Veamos otro ejemplo más de la liturgia de los
colores, extraído igualmente de La fiesta de los
pintores:
Las rosas de oro que con milagrosa mano
pintó, en sus admirables desnudos, el
Ticiano,
aquí están en el mar, aquella nubecilla
de nácares lejanos, esos remos, la
quilla
y el mástil y las velas y hasta en los
cables, oro
de Dios, en cada cosa, la gracia y el
decoro
de nuestra Hermana Luz, Sor Clara, Sor
Clarisa,
que viene, en todas partes, celebrando
su misa.
(Piraterías)
Luz y
color se funden aquí sobre un piadoso trasfondo de
espiritualidad franciscana; celebran su colorida
misa sobre la infinitud del mar. A los ojos del
poeta, el color dorado de la luz, místicamente se
transmuta en oro de Dios en cada cosa. La
razón de esta mística alquimia nos la explica
Pallais en Caminos:
(Luz Dedos Sonrosados, que al sol abres las puertas,
como el niño, a medida que creces, te despiertas!
Como el niño despierto se hace un hombre cualquiera,
así se vulgariza la luz en su carrera.
La
luz a su inocencia vuelve por el color
como el hombre a ser niño sube por el amor.
Admirable paralelismo simbólico entre el niño y la
luz: ambos se vulgarizan cuando pierden su inocencia
y la recuperan nuevamente en el amor y el color,
respectivamente.
La
liturgia de los colores y de los rumores celebra su
fiesta en este poema de Piraterías:
Azul
de cielo y mar, verdor de primaveras,
esplendor de las rubias doradas cabelleras
y la luz en que baña sus pétalos la rosa
y el lirio de blancura solemne y
silenciosa,
y toda la florida pascua del resplandor
y la pentecostés en lenguas del rumor.
Las voces y colores de la fiesta del
mundo,
en matices de hora y en sombras de
segundo,
todo esto sin el ojo de luz, sin el oído
es hielo de las tumbas y noche del olvido.
Nótese la clara alusión litúrgica a Pascua y
Pentecostés: la florida pascua del resplandor y
la pentecostés en lenguas del rumor. Pero aquí
es la creación misma la que oficia su ciclo
litúrgico. Por una simbólica transposición, la
pascua florida aquí es de resplandores y la
pentecostés de rumores...El poema concluye con una
filosófica reminiscencia de Pascal: sin conciencia
humana que la reflejara, toda la magnificencia del
universo se reduciría a hielo y olvido.
Pero
no sólo son los elementos naturales inanimados los
que celebran en Pallais la liturgia del color, sino
también los mismos seres seres vivos, como son las
mariposas y las veraneras:
Mayúscula tercera: Dicen las mariposas...
somos colores vivos del silencio sagrado,
sobre la buena fiesta del camino lavado.
Porque somos humildes criaturas
silenciosas,
nos ha el Señor pintado con milagro de
rosas.
Por las cercas lavadas, yo voy por los
caminos,
poniendo mariposas en mis alejandrinos.
Y son las mariposas silencio libertado:
y son las veraneras un silencio clavado
en la cruz de la planta: silencio que
está fijo,
con manos levantadas, como un crucifijo;
y sobre ambos silencios, el fijo y el que
vuela,
descienden los colores en milagrosa
estela.
(Caminos)
Como
lámparas votivas llamean aquí las mariposas sobre el
silencio sagrado...Para Pallais, los seres tienen
consistencia únicamente en cuanto que están hechos de la
sustancia misma del silencio y son criaturas
silenciosas. (Muy bien pudieran ser suyas aquellas
memorables palabras de San Juan de la Cruz: Una
palabra habló el Padre, que fué su Hijo, y ésta habla
siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída
del alma...También para Pallais, Cristo era Plenitud
del Silencio y por eso la paradoja de aquel verso suyo:
Voz del evangelio, bella, silenciosa...O también:
Son del silencio, vecinas, todas las cosas divinas de
Cristo Nuestro Señor). La palabra vana en cambio
convierte al hombre en un ser hueco e insustancial (nada
peor para el poeta que ser un palabrero, adjetivo
que endilgaba con frecuencia a políticos y blasfemos).
En su poesía, dos adjetivos van siempre de la mano,
silencioso y lejano, y son para él
equivalentes, pues su noción de lejanía no es
espacial, sino mística; la lejanía la crea el silencio
interior y es inconmesurable para los parámetros de la
física.
