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En el cuarto
centenario del Quijote
Darío y el tercer
centenario
Semblanza biográfica de
Cervantes
D.
Q.
Un soneto a Cervantes
Darío y el tercer centenario
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Hace cuatro siglos Juan de la Cuesta
editó en Madrid la primera parte de
la novela Don Quijote de la
Mancha, “gloria del ingenio
español y precioso depósito de la
propiedad y energía del Idioma
castellano”. Con motivo de esta
efemérides, la Academia Nicaragüense
de la Lengua presentará la edición
crítica que la RAE y la Asociación
de Academias de la Lengua Española
han lanzado con un glosario, una
presentación de Víctor García de la
Concha y nueve estudios de
especialistas americanos y
españoles. Mientras tanto,
preparamos su ambiente con el
presente homenaje, esencialmente
relacionado con Rubén Darío, “el más
cervantino y alto cantor del
Quijote”. |
Por
Jorge Eduardo Arellano
(Director de la Academia Nicaragüense de la
Lengua)
El 5
de mayo del 2005 se cumplió un siglo de haberse
celebrado en Madrid el tercer centenario de la
editio princeps del Quijote. Para esa
fecha, Rubén Darío –hijo de América y nieto de
España, como se autoconcebía– realizó un viaje a
La Mancha. Le acompañaba Pedro González Blanco
(1879-1961), uno de los fundadores de la revista
Helios –difusora del modernismo
hispánico–, apasionado defensor de la
trascendente labor colonizadora de España y cuya
vida tuvo mucho de gesta aventurera. Residió en
varios países hispanoamericanos: Argentina,
Cuba, Guatemala –donde, ya viudo, matrimonió con
una sobrina del Presidente Manuel Estrada
Cabrera–, y, sobre todo, en México. Allí se
estableció definitivamente en 1939, mucho
después de su activa participación en el
movimiento revolucionario de 1910 al lado de
Victoriano Carranza, de quien fue asesor y
protegido.
Dos crónicas eruditas surgieron
del citado viaje de Darío: “En tierra de D[on]
Quijote” y “La cuna del manco”; una redactada en
Argamasilla de Alba, la otra en Madrid. Ambas
desconocidas, se publicaron en La Nación
de Buenos Aires el 9 de abril y el 21 de mayo de
1905, respectivamente; y figuran en la
publicación DON QUIJOTE NO DEBE NI PUEDE
MORIR (Managua, Academia Nicaragüense de la
Lengua, abril, 2002), anotadas por Günther
Schmigalle. El título de la primera –e incluso
la iniciativa misma del viaje a La Mancha–,
Darío la tomó de un libro aparecido en París
cuatro años antes (1901).
Se
trata de la traducción francesa del original en
inglés: On the Trail of Don Quixote, being a
record of rambles in the ancient province of la
Mancha (New York, Charles Scribners, 1897).
¿Su
autor? Auguste-F. Jaccaci, pintor francés nacido
en 1857 y ciudadano estadounidense desde 1888.
El poeta visitó Ciudad Real, la
pequeña población de Marcos y Argamasilla de
Alba, describiéndolas con precisión memorable.
Veamos únicamente las líneas consagradas a la
segunda: “Hice un paseo a la cercana
población de Marcos donde existe una célebre y
milagrosa virgen de piedra, en cuya iglesia he
visto la más extraña colección de exvotos de
cera que pueda suponerse. No hay más
curiosidades que restos de antiguas
construcciones moriscas, un aljibe y el
pintoresco paisaje que cerca de una fábrica
vecina une abruptas rocas, altos álamos y las
aguas del Guadiana, recogidas en una especie de
lago artificial que se derrama en cascada sonora
y cristalina. Cerca de la ribera, unos mozos
cantaban coplas de la tierra, acompañándose con
la inseparable guitarra. El cielo azul, el aire
frío. Por la carretera, las mulas de un carro
trotaban, haciendo sonar sus cascabeles”.
En la
segunda crónica, el renovador de la poesía
castellana de su tiempo comenta, no sin
sonriente de ironía, la disputa sobre la ciudad
natal de Cervantes, concentrada entre Alcázar de
San Juan y Alcalá de Henares, desde hacía tiempo
ganada por ésta, y Darío lo sabía perfectamente.
