Alvaro Urtecho, metafísico y existencial
Ariel Montoya
Aunque en lo personal considera no tener una
temática poética definida, la obra literaria de
Álvaro Urtecho, poeta de la Generación del 70,
filósofo, y una de las figuras más destacadas en
el quehacer cultural nicaragüense, escribe con
una disponibilidad recurrente sobre el amor, la
soledad, las grandes simplezas de la vida
cotidiana y la muerte como constante en el
debatir del hombre. Sus experiencias literarias
y filosóficas, su propia y crítica visión de la
política cultural son algunos de los temas
abordados en esta entrevista.
Recientemente publicó su poesía reunida bajo el
título “Tumba y residencia”. Ahí reúne poemarios
en la que existen temáticas múltiples; desde la
introspección filosófica hasta el poema amoroso.
¿Cuál de estas temáticas es la que más sobresale
en tu poesía?.
No tengo una temática definida, determinada o
predeterminada. Generalmente cuando escribo no
me impongo una temática concreta, aunque claro
está se va perfilando a lo largo del poema. Pero
no soy poeta “de temática”. Simplemente me
vienen ideas, y los latidos rítmicos que
acompañan a éstas.
Hay autores tan desconfiados del concepto
temática que afirman que el tema de la creación
poética es el lenguaje… Yo no llego tan lejos,
pero rehuyo supeditar el misterio de la poesía
al tema. La prueba de esta condición milagrosa
de la poesía es que a veces uno se propone
escribir sobre un tema determinado, pero el
trabajo mismo con el lenguaje (que es lo
esencial en la hermenéutica poética) lo lleva a
otro que ni siquiera se imaginaba.
Por eso cuando me preguntabas sobre las
temáticas de mi poesía y cuál es la que más
sobresale, te diré que mi poesía,
fundamentalmente es lírica, aunque con
incursiones en la épica individual y social, te
diré que todas están imbricadas en un sentido
orgánico. Es decir, que soy metafísico, pero
también existencial, pero a la vez sensual o
sensualista, cerebral, pero a la vez erótico,
clásico y a la vez barroco y surreal.
En una tradición poética como la nicaragüense y
centroamericana, marcada fuertemente por la
realidad política y por el lenguaje exteriorista
o coloquial, ¿Te sientes extraño, al margen o
escondido o en contra de la historia?.
No cabe duda que la poesía en Nicaragua, a
partir de la Generación de los 60 (soy de los
que piensan que la de los 70, a la cual
pertenezco por edad, es una prolongación de la
misma o es la misma, por tener los mismos
problemas y haber experimentado juntos el
impacto del fenómeno urbano con todos lo cambios
revolucionarios en cuanto a costumbres, música y
rebelión juvenil y actitudes políticas radicales),
se expresa fundamentalmente a través de un
discurso eminentemente referencial y
testimonial.
Una poesía de connotaciones políticas inmediatas.
En realidad, y en parte también por mi larga
estancia en España, en donde tuve la oportunidad
de conocer la poesía española de la posguerra,
así como la poesía inglesa de vertiente
meditativa y los simbolistas y pos-simbolistas
franceses e italianos, me he sentido un poco
extraño frente a todo ese lenguaje exteriorista
que recogía el habla de la calle, las impurezas
de lo cotidiano y la urgencia de cantar una
transformación social revolucionaria.
Me sentía algo así como aislado, también
culpabilizado, pues mis inquietudes poéticas se
orientaban fundamentalmente a exaltar, y revelar
la angustia, la soledad y los estados anímicos
de una personalidad escindida y abrumada por el
escepticismo político. Escepticismo casi
ontológico por el que nunca acepté, pese a la
belleza romántica de la insurrección sandinista
que tocaba sentimentalmente mi corazón y mi
sensibilidad social, el hecho de la Revolución
como una verdad universal impuesta, como un
dogma al calor de fanfarrias y marchas militares
o al de la música folclórica convertida en
protesta. No tengo nada contra lo telúrico, todo
lo contrario, pero siempre tuve miedo de las
imposturas y mistificaciones que se esconden
detrás de ello, sobre todo en la época
traumática de las revoluciones donde los
pequeños dioses se posesionan no sólo del poder
sino hasta de los sueños de los ciudadanos
comunes y corrientes… Al final, las revoluciones,
después de la escandalosa luna de miel con la
diosa utopía, terminan devorando a sus propios
hijos.
Quiero decirte que, pese a que colaboré en
medios de comunicación sandinista orientados a
la actividad cultural, nunca me sentí totalmente
identificado con el sandinismo como tal, entre
otras cosas por la insinceridad generalizada que
veía a mi lado. Por todas partes surgían gente
que se ponían la etiqueta de “revolucionario”
adoptando actitudes oportunistas, malévolas, la
intriga y la mentira florecieron como nunca en
este país… No voy a negar lo bueno que hicieron
los sandinistas como la apertura de relaciones
internacionales, el impulso de la interacción
social entre todas las clases, una conciencia
generalizada de lo que era una nación, antes
inexistente.
