Salomón de la Selva

 
 
ALEJANDRO HAMILTON
Sonata

I. ANDANTE

Al nombre de los Adams, en Boston
como al sonido de la lira de Orfeo
en los llanos pantanosos de Beocia,
surgen maravillosas estructuras,
puertas abiertas a todos los caminos:

Mont Saint Michel en peligro del mar
(piedra sobre piedra sostenidas por milagrosos
arbotantes)
que un sol de nueve siglos roe en vano
y lamen los aullidos de un viento sin fin,
podría ahora derribarse al abismo
con sólo un leve susto de gaviotas.

Y Chartres, con sus flechas impecables,
y el portal de la Virgen filósofa,
reina de Salomón y de Aristóteles,
con el vitral glorioso del árbol de Jesé,
y el júbilo de arco iris en danza
que cantan en colores por sus naves
ya puede ser el blanco de los Berthas monstruosos.

Porque en el libro de un Adams --Henry Adams--
clara y precisa,
áurea y preciosa
minuciosa y magnífica
como una abeja en ámbar,
su belleza está a salvo
hecha palabras.

Y Henry es sólo un Adams: ¡hay docenas!
La estirpe de los Adams es edificio fuerte:
cinco generaciones como cinco moradas,
como cinco torreones de castillo,
como torres y cúpulas de un templo,
y la basa del todo aquel zorruno
puritano manido y presuntuoso
que fue el primer Adams presidente,
fundamento de granito recio y duro,
acantilado de prejuicios basálticos,
que ajeno a las ensoñaciones sutiles
de que sólo son capaces los hombres prácticos,
a salvo contra el mar fuerte y contra el viento,
sordo al contrapunto florentino,
mal entendía y mal quería a Hamilton.

II. SCHERZO

Hamilton, tropical, nacido en isla,
criado al rumor caribe y los rumores
de los flacos deslices de su madre,
fuerte de vista para ver el sol
en cabriolas de luz sobre las olas,
supo mirar, sin deslumbrarse, el alba
del Día Yanqui, y al claror primero
se puso a trabajar hablando océanos
--Neptuno mismo-- para edificar Troya
donde, eternal Helena, la belleza,
del mundo hila raptada y teje tela de oro.

Y era orgullo de océano el de Hamilton
--Neptuno mismo--
terco para batir acantilados,
raudo para mover arenas crepitantes,
de empuje brioso y de fatal resaca:

Por quítame esas pajas, en un llano
de hierba seca, envuelto en gris neblina,
se dio de tiros con rival político
(enemigo de México, por cierto)
y así murió. En Wall Street descansa.

Antes había dicho
Washington de él, viéndolo en los combates:
--Es el enamorado de la muerte.

Y este bravo
de voz de mar y de alma tempestuosa
palidecía, sin embargo,
y la soberbia boca suya se amargaba
caída de los lados,
y la sal de su sangre fluía en amargura,
y en el fondo de su ser seres lamosos
de escamas verdes se envolvían
fríos y ateridos en vidriosas
fosforecencias lívidas
cuando el Adams primero de los Adams famosos,
zorro bien informado, calladito
le decía al oído: --¡Hijo de puta!

Igual que el padre murió el hijo, en duelo,
y no hay familia Hamilton. Con el nieto
finó el linaje que en las Islas Vírgenes
inició la hugonota desdichada
que fue burla de amor entre marinos.
Cierto que abuela puta no es lo mismo
que puta madre, y bisabuela es menos,
y si hubiera descendientes de Hamilton
ya delante de los Adams no se pondrían pálidos.

¡Pero considerad el fondo de vergüenza
de Hamilton el único!

Su mujer, que era Schyler, criada en muelle
tradición de limpiezas holandesas,
con alma de interior de Van der Meer,
hecha a colchones suaves y sábanas aseadas
donde el amor se hunde y reblandece,
era poco dulzor para aquel temple
fundido en fuegos acres.

Los frescos muslos y los brazos frescos
en rosicler que de ellos mismos mana,
los pechos blancos de azuladas venas
con transparencias como de porcelana
no pudieron, es claro, amansar el martirio
infinito de Hamilton.

