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UNA LECTURA DEL
DISCURSO HOMOSEXUAL EN HÉCTOR AVELLÁN
Norbert-Bertrand
Barbe*
“La
mujer,
a la vez que se descubrió a sí misma,
irrumpió en la literatura nicaragüense
con una obra novedosa y definida,
dotó a nuestra literatura de la voz que le
faltaba:
la de la mujer”
(Daisy
Zamora)
Héctor Avellán, poeta de la joven generación de
Nicaragua, presenta su poemario Las ciruelas
que guardé en la hielera - Poemas 1994-1996,
el que primero ganó el Alma Mater, y después el
premio de los Primeros Juegos Florales
Centroamericanos 2000, por el cual se está
publicando ahora la obra.
Dividido en cinco parte - símbolo tradicional
del mundo, lo que aquí expresa la relación entre
búsqueda identidaria individual y la posición
social del poeta -, el poemario empieza con una
cita de "Hombre con trigo en la mano" de
Cintio Vitier, que da su título a la primera
parte del libro de Avellán. Este epígrafe es
doblemente interesante para nosotros: primero
plantea implícitamente la relación vivencial
(ecológica, rural y por ende social) entre el
hombre y la tierra, recurrente en el poemario;
segundo expresa esta relación, que
obligatoriamente remite a una relación de género
hombre-mujer como expresión existencial del ser
poético. Dice:
-
"Ara la letra sin saber
-
si un día fructificará,
-
si ha de ser trigo, estela o nada
-
la escritura de soledad."
De
hecho, el lazo logocéntrico entre el ser
masculino y el nombrar las cosas, expresado por
Jacques Lacan como inmanencia del falo como
instancia discursiva a propósito de "La carta
robada" de Edgar Allan Poe se evidencia en
la imagen del arar la letra como tierra, o sea
también como cuerpo de mujer, maridaje de poder
como en "¿Qué sos Nicaragua?" de Gioconda
Belli o "Panfleto para la clase incómoda",
que según Shanin es el campesinado, en Avellán.
De
ahí, el primer poema con el que se abre Las
ciruelas... opone claramente "Pechopeludo
versus Pechuépaloma", la primera parte del
libro siendo dedicada a poemas de matiz amoroso
homosexual, lo que para nosotros plantea a
Avellán probablemente como el primer poeta
nicaragüense homosexual de conciencia
exteriorista, conforme la definición recordada
por Juan Sobalvarro de las poetizas de los años
60 en "Un vistazo a las poetas nicaragüenses"
(400 Elefantes, n° 10, julio 2000, s/n,
p. 3 del artículo). Se evidencia tanto el
simbolismo homosexual como la preocupación
social de Avellán en los dos poemas siguientes:
"La rana y el albatros" y "Sueño de
una noche de invierno". La rana en el primer
poema de este díptico aparece como figura
femenina, poseedora de "huevezuelos/ como
espuma", y el baudelairiano albatros como
detentor de "anchas alas", las cuales al
final serán ensangrentada por su muerte en
cuando querrá él acercarse no al sol como Icaro
o Faetón, sino a un avión, falso ave, como son
falsos pies los tractores en "Panfleto para
la clase incómoda". La relación paterna
implícita de obediencia y desobediencia en los
mitos aquí referenciados por comparación con el
poema-fábula de Avellán prefigura en la
secuencia del poemario a "Padre", cuyo
último verso dice: "y Padre huele a otro
lugar", expresión de la ausencia frente al
viajero amor (paterno o de pareja) como en "Marinero"
con su repetido "Muero puerto". "Marinero"
formando así a su vez una manera de díptico con
el poema anterior: "Padre".
En
"Sueño de una noche de invierno", la
rana, en primera lectura símbolo del corazón,
órgano por otra parte definitorio del poeta en
todo el poemario, es la que al contrario él
intenta encerrar en su pecho para poder dormir,
y, casualmente, es la que, en este sentido, se
identifica con imágenes sexuales como la tina
roja, el charco y la gotera, símbolos que,
identificados por su relación:
-
"Ella salta...
-
... hacia la tina roja de plástico que
-
antes de dormir
-
coloqué bajo la gotera.
