PRÓLOGO
Los místicos Caminos
del poeta andariego
José Argüello Lacayo
*
Azarías H. Pallais amaba recorrer los caminos de
su patria. Rodeado de sus alumnos del
Instituto Nacional de Occidente,
durante las vacaciones escolares, se internaba
en los parajes más remotos de Nicaragua. Viajaba
casi siempre a pie y sus giras eran a la vez
poéticas y sacerdotales. Pablo Antonio Cuadra lo
recordaba atravesando un llano inundado, con el
agua a la cintura y la raída sotana en alto,
recitando alejandrinos. Su enjuta y alta figura
de arcipreste peregrino recorría valles y
montañas y atravesaba ríos y selvas, predicando
y evangelizando en pueblos remotos. Por donde
pasaba, esparcía en diálogos y sermones el
Evangelio de Jesucristo.
Aún
estaba intacta Nicaragua, pletórica de árboles y
animales, y la sensibilidad del poeta ardía
contemplando sus magníficos paisajes tropicales;
“su alegría ingenua se encendía ante un pájaro,
ante una ardilla o ante un crepúsculo –como en
San Francisco-” y arrebatado de entusiasmo
improvisaba entonces poemas o recitaba con voz
de profeta bíblico antiguos poetas griegos o
latinos. Aquel misionero peregrino había
estudiado en París, Lovaina y Roma, y dominaba
con maestría las lenguas clásicas.
En
1920 Azarías H. Pallais viajó a Colombia con el
fin de leer personalmente su manuscrito de
Caminos
al
poeta Guillermo Valencia, entonces una autoridad
literaria continental. El sacerdote y poeta
nicaragüense rondaba sus 36 años y era profesor
de Historia, Literatura, Lenguas y Religión en
un prestigioso centro de estudios secundarios de
su ciudad natal.
Caminos
se
publicó en León en 1921 y desde entonces no se
reimprimía íntegramente.
Varios
capítulos de esta obra habían sido ya divulgados
en antologías nacionales y extranjeras, pero por
su importancia literaria merecía ser rescatada
por completo. Hoy lo hacemos en conmemoración de
los 50 años de la muerte del poeta, acaecida el
6 de septiembre de 1954.
A este
gran nicaragüense no se la ha hecho todavía
justicia en el reconocimiento público. A su fama
no corresponde aún un verdadero conocimiento de
su obra, apenas apreciada y conocida de muy
pocos.
Caminos
es una
obra poética singular, llena de rarezas y
misterios. He releído este libro en dos tardes
tranquilas y me envolvió en su aura misteriosa.
Estos versos palpitan de vida.
Caminos
es un
libro que merece divulgarse, disfrutarse y ser
estudiado.
Los
dísticos alejandrinos del Padre Pallais han
resistido las inclemencias del tiempo y
conservan aún su frescura, vigor y lirismo. Si
algo veda un tanto su acceso, quizás sea su
misma elevación espiritual, pues esta es sin
duda la poesía de un santo.
Asombra también su riqueza cultural. Siendo aún
relativamente joven cuando publicó
Caminos,
el autor ya había asimilado vastos mundos
culturales: entendía de constelaciones y
literaturas, de arquitectura y piedras
preciosas, de mitos y leyendas; estudió la épica
y la tragedia griega, los grandes pintores
europeos,
Las
mil y
una noches
y el
Quijote;
asimiló particularmente la espiritualidad de los
grandes santos y místicos del Medioevo, y las
incomparables enseñanzas de Jesús de Nazaret,
cuyo discípulo se profesaba.
En
Caminos
Azarías H. Pallais encontró su propia voz y
adquirió su inconfundible perfil literario y
poético.
Caminos
y
Bello
Tono Menor,
que vio la luz pocos años más tarde, en 1928,
representan los hitos culminantes de su creación
poética, y todavía aguardan el estudio que
devele sus abundantes riquezas. Desde entonces
Pallais no salió ya más de sus propias
coordenadas y su poesía quedó confinada a un
mundo simbólico fijo e inmutable; quizá la única
gran novedad que aportó luego con
Piraterías
(1951)
fue la temática del mar, al que cantó durante
sus años de párroco en Corinto, entre 1940 y
1954.