Si nuestro poeta reunió en dicha crónica
argumentos a favor de Alcázar de San Juan, fue
–en este caso, como en otros– para defender
quijotescamente una “causa perdida”, una causa
anti-académica, y le fascinaba el furor
poeticus de los sabios y soñadores con
quienes alternó en tierra de la La Mancha. “Una
batalla –dijo– en que los cañones Maxim quedan
substituidos por razones de a folio, a medida
que se aproximan los días del inminente [tercer]
centenario”.
Cuando
llegó este fasto –celebrado en 114 ciudades
españolas, 212 hispanoamericanas y 31
extranjeras– Darío consagró a don Quijote su
famosa “Letanía”, leída por su amigo Ricardo
Calvo en la Paraninfo de la Universidad el 13 de
mayo de 1905, durante el homenaje organizado por
el Ateneo de Madrid. Como señala Uribe de
Echeverría, la “Letanía de Nuestro Señor Don
Quijote” acredita a su autor como “el más
cervantino y alto cantor del Quijote”,
añadiendo: “toda la poesía amarga del inmortal
caballero aparece transmutada en los versos del
exquisito bardo...”. En ella –anotó Darío–
“afirmo otra vez mi arraigado idealismo, mi
pasión por lo elevado y heroico, la figura del
caballero simbólico está coronado de luz y de
tristeza. En el poema se intenta la sonrisa del
humour –como un recuerdo de la portentosa
creación cervantina– mas tras el sonreír está el
rostro de la humana tortura ante las realidades
que no tocan la complexión y el pellejo de
Sancho”. (“Historia de mis libros”, 1913).
Al
respecto, no resulta ocioso distinguir en la
“Letanía...” sus tres fases, de acuerdo con
Emilio Carilla en su Cervantes y América
(Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires,
1951): salutación –o invocación–
comprendida entre las cinco estrofas primeras;
la letanía, que se expande en las cinco
estrofas siguientes; y la fusión armónica de
salutación y letanía en las dos estrofas
finales: Noble peregrino de los peregrinos,
/que santificaste todos los caminos, /con el
paso augusto de tu heroicidad, /contra las
certezas, contra las conciencias /y contra las
leyes y contra las ciencias, /contra la mentira,
contra la verdad... //Ora por nosotros, señor de
los tristes, /que de fuerza alientas y de
ensueños vistes, /coronado de áureo yelmo de
ilusión; /¡que nadie ha podido vencer todavía,
/por la adarga al brazo, toda fantasía, /y la
lanza en ristre, toda corazón!”.
La
“Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”
correspondió al poema 49 de los Cantos de
Vida y Esperanza, Los Cisnes y otros
Poemas (1905), escrito especialmente para el
homenaje a Cervantes en el III Centenario de la
publicación de la primera parte del Quijote,
como ya señalamos. Darío, por encontrarse
enfermo, delegó su lectura a Ricardo Calvo, como
consta en la edición del Ateneo (Madrid,
mayo de 1905, imprenta de Bernardo Rodríguez,
mayo de 1905, pp. 467-69), donde figura
erráticamente en plural como “Letanías...” (sic)
y sin dedicatoria. Fue hasta en la edición de
los Cantos de Vida y Esperanza... de
junio, de ese mismo año, que apareció dedicada a
[Francisco] Navarro Ledesma (1869 – 1905),
director de Blanco y Negro, revista en la
que Darío colaboraba. Al fallecer a los pocos
meses Navarro Ledesma (septiembre de 1905) Darío
le consagró el poema “In memoriam”: “Yo no
escuché jamás palabras tan hermana /y que fuese
de mi sangre y en mi pensar mi hermana. /Era
bueno. Era puro. Era lo que hay que ser /cuando
se trae en el hombro la piedra del deber...”.
Navarro Ledesma, catedrático y periodista,
escribió unas Lecciones de literatura
(1900-02), El ingenioso hidalgo Miguel de
Cervantes (1905) y dos libros de cuentos:
En un lugar de la Mancha... (1905) y el
póstumo: Los nidos de antaño.
Semblanza biográfica de
Cervantes
Por
David Arellano Sequeira
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La
primera biografía de Cervantes
escrita por un nicaragüense fue
elaborada en inglés por David
Arellano Sequeira (1872-1928),
cuando este granadino estudiaba en
Saint John´s College, Fordham, Nueva
York, y tenía dieciséis años.
Aparecida en la revista The Fordham
Monthly (mayo, 1888), la traduje
íntegra en 1980, pero ahora sólo
ofrezco su corpus central. JEA.
