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Narraciones
de Edwin Yllescas
Alejandra
La lección del juez Ti
La racha de los Lakers
Querida Helena:
Cessna 425
Canción de amor para un
desconocido
Ocho, el inventor
Alejandra
Ibáñez le entregó el
primer ejemplar que el editor mexicano puso en sus manos,
sin embargo, Alejandra no fue la primera en leerla. Sus
temores eran muchos y difíciles de juntar en un solo
sentimiento. La puso sobre su mesa de anoche, junto a los CD
de la Sonora Matancera; al pagar la luz, deslizaba la mano
sobre la portada. Ella no era la mujer en el satín verde
musgo; pero ¿sería ella la mujer entre las páginas? Entre
los rasgos que, seguramente introducían sus carácter ¿cuáles
eran verdaderos y cuáles fábulas del novelista? Las cosas
que llevaron al encuentro y al desencuentro ¿eran las
verdaderas, o sólo la imaginación del fabulador? Cada noche
por un año, apagaba la luz y deslizaba la mano sobre el
satín verde musgo. Su tacto comenzó a sospechar que el libro
contenía varias Alejandra que eran y no eran Alejandra. Leer
la novela para encontrar cuáles eran la verdadera Alejandra,
no tenía razón. Alejandra sabía quien era Alejandra. Leerlo
para saber cuáles Alejandra no eran Alejandra, tenía menos
sentido. Alejandra sabía cuáles Alejandra no eran Alejandra.
De la sospecha pasó a la certidumbre; leer la novela le
enseñaría de qué forma su ex amante había unido a las tales
Alejandra; o qué perversión de Alejandra había prevalecido
en la mente de Jorge Adolfo.
Un viernes feriado con
sábado encajonado comenzó a leer y anotar las ochenta y
nueve páginas de la novela. Su forma de anotar fue sencilla.
Arrancó las páginas que no eran Alejandra, arrancó las que
contenían las Alejandra del novelista. El tercer impulso fue
para las circunstancias que unían a las Alejandra falsas con
las verdaderas. Se quedó con la primera página de la novela.
La releyó varias veces durante varias semanas, meticulosa,
tachó línea por línea los tres últimos párrafos de la página
hasta quedarse con el primero.
Un día se topó con
Carlos Alberto Servián y este párrafo que sólo transcribo
para darle consistencia a las posteriores acciones de las
Alejandra verdaderas:
«Este relato
podría empezar con alguna leyenda celta que hablara del
viaje de un héroe a un país que está del otro lado de una
fuente, o de una infranqueable prisión hecha de ramas
tiernas, o de un anillo que torna invisible a quien lo
lleva, o de una nube mágica, o de una joven llorando en el
remoto fondo de un espejo que está en la mano del caballero
destinado a salvarla, o de la busca, interminable y sin
esperanza de la tumba del rey Arturo».
[Siguen partes
inconducentes]
«También podría
empezar con la noticia, que oí con asombro y con
indiferencia, de que el tribunal militar acusaba de traición
al capitán Morris. O con la negación de la astronomía. O con
una teoría de esos movimientos llamados “pases” que se
emplean para que aparezcan o desaparezcan los espíritus. Sin
embargo, yo elegiré un comienzo menos estimulante; si no lo
favorece la magia, lo recomienda el método».
Impetuosa, pero
detallista, Alejandra tachó de abajo para arriba, las
primeras cinco oraciones del primer párrafo; se detuvo en la
oración inicial, la leyó varias veces recordando las
anteriores líneas de Servián, y también la tachó de un solo
viaje. ―Si la construcción del primer párrafo de Ibáñez
―pensó― no es autentica, nada puede tener sentido en esta
novela. Todas las Alejandra son verdaderas y falsas;
verdadera y falsamente unidas. La novela, Jorge Adolfo y yo,
no existimos; somos un reflejo proyectado por la imaginación
de Carlos Alberto Servián―.
La lección
del juez Ti
Siempre he dicho que mi
biblioteca es escasa, pero rebuscada. Evito y logro
fácilmente escabullir los libros que no dicen lo que yo
pienso, o lo dicen de una forma distinta a la que yo busco.
