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Francisco de Asís,
en la madurez de la palabra
Gioconda Belli*
Sin perder la
exuberancia vital que lo hace una de esas
presencias rotundas del paisaje poético de
Nicaragua, tal como un volcán posado en el
horizonte o el árbol que crece en las cañadas
del café, alzándose con las ramas llenas de
pájaros desde la hondura verde y sombreada,
Francisco de Asís Fernández llena en este libro
la copa de la palabra, creando con el humus de
una vida fértil, la arquitectura de un universo
poético maduro, donde la sustancia cósmica de la
experiencia, se rige por las leyes mágicas de la
imaginación y el rigor del equilibrio, para
darnos un libro de madurez que propone la
belleza como una filosofía de vida.
El Árbol de la Vida de Francisco es un ceibo
sólido y florido, donde cada poema, cada verso
constituye una tonalidad del verdor que nutre y
se nutre de la ingeniería precisa de un ramaje
que, si bien parece obedecer al misterio y
maravilla del orden propio de la naturaleza,
denota en su precisión la presencia del poeta
como Dios invisible del bosque donde se alza
este árbol magnífico.
En concatenaciones que van acumulando matices y
formas de ver una misma realidad, estos poemas
van formando secuencias de ramas, deslumbres de
follaje, hasta alcanzar la culminación de la
totalidad de un árbol que despliega su cabellera
al viento, mientras para por la penumbra del
amanecer, el mediodía del sol abrasador, hasta
llegar a la luz amarilla, fantasmal del
crepúsculo, y lo que se adivina a la caída de la
noche.
De pie frente a las meditaciones que suscita el
Árbol de la Vida de Francisco de Asís, uno se
pregunta dónde reside la fertilidad de este
poeta, vividor de la poesía. Y yo no puedo más,
como amiga, colega, discípula y cómplice del
poeta, que viajar a la selva sagrada de ecos
distantes y recordar cómo este hombre, con
nombre de santo dulce, trazó para mí el enigma y
reto de la poesía.
«Un poema debe ser como un nacatamalito:
compacto, bien amarrado, nutritivo», me dijo una
vez, brindándome una de las metáforas más
exactas de la contundencia que debe tener la
poesía. Me parece que lo estoy viendo - no es
mucho lo que ha cambiado desde entonces - cuando
trabajábamos ambos en el edificio gris de «Publisa»,
antes del terremoto. Fumaba con una boquilla
negra, que sacudía sobre la mesa como si fuera
una pipa, incontables cigarrillos, mientras
hablaba con apasionada elocuencia de arte o
literatura.
Su regocijo genuino ante los poemas propios o
los ajenos, era contagioso. Los leía en voz alta.
Los celebraba como triunfos supremos de la
imaginación, y disertaba, entusiasmado, sobre
los alcances y posibilidades de la literatura
nicaragüense, de quien ha sido y es un gran
amante y un gran conocedor.
Francisco nunca ha estado solo. Lo han rodeado
los amigos a quienes se entrega con gran
generosidad. Lo han rodeado los pintores con su
olor a óleo, con sus estudios humildes, sus
lienzos desmesurados y vociferantes: Vanegas,
Pérez de la Rocha, Sobalvarro, Luis Urbina,
Guillén, Leoncio Sáenz, Aróstegui. Con ellos y
con Carlos Alemán, Michelle Najlis, Amarú
Barahona; Francisco de Asís anduvo y gestó el
Grupo Praxis, la revista, la galería del grupo
en la vieja Managua. Andaba en aquellos días con
manifiestos bajo el brazo, secretos
conspirativos, haciendo poemas a los amigos que
partían a la montaña, escuchándole las historias
a Camilo Ortega, recogiendo dinero para las
expediciones arriesgadas de los
guerrilleros-líderes estudiantiles que
desaparecían de las calles de la ciudad, para ir
a aparecer en los comunicados terribles de la
guardia.
