PALABRAS SOCIALISTAS
(1923)

LECCION I


Señores:


En Centroamérica, nadie que yo sepa, ha hecho nada hasta la vez, por mejorar la condición de los trabajadores. Se nos ha pasado la vida dando nuestras cosas santas a los perros y arrojando nuestras margaritas a los puercos. Hemos perdido el tiempo en bailes políticos, baila que baila, al son que nos tocan las dos malditas comadres que se disputan el mando. El mando, eso es lo que vale; pero que los hijos del pueblo, levanten los ojos y junten las manos y dejen de ser bestias de carga que trabajan de seis a seis por un salario miserable con el cual ninguno de ellos puede decir: Tengo para mis alimentos y vestidos y honestas vacaciones, para mi mujer y mis hijos y para los días de mi enfermedad y mi vejez, eso no vale. Siendo así las cosas, esta idea que ha tenido don Belisario Salinas de juntar en un grupo de amigos a los hombres jóvenes de buena voluntad que quieran estudiar de buena fe los problemas del trabajo, me ha parecido una de las pocas cosas blancas en este medio tiempo que debemos señalar con piedra negra.


Nuestra alma es un incensario lleno de brasas encendidas. Dadnos la simpatía que es el incienso y ya veréis que todas nuestras palabras y todas nuestras obras suben y suben hacia Dios: Diri gatur Domine, oratio mea sicut incensum in conspectu tuo. El señor Sali­nas y sus amigos me han  creído capaz de inaugurar las clases en esta universidad popular, diciendo, según la medida de mis fuerzas una palabra nueva. Y yo diría más, una palabra bella, porque siem­pre es bello lo que nos dice cualquiera de los hombres, con tal que no lo haya aprendido en los libros, sino que lo haya visto él mismo, con sus propios ojos, a través de su espejo.


El tema de mi conferencia es muy antiguo, muy moderno y muy futuro; es un capítulo de historia universal, que siempre estamos leyendo en las historias particulares. Quiero hablaros de los fanatismos. Así, en plural, porque el fanatismo no es una planta, sino una flora completa y muy variada. En una flora hay para todos los gustos. Mi amigo el poeta dice: Este árbol es por su tronco y por sus ramas y por sus hojas y por su sombra, una mayúscula que Dios pintó en el camino; y aquel otro por sus muchas espinas es uno de tantos hombres agresivos, como encontramos todos los días en el mundo de estas tinieblas; y esa planta de flores cerradas y cubiertas de una blancura dorada es una niña tiempo de antes; y aquella otra de flores desvestidas y abiertas de un rojo vivo con franjas amari­llas es una chica moderno estilo. Así, en los fanatismos. La palabra fanatismo viene del verbo griego fainoo, fainomai que significa ver de tal manera, que no nos quede la menor duda de haber visto. Ver, no con los ojos turbios, sino con los ojos claros. El fanático es siem­pre un convencido y, por consiguiente, a este respecto, digno. Camina por donde ve y con la luz que tiene. Sólo el hipócrita no debe ser tomado en cuenta, porque camina por donde  no ve y con una luz que no tiene. Pero a veces yo quiero que mi hermano camine por donde yo veo y con la luz que yo tengo. Y él me dice: Yo no veo tu camino y tu luz no hiere mis ojos. Y yo le respondo: Poco impor­ta, mi camino aunque no lo veas será el tuyo y mi luz aunque no sea para tus ojos será la tuya. Quieras o no quieras, veas o no veas, con luz o en tinieblas, doblaré tu cabeza bajo mi yugo, y echaré sobre tu cuerpo mis cadenas, porque aunque tú seas hombre y yo también, has de saber que no hay otro camino fuera del camino mío. Aquí se divide el fanatismo en dos grandes capítulos, uno blanco y otro negro, como las dos alas gigantescas del tiempo, la una del lado del sol y la otra del lado de la sombra. Si voy por donde veo con la luz que tengo y sigo mi camino, cueste lo que cueste, herido por los malos ojos y mordido por las malas palabras, hasta la muerte, este es el capítulo blanco; y si doblo la cabeza de mi hermano bajo mi yugo y arrojo sobre su cuerpo mis cadenas para obligarlo a ca­minar por donde yo veo, este es el capítulo negro.