Por eso he repudiado la literatura de este país y la de
otros en la misma lengua. Puedo confesar sin rubor que soy
un ignorante en casi todo lo escrito en mi lengua. Prefiero
leer a los clásicos griegos y latinos aunque sea en malas
traducciones; de todas maneras, al leerlos los traduzco y
los interpreto como a mí me da la gana. En todo caso,
siempre ando en búsqueda de libros raros; entre más raros
mejores. No busco libros literariamente perfectos, busco
libros con ideas extrañas ―y por qué no― con planteamientos
fantásticos, o soluciones que nadie, ni el mismo escritor, o
lector sospechaban al momento de escribir, o leer.
Por eso, hace días me
cautivó la lectura de Los trabajos del Juez Ti, un
letrado de la Dinastía Tang en el Siglo VI DC, famoso por
sus investigaciones judiciales y desconocido por la
redacción de sus informes. El libro me causó tal impacto
que, maniático como soy, no lo solté en varios días y
semanas, pues terminaba su lectura y recomenzaba su
relectura. Allí encontré por primera vez la materia, el
tono, el toque de lo que yo quiero escribir. No se vaya a
creer que soy sinólogo y que mi propósito es investigar el
mundo chino. Para nada me interesa el mundo chino, y menos
los sinólogos. El Juez Li ―yo me lo imagino del tamaño del
chino más pequeño del mundo― posee una habilidad para
presentar como fantásticos los hechos más reales de la vida
cotidiana; y como si eso fuera poco ―y esto me deslumbró― su
capacidad para presentar como reales los hechos más
fantásticos de la vida real, excede cualquier calificativo
que pueda encontrar en mi idioma.
Acuciado por mis
manías, traté de investigar quién fue el hombrecito chino;
no encontré mucho que se diga. Es más, se puede decir que no
encontré nada; por eso mismo no doy mayores noticias de su
existencia, pero las más pródigas localizadas en Ti Goong
An, un libro de Van Gulik, sinólogo holandés, señala:
[…] «Ti era juez
de distrito y, como tal, tenía a su cargo toda la
administración de la región: recaudaba los impuestos,
registraba los nacimientos, defunciones, matrimonios y
divorcios, se ocupaba del catastro, mantenía el orden
público, etc.; y, como presidente del tribunal de la región,
desempeñaba a la vez las funciones de comisario, juez de
instrucción, fiscal y juez de paz». […]
Como se puede apreciar las noticias son pocas y presentan
algunas inexactitudes. No se menciona el nombre de la
provincia donde el juez ejercía su oficio. Los conceptos
recaudar, catastrar, divorciar, no son propios del Siglo VI
en la cultura china. Y hablar de orden público, juez de paz,
o juez de instrucción en la China del Siglo VI, resulta una
ironía odiosa para cualquier modesto samurai de la época. En
definitiva, las noticias de Van Gulik, no aguantan el más
somero análisis. Fereydoun Hoveyda, el experto francés
todavía dice menos. Se limita a repetir las afirmaciones de
Van Gulik, agregándole sus propios errores. Sin embargo,
señalan ―sin caer en exageración― que cuando el Juez Li
abandonó su oficio se entregó a escribir cuentos utilizando
los casos que había juzgado y especialmente, los que
inventaba con diferentes versiones de la realidad. Sus
soluciones, fantásticas, o verdaderas, normalmente ninguna
de ambas, transformaban las acciones de un matarife, o un
noble en realidades impuestas por un sueño, o en realidades
definidas por el pálido color de la luna. Acostumbrado a la
sentencia final, sus historias perseguían y lograban un
efecto único. Su escritura ―una línea de matices― sólo tenía
ese propósito. De allí en adelante, no hallé nada ni
siquiera en los diccionarios y enciclopedias inglesas y
francesas que acostumbro consultar.
Renuncié a conocer la
existencia detallada del chinito más pequeño de toda la
China. Ya había encontrado lo que buscaba. El 14 de enero
1832 publiqué en el Saturday Courier de Filadelfia,
mi cuento Metzengerstein. El efecto único, era mío.
La racha
de los Lakers
―Otra vez ganaron los
Yankees. Ganaron el domingo pasado, el antepasado y también
el anterior. La verdad es que siempre ganan. Los Lakers
también ganaron tres semanas seguidas. La verdad es que
mejor me pongo a ver Miss Nicaragua, o apagó la tele.
René Lumbí apagó la
televisión y fue a la cocina a buscar algo de comer.
