DISCURSO EN LOS FUNERALES DEL PADRE MARIANO DUBON
Excmo. Señor Presidente:
Señores:
Esta mañana, en la Catedral, muchas gentes del menudo pueblo, se peleaban por tener la dicha de tocar el cuerpo del Padre Dubón, como en la escena evangélica: “Alguien me ha tocado!”, y uno de los que se creen grandes, miraba como uno que se burla. Yo me burlo de los burladores! Los hijos del pueblo sin nombre, los del menudo pueblo, humildes, ¡sólo ellos entienden! En ellos ha puesto Dios reservados los destinos de todo porvenir grande!
Discurso? Sería una profanación. Abominable cosa sería! Retírense las palabras de los hombres con su música a otra parte, con su música vulgar y callejera de pitos y tambores!
Repitamos sí, lo más silenciosamente que nos sea posible, la divina palabra del Santo Evangelio: “una mujer quebró su vaso de alabastro que contenía ungüento escogido de nardos y ungió sus pies”. ¡Sus pies! y si son hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del Hijo del Hombre, cómo serían los pies del Hijo del Hombre!
“Y los enjugó con sus cabellos, y quedó la casa, toda, llena del buen olor del ungüento”! La casa toda, llena del buen olor del ungüento!
¿Y dónde estará el buen olor del ungüento? Allí está, en ese ataúd sin hipérboles y sin metáforas. Allí estuvo y allí todavía está.
Dice Shakespeare: “hay algo, en Dinamarca, que huele a podrido”. En Dinamarca... en el mundo, algo ... todo huele a podrido. Sólo de Jesucristo pudo decir el poeta:
“Es muy oloroso, es muy oloroso Jacobo el segundo, Jacobo el menor, es muy oloroso, es muy oloroso, y a todos encanta, por su buen olor”.
Se fue el otro por los caminos de este mundo, con siete lámparas, a buscar y a buscar y a buscar, un cristiano oloroso y volvió desconsolado diciendo: Nada, hermano mío, nada, nada!
-Dime, y este Mariano Dubón – es hombre? – sí hombre! Cristiano? sí, cristiano. Sacerdote? sí, sacerdote! Justo? sí, justo! Humilde? sí humilde! Caritativo? sí, caritativo! Paciente? sí, paciente! Piadoso? sí, piadoso!
Un discípulo fiel. Palabras gastadas porque las decimos mintiendo, pero aplicadas al Padre Dubón, maravillosas palabras. La gloria de ser discípulo, como una columna de alabastro por donde pasa la luz. La gloria de ser fiel como la misma luz, que no pasa que en vela, permanece. El padre Dubón no era luz, él daba testimonio de la luz. Otro era la Luz, la Luz Verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Otro cuyo nombre no digo, porque mi boca no es digna de mentarlo, ni vuestros oídos son dignos de oír ese nombre.
Y el que había ido, por los caminos de este mundo, con siete lámparas, a buscar un cristiano oloroso, me respondió: Tienes razón. Pero por este Padre Mariano, aún podemos, a pesar de tantos escándalos, seguir diciendo: Creo en la Santa Iglesia y para los escándalos, bástenos la divina palabra: «¡Ay de vosotros escribas y fariseos, hipócritas! Muchos publicanos y meretrices os precederán en el Reino de mi Padre”.
¿Era santo el Padre Dubón, como aquel fraile perfumado, confesor de la marquesa de Roca Seca, que la visitaba todos los días y tomaba chocolate con ella? Era la marquesa una mujer endemoniada, que en sus haciendas, cuando sobraba leche mandaba que se derramase en vez de repartirla entre los niños de sus mal pagados jornaleros, y a un pobre hombre lo tuvo preso, hasta que se secara en la cárcel, por un gallo, parece mentira y es verdad.
Era la marquesa una mujer endemoniada y su confesor el fraile perfumado mucho más endemoniado todavía. ¿Era el Padre Dubón como ese fraile? ¡No, nunca, no, jamás!