-
Allí queda atrapada,
-
intenta asirse de las paredes de la tina sin
poder salir."
representan respectivamente, la rana en la tina
roja el sexo femenino (pensamos por ejemplo a
los sapos que muerden el pubis de la Lujuria en
la iconografía de la Edad Media), y la gotera un
chorro de esperma, remitiéndonos en "La rana
y el albatros" a los "huevezuelos/ como
espuma". Tal vez aclara este simbolismo el
texte "Carne Oscura - Entre Las Piedras"
que Avellán publicó en el último número de la
revista ArteFacto (n° 20, sept.-dic.
2002, s/n), en el que la relación homosexual
tiene lugar entre "las piedras húmedas y
gigantes" de un jardín, en el que el
narrador asume el papel pasivo en el proceso de
felación, llenando su "vacío" con el "barco"
del pene del otro. A este jardín del paraíso
amoroso se contrapone al final del poema el
cangrejo en la arena playera, figura vagamente
divina como por ejemplo en Los secuestrados
de Altona de Jean-Paul Sartre.
El vacío interior del poeta se
expresa de nuevo en "Agua sobre las aguas"
("Cuando nada se ponga entre
nosotros./.../Entonces mi mirada será hueca como
aullido."), y en "Boca Balcón" donde
la "boca ventana" es la por la que el
autor se asoma dejando, como mujer, "caer
pañuelos/ para que los recojan/ desconocidos".
Esta voluntad de ser mujer es explícita en la
tercera parte del poemario, titulada "El
unicornio encontrado", donde, en base a
referencias burlonas a la canción y la
literatura, Avellán se pone permanentemente en
la posición de respuesta a los demás autores,
asumiendo la voz de las que no tuvieron, en este
caso las mujeres cantadas. Dedicando dos poemas
a José Coronel Urtecho, escribe en el segundo,
titulado "A José Coronel Urtecho":
-
"Te conocí al leer tu poema:
-
"Pequeña Biografía de mi mujer".
-
-
Quise ser mujer
-
y a lo más que llegué fue a poeta.
-
Desde entonces mi oficio es olvidar.
-
Escribir y olvidar.
-
Pero, hago mejor lo segundo."
El
"Poema Apátrida" que sigue, se aclara un
tipo de relación entre "lo seco de una laguna"
y los "huecos que comen hambre", estos
últimos probables referencia al Canto
Temporal (1943) y la poesía (el
verso) como "anhelo de un verso no
cumplido.../... tormento de anunciar el
deleite/... una sed que se bebe el olvido".
Buscando en "Poema Apátrida" "al lugar
de donde no se ha partido/... en la calle/ un
país que perdió su infancia", Avellán remite
a "Los Lugares" del poema siguiente,
lugares que en Nicaragua a menudo tienen su
nombre por sitios o edificios desaparecidos,
pero que al final "siempre están en sí
mismos,/ como esperando", ya que "un río
siempre será un río/ aunque ya no tenga agua".
Esta posición nominalista, que
plantea la relación denotativa entre la cosa y
la palabra que la denomina, permite de
comprender la última parte: "Hipocampos",
animales de mar por otra parte hermafroditas:
cuando Avellán escribe, en forma de tres haï-kaï:
-
"Las cosas aunque estén fuera de lugar
-
siempre están en orden.
-
No igual las personas."
-
-
También, al pulido poeta de lo inmanente
Carlos Martínez Rivas:
-
"No es deseo de tener un pasado
-
que oponerle al presente,
-
-
es urgente un mañana
-
que perdone."
Y
finalmente, en homenaje a Beltrán Morales, el
poeta comprometido de las cosas "asco":
-
"Los objetos son sujetos.
-
Se desconocen las intenciones."
-
-
La inmanencia de lo real en sí remite en
Avellán a la preocupación social de
posibilidad de cambio, como en "Globalización":
-
-
"Mi primera persona está herida.
-
Mi primera persona del plural."
Pero también a la unidad del ser (ser hombre/ser
mujer), como vemos acercando los extractos
citados de "A José Coronel Urtecho" y “Los
Lugares”, y remiténdolos al inicio del
poemario, en particular a la oposición "Pechopeludo
versus Pechuépaloma".