Después del terremoto, la casa de Francisco de
Asís - «Chichí», para sus amigos- en Granada,
fue refugio de terremoteados, centro de reunión
y reencuentro para los desperdigados. Allí
Ricardo Morales Avilés, Edén Pastora, idas y
venidas de poetas queriendo dibujar mañanas
menos transidas de dolor y escombros. «Te voy a
leer un poema», pero también sacaba una guitarra,
cantaba una canción.
La vocación de felicidad; el no escurrirle el
bulto al desengaño o a la indiferencia, a cuanto
plato la vida le sirviera, bueno o malo, es lo
que da a la poesía de Francisco de Asís, esa
cualidad densa y alada, ese sabor a realidad y a
sueño.
De sus genes y deseos está hecha la poesía de su
Árbol de la Vida. De las amanecidas con los
amigos alrededor de la mesa, de las gomas
devastadoras, del amor de Gloria y de sus hijos.
Paneles, frisos, helechos creciendo alrededor de
su cama, hojas abiertas a la vida y duelos como
la muerte de su padre o la muerte de una porción
de esperanza. La masa del poema de su vida
amorosamente amasada, versos que salen en las
madrugadas después de días y noches en que el
poema le aguarda y lo sigue como un perro de
ojos encendidos, rogándole que lo escriba. El
viene, se sienta, lo hace: trabajo del amador
que planea la cópula perfecta con las palabras,
pesándolas una a una, oyéndolas con plenitud
consciente del poder de las sílabas y las
preposiciones, el giro, la frase sobre el
mantel.
Yo le rindo mi sombrero alado de margaritas
inventadas a este poeta nicaragüense que se
llama Francisco de Asís Fernández, volador
granadino desde las altas torres de Xalteva y La
Merced; espíritu de la poesía que se pasea en
coche por las empedradas calles del paisaje
literario de nuestro país, y que reparte, sin
arrepentimientos, su amistad, su sonrisa, su
alegría para los amigos y el amor feroz,
imperecedero por la poesía, el único y verdadero
bálsamo contra todos nuestros infortunios.
(Managua, 25 de Julio, 1998)
[tomado de El
Nuevo Diario, mayo de 1999]
*escritora
nicaragüense
Chichí
Fernández, poesía reunida
Marta Leonor González*
Francisco de
Asís Fernández (1945), ha reunido sus poesías de
1962 hasta el año 2000 en “Celebración de la
inocencia”, título de la obra que ya circula en
las principales librerías. Sentado en la sala
principal de su casa en Altamira de la Managua
calurosa, y rodeado de un ambiente acogedor de
obras de arte, retratos familiares y muebles
antiguos, este empedernido fumador de boquilla
se da a la tarea de hablar de su oficio, la
poesía. Y sin más formalidades nos conduce por
respuestas que según él sólo la poesía las puede
facilitar.
¿Qué encierra
celebrar la inocencia?
El título del libro creo que pretende decir lo
que es la poesía, es una celebración permanente
en la pureza del hombre, como el hombre se
descubre a sí mismo. Se refiere a ese estado
primigenio del hombre, creo que la poesía te da
siempre un llamado, una visión transformadora de
la naturaleza o del génesis de los sentimientos,
aquéllos ya sea en estado brutal o depurado,
pero siempre la poesía llega al fondo de vos
mismo.
¿Además de la influencia de su padre (Enrique
Fernández) cuál otra ha sido determinante?
La poesía nicaragüense es mi gran influencia.
Crecí en las rodillas de todos los grandes
poetas nicaragüenses, Carlos Martínez Rivas,
Ernesto Cardenal, José Coronel Urtecho, mis
recuerdos son siempre de los poetas que estaban
en mi casa entre manuscritos y libros. Ellos
hablando siempre de la pintura, del arte
nicaragüense y eso para mí fue como conocer un
gran continente.
¿Y la poesía y su niñez cómo las ve ahora?
Son los vasos comunicantes que no puedo separar,
mi niñez entre esas conversaciones con mi padre,
y los amigos poetas. Empiezo a tener las
primeras influencias de mi vida no con los
juegos normales de un niño sino con los libros,
Picasso, Matís... con las pinturas que tenía en
mi casa. Fui privilegiado por crecer en un
ambiente con la virtud de la pasión y del arte.