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Triste
es contemplar a España, nación que antaño
impulsó un floreciente comercio y sostuvo a
cuarenta millones de la población del mundo,
luchando en nuestro siglo XIX por su propia
existencia. Lejos de su cimero esplendor, el
imperio de Carlos V y Felipe II revive en la
memoria de los españoles que aún acarician sus
glorias pasadas y su difunta prosperidad. Los
momentos más lúcidos de esos mejores días fueron
los de su literatura. Si ésta resultó un
monumento, lector querido, trasladémonos a la
majestuosa Biblioteca del Escorial, cercana a
Madrid, y quedémonos absortos ante las
creaciones de sus sabios y escritores.
Entremos al magno edificio,
paseándonos de sala en sala, hasta bajar de uno
de los estantes un tomo polvoroso y sentarnos
para hojear su contenido. El tomo tiene un
aspecto vetusto, y en una rápida mirada
concluimos que, desde su solitario recinto, este
volumen ha llevado el peso de dos o más siglos.
Al vislumbrar su título, nos enteramos que se
trata del Viaje al Parnaso de Miguel de
Cervantes Saavedra. Parece que el autor de Don
Quijote hizo un imaginario viaje al Parnaso.
Abrimos el infolio que bosteza
varias veces como si acabara de ser despertado
de un extenso sueño sosegante. Volviendo
parsimoniosamente las amarillas páginas del
viejo in cuarto, nos divertimos
criticando de paso los méritos de su contenido,
y una y otra vez nos detenemos para admirar
algún excelente trozo que volvemos a leer y
leer.
Devolviendo ya el magnífico libro viejo a su
propio lugar, acudamos a un tomo de singular
aspecto, el cual parece no poder menos de ser
rescatado de su pequeño nicho. ¡Ah! ¿Así que te
llamas El ingenioso hidalgo Don Quijote de la
Mancha? Pues tu rostro es un poco conocido,
pero eres un tío tan deleitoso y divertido que
nunca nos cansas, y siempre te encontramos el
mismito compañero fiel de tantas horas felices.
El viejo in cuarto no podía haber ansiado
más ser leído que nosotros anhelamos leerlo; y
por eso lo abrimos por centésima vez. Ya
conociendo íntimamente esta gran obra, podemos
decir de memoria enteros trozos palabra por
palabra; y, sin embargo, con cada acto de
lectura sucesivo, parecemos discernir otra
belleza que nos había escapado u otro encanto
que no habíamos gozado plenamente antes. No
proponemos dar una explicación da esta
universalmente conocida obra maestra, por ser
eso simplemente contar secretos ya dichos; pero
cuatro palabras de acuerdo con nuestra opinión
de Don Quijote no resultarán, según nuestro
parecer, superfluas. Apenas falta decir que el
lenguaje del todo es verdaderamente clásico, y
en algunos trozos tan noble y tan altamente
pulido que nos hace recordar el estilo varonil
de los escritos de Tulio. Otra cosa que nos
llama la atención es que el Caballero de La
Mancha, al arengar a su zaquetudo escudero,
emplea algunas palabras arcaicas, que para
Sancho son menos inteligibles que el hebreo.
Por eso Don Quijote, al hablar de la isla que
Sancho gobernará, dice ínsula en vez de
isla, y a la mente ordinaria de Sancho
comunica la idea de algo encantado y
sobrenatural.
Ya examinados los sucesos más
divertidos que se relatan en Don Quijote,
volvamos al frontispicio para ver en que año fue
publicada esta edición de la obra. Pues, he
aquí un bosquejo de la vida de Cervantes,
escrito por un cierto Don español cuyo nombre no
tenemos ganas de mencionar. ¡Qué gustazo
biográfico más inesperado! A ver lo que ha de
decir este grande de España respecto a su
ilustre compatriota.
Lo mismo que en épocas de antaño
siete ciudades de Grecia se honraron por haber
dado a luz a Homero, así en los tiempos modernos
siete ciudades de España se decidieron por un
honor igualmente digno el haber sido el lugar de
nacimiento de Cervantes. Después de largos años
de investigación se descubrió que el autor de
Don Quijote fue originario de Alcalá de Henares,
donde nació en 1547. Poco se sabe de su vida
temprana, y hemos podido espigarles a varias
alusiones esparcidas a través de sus propios
escritos sólo unos pocos detalles triviales de
su niñez.