En el
silencio, para Pallais, viven los locos, los poetas,
los santos y los sabios. (Creo que antes jamás
ningún poeta llegó hasta el punto de callar
completamente, para expresar a través de puros puntos
suspensivos la voz del silencio -igual a como acontece
en el andante de la Fantasía en d-mol de Mozart,
en donde la melodía alcanza su clímax en un silencioso
instante de suspenso musical).
Todo en
estos versos es silencio: tanto las mariposas como las
veraneras. Es bellísima la descripción de la veranera
como silencio clavado en la cruz de la planta y
la de la mariposa como silencio que vuela.
También la contraposición simbólica entre silencio
libertado -la mariposa- y silencio que
está fijo -la veranera-...
Y la
mariposa habla (tal y como hablan también la
esmeralda y el zafiro, las cabras, las ardillas y los
ciervos en Bello Tono Menor) y manifiesta su
secreto: es una humilde criatura, pero el Señor se ha
complacido en pintarla como un milagro de rosas.
Todo el vocabulario palesiano rezuma aquí religiosidad:
humildad, criatura, Señor, milagro...Su lenguaje
se torna eminentemente religioso, para religar estos
humildes seres al misterio inefable de Dios; y sus
estrofas culminan en la insólita comparación de la
veranera con un crucifijo: silencio que está fijo,
con manos levantadas, como un crucifijo.
Dice
también Pallais en otra parte de las veraneras,
festejando con regocijo la liturgia de las plantas:
En las
cercas lavadas, en las enredaderas,
no tardan en abrirse las dulces veraneras.
Y entonces, encantado se tornará el camino,
y te vendrán las ansias de ser un peregrino...
Y lejos de este mundo, pasar la vida entera
leyendo el evangelio que está en la veranera:
Evangelio supremo de inocencia tranquila
contra toda blasfemia de cualquier Vargas
Vila.
Los blasfemos, yo creo, que en ninguna ocasión,
han visto veraneras en plena floración.
Se bañan las azules en profunda alegría,
como un niño que dice (Dios te salve, María!
Anhela el
poeta continuar leyendo perennemente el evangelio que
está en la veranera y contemplando el sereno
candor de sus flores: flores que irradian alegría como
un niño que reza el Avemaría.
En uno de
sus poemas de Caminos, Pallais evoca un cuadro
del pintor francés Millet, en que aparecen unos
labradores en el preciso momento en que interrumpen sus
labores para rezar el Angelus vespertino: Las tres
avemarías que absuelven a la tarde de sus melancolías,
dice Pallais. Es la hora del crepúsculo. La tarde misma
se recoge en oración: La tarde religiosa eleva sus
dos manos. Sonidos y colores se funden en extraña
sinestesia: ante el rezo piadoso del Avemaría, rezan
también los colores, como músicas visuales. Y la
cadenciosa plegaria asemeja a su vez unas luces
auditivas:
Y reza en los colores, el sonido piadoso
y se oye un equilibrio profundo y milagroso
de luces auditivas y músicas visuales-
de notas y colores en números iguales.
Y todo el
conjunto de la tarde ora con el poeta: Y entonces,
encantado, yo rezo en el camino, poemas de Silencio...Meditando
sobre el misterio de la Encarnación, prorrumpe Pallais
en esta exclamación:
Los
cielos y la tierra son una Eucaristía,
por esta Gracia Plena -flor del Avemaría.
(He aquí
el centro mismo de la gran liturgia cósmica! Por la
Encarnación del Verbo de Dios, la creación entera se
torna Eucaristía, Cuerpo de Cristo en proceso hacia la
Parusía. En Cristo, las criaturas alcanzan su segunda
inocencia, pues acontece una nueva creación. De ahí que
a los ojos del poeta todas las criaturas del cielo, de
la tierra y del mar estén en perpetua adoración:
La Cruz
del Sur es himno sagrado del misal,
y Orión los siete versos de un santo madrigal.
...........
Y al toque de Maitines, la luna es una rosa
de Cristo, se arrodilla la noche silenciosa...
...........
En las conchas
formula sus preces la Omega.
(Caminos)
...........
En el agua, sumergidas
hay criaturas luminosas,
porque rezan confundidas,
letanías silenciosas...
.......................
.......................
.......................
.......................
Nunca hablamos, es mejor:
en silencio, sumergidas,
viven las pascuas floridas
de Cristo Nuestro Señor.
