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Franklin
Caldera
Comeuppance
Abatido por
el bochorno de esta tarde floridana
—junto a una máquina expendedora de periódicos—
medito sobre lo rápido que pasó la vida.
Niños de tez morena juegan hablando inglés
como si lo llevaran en la sangre.
Pienso en el niño insoportable que fui,
caminando, con gesto adusto y pantalones cortos,
en las aceras de la vieja Managua
rumbo a la escuelita de las Salvatierra,
con inmensas puertas de cristal y antiguos pupitres de
madera.
Tantos sueños idos con tantos despertares:
los vientos del este... los vientos del oeste...
No fui el poeta bohemio que debía morir
arrastrándose en el barrio más sórdido de algún pueblito
de Nicaragua (con los bolsillos llenos de poemas);
ni el ejecutivo de carácter ridículamente explosivo,
correteando por la inmensa bóveda acorazada
en que habría convertido su vida.
Tuve descendencia, publiqué un libro.
Pero nunca sembré un árbol.
¡Amores imposibles revolotean en mi cabeza:
los que murieron matando entre ráfagas de ametralladoras
bajo el sol del verano
y los que se extinguieron lentamente al llegar el invierno,
entretejidos con vivencias de amores consumados:
unos demasiado breves, otros demasiado prolongados!
¡Pensar que iba a terminar en el exilio
pegado a una computadora que hace ruido;
mi sombra convertida en un perro cocker/cow-chow
en cuya vejez huraña y solitaria vislumbro mi propio destino!
Quizá llegó el momento de capitular ante lo inexorable;
aceptar lo que venga y apreciar el sol por los visillos,
las pocas miradas que aún nos sonríen,
los libros que tantas veces hemos leído,
las viejas películas que tantas veces hemos visto,
el trabajo que nos aguarda...la mesa servida...
Mientras el pasado se desvanece por la humedad
como un fresco que a nadie le interesa restaurar.
Retrato de una madre
con su hijo
- Por esa
tu muerte repentina, prematura, temida, inesperada,
- yo que
recuerdo tantas voces, tantos rostros ...
- no puedo
visualizar tus facciones ni evocar tu voz.
- Fue
necesario olvidarlo todo para conjurar el dolor
- de esa
“muerte por asfixia”
- ocurrida
en familia durante un vuelo Managua-Miami.
-
- En
Miami, durante la guerra, conociste a mi padre
-
(nicaragüense, ciudadano estadounidense)
- cuando
ambos trabajaban en el Aeropuerto.
- Él,
recibiendo a personalidades de Latinoamérica
- en
representación del Coordinador de Asuntos
Interamericanos.
- Tú, en
el Despacho de Servicio a los Pasajeros.
- (La
muerte de tu novio, piloto, en un accidente aéreo,
- te había
hecho renunciar a tu trabajo de aeromoza de Panam
-
y aborrecer
los aviones... los despegues... los aterrizajes).
-
- Naciste
(Elvira) en el estado de Pennsylvania en los años 20;
- de
ascendencia asturiana (con ancestros en Cangas de Tineo,
-
hoy Cangas
de Narcea).
- La Gran
Depresión económica del 29, obligó a mi abuela
- Mercedes
-madrileña, criada en Estados Unidos-,
- a
emigrar con sus cinco hijos a la Habana,
- donde la
menor falleció y transcurrió parte de tu niñez (Virita).
-
Adolescente, te radicaste en Nueva York (Vira),
- en casa
de tu tía gorda (origen de tu miedo a la obesidad).
- En Miami
te casaste con mi padre y juntos
- (cuando
todavía era tu “Tyrone Power”)
- se
establecieron en Manhattan (la Vera), para después
aterrizar
-
definitivamente en la Managua de la “Doña Vera”;
- aquella
ciudad asoleada y polvosa donde nací a mitad del siglo,
-
sobreprotegido por tu aversión a los microbios.
- (Allí
nació también mi hermana Yvonne,
-
así llamada
en honor a Yvonne de Carlo).
-
- Después
...tu soledad; la inadaptación, el aislamiento.
- El puño
del páter familias dominante; sus celos patológicos
- (difícil
vislumbrar en aquel “Big Daddy” al joven que
-
componía
coplas e imitaba a Chevalier).
- De niño
te acompañaba a todas partes
- (“ojos y
oídos” inconsciente de mi padre):
- A la
tienda de conservas de Juan Wong, a la Farmacia San
Antonio
- (de mis
tíos Petronio y Mary,
-
en quien siempre encontraste apoyo y
comprensión).
- Largas
horas esperándote en antesalas de consultorios y
- salones
de belleza; releyendo Écran, Cinelandia...
- o
velándote durante tus prolongadas enfermedades;
-
dibujando; sumergido en el tomo empastado de Los
Miserables o
-
devorando historietas mexicanas: Vidas Ejemplares, Vidas
Ilustres...
-
- Luego
llegó la bonanza económica: la casa en Los Robles,
- el
“Garden Club”. Pero con ella, el miedo a perderlo todo;
- al
comunismo; a tener que ir a “lavar platos a Miami”
- (exilio
que la muerte no te dejó ver).
-
- Y el
eterno refugio: el cine.
- Las
salas olorosas a esa mezcla entrañable
- de
rosetas, humo de cigarrillos y aire acondicionado.
- El cine
que nos hacía sentir en casa en todas partes.
