa sino despilfarro.)
Cuerpo Cielo
Tocar un cuerpo es tocar el Cielo -quiere decir esto: Cuerpo ni La Maja es visible. Forma renuente que se expone contra lo oculto que se entrega cuerpo desnudo está cerrado. Sordo al dedo, a la consciencia esquivo, murado al contacto. Lo que quiso decir Novalis. Es intocable el cuerpo humano como el Cielo es intocable. ¿O que será tocado sólo cuando tocáramos el cielo y tocar cielo es tocar cuerpo y sólo entonces como puerto? Fórmula Cuerpo Cielo Cero.