En el capítulo blanco están sin faltar uno, todos los hijos de la luz. Los héroes, los mártires, los que han sabido levantar las manos para decir: ¡Presente mi capitán! ¡Aquí estoy! Yo no me avergüenzo de mi causa; los que han ofrecido su vida, como quien se desviste de una túnica roja diciendo: Malo morí quan foedari: es mejor morir que mancharse. Nuestro Señor Jesucristo derramando su sangre preciosa en la cruz. Esteban que suplica antes de morir por aque­llos mismos que acaban de apedrearlo; y aquella Eulalia, aquella Cecilia, aquella Inés, y los innumerables cristianos que murieron en las persecuciones de los tres primeros siglos. Y pienso en los que bordaba Elena con lana roja, y en la palabra de Homero: «Le hun­dió su lanza y arrojó torrentes de sangre negra y la oscuridad cu­brió sus ojos». Los guerreros escogidos que perecieron en la Guerra de Troya y en las Guerras Médicas. La epopeya griega, la epopeya cristiana y las otras epopeyas. Todos los que sucumbieron en tierra santa, en Poitiers, cuando detuvo a los Árabes la espada gloriosa de Carlos el Martillo; en España contra los moros; por la salvación de Irlanda; por la libertad de América, con Bolívar y Santander en Boyacá, en Pichincha con aquel Calderón que sin brazos y piernas, siguió peleando, en San Mateo con Ricaurte, en Ayacucho con el Gran Mariscal. Todos ellos se levantaron como gigantes para em­prender su carrera hasta la muerte, todos ellos pudieron repetir en el mismo único instante las palabras del Grande Apóstol: «He peleado en buen combate, he consumado mi carrera, he guardado la fe».


En el camino por donde veo, con la luz que tengo, hasta la muerte... no hay  que ir a las páginas de la historia a buscar héroes y márti­res. ¿Quien no ha tenido madre? la madre es un ser casi divino, de amores silenciosos, capaz en cualquier momento y por cualquiera de sus hijos, de mil heroicidades y de mil martirios. Vas insignae devotionis, la madre es un vaso lleno de fanatismo blanco, ella ama más que nadie y por eso, más que nadie se inmola.


Desde niños supimos, oyendo o leyendo cuentos, que los enamorados pasaban por un largo noviciado de pruebas. Era preciso domar al ogro y vencer al dragón, amarrar al enano y matar al gigante, pero no desmayaban y seguían imperturbables diciendo: Caminamos por donde vemos, con la luz que tenemos, una luz que sale de los ojos de la niña encerrada en su torre bajo siete llaves y siete candados.
Por sus hijos, por su dama, por su patria, por su Dios, hemos visto en las primeras páginas del capítulo blanco de los fanatismos, los nombres de todos los que militan bajo las banderas del buen amor. El Amor Hermoso cuyo reino no es de este mundo. Porque de los héroes y de los mártires, siempre se podrá decir: Quibus dignus non erat mundus. El comercio, la industria y la política también han tenido sus hombres. No todos los capitalistas han amasado su fortuna con lágrimas de viudas; no todos los políticos han vendido a su patria; no todos los pueblos poderosos se han dedicado al negocio de la compra y venta de los pueblos débiles. Hay fortunas que sólo significan una perseverancia increíble en el camino de los sacrificios. Y son bellos sacrificios. Sin huérfanos despojados, sin pueblos aplastados, sin mano que aprieta. Ahora bien, si en nuestros sacrificios nos inmolamos nosotros mismos, Dios nos dice: Venid a mí benditos de mi Padre; y si en nuestros sacrificios, los inmolados son nuestros hermanos, Dios nos dice: Apartaos de mí, malditos. Hay hombres que verdaderamente se sacrifican por los intereses materiales de la ciudad terrena, la Urbe y estos hombres preparan el advenimiento de una época gloriosa en la cual, los héroes, los mártires, los sabios, los poetas y los artistas se ejercitan con devoción en el culto del Amor Hermoso, que es la verdadera Civitas. Primun vivere deinde philosophari. Primero vivir y después filosofar. En Florencia los localismos de Cosme y de Pedro El Gotoso preparan los triunfos de Lorenzo El Magnífico. Y este Lorenzo va en su camino y con una luz roja, magnífica por cierto, la del Renacimiento.


En la historia de las repúblicas italianas, de los siglos XIV y XV y en la historia de Flandes y en muchas otras historias, hemos aprendido de una manera definitiva, que hay un cierto localismo que no sólo es tolerable y permitido, sino necesario. Esta es la Palabra. Necesa­rio. Gante, por Brujas, ha llegado a ser Gante, y Brujas por Gante ha llegado a ser Brujas. Políticamente, nosotros los leoneses, debemos comprender, que a medida que nos acerquemos a Granada, nos alejamos más y más de nuestro verdadero camino. La Florencia Güelfa, madre de Italia, precisamente para seguir siendo Florencia Güelfa, nada quería tener de común con las ciudades gibelinas. Los gibelinos decían: Italia para los Alemanes; y los güelfos: Italia para los italianos. Los gibelinos de ahora entre nosotros se llaman yanquistas. León es en Nicaragua, generalmente hablando a pesar de las equivocaciones lamentables de algunos políticos impacientes, (he oído hablar de odas, de embajadas y de una cierta bandera que fue paseada en una manifestación)  la gran ciudad güelfa, y Granada la gran ciudad gibelina. Esto ayer. ¿Y hoy?... que sigan, pues, cada cual en su camino, los unos y los otros. Los güelfos que decimos: Nicaragua para los nicaragüenses; y los gibelinos que dicen: Nicaragua para los yankees.


