Enrique Fernández Morales

 

¿PIDES MÁS?

 

Te doy la música.

Desempuña la mano y mira:

Tiernísimo en su agonía,

un gorrión palpitando.

 

¿Pides más?

 

Te doy la pintura.

 

Abreme la camisa y toma:

Redonda, refulgente, inverosímil,

una manzana de oro.

 

¿No te contentas?

 

Te doy la poesía.

 

¿No se ilumina todavía tu corazón?

Entonces, mira mi poema:

 

Una gota de sangre.

 

 


 

 

SONETO PARA MORIR

 

No me apures, Señor que ya me entrego;

espera un poco mientras me acomodo;

es en este morir tan nuevo todo,

que siento en mí un fugaz desasosiego.

 

No es temor de la muerte; no es apego

a este cuerpo que hicistes con el lodo,

pero quiero morime yo a mi modo,

haciendo que me muero como en juego.

 

Me tenderé en silencio mientras cuentas:

uno,dos, tres, despacio, a ver, empieza,

mas no apagues la luz tan de repente

 

que es difícil así buscar a tientas

reposar en tus brazos mi cabeza:

Ahora sí….uno, dos….qué suavemente.

 

 


 

 

NOCTURNOS DE DEBUSSY

 

Suena la angustia como el mar,

pon la oreja sobre esta concha.

 

Después no dirá nadie que no supe esperar.

Asistí a los funerales de la noche.

Mi queja derribó la última estrella

y mi gemido hirió el crepúsculo del alba.

 

Llamé y no hubo tras la muralla otro corazón.

Rodará despeñándose en este mar la música

(música desleída, agua sonora, gemido y lágrima).

 

Y nada se oirá sino el sonar del mar…

el rumor de dolor como el rumor del mar.  

 


 

 

ARS POÉTICA

 

Balaam, hijo de Beor
hombre de barro, de argamasa
rojiza y asoleada,
genio de alturas
duende de las colinas,
Profeta de verdad, de punta a punta
desde la cruz hasta el rabo
de tu burra.
Tú no dices mentiras, tú eres puro
Profeta. Tu lengua suena de oro
Y estos oros malos no la pagan.
No gesticules tanto, Profeta mitad burra
genio estelar, centauro de la Biblia.
No te opongas al soplo del Espíritu.
Afloja los músculos; no pienses nada.
Tu lengua, como tu burra, igual, no te obedecen.
Pon tu rostro del lado del desierto.
Aflójala. Olvídate.
Alza al cielo los ojos y empieza.

 


 

 

PIANO DE CHOPIN

 

La música, un espejo.

Tócalo bien, es terso.

 

El tacto para oír es todo el cuerpo,

todo el cuerpo doblado en el espejo.

Detrás reclaman ahuecadas sombras,

aguas de miedo.

 

La música, un espejo.

Me separa la luna de mi queja,

del gesto herido de mi mano,

mi descarnada voz, mi eco.

 

Un ciprés sobre el aire;

delgada como un grito.

Su sombra en el espejo.

 

Música para el cuerpo,

en cada poro duele,

sobre dolor de amor es toda beso.

 

No abras. No me busques,

es tan sólo el espejo,

y tras la sombra de la luna, el eco.

 


 

 

SILENCIO

 

Y que ya nada crezca sobre el llanto;

Ni el heliotropo triste para el verso

Ni la rosa sensual de los recuerdos.

Sólo el cardo heridor de los desiertos

Sobre el ancho abandono, como un mar

Donde todo es igual, hasta la muerte.

 


 

A MI HIJO FRANCISCO DE ASIS

 

No me dejes morir. Tú eres mi sueño

viviendo tras de mí. El que esperaba

para quebrar mi muerte en el espejo

del tiempo. Dos veces te engendré:

renuevo de mi carne y de mi espíritu,

y más hice tu alma que tu cuerpo.

Eres la estatua hermosa que esculpí

sobre el más puro mármol, y los dioses

me la entregaron viva, porque es justo

que ella repita al fin mi nombre eterno

y sea al mismo tiempo para ti

Abraham el padre y Pigmalión artífice

viviendo por la voz de tu recuerdo.

En ti viviré yo cuando haya muerto.

 

Soy Elías que parto. Tú, Eliseo.

Hoy que crezca mi espíritu. Haz eterno

lo fugaz de este instante en que te veo

recostado a la sombra de mi huerto.

Yo me inclino ante ti, como el añoso

roble de hirsuta barba , ante el renuevo

salido de su entraña. Tú, mi sueño

conserve para el tiempo. No me dejes

morir. Y cuando cantes, oiga el viento

sobre la espuma clara de tu voz, mi eco.

 


 

 

MORIR POR LA BELLEZA

 

Pero los dioses dijeron: Destruyamos Troya;

y sea su ruina

aviso permanente a las ciudades.

 

Y entonces, ¡qué podía el viejo Príamo

ni sus cincuenta hijos como cincuenta leones

de rebeldes melenas!

Troya sucumbió y mi corazón no acaba

de morir. Diez años fue la guerra,

y esqueletos de héroes blanquearon

las colinas holladas por los dioses.

 

Ni amapola nació ni anémona, que sangre

no guardara en sus pétalos, de venas

de regia estirpe. Tanta sangre,

como agua de la lluvia, sobre el polvo,

para pagar el precio del amor

por la belleza pura.

 

¡Qué doloroso ruido hace

mi corazón! Más de diez años

de sangrar y morir en esta guerra

que es pago de mi amor por la belleza.

Y aún sigue en marcha; y tú, troyano,

caído junto al muro, con los ojos

clavados a la puerta

por donde Elena sale a ver el alba,

tendrás en mí a un hermano,

que ya sé qué es morir por la belleza.

 

Los guardas, temerosos, en la noche

preñada de silencio y amenazas,

lanza en ristre, tras de las puertas

de cedro bien labradas,

rociaban sus vigilias con recuerdos

de la belleza única:

 

Tal día me miraron

sus ojos de un fulgor incomparable;

tal tarde víla sonreír, tal noche

oí su canto con la cítara,

y toda Troya estaba bien pequeña,

echada sobre la voz adormilada,

hundiéndose, más bien; como isla en el mar,

en esa música, y el mismo Héctor,

sobre la torre antigua, todo fuerza,

escuchaba con lágrimas.

 

Mi corazón hace un ruido tristísimo:

Como gota que cae sobre piedra. Como lento

redoble funeral, tocando en Troya

la apoteosis del héroe caído

en la lucha de ayer.

 

Tú, que me hieres,

amaina el golpe,

que estoy en tierra ya, y con mis ojos

clavados en la puerta.

 

Troya sucumbió; pero Troya es eterna,

igual que la belleza.

Eterna Elena.

alza su canto en medio de la noche,

y el mundo es muy pequeño para el eco

de su voz.  Hécuba llora

sobre mi tumba.

Héctor divino, sobre las murallas,

esbelto como torre, y tierno de alma

escucha conmovido.

 

Yo, cadáver

de mi amor, tengo un letrero

sobre el pecho, que dice:

 

Aquí fue Troya.

 
 

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