De
alguna manera, las indecibles intenciones del
poema inspirado en Morales expresa en forma
inversa la imposibilidad de decir, y por ende de
asumir las cosas como reales, así ocurre en “Algunas
señas particulares”: “Espina de pescado/
atravesada en la garganta” o en “A la
gente sola, Dios mata”: “no incluir foto/
ni metáfora.” En ese último poema, la
unicidad dialógica del autor se opone,
nominalistamente, pero más que todo
esencialmente a la multiplicidad de los demás,
en este caso el ser buscado. De manera muy
interesante, en este poema, Avellán pone su
dirección e-mail, como lo hace también en la
contraportada del libro, en el poema como
persona en busca del amor, en la contraportada
como autor en relación con su lectorado. De ahí
que en “Recomendaciones prácticas para
prevenir accidentes”, mientras se
auto-recomienda el autor: “No lo trate en
poesía”, afirma en conclusión:
-
“El amor,
-
mientras no existe,
-
es eterno.”
La
existencia entendiéndose aquí como encuentro.
Así, al contrario de los “Lugares”, la
existencia de los seres de conciencia depende de
la conciencia reciproca de se tienen los unos a
los otros. La soledad se define así conforme los
cañones tradicionales como ausencia del otro y
ensimismamiento (“Digitopuntura”), por
contraparte la búsqueda como inserción en la
realidad fenomenológica del sujeto ajeno; así en
“Las preguntas que me abofetean la inquietud”,
bajo el epígrafe de Octavio Paz sobre le doble
yaciente en cada espejo, Avellán escribe:
-
“y si en tus palabras
-
hay lagunas.
-
/.../
-
Me pregunto
-
si te preguntas
-
si en otro lugar
-
o en otro época existo.”
La
relación al otro se expresa claramente, mediante
el juego verbal de la última estrofa, en
referencia a la manera de Ernesto Cardenal, el
cual inspiró, tanto por el principio de collage
como por los temas todos los poemas de la
segunda parte, titulados darianamente: “La
camioneta Mazda y otros poemas”. En
particular, “Declaración de amor post-mortem
a Kurt Cobain” recuerda “Oración por
Marilyn Monroe” (1965). De ahí se desprende
la obvia mística del poemario de Avellán.
Así
e hallazgo o la posesión, como en “El
unicornio encontrado” en alusión a la
canción de Silvio Rodríguez, o el “Recado a
William Carlos Williams”, introducen una
relación de valor, en estos dos poemas
financiero, en “Penitencia” o “Muerto
entre los muertos” sentimental. La dicotomía
entre la unicidad del ser y la pluralidad de las
manifestaciones de la realidad ajena a la que se
enfrenta se manifiesta en los títulos como “Muerto
entre los muertos”, “Agua sobre las aguas”
o “Todas las oscuridades de la luz”. En “De
las muertes posibles de William S. Burroughs”
se revela la homosexualidad como posición
individual frente a la estructura social
clásica, los seis últimos versos, que nos
recuerdan “No” de Martínez Rivas,
introduciendo por contrapòsición con “los
buenos ciudadanos,/ sobrios y
heterosexuales,/... justos y cómodos”, el “Panfleto
para la clase incómoda”, la cual no es sino
otra forma de clase marginada, muy al centro
también de las preocupaciones sociales de
Cardenal.
El
hallazgo en “El unicornio encontrado”
recuerda en el último verso: “P.D.: la
inutilidad de su unicornio me sorprende.”
Evocación indirecta para nosotros de la ya dicha
voluntad de ser mujer, o posición pasiva del
poeta ante la vida (que en “Carta de María
Kautz al poeta” le pelea precisamente la
misma mujer, musa campesina y trabajadora anti-dariana
de Coronel Urtecho, enajenada por su
nacionalidad “apátrida” en Avellán), el
unicornio cuyo cuerno no le sirve para nada
prefigura el “pájaro manco” en la
garganta de “El Otro”, el que a su vez
hace eco a la espina de “Algunas señas
particulares”, pájaro manco que se vuelve “feto”
al final de “El Otro”, como la rana
acurrucada bajo las alas del albatros de “La
rana y el albatros” o la del corazón del
escritor dormido en “Sueño de una noche de
invierno”. De igual forma, las puertas del
cuarto de “Procesión interior” (que no es
otra cosa que el corazón vacío de “Sueño...”,
o los pañuelos, probables metáforas de la hoja
blanca, de “Boca Balcón” si comparamos
este poema con el final de “Despertar”),
las puertas del cuarto de “Procesión interior”
nos remiten de nuevo a un símbolo femenino, ya
empleado por representar a la Purísima como
jardín intocable en la tradición cristiana, y
pervertido por Marcel Duchamp. Así los ojos
abiertos que se oponen a las puertas cerradas en
el poema de Avellán nos recuerdan el simbolismo
del cuarto cerrado en Fernand Khnopff.