El Padre Dubón era santo en realidad de verdad. Aquí está el buen olor del ungüento. Se ve y no se toca. El que tiene ojos para ver, que los abra y vea. El que tiene manos para tocar, que las extienda y toque. Era el Padre Dubón una isla; no una isla de archipiélago, donde hay cerca otras islas; sino mar adentro, una isla perdida en medio del mar. Una isla de las que no están en la geografía, donde todos, hasta yo, podemos, de ser náufragos, desembarcar. ¡Quién podría impedírmelo! Nadie me quiere. Nadie me estima. Vivo en Brujas de Flandes. Tengo mi barco velero, para echarme en aventuras al mar. Muere el Padre Dubón y vengo a llorar ante su cadáver en puntos suspensivos y palabras incoherentes. Quién podría impedírmelo. El Señor Obispo de León me ha nombrado para que hable en su nombre, que Dios se lo pague. Qué disparate dirán algunos. Ya entró pues, la vanguardia en el clero leonés. Estoy muy bien nombrado sin embargo. Nadie tiene más derecho de hablar ante el cadáver del Padre Dubón, que nosotros los cristianos aventureros y náufragos. Y ha hecho muy bien el Ilustrísimo Señor Tijerino en disponer esta solemnísima ceremonia fúnebre, porque tratándose del Padre Dubón, la liturgia, que cuántas veces nos parece vacía y ridícula, alcanza todo su desarrollo de majestuosa y sencilla sublimidad. Y también el Presidente de la República, primer ciudadano de la Iglesia y de la Patria ha sabido cumplir con su deber asistiendo, para honrarlos y para honrarse, a estos funerales.
Le hemos hecho al Padre Dubón un entierro de arzobispo, y cuántos arzobispos no son dignos de besarle los pies. Un entierro de Presidente de la República, o de Jefe de partido, o de magnate industrial, cuando debíamos haberle hecho un entierro parecido al Santo Entierro. Al caer de la tarde cuando no era de noche, ni de día, en esa hora niña, en esa hora tímida, en esa hora esquiva, en esa hora única en el magno silencio de la Crucifixión, remanso de los siglos, acababa de ser bajado de la cruz, el más hermoso...Y por hijos de los hombres. Aquel en Quién el Padre tiene sus complacencias...Y por todo acompañamiento, la Madre Dolorosa, y Juan el Predilecto discípulo, y la Magdalena, y las otras piadosas mujeres y Nicodemus y José de Arimatea...
Está bien, sin embargo, este entierro, así como lo estamos haciendo, somos sobre todo los leoneses, contra viento y marea, cristianos, hasta la raíz de la raíz, y tenemos los humildes hijos del pueblo más que nadie, un sexto sentido para oler ese buen olor del ungüento que cuando la mujer quebró el vaso de alabastro... quedó la casa, toda llena de buen olor.
PARA LA FIESTA DE SAN FRANCISCO DE ASIS
Dedicado al Noble Hermano Moises Vicenzi
“Y será vencedor, porque yo le daré el maná escondido y la piedra blanca y el nombre nuevo.”
En la ciudad de París, entre los atractivos de la carne y el bullicio del mundo, hay una tumba famosa: la de Napoleón Bonaparte; y en la humilde ciudad de Asís, en la Umbría, entre las delicias apacibles de la naturaleza y la calma recogida del paisaje, hay otra tum-ba famosa: la de San Francisco.