(Espumas y Estrellas)
...........
Y rezan las cigarras en sus perennes gritos:
(Usureros malditos - usureros malditos!
(Que se hunda el mentiroso, que muera el
opresor,
que venga a nos tu Reino de Justicia y de
Amor!
(Caminos)
La
creación entera se prosterna ante Dios en un silencioso
cántico de alabanza. Y entre las cigarras y los lagartos
hay incluso destellos de profecía:
Temeroso el lagarto se dispone y se arroja,
y avanza y retrocede al rodar de una hoja.
Y reza en el camino, con furtivos recelos:
sólo es para los pobres el Reino de los
Cielos.
Los pobres, humillados bajo los poderosos,
vienen por el camino con pasos recelosos.
Hasta que se oiga, en día de eterno
resplandor,
la voz de la Justicia, voz de Nuestro señor.
(Caminos)
Hasta las
más mínimas criaturas de la tierra participan
franciscanamente de la gran liturgia cósmica,
adquiriendo equivalencias simbólicas:
Y al deslizarse dicen hormigas y gusanos:
somos los escondidos Terciarios Franciscanos.
Las legas del convento, los criados, los porteros,
últimos para el mundo, para Dios los primeros.
Humildad y silencio: Los mínimos queridos
dicen sobre el camino los mejores sonidos:
Los que, sobre la cumbre, salieron de sus
labios,
sus tiernos, sus divinos incomparables labios.
Y hasta aquellas criaturas que ignoran el
sonido,
dan voces de penumbra para el sexto sentido.
(Caminos)
El
silencioso cántico de las criaturas es una discreta
glosa del Sermón de la Montaña. Y la misma existencia de
estos seres, un símbolo que el poeta interpreta y
escruta. Como decía aquél gran pintor japonés en La
Condición Humana de André Malraux: El mundo es
como los caracteres de nuestra escritura. Lo que el
signo es a la flor, la flor misma lo es a alguna cosa.
Todo es signo. Ir del signo a la cosa significada es
profundizar en el mundo, es ir hacia Dios...Y
precisamente eso hacía el Padre Pallais.
Uno de
los más bellos poemas suyos se titula Los nueve
Kiries de las aves y comienza así:
Mayúscula tercera de piadoso rumor:
Los trinos y las alas: voz de Nuestro
Señor.
Las alas, hojas verdes que cambian de
lugar;
y el trino, la campana de Dios, para rezar.
Cantan las avecillas, al mismo diapasón,
diciendo: Kirie, kirie, Christe,
Christe-eleisón...
Cuando sus nueve kiries cantan las avecillas,
entonces, los humildes se postran de rodillas.
(Caminos)
En este poema
la liturgia es más que evidente, pues son las mismas
avecillas las que entonan las letanías griegas (reminiscencia
antiquísima de la liturgia primitiva de la Iglesia latina);
el trino de las aves es una campana de Dios que nos
invita a rezar. Se entrelazan aquí la liturgia vegetal (Hojas
verdes), la humana y la animal. En sus trinos y en sus
vuelos, las aves nuevamente son para el poeta la voz de
Nuestro Señor...
Posteriormente el poema asciende a un plano simbólico, en
que se descubren afinidades entre ciertos tipos de pájaros y
las grandes escuelas literarias:
Hay todas las escuelas: La urraca
vocinglera
y el verso simbolista de la perdiz ligera;
y envía la paloma románticos desvelos,
sobre sus contradanzas, sobre sus ritornelos.
La variedad
de los cantos alterna con la variedad de las estaciones (Invierno
y Primavera) y entrambos se corresponden con la variedad
de las voces y escuelas literarias (Homero es un divino
ruiseñor de ojos ciegos). Del conjunto de estaciones,
cantos de pájaros, escuelas y acentos literarios, surge
finalmente un gran coro de alabanza a Dios:
Con voz de
procelarias y voz de ruiseñor,
(Invierno y Primavera, bendecid al Señor!
La liturgia
de la creación es aquí total: como en una sinfonía cósmica
se funden los ditirambos del mar, los trinos y los
vuelos, las grandes voces poéticas de la humanidad y el rezo
de los humildes. Sinfonía que emerge desde la fluida materia
del agua, adquiere aliento vital en las aves y conciencia y
voluntad en la persona humana.
Sinfonía
del cosmos y de la historia: liturgia cósmica.
*escritor nicaragüense
especialista en Azarias H. Pallais |