Sin embargo, puedo asegurar que en la llamada
“década perdida” de los 80 no se practicó, en el
campo de la cultura, que es el que nos interesa,
aquí, un estalinismo, es decir, una persecución
ideológica represiva y policial como en la URSS
o en Cuba se practicó algo así como un
clientelismo… Los intelectuales (escritores,
poetas, artistas, filósofos, pedagogos,
diplomáticos, etc.) que figuraban en todo
sentido eran los que he llamado como “adscritos
al Poder”, es decir, intelectuales situados muy
cómodamente en los aparatos del Estado, que casi
no se dedicaban a su obra por querer ser vistos
como estadistas o hombres de la Revolución… La
gran mayoría de los intelectuales del país
prefirieron la austeridad y las dificultades
económicas del solar natal a las vicisitudes de
un incierto exilio, haciendo sus críticas en
privado y en público, pero sin llegar a la
negación total del sistema.
Unos, que ahora se autollaman demócratas y
reniegan en público de su sandinismo, exaltaron
hasta más no poder la desgastada mitología e
iconografía sandinista, no sólo adulando a los
comandantes y a las “gestiones revolucionarias”,
sino desprestigiando y calumniando a sus colegas,
calificándolos de “reaccionarios” o de “estar en
contra de la historia” (eufemismo que ha servido
para calificar a todo el que esté en contra de
una visión mesiánica y triunfalista de la
Historia)… Esta élite de intelectuales
acríticamente adscritos al poder, cuyos nombres
no voy a mencionar aquí, eran los que
representaban la cultura nicaragüense en el
exterior, individuos que de manera egoísta y
cínica utilizaron a la revolución como una
plataforma de lanzamiento personal, eran lo que
figuraban en antologías que ellos mismos
preparaban para publicar en el extranjero,
incapaces de mencionar los nombres de otros
compañeros valiosos, pero como no estaban cerca
de la nomenclatura, no había que mencionar…
¿Te preguntaba por el sentir de tu poesía, ya
que meses atrás el poeta y ahora académico de la
lengua, Julio Valle-Castillo, afirmaba que el
filósofo que había en ti, interfería en tu
poesía, como si esto fuese algo malo, afirmando
también que tu debilidad, es la influencia de
Carlos Martínez Rivas. ¿Qué piensas al respecto?
Bueno, es la opinión de Julio Valle, que por
supuesto respeto, teniendo en cuenta que la
creación literaria es reino de subjetividad y no
puede haber una valoración universalmente
objetiva como en las matemáticas o en las
ciencias empíricas.
Pero esa visión que juzgo equivocada de Julio
nos remite precisamente a la segunda pregunta
que me hiciste y que te contesté claramente: no
existe poesía filosófica en estricto sentido,
sino una coincidencia entre ambas visiones,
entre ambos conocimientos, porque para mí la
poesía es una experiencia tan cognoscitiva como
la filosofía, y el que niegue esto está negando
la presencia del ser en los actos estéticos.
Estoy absolutamente convencido que en toda
literatura y más aún en la poesía, que es
síntesis del lenguaje y búsqueda de lo inefable,
hay una ontología, hay una experiencia
ontológica, y es en esto en que nos separamos
Julio y yo.
Provengo de una formación más filosófica, aunque
no soy ciego ni sordo ante las diversas
expresiones y formas del lenguaje. En este
sentido, él le da preferencia al hecho,
desarrollo y evolución del lenguaje. Para él la
poesía es fundamentalmente acumulación y
explosión de lenguaje, y concretamente la lengua
hablada y viva de la nación nicaragüense,
lógicamente que mi poesía, centrada en la
búsqueda esencial del ser en el mundo, y
elaborada en un lenguaje culto que prescinde de
la novedad experimental y lingüística, no puede
ser destacada ni exaltada en la supuesta visión
panorámica de la poesía nicaragüense a que te
refieres.
Sé incluso que me considera preciosista, y no
digamos prevanguardista sino premodernista… Por
supuesto que estas cosas a mí no me preocupan en
lo más mínimo, tratándose de un hombre que sigue
utilizando a estas alturas los esquemas de la
visión provinciana de la literatura nicaragüense.
Un hombre que sigue estos esquemas historicistas,
cimentados por el establishment oficial cultural
con el cual él se ha identificado siempre, no
puede entender la modernidad y postmodernidad
crítica de un poema como “Cantata estupefacta”,
poema que con elementos filosóficos,
fenomenológicos y ontológicos, va más allá de la
filosofía misma… En cuanto a lo de la influencia
de Carlos Martínez Rivas voy a ser breve y
preciso: es una manera de minimizarme como poeta.
Reconozco que la precisión verbal, la economía
de medios expresivos es la gran enseñanza que he
recibido de Martínez Rivas, de quien fui su
amigo y con quien compartí un sinnúmero de
lecturas. ¿Por qué va a ser debilidad eso? ¿Que
acaso fue debilidad en Dante el haber tomado la
terza rima de Cavalcanti? ¿Qué Cernuda o Jaime
Gil de Biedma perdieron algo por haber imitado o
recordado el estilo de Wordsworth o de Browning?
La lista sería interminable. Lo que hace que un
poeta sea, lo que hace que un poeta exista, es
decir, tenga voz personal e identidad no son
solamente los giros sintácticos o entonaciones
rítmicas, sino el vuelo del espíritu encarnado
en determinado estado de la temporalidad, la
exposición de la persona al desnudo mostrando su
verdad, su pensamiento, su corazón… Sin esto no
hay sentimiento, no hay sensibilidad, no hay
descubrimiento de la Otredad (que nada tiene que
ver con experimentaciones “vanguardistas”), no
hay visión del devenir, no hay poesía…
[tomado de La Prensa Literaria] |