Leemos que estudió la gramática
y las humanidades bajo un maestro de su pueblo
natal; pero el que pasara dos años en la gran
Universidad de Salamanca sólo puede mantenerse
partiendo de fuentes tradicionales de un
carácter muy cuestionable. Sin embargo, sus
obras muestran que recibió bastante formación y
que tenía un conocimiento extenso, aunque
incompleto, tanto de los clásicos como de la
literatura en general. Hizo su primera hazaña
literaria cuando, como uno de los escolares más
avanzados de su maestro, escribió unos sonetos
en la muerte de Isabel de Valois, esposa de
Felipe II, y fue uno de los victoriosos en la
competencia, mencionado después por su maestro
en términos muy laudatorios como su “querido y
amado alumno”. En 1568 el Cardenal Acquaviva
llegó a Madrid para expresarle a Felipe II las
condolencias de Su Santidad, Gregorio XIII, en
la ocasión de la muerte del príncipe, don
Carlos; y el joven Cervantes, frecuentador de la
corte por aquel entonces, parece haber atraído
la atención y buena estimación del prelado,
quien le hizo su paje y lo llevó a Roma. Pero
la vista de Italia, con toda la memoria de sus
grandes poetas, oradores y sabios, no despertó
en el alma de nuestro héroe el espíritu de la
poesía, sino que más bien encendió en su corazón
ambiciones de fama militar; y dos años después
de su llegada en Roma cambió su librea
cardenaliana por el uniforme del soldado.
Cervantes fue expuesto al fuego
por primera vez cuando se regimiento tomó parte
en la expedición papal de 1570 contra la isla de
Chipre, ardientemente asediada en aquellos días
por los turcos, y pretendió sin éxito de
aliviarla. Este fracaso cristiano causó un
sentido de terror y asombro por toda la
cristiandad, y el Santo padre, dándose cuenta de
lo arriesgado de la situación, ordenó que España
y Venecia prescindieran de sus disputas
particulares y aunaran sus fuerzas a las de Roma
para contener la potencia del otomano, que
amenazaba infestar toda la cristiandad europea y
plantear la creciente en la cúpula de la
Catedral de San Pedro.
Todo amante de la historia
conoce bien los sucesos que llevaron a la
batalla de Lepanto; pero no todos están
enterados del papel que hizo el autor de Don
Quijote en aquel sangriento conflicto y gloriosa
victoria. El joven Cervantes estaba en “La
Marquesa”, una galera bajo el mando de uno de
los tenientes más hábiles de don Juan [de
Austria]. En el combate la galera estuvo en el
ala izquierda, y al iniciarse la batalla, iba en
la vanguardia del escuadrón, con Cervantes a
bordo abatido de una enfermedad y aconsejado por
sus amigos a que no se moviese. Pero nuestro
héroe, siendo de corazón demasiado noble para
quedar inactivo, les contestó de una manera muy
patriótica, lo cual les convenció colocarlo,
junto con doce valientes compañeros, en el barco
que quedó suspendido al lago de la galera. Allí
ejecutó tales hazañas que, aun durante los
momentos más peligrosos de la batalla, llamó la
atención del mismo don Juan, quien no se olvidó
de la valorosa conducta que Cervantes mostró en
el curso del conflicto. No nos atreveríamos a
atribuirle al brazo del propio Cervantes una
proporción desmesurada de esa gran victoria;
pero el que se cubriera con gloria en ese
inolvidable día se muestra claro por el hecho de
que, mientras la memoria del “hombre enviado de
Dios” queda ya casi olvidado, la de “El Manco de
Lepanto”, que luchó como mercenario en “La
Marquesa”, permanece fresca y floreciente en las
mentes de sus compatriotas.
Puesto que la mano de Cervantes
había sido gravemente herida y quedó desde ese
día inválida y sin uso alguno, lo encontramos
después de la batalla entre los heridos en
Mesina, donde el célebre don Juan se dignó
visitarlo en persona. Después de servir con
mucho mérito durante otras dos campañas,
Cervantes recibió permiso de visitar su patria,
y con eso acabó el primer período de su vida
como soldado, durante el cual adquirió ese
conocimiento de la humanidad que después le iba
a resultar tan provechoso.
Llevando cartas muy halagueñas
de don Juan y el Virrey de Nápoles a Felipe II,
Cervantes se embarcó para España, con su hermano
Rodrigo, en la galera “El Sol”, durante el otoño
de 1575. Apenas llegados a la vista de Menorca,
sucedió que nuestro héroe y sus compañeros de
repente se encontraron circundados de todo un
escuadrón de cruceros algerinos, mandado por el
pirata notorio, Arnaut Nanie, quien recorría el
Mediterráneo en aquellos turbulentos días. Los
españoles, al verse agredidos, ofrecieron una
porfiada resistencia, y lograron amargarle
rigurosamente la vida al enemigo hasta que,
abrumados a fuerza de los números superiores del
pirata, se vieron obligados a arriar su
bandera. Cuando los reos llegaron a Argel, le
cupo en suerte a Cervantes caer en manos de un
renegado griego, cuyo nombre aún entre los
algerinos propios era un apodo de ferocidad.