Quieras o no quieras, veas o no veas, con luz o en tinieblas, doblaré tu cabeza bajo mi yugo y echaré sobre tu cuerpo mis cadenas, por­que aunque tú seas hombre y yo también, has de saber, que no hay otro camino fuera del mío: Este es el capítulo negro de los fanatis­mos. En este capítulo están sin faltar uno todos los hijos de las tinie­blas. Los faraones soberbios, cocodrilos de fauces prodigiosas que por donde quiera que pasan, quedan los humildes diciendo en voz baja, temblando: ¡Por aquí pasó! Los reyes caldeos que vemos en un bajo-relieve antiguo poniendo su planta sobre el cuello del vencido después de haberle sacado los ojos. Los Nabucodonosores que re­ducen al cautiverio pueblos enteros y dejan a su paso franjas de sangre, como aquella alfombra que tendió Clitemnestra a los pies de Agamenón. Atila, que  por donde su caballo pone la planta no nace hierba. Los que teniendo en sus establos incontables ovejas, arrebatan a su vecino humilde la única ovejita que tenía; los caínes que derraman sin por qué la sangre de Abel; los que hacen florecer en los jardines de los hombres las rosas moradas de la guerra injus­ta. En Centro América hemos tenido y tenemos muchos fanáticos de esta especie, mandones detestables en un bando y en el otro, piratas de bandera negra a quienes la historia increpa diciendo: Quién te ha dicho, lobo, que la república -cosa pública- es cosa tuya. Con qué derecho Alí Babá, Barba Azul, quieres repetir la aven­tura de los cuarenta ladrones y la de las noventinueve cabezas cor­tadas, para sentarte en el trono -un trono madriguera- donde todos los que se acercan son devorados.
En este capítulo negro, y en las primeras páginas y con letra ma­yúscula, y en lugar de honor, leemos los nombres de los malos ricos. Los que Nuestro Señor maldice en aquella palabra: “Es más fácil que pase un camello por el agujero de una aguja y no que un rico de éstos se salve”. Un rico de éstos: Los que monopolizan y acaparan, haciendo negocio con el  hambre del pueblo; los logreros -que logran la ocasión- comprando en cien pesos por ejemplo, la casita que valía quinientos, porque su dueña una infeliz mujer, está con el agua al cuello, por aquella hipoteca que al vencerse resultó ser una horca y un cuchillo; los exigentes, que no saben esperar ni un día ni una hora, príncipes embargadores que se ríen cuando los desvalidos desocupan la casa y quedan en la calle, perros del capi­tal que arrojan a sus criados a la cárcel hasta que paguen el último centavo -en ellos pienso cuando leo en el Evangelio: Con la medida con que midiéreis, seréis medidos; los seductores que ofrecen protección al trabajador enfermo con tal que les venda el honor de su hija (la casa de mi vecino -dos puertas tiene en dos calles -cuando el hambre entra por una, por la otra la virtud sale); los explotado­res que por un salario miserable, hacen trabajar a sus hermanos, como bestias de carga de seis a seis; los sinvergüenzas, quiero decir los que le piden rebaja a la costurera, a la lavandera y a la plancha­dora. Todos estos malos ricos dicen: Por el camino por donde veo, vendréis vosotros, encadenados. A todos se les puede aplicar lo que hizo San Francisco de Paula con las monedas del Rey Luis XI, que partiéndolas, salió sangre.