Caminos
es un
libro de extraña y perfecta simetría; adentrarse
en él es como ingresar a una catedral gótica,
con su gran nave central (el camino que
atraviesa las horas del día y las civilizaciones
de la historia: Oriente, Grecia, Roma e Israel);
sus arcos ojivales (el agudo ángulo rítmico de
sus alejandrinos pareados de doble pausa); su
altar mayor (la sección final, consagrada a
Jesucristo, meta del camino del tiempo y de la
historia). Cada capítulo está conformado por un
canto desplegado en cuatro secciones o variantes
del tema inicial -cual vitrales o capillas
laterales- intituladas Mayúsculas, en
alusión a las grandes letras floridas de los
infolios medievales.
Durante sus años europeos (1905-1911) contempló
el poeta arrobado aquellas primorosas filigranas
monacales y soñó con ser él mismo un benedictino
de la Abadía de Cluny en Borgoña, que ilustrando
el misal del Padre Abad, en oro y plata, en
escarlata, armiño y verde encendido, se detenía
para descansar y pintaba una mayúscula florida,
donde un ciervo se sosegaba en una fuente
azulada. Y el pintor es un monje de manos sin
pecado.
Así
están los caminos, como en aquellos días
del
blanco siglo trece, cuando en las abadías,
hubo monjes de blancas y negras vestiduras,
en
mayúsculas, sabios, dioses en miniaturas.
Los
monjes que ilustraron breviarios y misales
con
dulces y extasiados jardines medioevales.
Como
dijera Carlos Martínez Rivas: Pallais “fue un
hombre con una idea clara de lo que había sido
la historia. Sus mayúsculas y brocados están
firmemente adheridos y sostenidos por una
urdidumbre de rebelión espiritual y realismo
social. Lo que parece o pareció arcaico o
esteticista o estetizante, fue algo subversivo y
que quiso ser escándalo. Hubo pugna en lo que
mostró apariencia de idilio”.
Caminos
también se lee como contemplando la fachada de
una catedral gótica, donde, sin perder su
unidad, sobre el soberbio edificio desfilan
innumerables figuras, esculpidas en versos
breves y concisos. Tan sólo en el capítulo
dedicado a Grecia evoca Pallais a Homero,
Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes,
Anacreonte, Platón y Fidias.
Se ha
dicho que Dante en sus tercetos de la
Divina
Comedia
fija
un personaje en pocas líneas. Y el poeta de
Caminos
¿lo aprendió quizá del maestro florentino? Dante
y Homero eran para él
las
dos cumbres del Verso Mensajero.
Cada
tema de
Caminos
se
corresponde a un símbolo inicial y al Pueblo de
Dios
se le
asigna la llama. Las evocaciones de Grecia y
Roma son sin embargo sorprendentemente más
vívidas que la de Israel, apenas insinuado por
el símbolo del
relámpago en los ojos de los profetas,
rica
imagen
que el poeta no amplía ni despliega. Su canto a
Israel se concentra en María, sin incursionar
apenas en el Antiguo Testamento ni en las
figuras de los grandes profetas.
Pero
más acá de todo simbolismo, los caminos del
libro son los propios caminos nicaragüenses,
recorridos por el poeta en sus andanzas
misioneras. Este poemario es un canto a las
lluvias de mayo en el trópico:
Pues ¡sólo Dios lo sabe! Cuando empieza a
llover,
¡cuánto los animales dejan de padecer!
Se
cierran la prisiones horribles del calor
y
se abren las ventanas amables del verdor.
Y
en locas marsellesas se entusiasma la vida,
porque la lluvia tiene voz de pascua florida.
Caminos
despunta evocando los aguaceros nicaragüenses y
Los
caminos después de las lluvias.
Figuran aquí estampas rurales: un niño arreando
vacas, el perro dando
“brincos festivos”,
“las
mariposas en loca exploración”
y
“los
bueyes que arrastran la carreta salvaje”...El
polvo, la lluvia, los perfumes, las flores y
rumores del camino aparecen en sus páginas. Y
también hay pinceladas de su León natal.