Durante los tres últimos años de su vida, ese breve viaje se
había incorporado a sus hábitos con la terquedad que los
Yankees y los Lakers ganaban juego tras juego, año tras año.
No se trataba, precisamente, que le gustará la comida fría,
pero su mujer regresaba del trabajo muy tarde. Y el fin de
semana, normalmente, estaba de turno en la oficina, o salía
con las amigas a ver las tiendas de Managua. El desempleo de
René ―no obstante, un anuncio periodístico ofreciendo sus
servicios para cumplir la condena de cualquier reo en
cualquier cárcel de Nicaragua, a bajos precios y sin derecho
a prisión domiciliar―, una jubilación que nunca se
concretaba y su eterna permanencia en la casa, puesto que
nadie había respondido a su oferta de trabajo, explicaban
―claramente― los sacrificios laborales y los pequeños goces
vitrineros de su mujer. Lo explicaban todo. Incluso,
explicaban por qué otro anuncio suyo, ofreciéndose a dormir
por los insomnes no había tenido ninguna contestación. René
comprendía que el amor de su mujer era el único cimiento de
su vida y hasta de una rara y reciente memoria narrativa. La
había desarrollado contándole los capítulos de las
telenovelas y todas las incidencias de los partidos de
béisbol, fútbol y básquetbol que miraba en la televisión. Es
más, le estuvo comentando los pormenores de los Juegos de
Invierno Torino, 2006. Sus narraciones eran la
retribución de aquel amor oloroso a Sonora Matancera. Una
vez, mientras le sobaba los pies, a la mujer, se le ocurrió
pensar (cosa que raras veces le ocurría) que ver la
televisión, dormir, soñar y contar, era su parte de la cruz
matrimonial.
El domingo recién
pasado cuando René estaba viendo el Festival de Viña del
Mar, exactamente en el momento que Juan Gabriel iba a cantar
Amor Eterno, su mujer apareció en la puerta del
cuarto.
―Ve niña, que suertera
que sos. Llegaste a tiempo para escuchar a Juan Gabriel. Va
cantar Amor Eterno. ―La mujer, una rubia peruana con
alzada de potranca, volvió la cabeza hacia el televisor. El
pelo agitanado le fustigó el lado izquierdo de la cara.
Apagó la televisión y jaló una silla mecedora.
―Ve René, yo no quiero
oír a ningún cantante. Tampoco quiero que me contés el
partido de béisbol, o básquetbol, o fútbol. Olvidáte de tus
telenovelas. Olvidáte del trabajo que te prometieron. Dejá
en paz la tal jubilación. Te presento a mi novio. Me voy de
esta casa.
A René, más que la
noticia, lo jalonaron las buenas costumbres de su casa. Se
puso de pie y saludo al hombre. ―Y por qué antes de irse con
mi mujer, no escucha un poquito a Juan Gabriel―. El hombre
jaló otra silla mecedora y se acercó al televisor que la
mujer había vuelto a encender.
― ¿Y, vos qué querés?
¿Oír a Juan Gabriel, o irte a vivir conmigo?
El hombre, por lo menos
veinticinco años menor que René, hizo un ademán con la
mano. Y lo que no se entendió con el ademán lo aclararon
sus palabras. Y como después del festival seguía La
novicia rebelde, los tres vieron la película. Cuando se
marcharon eran más de las doce de la noche.
René los despidió en la
puerta de la casa. Sabía que, por primera vez en muchos
años, había tenido con quien comentar la televisión.
Querida Helena:
Hoy me encontré con
nuestra vieja amiga. Cada día está más distraída, menos
cálida y más atrayente. Según mi impresión quiso preguntarme
por toda tu vida. ―Mirá, y cómo le va con el delantero de
los Laker―. Quería saber sí todavía seguís con él.