Decía San Pablo escribiendo a los Gálatas, que hay dos ciudades: para los hijos de la luz, la Jerusalem de arriba de la cual es tipo, Sara la libre; y para los hijos de las tinieblas la Jerusalem de abajo, de la cual es tipo Agar la esclava. En este capítulo negro de los fanatismos están por derecho propio los ciudadanos de la Jerusalem de abajo. Ahora bien, los que tienen rigurosamente carta de ciudadanía en la ciudad maldita, son los tiranos. Los que están marcados en la frente con la señal de la Bestia, según aquella divina palabra de Nuestro Señor, que si la leemos en el texto griego, apenas pode­mos traducirla Oi docountes argein catacurieuusin cai catexouziazousin. Los que en sus cuentas ejercen el poder, man­dando con una crueldad extrema y con una insolencia feroz. Estos son los fanáticos auténticos, por excelencia, de alto relieve y con letras mayúsculas unciales. Estos son aquellos de los que se ha dicho: «Nadie puede mover un dedo en toda la tierra de Egipto sin la voluntad del Faraón».  Estos son los que están sentados detrás de la cortina roja – y ¡ay! del que se atreva a comparecer en su presencia sin ser llamado, apenas Ester halló gracia en los ojos de Asuero y fue tocada con el cetro, por su increíble hermosura. - Estos son los jefes de la mano larga; Dionisios, Tiberios, Domicianos, Artagerges...el nombre es lo de menos; a veces es duque y se llama Carlos el Temerario; a veces es rey, y se llama Luis XI, Felipe II, Juan Sintierra, Federico Barbaroja; a veces es presidente, y se llama Ro­sas, Francia, Obando, López, García Moreno, Barrios, etc. De la de­recha conservadora, del centro liberal, de la izquierda radical, de la Francia flordelisada de los Capetos y de la Francia revoluciona­ria, de los Septembristas, de la Rusia capitalista de los zares y de la Rusia bolchevique de los proletarios, de todas partes brotan sin sa­ber a qué horas, hombres endemoniados que se burlan de la liber­tad del pensamiento, diciendo: Si quieres vivir vendrás por mi ca­mino, por donde yo veo y con la luz que yo tengo. Los que en nom­bre del rey maltrataron a los presos de la Bastilla, están excomulgados; pero también lo están Hebert y Simón el zapatero que en nombre de la revolución martirizaron en los calabozos del templo a la Reina María Antonieta y al gentil Delfín. El régimen de los zares merece anatema por las deportaciones en Siberia, pero también lo merece el régimen de los bolcheviques por aquellas pobres niñas indefensas que fueron alanceadas. En Centro América, donde los problemas sociales y económicos no han sido ni planteados, sólo dos fauces abiertas nos ha enseñado el dragón de la tiranía conservadora, la una, y liberal la otra. Unos y otros se han burlado de la patria jugando al juego peligroso de pe­rros y gatos, mientras venía del Norte, sobre los perros y sobre los gatos y sobre todos, no ya el Hermano Francisco, sino el único grande y verdadero lobo. Y parece mentira ¡somos tan cándidos! ahora mismo, en esta hora limítrofe, en esta marea plena de la conquista, los fanáticos del conservatismo y las fanáticos del  liberalismo, leed sino ciertos periódicos malsanos, continúan mordiéndose; en vez de comprender que en ésta, para nosotros plenitud de los tiempos malos, ya no debe haber conservadores y liberales, sino nicaragüen­ses hermanos de padre y madre que velan como leones echados a las puertas.


Los fanáticos del conservatismo son Aliados del Anticristo desde luego que proyectan sobre la Iglesia la mala sombra de sus crímenes,  como los que arrojaron sobre las espaldas de Nuestro Señor una clámide roja de soldado a guisa de manto real y le pusieron en la cabeza, una corona de espinas entretejidas y en las manos un cetro de caña como a un rey de burlas, así estos. Oyen misa pero no les vale, porque la Iglesia es el tesoro del pueblo y sabéis lo que ellos han hecho con el pueblo? le han despojado de sus vestiduras y le han clavado en la cruz.