Nuestros paisajes, nuestros árboles, plantas,
insectos y animales inspiraron a Pallais, pero
todo ello él lo transmutó en arte y en símbolo,
y queda en su obra como suspendido en su propio
mundo interior:
Mayúscula tercera: Dicen las mariposas,
Nosotros somos alma ligera de las cosas;
somos colores vivos del silencio sagrado,
sobre la buena fiesta del camino lavado.
Porque somos humildes criaturas silenciosas,
nos
ha el Señor pintado con milagro de rosas.
Por
las cercas lavadas, yo voy en los caminos,
poniendo mariposas en mis alejandrinos.
Y
son las mariposas silencio libertado;
y
son las veraneras un silencio clavado
en
la cruz de la planta: silencio que está fijo,
con
manos levantadas, como en un crucifijo;
y
sobre ambos silencios, el fijo y el que vuela,
descienden los colores en milagrosa estela.
Enseguida manifiesta el poeta su deseo de
oír
el evangelio que está en la mariposa,
pues a él le resulta connatural auscultar a Dios
en sus criaturas. Sacerdote y poeta, el autor de
Caminos
oficia y concelebra en su poesía una gran
liturgia cósmica:
Mayúscula tercera de piadoso rumor:
Los
trinos y las alas: voz de Nuestro Señor.
Las
alas, hojas verdes que cambian de lugar;
Y
el trino, la campana de Dios, para rezar.
Cantan las avecillas, al mismo diapasón,
diciendo: Kirie, Kirie, Christe,
Christe-eleisón.
El
mundo poético de Azarías H. Pallais tiene un
vértice: Jesucristo. Sutilmente señalaba un
filósofo francés que el ojo que ve el mundo, es
el mundo que el ojo ve. En
Caminos
reza
el aseo su plegaria bendita;
las
veraneras lilas murmuran
la
inefable palabra “Vengan a mí los niños”
y
el tallo,
con
suave misa de arte menor, celebra la gloria del
Señor.
¡Qué
extraño toque de candor, ingenuidad y
mansedumbre el de esta poesía! Sin duda refleja
la inocencia del alma de su autor. No en vano
expresara hace años Thomas Merton que nuestro
Padre Pallais era
un Fra
Angelico de la selva.
Caminos
transmite una visión franciscana pletórica de
alegría y amor hacia todas las criaturas, tanto
animadas como inanimadas. Y en sus páginas se
capta una honda vibración de reverencia y
empatía hacia el Universo.
Pallais es también un poeta de la luz y sus
colores y en el transcurso del libro se
describen sus más variados matices, desde la
luz
semioscura y dormida
del
alba silenciosa, hasta
la
rabia del sol
por
los caminos del mediodía, cuando éste
se
alza y reverbera
como
un
topacio vivo,
como
Mayúscula de incendios.
En pleno mediodía los caminos del libro se
transforman en Sahara y el peregrino descansa a
la sombra de un árbol que simboliza a Cristo.
Allí se fortalece de pan y vino –¡eucarístico
alimento!- y se dispone a proseguir alegre su
camino.
El
protagonista de este libro es un peregrino y por
consiguiente sus caminos no son tanto los de la
geografía, como los del Espíritu. Se trata de
caminos interiores, en los que la fe de Pallais,
recorriendo el mundo y las civilizaciones, busca
y encuentra a Cristo por todas partes. Su
instrumento poético es la analogía y por ella
descubre extrañas afinidades simbólicas entre lo
que miran sus ojos y su mística visión
interior. El santuario hacia donde se encamina
el poeta peregrino es la misma creación. Y la
historia, en la que encuentra prefigurada la
acción liberadora de Jesucristo.
A
manera de ejemplo destaquemos su canto a las
cigarras, intercalado mientras recorre los
caminos del día; dichos insectos representan
para él los colores de la noche en pleno
mediodía:
¡Cigarras troncos de árbol, sois fuentes de
alegría
que
salen de la noche para encantar el día!