Este bribón avariento, creyendo que su
prisionero podría redimir su libertad al costo
de una cantidad de oro fabulosa, le cargó con
cadenas y lo abusó con inauditas crueldades. El
valor casi sobrenatural con que Cervantes llevó
esos desoladores sufrimientos es, sin duda
alguna la joya más brillante que adorna las
hojas de su vida. Tampoco dilató ni estuvo
retrógrado en planearles medios de escape a él y
sus compañeros presos; pero, desafortunadamente,
nunca lograron dar fruto, debido a la falta de
habilidad en algunos y a la traición a otros.
Fue el espíritu indómito de Cervantes el que
alegraba la melancolía de los prisioneros
cristianos en aquellos calabozos oscuros y
lúgubres; y la maravillosa influencia que
ejercía sobre indigno captor a menudo intervenía
para ayudar a los otros, mientras su carácter
generoso le inducía a echarse a sus espaldas la
culpa cuando había una cuestión de castigo por
alguna mala conducta general.
Después de cinco años de exilio
y prisión, gracias a los generosos esfuerzos de
su buena madre y especialmente del buen fraile
Juan Gil, Cervantes fue liberado de su
cautiverio y esclavitud, arribando a la costa de
su amada España después de doce años de
ausencia. Pero su buen humor indoblegable
siempre se enfrentaría con apuros aún más
difíciles que los de su cautiverio en Argel.
Los veteranos de los servicios de Lepanto ya
habían sido olvidados, y Cervantes, con ganas de
ganarse la vida, se aunó a su vieja compañía,
que por aquella temporada iba en expedición
rumbo a Portugal. En la batalla de Dercire se
mostró aun el valiente español que había
sangrado en Lepanto por el honor de su patria y
por la existencia de su religión. Pero todos lo
sueños de Cervantes no se habían realizado, y
ahora empezó a desesperarse de ese favor militar
al que su intachable conducta le dio derecho. A
la edad de treinta y seis años, abandonando su
carrera militar, se estrenó literato, publicando
una novela pastoril llamado “La Galatea”. Poco
después se casó con una dama española de
singular belleza y respetada familia. Durante
los próximos años, se sabe que escribió para la
escena, pero aun no había descubierto la
verdadera inclinación de su genio.
En 1598 lo descubrimos cobrando
impuestos en la jurisdicción de Argamasilla,
cuando el rabioso populacho, después de
maltratarlo considerablemente, lo encerró en una
casa conocida aún hoy día como “La Casa de
Medrano”. Ya que dice Cervantes mismo, hablando
de Don Quijote en su prólogo, que “este hijo de
su entendimiento nación una cárcel”, concluimos
que la primera parte de Don Quijote fue
concebida y probablemente escrita durante su
segundo encarcelamiento. Completó y publicó su
inmortal obra el mismo año que Shakespeare le
dio al mundo su famoso “Hamlet”. Poco después
volvió a escribir por el teatro, y fue entonces
que estalló ese espíritu rival entre él y el
gran Lope de Vega, quien resultó con la
victoria. Mientras tanto Avellaneda, admirador
de Lope de Vega que le sugirió el vergonzoso
acto, publicó el Don Quijote falso que provocó
la furia de Cervantes. Este tomó su pluma y, al
cumplir la parte final de su inmortal obra,
impuso silencio al miserable calumniador. Los
próximos años de su laboriosa vida los pasó
Cervantes casi en la pobreza, aunque su mero
nombre ya se había vuelto inmortal. Escribió su
novela póstuma “Los trabajos de Persiles y
Segismunda” cuando ya le habían suministrado la
extremaunción, y, en sus propias palabras, “ya
tenía un pie en el estribo”, esperando una
llamada. Unos pocos días antes de su muerte,
lleno del espíritu de un hombre en el portal de
la eternidad, tomó el hábito de un fraile
franciscano, con el cual dio su último suspiro
el 23 de abril de 1615, el mismo día que expiró
su gran contemporáneo: William Shakespeare.
(Traducido de la revista The Fordham Monthly,
vol. VI,
Núm. 5, May, 1988, pp. 141-143). |