Y el primer secretario del Tesoro,
el que le redactaba los discursos a Washington,
el que hizo la Unión Americana
sobre base económica
(¡Mont Saint Michel en peligro del mar,
si hubiese sutileza entre los Adams!),
por cuyo sortilegio se poblaron
los Estados agrícolas de fábricas
(¡Chartres la de las flechas impecables,
si hubiera misticismo entre los Adams!)
el padre de los Bancos
(¡Helena es oro en bóvedas de tálamo,
inocente, y brillante, y resignada!)
fue adúltero en secreto:
Pecador y vergonzante
se dio a una aventurera de ojos negros,
pagó chantaje y tuvo tratos ruines
para justificar el pecado de su madre
y no eregirse en juez
del ardor de su sangre.

III ADAGIO

A veces la conciencia de la herida
que recibió en la infancia
era dolor insoportable.
Esto lo entenderán los dispépticos
y los que tienen ulcerado el duodeno
si en vez de estómago y de tripas
consideran eso otro que llamamos el alma.

Así, una vez le impresionó, en la tarde,
que le dijeran, cuando cumplió siete años
el hijo suyo: --¡Señor, es su retrato!--.
¡Oh, no! --dijo él--. La boca es de su madre
y esa dulzura que en sus ojos mansos
parece la mañana recogida,
agua de luz verdosa, en la copa de un valle...

Y más que las palabras era el tono
de voz lo que llevaba angustia,
solicitud desesperada,
de que su hijo fuese diferente,
como si algún destino tenebroso
le hubiese dicho: Vengo por tu cara
en la cara del niño
para sembrar dolor que eche raíces
entre los tiernos músculos
y le dejen arrugas imborrables,
y él contestase con aquel aplomo
de los que ya perdieron la esperanza
de salvación y lucha con fiereza
de condenados: ¡No, que el niño es de otra cara!
¡Fijarse bien que es de otra cara mi hijo!

Esa noche
cenaría con Washington.
Eran de mucho rumbo
los otros invitados:
Monroe y su esposa, jóvenes
y virginianos:
Él, orador florido;
ella, la más famosa de todas las bellezas
de Norteamérica y a quien Francia misma
llamaría la belle Américaine.

Por eso
quería Hamilton que su mujer probase
a superarse en lujo y señorío,
que vistiera brocados de la India
y las perlas de Java;
y el chico tuvo que irse
con sólo la institutriz sureña
al sacramento de meterse en cama.
Ya el carruaje estaba en la cochera,
los caballos piafando,
y Hamilton consultaba su reloj
recordando que a Washington
le irritaban las gentes impuntuales,
por lo que --¡Vamos, Elizabeth! --decía--
o echaremos carrera peligrosa!--
Y ella: --¡Un momento, sólo un momento!
Tengo que verlo antes de que se duerma
o no comeré a gusto...

Y fue un momento corto su tardanza,
pero tiempo bastante
para que Hamilton, herido, recordara
hasta qué largas horas,
toda la noche a veces, él se estaba,
acurrucado y dormilón e incómodo,
afuera de la puerta de su casa
oyendo el mar genir
y viendo sombras, sombras, en la playa,
esperando a que el huésped de su madre
se largase, y poder meterse en cama
al lado de ella, tibia,
cansada, sin palabras,
curvada como la luna,
su cabellera como florón de palmas.



IV RONDO

La mujer de Monroe, bella ciertamente,
como rosal de la cintura arriba,
de la cintura abajo
como cascada de lustrosa fuente,

no es una para Hamilton, no es una
como su esposa es una,
sino muchas mujeres,
que así se goza el mar ante la luna.

Toda mujer es nombre y todo nombre es número.
Toda mujer es vaho de niebla tibio y húmedo,
de barro al sol temprano, de mañana.

Cómo se esfuma, cómo se levanta,
cómo se pierde imperceptiblemente!
La mujer de Monroe habla francés, y canta.

La mujer de Monroe, ¡Dios que delicia!,
es la boca de Flora, cabellera de Alicia,
untado vientre de Clara o de Mercedes,
la mirada es de Emilia o Julia o Delia,
Amalia es la sonrisa y Cecilia las manos
tejidas de algodón y lino y seda
mejor que sus mitones,
Judith es el cuello, y la gracia con que anda
--más reina que las reinas--
es la ele y la ene de Yolanda...

Cómo se esfuma, cómo se levanta,
cómo se pierde imperceptiblemente,
la mujer de Monroe que habla francés y canta.