―Ve niño, hasta que se consiguió su basquebolista―. Decía
que vos ya estabas fastidiada de judíos disfrazados de Woody
Allen. ―Yo se lo dije… los judíos no entienden el trópico
seco. Ya ves, el tal Leonard decía que era escritor, y la
verdad, nunca lo vio escribir una sola línea. Todo el tiempo
que estuvo con ella se la pasó botando y levantado paredes
en la casa―. Y ve, dale que dale con el judío, aunque
después (entre tanta confusión y plática acelerada; te
cuento lo que recuerdo) ―mirá, puede que sea puertorriqueño
disfrazado de Héctor Lavoe. Aquí en Managua ya tuvo su
moreno alto, pregúntale vos sabes a quién; parecía
puertorriqueño―. Hace 30 años que no la veo. Se me borró
todo el casette. Sólo me acuerdo de la Princesa; y los
chihuahuas a mí nunca me gustaron. ―Si no me querés contar;
no me contés, pero no te hagás el desentendido. Bien que lo
sabés; sacó licencia para el Real Estate; ahora es Realtor,
tiene oficina en Glendale, California. Se gasta
tremendo Mercedes Benz―. Ve niña, estás bien informada. ―
El único problema es el novio; le salió totalmente
ateperetado. Y, ella también no es medio ateperetada,
entonces, cuál es el mate, yo se lo dije. Ahora dicen que ya
paró la cuenta; el basquebolista, o el fotógrafo la sacó de
la pelota y el guaro. Yo se lo dije: ― ve niña, ya basta―.
No, no sé donde vive. No me interesa saberlo. Todas esas
cosas las enterré hace tiempo. Se fueron con el panteonero y
la pala. Le pagué a los pandilleros del Jorge Dimitrov para
que liquidaran al panteonero; y a los pandilleros les
metieron treinta años de cárcel. ―Y la otra muchacha que
andaba con vos, qué se hizo. Hace tiempo que no la veo; en
realidad, ya casi no veo a nadie―. A cuál te referís; a la
venezolana, a la chilena, o a la argentina; tiene que ser
una de ellas porque a la peruana vos no la conociste. ―A la
que le escribiste una cosa que publicaron en el periódico.
Una vez estábamos donde el dentista y vimos lo que
escribiste. No le gustó que le dijeras portuguesa―.
Entonces, no es ninguna de las suramericanas. Mirá, las
cosas que escribo son ficción. Cosas virtuales; no tienen
más realidad que la ficción. En todo caso, ya no pertenecen
a mi dimensión. Viven en otro mundo, en otra dimensión, en
otra realidad. Suponé que fueran reales; la escritura las
transformó en otra realidad ajena al interrogatorio. ―Y la
psicóloga morenita, flaquita, pelito corto; la que tenía un
nombre raro (por cierto nunca más he vuelto a escuchar ese
nombre) qué se hizo; no me digás que también se fue para los
Estados Unidos―. ¡Caramba! vos me querés sacar todas las
tripas. Sí, ya sé a quien te referís; se casó con su antiguo
novio; se fueron para el Canadá; tampoco he vuelto a verla.
La última vez que la vi fue en un restaurante español, en
Managua. Estaba más bella y espigada que nunca. Da la
casualidad que en el restaurante tenían puesta Cara de
gitana; la canción de Camilo Sesto que oíamos en el
Lagarto Juancho en 1978. Ella también pertenece a otra
dimensión. ―Pero bien que te acordás hasta de la canción―.
La otra dimensión no significa que esté fuera de mí; está
dentro de mí, pero en otra dimensión; como te dije, en otro
mundo similar o parecido al que vivo todos los días.
―Entonces quiere decir que no has olvidado a ninguna de tus
mujeres; vivís con todas; juntas, pero no revueltas―. Más o
menos parecido; yo diría que andan revueltas por todo mi
cuerpo; es una estupidez andar hablando de olvido; no existe
el olvido ni el recuerdo. Hoy te tropezás con ellas y ambos
entran a vivir en la galaxia del otro; se quedan atrapados
ahí. Ningún otro tropezón los saca de ahí; y no me preguntés
adónde queda el «ahí» porque no existe; y de existir no se
adónde queda. Mirá, es lo mismo que según el Dr. Carlos
Alberto Servian le sucedió a Irineo Morris con el Breguet
309. ―Ve, y quiénes son esos tipos―. No sé; mejor te
comprás el libro y verás que todo lo que te conté es la
misma historia, pero contada de otra manera. Eso fue lo que
le dije; al menos, lo que recuerdo; te lo cuento para que
después no vayas a leerlo en el periódico ni a creer que son
inventos. El calor está insoportable; creo que me aflojó las
tuercas de la cabeza. Te vuelvo a escribir otro día.