Quieren ser grandes amigos de los obispos y pisotean al mismo tiempo con sus injusticias las doctrinas de aquel de quien hablan todos los obispos. Suprimen y atrasan el pago de los sueldos; permiten que se haga comercio hasta con el hambre de los que viven en la cárcel;  inventan guerras; extienden  más y más la red de los im­puestos, firman tratados inicuos, dotan colegios para millonarios, malgastan la fortuna de la república en grandes banquetes y en pantomimas de propaganda y en  misiones serviles y en privilegios de ahijados y sobrinos... en una palabra: Son los enemigos de los pobres y sin embargo invocan a Nuestro Señor Jesucristo ¡Hipócri­tas! No dijo El acaso -»Evangelizare pauperibus misit me». «Me envió para anunciar la buena noticia a los pobres». Y dijo también: «Apartáos de mí operarios de la iniquidad». San Lorenzo Mártir mostrando al prefecto de Roma una multitud de pobres, le dijo: Estos son el tesoro de la Iglesia. A todos los que quieren servirse de la religión para el desarrollo de sus bajas pasiones subiendo por ejemplo al ministerio de hacienda donde se gana la indulgencia plenaria de la política, deberíamos preguntarles: ¿Y vosotros qué habéis hecho por los pobres? Y estaría muy equivocado a mi juicio, quien creyese que los fanáticos del conservatismo son ramas que viven de la sabia de la Iglesia, no, de ninguna manera son parásitos ¿No veis que la Iglesia es de todos, mientras que los conservadores son de un bando? Yo no he visto en los santos cuatro evangelios, ni en las Cartas Paulinas, ni en las Homilías de los santos padres, ni en las Encíclicas de los Papas, ni en las actas de los Concilios, que la Iglesia de Jesucristo deba ser de éste, ni de ése, de aquél, cosa de partidos, para los unos madre y para los otros madrastra: Y si de tiempo en tiempo, porque los hombres son hombres, ha habido príncipes católicos y sacerdotes y frailes y obispos que convierten la religión en instrumento de gobierno -Instrumentun regni- sépase y entiéndase, que esto constituye un verdadero fenómeno, al lado a coté como dicen los franceses; pero oficial y auténticamente hablando, de una manera legítima y según los documentos de la historia verdadera, la Iglesia siempre ha tenido en sus labios aquella divina palabra de su fundador: «Mi Reino no es de este mundo». «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Si sois cristianos, ya veréis que por este solo delito de ser cristianos; si sois sacerdotes y obispos, ya veréis que por sólo este delito de ser sacerdotes y obispos, los fanáticos del liberalismo os mandarán al destierro, os cubrirán de cadenas en los calabozos de las peniten­ciarías, os despojarán de vuestros derechos de ciudadanos, os pro­hibirán hablar, escribir y enseñar y darán dinero a un Vargas Vila por ejemplo para que diga, a gritos como él acostumbra, en uno de sus pasquines, que se os persiguió porque erais unos monstruos, porque emborrachasteis a vuestros fieles en las sacristías y les concedisteis el perdón de todos sus pecados con tal que asesinasen a los libres pensadores. Los fanáticos del liberalismo no debían ignorar: que ha sido el único oficio de los pensadores del siglo XIX, deshacer las afirmaciones gratuitas de los sofistas del siglo XVIII; que en Francia, hoy en día, gracias a los Taine, a los Tierry, a los Guizot, a los Brunnetiere, a los Faguet, a los Sabatier y a muchos otros, un hombre instruido ya no acepta más, en materia filosófica, en materia histórica y mucho menos en materia bíblica, ninguno de los dispa­rates que dijo Voltaire. La historia dice serena y profundamente el príncipe de los equilibrios de América, José Enrique Rodó, «No es ya una forma retrospectiva de la arenga y del libelo, como en los días de Gibbon y de Voltaire». A la luz de estas palabras, muchos de los artículos de la prensa fanática anticlerical, dan lástima, tienen la actitud de aquel endemoniado que pintó Rafael retorciéndose en la sombra de su célebre cuadro de la Transfiguración. El tiempo de las blasfemas ha pasado. Rubén Darío que es la flor más exquisita de nuestra civilización refiriéndose a los fanáticos anticlericales del Uruguay, escribió esta palabra despectiva: «La cosa jacobina», ahora bien, yo creo que el deber primario de los hombres, consiste en ser hombres y no cosas.


Así como Dante y Virgilio, después de haber estado sumergido en el horror de los círculos infernales, suben otra vez a la región serena donde pueden verse las estrellas; así también cerramos el capítulo negro de los fanatismos y abramos de nuevo el blanco, donde están los sabios, los artistas, los buenos ricos, los agricultores de surco bendito, los comerciantes de mano limpia, los industriales de ma­gia blanca, los héroes y los mártires: estas son las verdaderas estrellas. Nuestra patria ahora más que nunca necesita de estrellas. Como Dante hace ya quién sabe cuantos años que venimos viajando, al través de los infiernos, por el círculo de los hipócritas Degli ipócriti donde sólo hay palabras; por el círculo de los iracundos y de los violentos Degli iracondi degli violenti donde sólo hay guerra a muerte sin tregua y sin cuartel, contra todos los que han cometido el delito imperdonable de no pensar como piensa el que manda; así hasta llegar al fondo del embudo, donde están con Satanás su pa­dre, los traidores -I traditori.


Me pareció oportuno hablaros de estas cosas. Si el asunto y la manera de desarrollarlo no han hallado gracias a vuestros oídos, tened entonces la amabilidad de perdonarme. A  mí y a los amigos que me hicieron hablar, porque lo que soy yo, de mí mismo, sino es cuasi obligado, no hablaría nunca, sabiendo que son incontables los que me tienen por persona sospechosa en los dos bandos, en el güelfo y en el gibelino.

 

 

LECCION II


Señores:


COMIENZO por declarar con una franqueza que la siento mía pro-pia, diga cualquiera todo lo que buenamente quisiera decir, que si los señores que han dado en llamar de la sociedad me hubiesen dicho: habla, no hubiera aceptado.  -¿Por qué? Porque según creo, a los señores  que han dado en llamar de la sociedad no les agrada el socialismo ni pizca. - Ahora bien, entre hombres, sólo se puede hablar de dos cosas: o de la santidad de Cristo que es el socialismo de la vida eterna o del socialismo también de Cristo, que es la santidad de esta vida en el tiempo.