¡Qué maravillosa diferencia entre esas dos tumbas! Napoleón Bonaparte es el hombre de la revolución francesa, y San Francisco de Asís el hombre de la revolución cristiana; Napoleón Bonaparte mueve la Europa del siglo XIX con el evangelio maldito de la guerra, y San Francisco de Asís mueve la Europa del siglo XIII con la guerra bendita del Evangelio; en el estandarte de uno están las águilas, en el estandarte del otro está la cruz; el uno dice: reinaré sobre toda la tierra y la dominaré con cetro de acero; el otro reza: Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros el Reino tuyo; en Napoleón se hallan, y en todo su esplendor, la gloria del orgullo, la fuerza de la vanidad y los triunfos de la ambición: si no queréis morir, apartaos, que la violencia humana pasa, como el huracán, como la tempestad; en Francisco de Asís se hallan, y en todo su esplendor, la gloria de la humildad, la fuerza de la pobreza, los triunfos de la caridad: ¡Vosotros, los que queréis vivir, arrodillaos, que la violencia divina pasa agitando blandamente sus alas como un ángel! Pero también qué suerte tan diversa ha reservado la providencia a esas dos tumbas. Yo veo en Los Inválidos junto a la tumba del emperador a los hijos del mundo: mercaderes tramposos, banqueros sin conciencia, usureros hijos legítimos del Demonio, mujeres frívolas, jóvenes cansados de vivir, ricos suicidas; y veo en Asís junto a la tumba del santo: a músicos, artistas, poetas, pintores, santos: a los hijos de Dios que tienen hambre y sed de justicia. Los que visitan en Los Inválidos la tumba del emperador ven el sarcófago de mármol rojo y los nombres de las grandes batallas, pero salen de allí como habían entrado, a continuar por los mismos caminos, arrastrando la misma pesada carga que han puesto sobre sus hombros las desordenadas pasiones; los que visitan en Asís la tumba del santo, sienten por dentro como una revolución: ¡Divinas inquietudes! ¡Cristianas perturbaciones! ¡Viento de Dios que sacude la naturaleza!... ¡Saulo! ¡Saulo! ¿Por qué me persigues?... ¡Simón, Pedro! ¿A dónde vas? ¿Quo Vadis? ¡Agustín! ¿Por qué mañana sí y hoy no? ¡Ignacio! Eso no basta... ¡Javier! ¡Javier! ¿De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma? ¡Vanidad de vanidades y todo vanidad, sino amor a Dios y servirle a él sólo!... ¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Conviértete al Señor Dios tuyo!... ¡Divinas inquietudes! ¡Cristianas perturbaciones! ¡Viento de Dios que sacude la naturaleza!
Hace algunos años, entre los muchos peregrinos que visitaban la tumba de San Francisco de Asís, llamaba la atención por su mirada profunda, por su frente despejada, por su elegancia en el vestir y sus afables maneras, un joven belga, el célebre literato D’ Estrées, harto conocido en Europa por la rica viveza de su imaginación, por su estilo exquisito, y también ¿por qué no decirlo? por su impiedad y por su vida licenciosa y desenvuelta. ¿Qué pasó en la tumba? Sólo Dios lo supo, pero el D´Estrées que de allí salió era tan distinto del D’Estrées que había entrado, que eran dos... a las pocas semanas hubo entre los incrédulos de Bélgica un gran escándalo: D’Estrées había revestido el sayal benedictino en la Abadía de Monte César en Lovaina. Y hoy día, si alguien se atreve a hablar delante del convertido, del D’Estrées de otro tiempo, el humilde religioso inclina la cabeza, diciendo: ¡Oh Señor! que has otorgado a tu siervo Francisco, la gracia de tocar corazones rebeldes, concédeme el perdón de mis muchos pecados por los méritos infinitos de Aquél que en Francisco se dignó imprimir sus llagas. La tumba del emperador abierta hace pocos años, debiera estar muy caliente, y está muy fría; la tumba del santo, abierta hace varios siglos, debiera estar muy fría, y está muy caliente.
¿Cuál es el secreto de Francisco de Asís?
Hay en las semillas de las plantas una gran fuerza que nadie ha podido explicar, ni aquellos que pasan la vida entre los árboles. Han visto la semilla en el surco húmedo, dormida, muerta, cómo se pudre, cómo se alza el blanco tallo y se extienden las raíces hacia adentro y las ramas hacia afuera, creciendo, creciendo con un po-der superior al poder brutal de la materia; a veces en las ruinas, las piedras se apartan y abren paso a la rama incontenible. ¿Dónde se halla el secreto de esa fuerza? ¿Quién ha podido sorprenderlo? Sí, pues, los hombres nada saben! ¿Dónde alimentan su orgullo si no en el humo infernal, en el espíritu de aquel rebelde que dijo desde el principio: Yo no me someteré?
Hay en la chispa de la llama una gran fuerza que nadie ha podido explicar; ni aquellos que pasan su vida en la contemplación de la naturaleza física. Han visto la chispa, lengüita de fuego que se agita y se retuerce y sube y baja, y tiembla con nervioso temblor; han visto a la chispa, perla de oro subido que salta como nunca ha saltado sobre su presa ninguna ave de rapiña; han visto la chispa, mariposita amarilla y roja que vuela con una velocidad increíble; y cae la chispa en el pajar, y lo que antes era perla de oro subido, es ahora incendio, y lo que antes era mariposa amarilla y roja, es ahora monstruo que devora con un poder incontrastable. ¿ Dónde se halla el secreto de esa fuerza? ¿Quién ha podido sorprenderlo? Sí, pues, los hombres nada saben! ¿ Dónde alimentan su orgullo si no en el humo infernal, en el espíritu de aquel rebelde que dijo desde el principio: Yo no me someteré?