“El
Otro” parece ser en el poema de Avellán
homónimo el octaviopaziano de “Las
preguntas...”, otro Yo, y así el “Atarse
una soga al cuello” para “caer y dormir
como feto” implica una vez más decir una
forma de impotencia.
En
cierta forma, la concepción del ser poético en
Avellán es el de un ser mudo, como lo muestra
bien “Dos mensajes a Rubén Darío”:
-
“1¿Ha preguntado Stella por mi?
-
2
-
La vida carece de misterio
-
para los muertos,
-
y para los objetos.
-
-
La luz sólo muestra
-
lo que quiere ser visto.”
Así, mientras la vida en sí se define por la
soledad del ser, como en “Hombre que se aleja”,
“Despertar”, “Muerto entre los muertos”
o “Digipuntura” - poemas todos estos en
los que el tocar y la mano (símbolo divino en la
Enciclopedia según Roland Barthes) es
auto-acaricia que compensa la ausencia del otro
-, el misterio, que nos remite a “Lo Fatal”
prefigura el último poema del libro, dedicado a
Morales, así como a “Razón del silencio I”:
“Quien calla no otorga, se apropia de lo
callado.” y “Razón del silencio II”:
“Lo que no muere no puede hablar de eternidad”,
el misterio expresa la dicotomía sensitiva entre
el ser en sí como mundo de inmanencia, es decir,
posibilidad de ser, y su llegada al ser por la
percepción ajena que lo objetiviza
fenomenológicamente.
Así
en “Todas las oscuridades de la luz”, la
primera estrofa plantea a la manera cardeliana
que “La luz es una relación de amor/ entre el
objeto y el ojo”, continua afirmando que “si
la luz es Dios/ y Dios no habla,/ entonces la
luz es sonido/ que ha perdido la voz”, y
acaba recordando implícitamente a la tradicional
interpretación biográfica de “Un Detalle”
de Alfonso Cortés.
Como el joven poeta, cuya voz se ausenta ya que
sólo la boca es medio para recibir barcos
ajenos, como la pistola suicida del poema a la
muerte de Cobain, la fálica espina o el pájaro
manco capaz en una fantasiosa perspectiva de
auto-engendramiento de volverse feto, pero por
el mismo hecho de ser construcción fantasiosa
feto de la soga que incapacita el soplo propio,
en “Todas las oscuridades de la luz” y “Dos
mensajes a Rubén Darío” la luz, objeto
divino de interrelación genesiaco entre el
objeto naciendo del sujeto que lo mira y el
sujeto como validación fenomenológica del ser en
sí, la palabra poética implica un valor
sociolectal opuesto a la palabra individual, sea
porque la realidad tiene que ser vivida en “primera
persona” (en “Globalización” o “Panfleto
para la clase incómoda” - ataque aquí a la
poesía del maestro Cardenal -), sea,
paralelamente porque, especialmente dentro de
los discursos revolucionarios - los mismos que
la generación de Avellán revisa críticamente,
como lo apuntó Marco Morelli en Rubén’s
Orphans - Anthology of Contemporary Poetry of
Nicaragua (New York, Painted Rooster Press,
2001), de hecho citado en la portada interior
del poemario -, la validez de lo dicho siempre
parece sospechoso (“El unicornio encontrado”,
“Poética”), o sea porque se imposibilita
el decir del mal llamado “referee” (“Pechopeludo
versus Pechoépaloma”) por la ausencia de
validación del estatus óntico del autor por la
voz ajena, tema compartido en este sentido con
Calderón y Porfirio García Romano. Voz ajena que
en “Muerto entre los muertos” es la de “tu
voz en el auricular de un teléfono publico”,
lo que, por referencia a “Oración por Marilyn
Monroe” y la duda acerca de la existencia de
Dios planteada en el poemario por Avellán, o el
uso de palabras inglesas en “De las muertes
posibles de William S. Burroughs”, confirma
el valor impersonal, ajeno y místico de la voz.