[Panamá, 1935]

 
EVOCACIÓN DE PÍNDARO

Primer canto
Recordación y defensa del cisne

(fragmentos)

9
 
¡Sólo Darío únicamente,
renueva las latinas glorias ecuménicas
como nunca la espada: sólo él es augusto!
Y no el germano saqueador de Roma
sino Darío es rey en cuyo imperio
nunca se pone el sol. ¡Qué carabelas
de qué mástiles y velajes albos
y popas elevadas, de prodigio,
las que capitanea en océanos de encanto;
qué mundos nuevos de minas de diamante
y selvas de milagro nos descubre;
qué países conquista de hombres de oro
y mujeres de perla y esmeralda,
donde el Amor es ley, la Libertad el aire
que se respira, la Música el idioma!
¡Cómo el dolor de América se trueca
por su pasión de América
en maravilla de esperanza, en gozo
de soñador; y en inviolable virgen
la prostituida tierra americana!
La dejó a medio haer, estaba haciéndola,
como un mejor Hefesto una mejor Pandora,
cuando murió; apenas comenzaba:
¡dan ganas de llorar!

10
 
Donde Darío yace,
bajo un triste león, en su León más triste
(muerto Debayle que le daba aliento
a la ciudad, su hermano en el espíritu!),
derrama miel y desparrama rosas,
Mateo Flores, porque esa sepultura
vale lo que las tumbas de los héroes
en cuyo honor los juegos se fundaron,
idos antes de tiempo: ¡así Darío,
el de más grande logro, empero malogrado!

 
11
 
Yo lo recuerdo, presa de terrores,
sumido en el dolor y en la penuria,
con el color terroso de panal destruido,
con la mirada de águila, extraviada,
con la sonrisa en boca adolorida,
con no sé qué, animal o primitivo,
que buscaba rincón donde morirse,
escondido, de espaldas a la Muerte.
El invierno era crudo, el cuarto frío.
Como en un cuento de Edgar Poe, un negro
magro y macabro le bailaba danzas
grotescas, de esqueleto,
descoyuntadas,
le cantaba lamentos sincopados,
con la bocaza abierta roja y blanca.
Los rascacielos (¡nuevos!) levantaban brazos
de imploración y tortura antiguas.
El río iba de luto, iba de llanto,
iba de miedo a dar a la bahía,
frustrado el darse al mar, ¡como Darío!

12
 
Y recuerdo a su amigo millonario
de Nueva York, hecho el desentendido;
y a Argentina, lejana, olvidadiza
(¡no contestaba cartas!);
A México --su México-- exiliado
(¡trágico Alfonso Reyes!) o muerto (¡Justo Sierra!)
o manco (¡Nervo, Montenegro, Ramos!);
a España sorda (¿cuándo ha oído España?);
A Nicaragua madre, ciega, baldada, muda,
bajo régimen vil: ¡nadie a ayudarlo!;
y al déspota, ansioso a todo trance
de arrancarle lisonja, en Guatemala,
como quien hunde en el ala del pájaro
duro alfiler para que llore y cante.
¡Qué doloroso canto: le aulló el alma!

13
 
Cuando volvió a León llegó arrastrando
el ultrajado lustre del plumaje
y la abatida excelsitud del alma,
informes ya la voz y el pensamiento
(¡válidos para la queja sólo de la carne!),
sin resistencia el arco y sin tensión la lira.
Orfeo redivido, destrozábanle
las delicadas vísceras con zarcillos crueles
(¡desde su juventud fueron salvajes vides
las que le dieron vino!) las basárides
furiosas contra Apolo.
Le devolvió la majestad la Muerte,
¡pero cómo fue larga su agonía!

14
 
Píndaro no (¡dichoso!), muerto en Argos
en amoroso abrazo, satisfechos
la urgencia de vivir y el acoso de gloria.
Allí sus hijas fueron a llevárselo
para enterrarlo en Tebas.
Pesaba poco. No hubo que llorarlo.



15
 
En cuanto a mí, así sea para morir, si muero
(¡la Muerte, juguetona, va alcanzándome,
y me roza la oreja con su aliento!),
canto de cisne canto,
fiel a Darío y en su elogio
desde el azul más diáfano de América.
 
 

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