Nunca han podido los humanos penetrar en el secreto de las fuerzas físicas. Por eso sin duda, en los cuentos, deleite de los niños, cunden los talismanes: Varita de virtud que Dios te ha dado, haz que se abra a mis pies un abismo, para que aquel fiero gigante que me persigue no pueda alcanzarme; apenas el príncipe se puso su anillo en el dedo se le presentó una águila terrible de poderosísimas garras, diciéndole: buen príncipe, estoy a tu servicio; cuando Aladino frota la lámpara maravillosa, viene por los aires una legión de genios que dicen: mandad y obedeceremos. No busquéis el secreto de las fuerzas aquí bajo en la tierra, sino allá arriba en las alturas, en el trono invisible del gran Dios. Dios, sólo Dios es quien ha dicho a la semilla: crece; y a la chispa: devora; y al agua: humedece y purifica; y a la luz: ilumina; y al hombre: amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.
Si no conocemos el secreto de las fuerzas físicas, ¿conoceríamos el secreto de las fuerzas espirituales? ¿Quién ha visto la ley del fuego? Nadie? ¿Y la ley del fuego de la caridad? Son un misterio los árboles! ¿Y los árboles de la santidad?
¡Francisco de Asís, árbol plantado por el Espíritu Santo, junto a la fuente de las aguas vivas! ¡Semilla de Jesucristo en los surcos del Nuevo Testamento!
Francisco fue una semilla: manso, humilde, sufrido y resignado como la semilla, desnudo y pobre como la semilla: la esposa de Francisco se llamaba Pobreza; muerto por la mortificación como la semilla; muerto antes de morir, dice la inscripción de su sepulcro y así como la semilla en el surco, apenas recibe el rocío del cielo, se estremece con un estremecimiento vital anunciando al mundo un árbol nuevo; así Francisco apenas recibe la gracia del Espíritu de Cristo se estremece con un estremecimiento vital, anunciando al mundo el árbol franciscano. Y se alza el blando tallo: El humilde Convento de la Porciúncula; amables y sencillos los primeros hermanos: Bernardo, Elías, Pacífico, León, Masseo; la vida de limosnas; las primeras santas correrías; las primeras predicaciones a los campesinos en las mañanitas perfumadas de la Umbría; los diálogos con las flores y con los pajaritos; los himnos a la Hermana Agua, a la Hermana Muerte y al Hermano Sol; y aquel estupendo sermón de Francisco a todo el pueblo, teniendo en sus brazos una ovejita viva: “Un hombre tenía cien ovejas, y habiéndosele extraviado una de ellas, dejó la noventa y nueve en el momento y se fue por las cañadas y los riscos, buscándola, y habiéndola encontrado la puso sobre sus hombros y llamando a sus compañeros les dijo: Venid y regocijaos conmigo, porque esta ovejita mía, se me había perdido y la he hallado”; y todo el pueblo prorrumpió en llanto. Y las ramas del árbol van creciendo, creciendo: llegan hasta el Sur de la Italia; de la Umbría pasan a la Toscana, de la Toscana a la Lombardía, atraviesan los Alpes, cubren toda Europa, atraviesan el mar y llegan a Egipto. Y el poder de esas armas es incontenible: las piedras de las ruinas se apartan y abren paso. Sí! Las piedras! Se convierten a Jesucristo, usureros florentinos cuyo dinero era sangre del pueblo; nobles lombardos, nobles bandidos, raptores de doncellas y salteadores de caminos, tiranos crueles y rapaces, como aquel Ezzelino de quien se dijo: “Eran incontables sus muertes y daños”, tanto que Ezzelino, convertido por Francisco, dio origen en la risueña imaginación popular a un bellísmo cuadro de claro-oscuro: abrazados en un mismo abrazo el hermano Francisco y el hermano Lobo. Y a la sombra del árbol, papas y emperadores, reyes y artistas, músicos y poetas, militares y navegantes. Y el hombre designado por Dios para descubrir nuestra América es hijo de San Francisco: cuando Cristóbal Colón puesto de rodillas en las islas de Guanahní planta por vez primera, en tierra americana, el árbol divino de la cruz, bajó de ls alturas como una lluvia de oro, la bendición franciscana: ¡Oh Señor Dios que has suscitado a tu siervo Francisco, para que este mundo criminal, sacuda sus vicios y sus concupiscencias y escuche la palabra inefable de tu Hijo Divino, Jesucristo Nuestro Señor!