También esto no quiere decir que me fui entre el
cubo nicaragüense. Hay mucha influencia exterior
de los principales poetas como Walt Whitman, la
poesía norteamericana. José Coronel Urtecho y
Ernesto Cardenal hicieron muchas traducciones de
la poesía norteamericana y recuerdo que mi padre
me la leía. El inglés que se lo aprendí leyendo
a los poetas norteamericanos fundamentalmente a
Whitman.
¿A Whitman cómo hay que verlo?
Como el fundador del pensamiento americano con
una vitalidad, una exuberancia que nos ha venido
cautivando por más de un siglo. Esa es una
poesía que ha influido en la poesía
hispanoamericana, hay una permanente celebración
de la inocencia en la poética de Whitman y creo
que “Hojas de hierba” salvando las diferencias
pudo haberse llamado “Celebración de la
inocencia”. Después están los poetas españoles
Machado, Góngora, Quevedo, y estoy influenciado
por la poesía religiosa.
Uno viene de una suerte de entramados de todo lo
que uno va leyendo en el mundo de la literatura
lo va asumiendo y devolviendo, siempre pasa eso.
¿Desde niño ya había decidido ser escritor?
En eso mi padre me dio ayuda porque tenía una
gran exigencia y me ejercitaba en la poesía. Me
hacía ejercitarme en el lenguaje, la poesía se
hace de palabras. Es como la pintura que se hace
con colores, eso decía. Esos ejercicios fueron
importantes para adquirir una riqueza en el
lenguaje.
¿Y la narrativa
por qué no la ha cultivado?
La poesía es como estar en mi propia casa, en
ella me siento pleno. En el poema tengo un
esfuerzo más rico, en el verso tengo una
asociación de imágenes e ideas de la realidad de
los sueños lo busco con mayor propiedad en la
poesía.
No me doy a la narrativa. Mi experiencia va
buscando la poesía. No me gusta contarlo todo
sino darle al lector complicidad y eso sólo la
poesía te lo permite.
¿En su ejercicio creativo cómo hace el poema?
Se viene escribiendo, es lo usual, no lo escribo
inmediatamente porque lo voy elaborando en la
mente, en las diferentes situaciones, y no me
siento a escribirlo hasta que me acecha por
todos lados, abro la gaveta y él ahí está, voy a
la refrigeradora y ahí está, me acosa. Cuando
todavía no lo escribo ando en un constante
desasosiego, el poema se enriquece de diferente
manera en conversaciones que tengo con
diferentes personas, con paisajes, literatura,
pintura, el rostro de alguien, algo que vi en la
calle. Y voy profundizando en alternativas.
¿Y según su experiencia, qué es poesía?
Creí en algún momento de mi vida que había que
hacer poesía para cambiar la realidad como un
mandato ético, y fue así como escribí poesía
política. Ahora he escrito algunas reflexiones
acerca de la poesía y en ese sentido creo en “la
gratuidad de la poesía, en vez de la poesía como
instrumento”, también debe ser producto del
matrimonio entre la sensibilidad, la imaginación,
y la cultura. Y entre mis pensamientos acerca
del oficio te digo: “En el universo de la poesía
viven ángeles y demonios y todos ellos deben de
expresarse, por lo que el lenguaje de la poesía
debe tener la riqueza y la complejidad del cielo
y del infierno”, o sea que vos te quemás sin
arder. “El don de la vida en la poesía se da por
el don de la palabra” que es la llave de todo,
incluso el escritor cuando adquiere madurez,
adquiere su propio lenguaje.
“El lenguaje de poesía debe tener la agresividad
y la armonía de la naturaleza”, argumentos de
cómo buscarme en mi poesía, creo que todos los
poetas tienen claves de cómo entrar a su poesía.
¿Y en cuanto a la poesía política cómo se
encuentra?