Adalberto
Cessna
425
Cuando la avioneta
Cessna 425 sin tren de aterrizaje deslizó violentamente
sobre su panza en un pequeño llano cerca de Villa El Carmen,
muchas cosas pasaron por la mente de Juan Carlos. Esta son
las que recuerda. En un periódico colombiano había leído
hace muchos años que en circunstancias similares, un
pasajero se dedicó a rescatar a su mujer. Pero él no tenía
mujer y la que venía a su lado era una simple traficante,
además estaba desnucada y despernancada. Los ojos los tenía
sobre los jirones de la falda. La rodilla derecha estaba
incrustrada en el abdomen, o mejor dicho, el hígado lo tenía
ensartado en la rodilla. No había nada que hacer; además,
nunca pensó en hacer algo. Rápidamente buscó los dos
maletines: el de la droga y el del dinero. Junto con el
otro sobreviviente contrataron a todos los habitantes de
Zamaria para enterrar la Cessna 425. Al día
siguiente, en el primer vuelo de la mañana salieron rumbo a
Panamá. La pasada por Migración de Managua fue colocarse en
una fila de comulgantes, y la de Panamá resultó pan comido.
Cuando le sirvieron el desayuno de abordo, Juan Carlos se
enteró que el maletín en su mano —el único que pudo
rescatar— no contenía la droga, sino la ropa interior de la
muerta. Así se lo comunicó a su responsable. No sé si le
creyó. Pero mientras yo colocaba el silenciador en la
Walter 7.6, este fue el cuento que Juan Carlos me contó.
Canción
de amor para un desconocido
Johnny Dalmas,
ingeniero homónimo de un prestigiado detective invitó a
Mario a tomar un buen escocés en los salones del recién
inaugurado Sheraton Blue, de Washington, al otro lado
de Faragout Square. Después cada uno agarró su
camino; ni tan cierto, al avanzar hacia la puerta sur, una
mujer solitaria en una mesa le dijo a Mario: — Te invito a
un trago. Nada de presentaciones personales, mucho menos
vomitar datos sobre nuestros respectivos orígenes y oficios.
Siéntate y bebe un trago conmigo—. Mario dio Gracias al
Cielo; tenía 29 años de andar contando su lamentable
historia. Además, durante los dos últimos años, su historia
había pasado de lamentable a deplorable. El tipo era un
fiasco bien vestido.
Los tragos dobles de
Johnnie Walker Blue Label corrieron (no hay otra forma
de decirlo) sobre la mesa a un costado del salón. Y la
conversación sin tema corrió sobre la guerra de Viet Nan, la
Marcha sobre Washington, la política norteamericana en
Hispanoamérica, especialmente en Cuba; y si alguna variante
tuvo fue hablar del hambre en Somalia, Etiopía, Bangladesh,
la no violencia y los derechos civiles. Mario alérgico a
los temas de la mujer —tocados con absoluto conocimiento y
feroz crítica— intentó hablar de música, de cine, o
literatura. Se creía un experto en la materia, pero el «no
me hables zonceras» expresado por la mujer, lo paró en seco.
En la punta de la lengua le quedó el primer párrafo de El
viejo y el mar; y haciendo cola se miraban los primeros
párrafos de cien novelas cuya lectura completa nunca había
pasado del primer párrafo, esto cuando no eran muy largos.
Tal vez el lector se
pregunte cuál era el rostro, el cuerpo, o el vestuario de la
mujer. Tristón como estaba, Mario sólo recuerda un rostro
ovalado, un cuerpo ni muy muy ni tantán, pero cosa rara
recuerda un vestido sureño, blanco estampado en amarillo, un
gran anillo de turquesa y un sombrero blanco de alas anchas
caídas sobre el rostro de la mujer. —Por lo visto —dijo la
mujer— no te gusta hablar de la problemática mundial. La
mitad del mundo se cae y la otra se muere de hambre, y
prefieres hablar de música, literatura, o cine. ¡Vaya con el
hombrecito! Tal vez quieras hablarme de la música country,
el Pop-Rock, o The papas and the mamas.
—Vos invitás, vos
pagás, vos ponés la conversación —le respondió Mario
haciendo énfasis en el vos. Creía que el vos la podía
arrastrar a las zonas hispanoamericanas donde se emplea el
vos, y de paso recalar en las propias intimidades. La mujer
lo escuchó, sin apenas parpadear.