La
luz, falsa de los semáforos o de los carros como
en “Una camioneta no sólo es una sombra sobre
la carretera” o “Los lugares”, motivo
ciudadano de origen vanguardista compartido con
Carola Brantome, o real, representa claramente
en “Tengo una foto” la “relación de
amor” y dependencia entre el ojo, en este
caso de la cámara, y el objeto, aquí el mismo
autor como personaje fotografiado, ya evocada en
“Todas las oscuridades de la luz”. El
robo del alma del poeta, que en el poema que
sigue directamente “Tengo una foto”, y
que se titula “Procesión interior”, se
vuelve robo de lo pensado y lo escrito por los
lectores potenciales, evidencia, por todo lo
anterior expresado, el enajenamiento del joven
escritor de la luz, la de “la puerta de
Dios” y la gente cómoda en “De las
muertes posibles...”. Puerta de Dios en la
que se pudo haber estrellada el alma de
Burroughs, clásica puerta del paraíso abriéndose
para recibir a los muertos como los tímpanos
medievales, por oposición con la cerrada puerta
cuyo contenido se diluyera ante los ojos
abiertos de los espectadores en “Procesión
interior”, puerta de Dios también en
relación dialéctica con “Una camioneta...”,
cuya velocidad protege al conductor de los
incidentes de la vida contemporánea. Pero
también puerta divina cuya red de convergencias
hace eco a la mano de Dios de “Panfleto...”,
poema que sigue “Todas las oscuridades...”,
mano de Dios que labora como la del hombre que “dispersa
semillas/ sobre el surco./ La semilla toca(ndo)
tierra/ como esperma a óvulo”, mano, “ésta
que escribe”, que el poeta “sient(e)/.../...
igual/ a la mano que abre la tierra/ y toma
agua./ Aunque nunca hablaré de/ campesinas y
campesinos/ en primera persona”. Así aislado
del mundo terrenal en sus aspectos “cómodos”
et “incómod(os)”, el escritor está como “nihil
negativum” en espera de posibles realización
de su ser, mediante el amor, que en “No
retornable” “se vuelve mano” pudiendo
“venir con el viento/ y darme en la cara”.
La oposición entre el último poema, titulado “Digipuntura”
(¿recuerdo de las Punciones de Patricia
Belli?), de la penúltima sección, y el epígrafe
de Blanca Valera de la última parte, en la que
Valera evoca “la mano que cuenta a oscuras
los dedos de otra mano”, evidencia
perfectamente la desocialización del poeta
homosexual, oponiendo a la posibilidad de
compartir heterosexual de la mujer la
imposibilidad homosexual masculina de lo mismo,
de la misma manera que en "A José Coronel
Urtecho" a la acción de memoria del poeta
heterosexual con mujer se oponía el olvido como
imposibilidad de ser poeta del joven autor
queriendo ser mujer. El mismo título del poema “No
retornable” expresa la univocidad de esta
situación pasiva del Yo queriendo ser mujer. Y
el conjunto del poemario se dibuja entonces como
una búsqueda mística del amor posible, social y
personal, en una dicotomía cardeliana entre la
espera trascendental de un suceso y la realidad
bruta de los hechos (“Hora Cero” de 1960,
“Oración...”,...). En este sentido
probablemente, las ciruelas del final, objeto
que por su forma y su ser fruta se inscriben en
relación dialéctica con el trigo en la mano del
inicio, el trigo representando la soledad del
escritor privado del cuerno-falo que le es
inútil (ver la teoría freudiana del arte como
pulsión anal pervertida, o la tesis del
escritor-asceta de Georges Bataille), las
ciruelas la posesión compartida, o sea el ser
ofertándose, voluntariamente o no.
[tomado de Artefacto]
*especialista
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