En un momento la poesía política era como un
instrumento, un arma. Pensé que escribiendo
poesía política contribuía a transformar. Aún la
poesía de amor transforma al ser humano, la
sensibilidad del hombre, y no necesariamente al
tema, por ejemplo el poema de Neruda “Incitación
al insomnicidio” lo asume y él mismo lo dice que
es un panfleto contra Nixon y creo que eso no
contribuye en nada más que cualquiera de sus
cien sonetos de amor que toda esa palabrería
inútil, la poesía cuando es instrumento se
convierte en panfleto. Realmente dice más
cualquier poema que no fue mandado a hacer, pero
hay un mandato humano que te nace, que te
arrebata los sentidos y de comunicarte con ese
yo interior que te va a decir más.
¿En los años 80, usted hizo una antología
política. Ahora cuál es su análisis?
En eso de hacer una antología política y no
ideológica. Ahí hay poetas que son de la extrema
derecha, nunca me importó, lo único que deseaba
era publicar buena poesía, lo que pretendía
hacer era un árbol genealógico desde Darío hasta
las últimas generaciones. No importaba la
ideología tiene esa virtud que reúne toda la
buena política que se escribió desde Darío.
¿Retrospectivamente cómo se ve como un poeta
exteriorista o intimista?
Comencé haciendo una poesía muy exteriorista,
luego creo que tuve más posibilidades de decir
más de manera interior que exterior, esto hace
que uno vaya profundizando en la poesía, el
exteriorismo lo respeto es una vertiente muy
socorrida dentro de la literatura nicaragüense.
No me satisfizo nombrar las cosas sin meterme en
ellas, uno debe tener una mayor complicidad con
lo que escribe, aquí hay un Ernesto Cardenal y
un Carlos Martínez con propuestas estéticas
diferentes, y cada quien tiene su técnica ahora
hay propuestas estéticas y escuelas literarias
que se diferencian.
¿Y después de los talleres exterioristas y
sus reglas. Cuál es su percepción de esta
corriente?
Creo que eso no fue muy acertado, muy feliz. Fue
desafortunado, nadie puede decirle a nadie cómo
escribir, y mantener cánones muy rígidos. El
taller debe servir para decirle al escritor lo
que tiene que descubrir, los talleres no son
malos, no es un mal ejercicio, es importante que
se hagan, pero no con esa tuerca que te tuerce
el brazo, aquí de lo que se trataría es de
descubrir vocaciones.
¿Y su generación cómo vivía la literatura?
Surgimos en los tempranos 60, y los padrinos de
ese movimiento eran Fernando Silva, mi padre,
Pablo Antonio Cuadra; en Managua estaba la
Generación Traicionada, en Boaco el “Grupo U”,
en León el Grupo Ventana, y entre todos había
una comunicación estrecha salvando los aspectos
ideológicos, por ejemplo los del Grupo Ventana
era más comprometidos con la revolución. Ni la
generación traicionada, ni nosotros “Los
bandoleros” estábamos en política. En aquellos
momentos sentía susto por la cuestión política
nunca estuvimos alejados de un profundo
cristianismo humano contra la opresión, éramos
antisomocistas.
¿Cuál es la figura más representativa de los
años sesenta?
Mi generación sigue viva, y produciendo estamos
produciendo más y ahora que la generación que
nos tocó iniciarnos, así Edwin Yllescas, Fanor
Téllez, creo que no hemos terminado lo que
tenemos que decir, estamos en una madurez del
propio lenguaje. No le hemos puesto punto final.
¿Y la mujer en su literatura es como el
centro de toda su poesía?
Esa es una relación de esclavo y soberano, una
relación de amor. En mi generación hay una
valoración de pares y no de nones, en donde no
puede haber desigualdades, y en ese sentido la
literatura nicaragüense está en igualdades.
¿Es un optimista
político?
No me canso de trabajar día a día como si fuera
un condenado a muerte por la democracia del
país. Necesitamos un proyecto de gobernabilidad,
un proyecto de nación. Este pueblo merece los
mejores gobernantes y ahora milito en la tercera
vía que es una opción diferente.
[tomado de “La Prensa Literaria”, La Prensa,
mayo 2001]
*escritora
nicaragüense |