Ya en otra ocasión, en el parque Jerez, tuve el honor de dirigiros la palabra. -Fue aquello, aunque algunos fanáticos hayan dicho lo contrario, algo así como la lección primera de un curso libre de sociología popular. -Y ahora, ya que muchos nobles hombres de trabajo me han honrado con su delegación, yo quisiera decir algo que medio pueda servir de lección segunda. -Y así como en los colegios es de rigurosa costumbre que tenga cada lección su pro-grama donde están indicados los puntos principales; así también, yo diría: Lección segunda EL SOCIALISMO (inutilidad de los discursos -peste de la política -los trabajadores). -Y nada más.- Porque harto bien comprendéis, que en una lección, sea de historia o de matemáticas, de ciencia sabia y libresca, o de ciencia humana y vivida, apenas se puede medio presentar los aspectos más interesantes de un problema cualquiera, que de agotarlos todos, en una hormiguita, en una hoja verde, en una gota de agua o en un rayo de sol, bien pudiéramos pasar la vida entera y mil vidas más si queréis y siempre descubriríamos  nuevos tesoros de ciencia, porque nadie puede ni llegar a sospechar todas las maravillas que duermen escondidas en una hormiguita, o en una hoja verde, en una gota de agua o en un rayo de sol. -¿Qué será pues en el alma de los hombres?

 


 

 

 


INUTILIDAD DE LOS DISCURSOS


Nunca debemos olvidar que las bellas palabras que hablaron los griegos, porque los griegos son por definición los hombres de las
bellas palabras, no fueron oídas sino por los ciudadanos politai y entonces casi nadie era ciudadano. Así andaban las cosas en el pueblo más civilizado de la historia antigua. ¿Como andarían en la Caldea de los Nabuconodosores, cuya estatua debía ser adorada y en la Persia de los reyes Mano Larga, escondidos detrás de la cortina roja, y en el Egipto de los Faraones Cocodrilos que mueven un dedo y se pone a temblar la tierra? Cómo serán de inútiles los discursos, si los hijos de Israel que habían escuchado la palabra de los profetas -los profetas, leedlos, son grandes maestros de  socialismo­, los hijos de Israel, digo, mientras unos pocos privilegiados, príncipes de los sacerdotes, doctores de la ley y jefes de las grandes familias entraban y salían como dueños muy ricos y muy poderosos; los humildes obreros gemían bajo el peso de una carga enorme de injusticias, pálidos y macilentos «como ovejitas que no tienen pastor» así dijo el Divino Señor de la Justicia.


En la Italia del siglo XV que es en la historia una especie de mañana única, donde todos abren sus ojos a una luz nueva, la misma luz vieja de Atenas y Corinto, aquellos hombres renacidos que dijéramos, pronunciaron bellísimos discursos, en Florencia y en Verona, en Venecia y en Génova, y hubo cortejos de príncipes y cardenales, dignos de la lámpara maravillosa de Aladino; pero si hubierais vis-to detrás de los bastidores de este teatro lujosísimo, a los hijos del trabajo, siempre como ovejitas que no tienen pastor, trabajando mucho y ganando poco y expuestos, ellos y sus hijos y sobre todo sus hijas, a las tiranías de los poderosos, diríais que la llamada re­pública, ¡que burla! no era cosa pública y ¿cuándo lo ha sido?  sino la cosa de los Doria, de los Médicis, de los Loredano, de los Mocénigo, de los Malatesta, de los Malaspina, de los Polenta.


Shakespeare para hablarnos de la vida vulgar y profana que está siempre de  plácemes -payaso victorioso que va y vuelve a sus an­chas por el camino fácil de los primeros premios- , dice: ¡Palabras, palabras, palabras!; pero cuando se refiere a la vida altísima y pro­funda que está siempre cargada de cadenas o clavada en la cruz, no dice nada. El silencioso Hamlet vestido de negro, no habla. ¿Para qué hablar?


Después del Renacimiento, en Italia y fuera de ella, se resume la historia en dietas y asambleas de hombres que según dicen repre­sentan a su pueblo y están sentados y se levantan para hablar y hablan mucho y hablan bien, placer de los oídos; pero por más que abramos y abramos los ojos, nada podemos ver sino el mismo dolo­roso cuadro de hijos del trabajo que gimen bajo el peso de una carga enorme de injusticias, pálidos y macilentos, como ovejitas que no tienen pastor.


