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La poesía de
Gustavo Adolfo Páez
por Erick Aguirre
Cuando uno toma un libro de poesía y se enfrenta
a un título como "Sueño, luego existo",
inevitablemente prepara su espíritu y su
intelecto para un latente viaje onírico. Pero al
pasar la última hoja del libro de Gustavo Adolfo
Páez, más bien queda la impresión de haberse
contagiado un poco por cierta clase de onirismo
fresco, lleno de imágenes edénicas de la
naturaleza, alambicadas en el sueño inocente de
un poeta aferrado a sentimientos iniciales,
infantiles; al génesis de un temperamento
demasiado sencillo como para permitirse madurar
hacia la complejidad del mundo "verdadero".
A lo largo de sus páginas, Gustavo Adolfo echa a
volar sobre sí mismo las imágenes personalísimas
de un pequeño mundo pretendido, y ejerce la
descripción de sus paisajes y de sus propias
emociones con un aire de sencillez que, si no
fuera por la atmósfera acuosa, a veces
misteriosa, de su pequeña nebulosa onírica,
recordaría fácilmente la naturaleza primitivista
del exteriorismo cardenaliano.
Precisamente, su obsesión por la atmósfera
onírica-edénica (construida por su imaginación,
con sus instintos y sus visiones interiores,
pero también con los recuerdos más frescos y
alegres de la infancia, con la permanente
naturaleza infantil de su observación del mundo)
es la que —como una burbuja cristalina— protege
a su poesía de la Historia, de la ambigüedad y
la rudeza de las interpretaciones ideológicas,
intelectuales o "realistas" del mundo.
Antireflexivo, antiretórico, este poeta apela
sobre todo al sentimiento primigenio del hombre
ante las maravillas de una naturaleza edénica
que el artista moderno ya ha dado por perdidas.
No se quiebra la cabeza tratando de estructurar
discursos interpretativos. No aspira a
deslumbrar a la razón. Tampoco intenta ordenar
idealmente al mundo. Simplemente muestra con
desparpajo el hermoso desorden de su propio
universo.
Parece empeñado en apartarse de la fealdad (esa
irresistible y tiránica musa de los moderno), y
procura no dejarse contagiar por el aturdimiento
de la civilización. Carece casi por completo de
los principales elementos característicos de los
poetas modernos. La angustia existencial de los
poetas que cantan la debacle de un mundo
desquiciado, no parece amilanarlo. Sencillamente
la ignora (a veces con ciertos deslices poco o
nada técnico, a veces con cierta obviedad
estilística) y se solaza en celebrar la
sencillez del amor, en desplegar la intención
pedagógica y romántica de un artista que no en
balde ha trabajado por mucho tiempo en teatro
para niños.
Su poesía es una especie de vuelta inocente a la
naturaleza mítica de las viejas tradiciones
poéticas, aunque ya liberada del "forcep" de la
rima y la rigurosidad silábica de los versos
tradicionales y ritmos clásicos. Si se quiere,
el suyo es un esfuerzo formalmente más fácil,
pero imaginativamente más libre.
Libro de los hallazgos poéticos. Sueño, luego
existo, nos muestra a un poeta que se ufana en
cada poema de no deberle nada a la información
ni al raciocinio; mucho menos a la llamada "conciencia
crítica". Pero el poeta pregona que la realidad
asusta sus sueños, precisamente porque también
reconoce que el sueño es sustancia de la
realidad.
Supersticioso de sus propias invenciones,
Gustavo Adolfo Páez descree de la técnica y de
la teología poéticas. Espontáneo y franco hasta
la desfachatez (y en ocasiones hasta el
perogrullo), a fin de cuentas Páez, como todo
poeta, también se deja hundir en la fatalidad de
la imagen, en la vulnerabilidad de la inocencia.
Alvaro Urtecho reconoce en la poesía de Páez, en
la mía y en la de otros poetas de la misma
generación, el lenguaje coloquial o
conversacional asimilando como una de las más
saludables herencias de la Vanguardia
nicaragüense. Le adjudica sin embargo, a
disgusto, el término "exteriorista", agregando
que se trata de "un exteriorismo sano,
equilibrado con fuertes dosis de subjetividad e
imantación personal".
Pero el caso de Páez me parece algo especial.
Aunque la sencillez de su lenguaje es sin duda
una herencia directa del "exteriorismo", de éste
rechaza casi totalmente la posible utilización
de la eventualidad cotidiana, y se sumerge en
las aguas de las imagen, en la génesis romántica
de la poesía onírica; con tanto empeño y
deliberación que, en su caso, sí se podría
utilizar con justicia el calificativo de "escapista",
que algunos se nos endilgó en una época de
impelación revolucionaria.
El exteriorismo -pienso- solo es, o fue, una
escuela poética (la cardenaliana) que a pesar
del enorme esfuerzo desplegado en los ochenta
para su propagación, simplemente logró lo que
cualquier otra importancia corriente poética
hubiese logrado en cualquier país: una
influencia visibles, pero no total en la
producción de los poetas que lograron
consolidarse como tales durante una época o
entre una generación.
El exteriorismo es la dimensión local de un
esfuerzo político - poético generacional
desplegado en América Latina y con especial
particularidad en Nicaragua, desde los años
sesenta. Los poetas latinoamericanos de esta
época coinciden en una especial emergencia o
insurgencia generacional, propia de una década
históricamente privilegiada.
A nivel hispanoamericano, Cardenal solo aportó a
la poesía de esa época el elemento anglófono o
poundeano del collage; el intertexto como
herramienta para la inclusión del discurso
político y el testimonio histórico. Siendo él un
fruto poético de los años cuarenta, en los
sesenta de nuevos giros históricos — políticos
de su obra lograron opacar a los nuevos poetas
nicaragüenses (Leonel Rugama, Edwin Yllescas,
Fanor Téllez, Julio Valle — Castillo, entre los
más importantes) que sin embargo eran, y son,
aún en gran medida, sus mejores discípulos.
Pero en los ochenta, y en Nicaragua, la
influencia de esa especie de poesía
conversacional, frecuentemente auxiliada del
intertexto y tendiente a la reescritura de la
historia, de la realidad histórica, tuvo un
desenfrenado impulso inicial, sin embargo,
también sufrió un desmedro igualmente
impresionante, acelerado y visible al finalizar
la década. La tentación de totalización se
convirtió en tarea ideológica hasta el punto de
hacerse intolerable.
De ese naufragio quedamos, entonces, esos
sobrevivientes "equilibrados, sanamente
exterioristas", a los que se refiere Alvaro
Urtecho, y que intentamos poetizar la anécdota y
la conversación sin tanto abuso.
Ni la prosa narrativa pura, ni la orgía
metafórica o el frenesí de imágenes propias de
un tórrido y trasnochado surrealismo. Contar y
cantar. Tejer estilos propios: híbridos,
sincréticos, personales.
Entre ellos, es decir, entre nosotros, Gustavo
Adolfo Páez trata de sobrevivir encerrado en su
burbuja. Hasta que la realidad lo contamine.
[tomado de Bolsa
Cultural, enero 2001] |