¿Dónde está el secreto de San Francisco?
El pueblo de Dios estaba en Egipto, sometido al más tremendo de los cautiverios, bajo el yugo pesado del Faraón, trabajando como bestias de carga en las obras públicas, teniendo siempre encima la crueldad feroz de los capataces. El Faraón endurecido no quería escuchar las palabras del Señor: “De Egipto llamo a mi hijo”. La Divina Justicia, flor morada, abrió su capullo y salieron, como descargas, los castigos. El más tremendo entre ellos fue el del Angel exterminador: de tal manera que no quedase un primogénito vivo en toda la tierra del Faraón. Pondrás, dijo Dios, a los jefes de su pueblo, para preservar tus casas, sobre las puertas, un signo rojo en la forma de la letra hebrea Tau. ¿Habéis oído hablar de los amuletos?: un objeto que se lleva al cuello, una palabra extraña que se pronuncia, un gesto misterioso que se hace para que la catástrofe que se viene encima se detenga, para que la nube de la desgracia se desbarate. Los amuletos de la superstición popular deben ser suprimidos; pero ¡ay de aquel que suprima el signo rojo en la forma de la letra hebrera Tau! ¡Maldición para el que se atreva a levantar su mano contra el signo rojo en la forma de la letra hebrea Tau! -Tendrá forma de Tau la Cruz del Viernes Santo donde va a extender sus brazos, antes de morir, el Soberano Señor de los siglos! Y a partir del Viernes Santo el signo rojo en la forma de la letra hebrea Tau – el signo de la cruz servirá para sanar los enfermos, para detener los ríos, para resucitar los muertos, para calmar las tempestades, para que la catástrofe que se me viene encima se detenga, para que la nube de la desgracia se desbarate. La madre traza el signo de la cruz sobre la frente de su niño y he aquí: ¡delante de ese niño hay una trinchera! ¡por encima de ese niño hay un manto!, ¡al lado de ese niño está una espada resplandeciente! ¿Dónde está el secreto de San Francisco de Asís?
El arcángel Rafael vuelve de su largo viaje con su protegido y con la hiel de las entrañas del pez devuelve la vista al anciano Tobías. Este es el suceso más profundo de toda la Biblia. ¡Rafael, medicina de Dios, salud del cielo entre los hombres! ¡Una cosa quisiera saber! ¿Cuál es entre todas las enfermedades, la principal? La enfermedad por excelencia, ¿sabéis cuál es? No ver... Tienen ojos y no ven. No ven que el tiempo pasa y con él todas las cosas. No ven que esta vida no es la vida. No ven que el Verbo de Dios ha tomado carne en las entrañas de la Virgen. No ven que el Hijo de Dios ha fundado su Iglesia y ha muerto en la cruz y ha resucitado el día tercero, y ha subido a los cielos, y reina a la diestra del Padre y de allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Tienen ojos y no ven... ¡Devuelve la vista la hiel de las entrañas del pez! ¿La hiel de las entrañas del pez? ¡La sangre preciosa de Nuestro Señor Jesucristo!
Francisco! Ya no puedes decir: Secretum meum mihi. “Mi secreto para mí”. Ya lo conocemos tu secreto. Tu secreto está en el signo rojo en la forma de la letra hebrea Tau. Tu secreto está en la hiel de las entrañas del pez. Francisco!: eras hombre mortal como nosotros, pero desde el vientre de tu madre, Dios te señaló y constituyó vencedor; y por eso te dio el maná escondido y la piedra blanca y el nombre nuevo. El maná escondido: La Gracia; la piedra blanca: la Fe; y el nombre nuevo: Un nombre que está por encima de todo nombre. Un nombre que apenas es pronunciado, se inclinan los poderes del Cielo y los poderes de la tierra y los poderos del Infierno: El Santísimo nombre de Nuestro Señor Jesucristo!
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