Luego, la revolución francesa, divina que dijéramos, locura nueva de querer leer el libro siete veces sellado del Evangelio con unos ojos malos de carne y sangre. Y como resultado practico, según dicen, un nuevo modo de gobiernos, monarquías constitucionales y repúblicas democráticas con sus respectivos parlamentos -parlamento es el lugar donde se reúnen los habladores- de representan­tes del pueblo, así se llaman, de hombres sentados que se levantan para hablar y hablan mucho y hablan bien, placer de los oídos; pero si tenemos ojos para ver y queremos ver con ellos, al norte y al sur, al este y al oeste, veremos el mismo doloroso cuadro de humil­des obreros que gimen bajo el peso de una carga enorme de injusticias, pálidos y macilentos, como ovejitas que no tienen pastor o que tienen mal pastor, como dice en sus «Geórgicas» el príncipe de los poetas franceses de todos, Francis Jammes: «Mauvais pasteur de republiques».


Las repúblicas modernas son demasiado palabras y palabras humanas. Los franceses de hoy no están pisoteando con los hechos en el Rhur, ¿quién sabe cuantos siglos de bellas palabras?


En nuestra América, si ponemos aparte a Bartolomé de las Casas, a Bolívar y a Sucre, que éstos, todo lo que hablaron fue verdad, todos los otros, hablo de los que mandan, han sido unos habladores que hablan mucho y hablan bien, placer de los oídos, sofistas, retóricos, nubes y ranas de Aristófanes. ¿Qué han hecho por el pueblo? Solo siendo hipócritas, podríamos responder que han hecho algo. Des­pués de quién sabe cuantos años perdidos de repúblicas burguesas -tierra de la tierra para la tierra-  monopolio de unos cuantos embaucadores políticos, los hijos del trabajo siguen siendo, en Uruguay un poco menos, pero demasiado poco, las mismas ovejitas que no tienen pastor.


En Centroamérica sobre todo, hemos sido tanto y en tal grado víc­tima de la pantomima palabrera de los que pretenden subir al poder, PARA SALVAR LOS INTERESES DE LA REPÚBLICA, que si esta mi conferencia fuera en representación de un partido socialista cual­quiera, yo mismo os pondría en guardia contra mis propias pala­bras. Conservadores y liberales, ¿qué han hecho por las ovejitas que no tienen pastor, por los hijos del pueblo que trabajan mucho y ganan poco, por los que les han dado su voto, y su tiempo, y su dinero y su sangre? Con la mano en el pecho, mal que les pese a los unos y a los otros, con esta mi luz y estos mis ojos, yo digo que no han hecho nada.

 


 

 

 

 


PESTE DE LA POLITICA


De polis, ciudad, la política es el ejercicio de la vida ciudadana. La Grecia de las Guerras Médicas amansa las bestias de Persia con la
varita de virtud de su admirable organización política. Así talvez podríamos comprender el significado de aquella estatua que eri­gieron los Florentinos a Cosme Padre de la Patria. Pero general-mente hablando, la política no es el templo donde hablan en voz baja los padres de la Patria, sino el mercado donde gritan los pa­drastros de la Patria. ¡Qué digo! por obra y gracia de los políticos he venido a no saber cuál es el significado de la Patria. Campana de Pedro el Cruel, flauta para la pantomima de los payasos, tambor para la danza de las serpientes, ruido de las treinta monedas de Judas, máscara de carnaval plano inclinado, caja de hierro, colmi­llo, mostrador, látigo, rodillas dobladas y quién sabe cuantas otras cosas muy feas significa ahora la palabra Patria por obra y gracia de los políticos que SE DESVELAN según ellos viven diciendo POR LA SALVACION DE SU PUEBLO. El pueblo está, de tan arruinado, como aquel pobre caballo de Gonela “tantum pellis et ossa”; pero ellos los SAL­VADORES DEL PUEBLO suben al poder y se salvan con una salvación tan sabrosa y tan rica de color, que son, encumbrados en sus puestos, granadas maduras de salvación. Y cada uno de los granos es muy envidiable. Y a los humildes hijos del pueblo que trabajan mucho y ganan poco, se les dice pontificalmente: Se ve y no se toca. Porque son los granos envidiables de la granada madura del Poder, sólo para nosotros que NOS DESVELAMOS  pronunciando  bellos discursos. Todos los hijos, todos los hermanos, todos los primos, todos los so­brinos, todos los ahijados, todos los acólitos y todos los periodistas de nuestro grupo que vengan y se regocijen con regocijo máximo porque es hoy por excelencia el día de la salvación de la Patria. No veis pues que aquella nuestra candidatura que era como una semi­lla cayó en una buena tierra y germinó y salió el blando tallito y se fortaleció y se hizo árbol y dio flores y frutos, granadas maduras de salvación, y cada uno de los granos muy sabroso y muy rico de colores y muy envidiable?  Pero vosotros hijos del pueblo que trabajáis mucho y ganáis poco, vosotros que nos habéis dado vuestro voto, vuestro tiempo, vuestro dinero, y vuestra sangre, apartáos que ya pasó vuestro día. Ya porque estuvistéis a las duras, querías estar ahora a las maduras. Volvéos a vuestro trabajo. Nosotros somos el lobo y vosotros Caperucita. ¿Todavía no sabéis por experiencia que el lobo no sabe hacer otra cosa sino morder? Nosotros somos la madrastra y vosotros  Clorinda la Ceniciente. En Roma siempre andaba el emperador con sus lictores. Una hacha ceñida por doce caras. El hacha sirve para cortar cabezas; y las varas para golpear espaldas. Espaldas y cabezas, la mayor parte del tiempo de las ovejitas que no tienen pastor.