- Me
transmitiste las fobias, las depresiones
- (la
sensación de vivir bajo una espada de Damocles);
- pero
también el amor al Hollywood en technicolor y blanco y
negro.
- A Fra
Angélico, al quattrocento, al Caravaggio y a Van Gogh.
- A la
música de los elepés: “Abril en Portugal”, Perry Como,
- el
Concierto de Varsovia, la polonesa de Chopín, la
Rapsodia Húngara.
- (De mi
padre heredé lo telúrico: la formación académica,
- la
adicción al trabajo, la dipsomanía, la proclividad al
amor profano;
- junto
con la pasión por Darío y los tangos de Gardel).
-
- Los
domingos, las campanas evocaban lo ignoto:
- el
tercer misterio, el pecado mortal, el otro mundo.
- El rezo
del rosario. La misa de doce en Catedral,
-
los
pordioseros en el atrio.
-
Los
desfiles, las procesiones, los entierros...
-
- 15 años
tenía la última vez que hablamos.
- ¡Yo que
recuerdo tantas voces, tantos rostros...!
-
-
Elegía comprometida para
el alma de Popea
-
-
“Desde la Maja Desnuda hasta September
Morning”
-
(J.C.U.)
-
-
Popea tenía
-
un altanero modito de morderse el labio superior,
-
levantar la cabeza y fugar la mirada.
-
Nuestras citas degeneraban con frecuencia
-
en prolongados e incómodos conflictos silenciosos
-
que Popea,
-
con dos o tres palabras,
-
convertía en una de esas horas
-
que se pegan después
-
como niños vendiendo chiclets a la salida de un cine.
-
-
Entonces yo hablaba y hablaba
-
aunque nunca logré sorberle un secreto.
-
Sólo supe que odiaba la actual poesía joven
nicaragüense,
-
las
lunadas del Country Club,
-
la auto-suficiencia
-
y sobre todo
-
mi manera de insinuar las cosas,
-
de interpretar sus pensamientos.
-
-
-“...el único camino para
-
salvarla consiste en
-
que alguien efectúe en
-
ella un cambio radical
-
de estructuras ...”
-
dejándola intacta, claro,
-
pues ha sido educada de acuerdo con los métodos modernos
de:
-
sicología infantil,
-
sicología del adolescente ...
-
(tan eficaces para el logro
-
de una muñequita de cuerda
-
propensa a molestarse con
-
el estallido de una gota de
-
vida)
-
(16 de febrero de 1969)
La
lectora
-
¿De qué vieja leyenda nahua o germana surgiste
-
para alterar la quietud de los atardeceres?
-
En la pequeña iglesia católica de Sweetwater,
-
donde las oraciones de los exiliados nicaragüenses
-
se mezclan con los dejos de otros inmigrantes,
-
resuena tu voz cuando lees las epístolas de San Pablo,
-
durante la misa dominical en español, de las siete de la
noche.
-
-
Tu impecable dicción sin acento para mis oídos
-
me revela tu origen entre mosquiteros y hojas de
chagüite;
-
a pesar de tu cabellera suelta color castaño claro
-
(que refleja las raíces colgantes de un árbol de
chilamate),
-
tus mejías nórdicas que realzan unos ojos ligeramente
rasgados,
-
y esa nariz firme, desafiante, de amazona terrateniente
pampeana.
-
-
(Sus pies transparentes, aunque evoquen los de la
doncella “Lindopié”
-
en las láminas prerrafaelitas del viejo “Tesoro de la
Juventud”,
-
nacieron para caminar descalzos sobre lodo, zacate,
piedras y arena;
-
y aunque su cuello de princesa monegasca despida el
aroma de j’adore,
-
la estela de su paso deja olor a maíz tostado, cacao,
achiote y canela).
-
-
¡Cómo no estremecerse ante tu porte de emperatriz
eslava!
-
¡Cómo no sentir el alma liberada al escuchar tu voz de
mezzosoprano coloratura
-
que nunca se atreverá a cantar!
-
-
(Me pregunto de dónde emana esta visión de otros
tiempos,
-
con vestidura blanca recién lavada y planchada, como su
alma
-
que tiende a secar al sol antes de repartir la sagrada
forma;
-
en época de voces prematuramente enronquecidas,
-
miradas vidriosas, tímpanos desgarrados
-
y besos de labios sin rostros y sin nombres).
-
-
¿Qué ángel de alas deslucidas te arrancó de la torre de
tu castillo
-
para plantarte entre nosotros
-
dejando desolado al héroe de armadura
-
que decapitaba dragones para conquistarte?
-
¿O eres acaso la piadosa dama española del siglo XV,
-
cuyo marido mató de una lanzada
-
al poeta Macías, el enamorado, cuando éste besaba
obsesivamente
-
el suelo que hollabas al caminar, una calurosa tarde
jaenesa?
-
-
(¿Nos conmoverían, ¡galeotes de la belleza!,
-
con el mismo arrebato
-
su fervor religioso, su fe inexpugnable,
-
si no intuyésemos bajo el alba recatada,
-
los latidos de un cuerpo de gimnasta rumana?)
-
-
Visión inalcanzable, intemporal,
-
impoluta como los ideales que al realizarse se hacen
polvo.
-
Mujer sin nombre que te alejas hacia una vida que no nos
pertenece,
-
como camafeo olvidado en un barco pirata derrelicto.
-
-
¡Sueño diurno que, dando vida, matas!
-
-
(Agosto, 2001; Península de La Florida)
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