¡Hermanita cigarra, flor de oscuros vestidos,
la
noche es el secreto de tus claros sonidos!
¡Cigarra troncos de árbol, divino claroscuro,
por
tu manto, eres sombra, por tu sonido, Arturo!
Arturo
alude
aquí a la constelación del mismo nombre. El
contrapunto entre el chillido agudo y claro del
insecto y su coloración oscura, que casi lo
funde a la vista con el tronco, es magnífico.
Hay una sinestesia subyacente. Y enseguida
Pallais despliega una de sus típicas
transposiciones simbólicas, en la que reviste
súbitamente al humilde insecto de atributos
evangélicos y proféticos:
¡Porque eres una humilde lega Sor de la Cruz,
florecen en tus himnos, las rosas de la luz!
¡Porque nadie te mira, por eso, tu rumor
es
voz de la Justicia –voz de Nuestro Señor!
Y
rezan las cigarras en sus perennes gritos:
¡Usureros malditos –usureros malditos!
¡Que se hunda el mentiroso, que muera el
opresor,
que
venga a nos tu Reino de Justicia y de Amor!
Pallais condensa así de pronto en las cigarras
toda su cosmovisión cristiana, desde su amor
franciscano a los seres humildes e
insignificantes, hasta su anhelo de justicia
social.
Luego
sobre el camino se cierne paulatinamente el
crepúsculo y nuevamente retoma el poeta la
temática de la luz. Esta vez es su carrera la
que se presta para una analogía de orden
espiritual. Pallais compara la luz tenue de la
alborada con el niño que, al crecer, despierta y
pierde su inocencia:
Como el niño despierto se hace un hombre
cualquiera,
así
se vulgariza la luz en su carrera.
La
luz a su inocencia vuelve por el color,
como el hombre a ser niño sube por el amor.
¡Qué
vívidamente está Azarías H. Pallais en estos
versos! Advertimos aquí el tema de la infancia
espiritual, uno de los ejes centrales de su
espiritualidad, que lo aproxima a santa Teresa
de Lisieux.
Alcanzamos así el momento culminante en que el
poeta de
Caminos
describe los esplendores del crepúsculo con
paleta de pintor; finalmente, el poema se
sumerge en la oscuridad de la noche, para
proseguir luego por los caminos seculares de las
grandes civilizaciones históricas.
En
Caminos se captan con finura los
estados de ánimo que suscita el paisaje: los hay
siniestros (La oscura noche del pecado
mortal) y luminosos (Los nueve Kiries de
las aves), y el alma del paisaje
literariamente se entrelaza con la del poeta.
Azarías H. Pallais logró crear un universo
simbólico propio y compuso un estilo
exclusivamente suyo, tanto en prosa como en
verso, llegando incluso a poseer su fauna
poética personal, con sus animales emblemáticos
(cabras, ciervos, ardillas, mariposas...) y sus
temas reiterativos (el silencio, la inocencia,
la infancia...). Sus piezas literarias se
reconocen con tan sólo leer una o dos líneas,
por ser la suya una voz tan inconfundible.
Pablo
Antonio Cuadra en sus “Cantos de Cifar” y
Ernesto Cardenal en “Cántico Cósmico”,
“Salmos” o “El estrecho Dudoso”, han
escrito poemarios unitarios, mas la originalidad
de Pallais radica en la simetría de esta obra.
Darío mismo no tiene un libro poético tan
unificado y compacto como éste.
Caminos
es un
clásico nicaragüense, una gema literaria de
raros destellos. Aún están sin embargo por
apreciarse sus sorprendentes adjetivaciones, sus
admirables figuras literarias, sus panorámicas
históricas y sus acentos de protesta política y
social. Pero ante todo, su conmovedora
espiritualidad evangélica:
Con
hambre de Justicia, yo voy por los caminos,
rezando en el breviario de mis alejandrinos:
¡Que se hunda el mentiroso, que muera el
opresor,
que
venga a nos tu Reino de Justicia y de Amor!
*escritor y teólogo
nicaragüense
[tomado de Azarias H. Pallais, Caminos,
Hispamer, 2004] |