 

 


 

 

 

 

 

LOS TRABAJADORES


Tened mucho cuidado con las palabras: así se resume el punto primero, porque las palabras son palabras y los trabajadores tienen derecho de sacar de su trabajo algo más que palabra. ¿No son obreros de obra? Ellos, pues, más que nadie deben analizar todas las cosas preguntando, no: ¿qué dice?  sino: ¿qué hace?


Tened mucho cuidado con los políticos; así se resume el punto segundo corolario del primero, porque los políticos  son por excelencia y de una manera perfecta la gente que dice mucho y no hace nada.


Pero no basta. Quedan los enemigos internos. Si por la política palabrera, hermano mío, que vives trabajando, eres un esclavo entre los esclavos, por el alcoholismo, y por las costumbres licenciosas y por la pereza y por el desorden de tu vida económica, eres el último de los esclavos. De qué pudo haberte servido el apartarte de la política mentirosa si eres tú mismo por dentro, en tu casa, una especie de mentira que vegeta. ¿Quién podrá estimar nunca a quien no se estima? El primer capítulo del socialismo dice en mayúsculas de oro: Ennobleced vuestro propio trabajo.


Y aún no basta. Así como el agricultor que no se acuesta en cierto modo sobre la tiera para labrarla, infundiéndole toda su alma, toda su vida y todo su corazón, mal puede esperar en el día de la cosecha frutos de ciento por uno; así como el médico que se dedica al ejercicio de la medicina, como quien no quiere la cosa y entre paréntesis, no es médico sino comerciante; así también los trabajadores para que hagan trabajo humano y razonable deben con religiosa escrupulosidad, mediante bien disciplinados esfuerzos, procurar la mayor perfección posible en sus métodos de trabajo, para que salga la obra de las manos del obrero como una hostia pura y santa. Entonces, cuando el trabajador de cualquier orden que sea, ponga en la obra toda su alma, la democracia dejará de ser palabra para convertirse en hecho. En ese día, único, que debe señalarse con piedra blanca después del Viernes Santo, lo mismo será el carpintero en su taller labrando madera que el sacerdote en el altar celebrando misa. En ese día, el verso del poeta y el cuadro del pintor y la estatua del escultor y el traje del sastre y el ladrillo del albañil y el clavo del herrero y toda obra salida de manos del hombre estará sellada con el divino sello de aquella palabra: “Signatum est super nos lumen vultus tui”.


Y aún no basta. El genial escritor catalán Eugenio d’ Ors descubre en el bosheviquismo ruso mucho de Asia. La palabra Asia significa barbarie. Donde hay poco de Cristo tiene que haber mucho de Asia. Querer, sin Cristo resolver el problema de la democracia es un pe­cado que no tiene perdón. “Oh Señor Jesucristo por qué tardas, qué esperas” dice Rubén “Para tender tu mano de luz sobre las fieras”. Hay dos cosas en este mundo: las fieras es decir Asia y la mano de luz es decir Cristo. Suprimid a Cristo y queda: Asia. ¡¡Ya viene con sus carros Nabucodonosor!! ¡Ya está sentado detrás de la cortina roja el rey Mano Larga! Una Mano larga, larga que se extiende, no para dar, sino para recibir: la Mano que Aprieta.


Muchos obreros hay que libres de la tiranía política y de los vicios, y nobles y honrados y capaces y enérgicos, continúan siendo sinembargo, las mismas ovejitas que no tienen pastor. ¿Por qué? Porque los jefes del partido socialista han recogido la vieja herencia del lobo. “Las fieras” de Rubén. “El Asia” de Eugenio d’ Ors. Quiero decir y aquí concluyo: que los trabajadores deben tener mucho cuidado con ellos mismos.


Recapitulemos:


Tened mucho cuidado con las palabras. Tened mucho cuidado con los políticos. Tened mucho cuidado con vuestro trabajo. Tened mucho cuidado con vosotros mismos.

 

 
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