—Te invito a mi
habitación. Tal vez allí se te ocurren otros temas de
conversación. Pero te ruego no me hables de sexo. Cuando se
hace el amor no se habla de sexo. Se gime, se suda; uno
escapa de morir, pero no habla de sexo. Si no hay cuerpo, el
sexo es una pura abstracción… Te pedí no hablarme de tu
vida, pero ahora quiero escuchar tu historia. Vamos a mi
habitación.
Las cosas fueron así, y
después de un par más de Johnnie Walker Blue Label y
casi una noche de conversación, Mario se hundió en un sueño
plagado de guerras, hambre, miserias y estupideces. Incluso
soñó ser el niño famélico de Biafra cuya foto le había dado
la vuelta al mundo. Sin embargo, sus sueños y su piel tenían
un insobornable olor a rosas.
Mario durmió hasta
tarde; y desde luego, cuando despertó la mujer no estaba en
la cama, pero en el espejo del baño había una nota. No estoy
autorizado para publicarla íntegra y literalmente, pero bajo
el curioso título Notes for love song to a stranger,
uno de sus párrafos, dice:
«How long since I've spent a whole
night in a twin bed with a stranger?
All of your history has little to do with your face
You're mainly a mystery with violins filling in space
You stood in the nude by the mirror
and picked out a rose
From the bouquet in our hotel
And lay down beside me again and I watched the rose
On the pillow where it fell
I sank and I slept in a twilight with only one care
To know that when day broke and I woke that you'd still be
there»
En 1987 Mario descubrió
And a voice to sing with, un libro escrito por la
mujer del Sheraton Blue. La reconoció por la foto en
la portada. La mujer, caprichosamente adulteró los hechos
sustituyendo a Mario por un tal Andy Como, al Sheraton
por el aeropuerto de Frankfurt, además de agregar unos
cuantos detalles de su cosecha. Es obvio; lo hizo por
aniquilar la imagen de Mario. Tomado de tal libro, el
siguiente párrafo sólo puede ser interpretado de esa manera:
«Andy Como se quedó con nosotros durante toda la gira y
después nos acompañó a España. Era muy discreto, paseaba,
fumaba, escuchaba sus cintas, disfrutaba en los recitales,
quería a su «femilia» como él nos llamaba, soñaba con Sri
Lanka y con el sol y dormía conmigo. Era ideal». La verdad,
nunca hubo tal Andy Como. Nunca sucedió nada en el
aeropuerto de Frankfurt. Mario jamás soñó con Sri Lanka. El
desconocido fue Mario, el «ideal» otra vez consignado y
borrado de otra memoria. Mario no le resiente nada, aquella
noche supo que Joan Baez es así[i].
[1]
Para los
curiosos se agrega la siguiente traducción libre encontrada
entre los papeles de Mario, al reverso de la nota en inglés.
«¿Desde cuándo no
pasaba la noche entera con un desconocido?
Tu historia tiene poco que ver con tu rostro
Tú eres principalmente un misterio con violines llenando el
espacio
Te paraste desnudo
cerca del espejo y agarraste una rosa del ramo del hotel
Y te acostaste a mi lado y yo vi la rosa en la almohada
donde cayó
Me sumergí en la noche con una sola preocupación
Saber que cuando despuntara el día y yo despertara, tú estarías allí
todavía.»
Ocho, el
inventor
Cuando Edmundo Orozco
Chorens se casó con la Guadalupe su nombre y su vida comenzó
a desaparecer. Se redujo a Edmundo Orozco. Para el cuarto
hijo, se llamaba Mundo Orozco. Cuando llegaron al octavo, se
convirtió en Orozco. Al final de sus días, después de
catorce hijos fue simplemente, Ocho. No era necesario
mencionar las otras palabras que lo ataban a su cuerpo.
Incluso, ya difunto para referirse a sus restos mortales,
bastaba el Ocho con que todo el mundo lo recuerda.
Puede decirse sin pecar
de hiperbólico, o grosero que su nombre desapareció en vida.
Eso quizás sea cierto para su nombre, pero sus aportaciones
a las ciencias aplicadas conocidas como «invento»,
permanecen en la memoria de los diversos mercados de
Nicaragua.
El peine para teñir el
cabello, lo puso en el ojo del huracán. El delineador
permanente para cejas, lo colocó en la boca de todas las
mujeres carentes de tiempo para el embellecimiento de las
cejas. Su pintura de uñas con duración de un año, lo lanzó
al estrellato de los periódicos. «Por primera vez en la
historia de Nicaragua —decía un diario capitalino— un
científico nacional lleva el embellecimiento al alcance de
la mujer de escasos recursos. Queda atrás el tiempo del
polvo, la brillantina y el aceite para el pelo». Tan cierto
fue lo que decía el periódico capitalino que Ocho se
convirtió en el mimado de las vivanderas del Mercado
Central, el San Miguel, el Oriental y el Bóer.
Sin embargo, los
periódicos, tal vez por considerarlo de mal gusto, no
mencionaron lo que Ocho consideraba su invención
emblemática. El laxante de triple acción y el inodoro extra
fuerte. Llegar al laxante no le representó mayores
dificultades. Más bien, se trató de amansar el aceite de
castor mezclándolo con Sal de Epson, ambos debidamente
edulcorados con miel de abeja. Lo difícil estuvo en que el
paciente percibiera la triple acción, ya que una sola toma
le vaciaba hasta los parásitos desconocidos por la
laxantología. Su capacidad de reflexión, resolvió el
problema, prescribiendo que cada toma se debía dividir en
tres porciones. Esto lo llevo a una nueva situación, más
bien a un efecto colateral infinitamente deseado por las
mujeres: la pérdida de peso. Su asesor publicitario, otra
sección del cerebro de Ocho, lo llevó al slogan vociferado
por la Barata del Ron Campeón: «sáquese los
parásitos, y pierda peso. Tome laxante Ocho».
Nadie recuerda en
Managua un éxito tan rotundo. Éxito rotundo no significa
nada para lo que aquello fue. La cosa fue perfecta. Además,
le reponía, si las había, las pérdidas ocasionadas por sus
otros inventos.
Su mujer se lo había
dicho. —Nunca inventes nada perfecto. Te podés meter a un
problema—. Ahora el problema estaba a la vista, a la nariz.
Todos los mercados de Managua se habían convertido en una
gigantesca nube pestilente habitada por mujeres y hombres
que todos los días debían meterle a la ropa. Todos los
hombres y mujeres con más de ciento veinte libras estaban
fascinados. Ya no se diga las gordas mofletudas. Incluso,
compraban el producto para revenderlo. El problema fue los
vecinos y los otros comerciantes. Se quejaron en las
oficinas de Salubridad Pública. Ya no aguantaban el olor a
mierda chirre. Se colaba en las casa, en los cuartos, en las
refrigeradoras, en los frascos de perfume. No había tapa que
sirviera para nada.
Salubridad Pública
mandó una pacotilla de inspectores al negocio de Ocho. Al
salir del Mercado Central y el San Miguel, ya no quedaba
ningún inspector. Todos fueron a parar al Hospital General
de Managua. Ocho decidió hacer continuar con la inspección.
Salubridad le extendió la autorización. Sus conclusiones
aparecen en el informe siguiente:
«He procedido a
inspeccionar in situs los servicios higiénicos
instalados en los mercados de la capital. Los revisé
minuciosamente. Comprobé las ranas y las boyas abastecedoras
de agua. Todo está en su lugar. Comprobé las entradas de
agua, son adecuadas. Examiné las mangueras, son perfectas.
He repetido esta inspección por una semana en cada uno de
los mercados de la ciudad. Mis conclusiones indican que el
problema radica en los materiales empleados en la
fabricación de los inodoros. Son sumamente sensibles. Es
puro yeso con una capita de porcelana de muy mala calidad.
No aguanta los ácidos del cuerpo humano. Especialmente, el
de los excrementos. En vista de ello, me he permitido
diseñar un nuevo inodoro construido de cemento con armazón
de hierro y malla. Aseguro a las competentes autoridades
que ese invento solucionará el problema. Al menos por cinco
años, hasta que los ácidos excrementales vuelvan a corroer
el hierro, o el cemento».
Ocho obtuvo la
autorización para su nuevo invento. La mitad del negocio la
cedió al Director General de Salubridad Pública. Un busto
fue dedicado a su memoria en el Mercado San Miguel. Pagado
por el Sindicatos de vivanderas, decía: «Al benefactor de la
salud y la mierda libre». El terremoto de 1972 lo destruyó.
Se dice que alguien lo tiene en su casa. Valgan estas
líneas para recuperar su memoria.
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