La O por lo
redonda:
el ámbito poético
de Isolda Hurtado
Ramiro Argüello
Como lector crónico y sumiso de poesía no deja
de sorprenderme la pericia de Isolda Hurtado
para buscar y encontrar un tono y timbre
coherentes al servicio de su imaginario poético.
Resulta desusada esta carencia de vacilaciones,
ademanes o amagos. Al clausurar el lector
Silencio de Alas, aturdido se sorprende ante un
hecho consumado, un fait accompli ante el que no
quedó otro ardid que el asombro, el pasmo
numinoso, el silencio humillado ante el misterio
del ascua de la poesía.
Ocho segmentos o movimientos conforman Silencio
de Alas. En cada puerto sentimos el trasunto de
Isolda viajera. Pero espiguemos Mimo vestida de
negro: del barullo del mardi grass emerge un
fantasmal Arlequín de barrio. Un trasvesti
comparsa dentro de un lienzo de Watteau.
El pescador se impone una estética ajena, ya sea
por ejercicio literario o por homenaje familiar,
el poema resulta una imagen especular del mundo
literario y vital de Fernando Silva. El viejo
que llega obmubilado a la ribera lo conocemos
siempre: no es otro que el Comandante, el abuelo
de mi primo Fernando Antonio y bisabuelo de los
hijos de Isolda. Es el hombre del sombrerote, el
mismo que nunca presta su bote y mucho menos lo
alquila; ni yo lo uso. El camaleón poético
trasuda la sensibilidad del locus adonde arriba:
Caribe rezuma ritmos y cadencias antillanas con
ecos de Luis Palés y Emilio Ballangas.
II
La poesía no está conformada por el lenguaje, es
el lenguaje el que está conformado de poesía. Su
fin último: la elaboración de una máquina
autónoma. Esto resulta evidente en el segmento
Paisaje de fin de siglo, adjetivada por la
política de tierra arrasada, puesta en práctica
por el homo sapiens en las carnicerías y
degollinas y limpiezas étnicas e ideológicas que
jalonan la crónica del siglo. Y así no queda más
remedio que catalogar el poema Eco de obra
maestra: estamos ante uno de los tres mejores
poemas escritos por una mujer en Nicaragua.
A partir de cierto momento (comienzos de la
década de los setenta), leer poesía dejó de ser
una actividad placentera. Era como un repaso
interminable de láminas ginecológicas: un
ejercicio para seminaristas afiebrados o
valentudinarios de quijadas temblonas. Pero
afortunadamente contamos con aquel aculebrado
arco de rayos catódicos que va de la admirable
Yolanda Blanco a ese carbunclo ansioso que es
Blanca Castellón.
Y es en este aquí y ahora donde irrumpe Isolda
Hurtado. Labor ociosa de pedantes deviene el
rastreo y pesquisa de influencias en los
universos poéticos. Dejemos que sea la
oligofrenia post-modernista y descontructivista
la que se encargue de la hidrografía y marque el
curso y caudal de los ríos tributarios.
En Hurtado, la decantación verbal en síntesis
expresiva propicia los hallazgos felices.
Propongo dos versos:
corrugada de
acero
desafío tormentas
Aquí tienen un solo verso extraído de Desolación:
Una lágrima bifurca el pómulo agrietado
Todo poeta genuino transmuta la intransferible
experiencia biográfica en ideas y mitos. Isolda,
propietaria de un ajustado polígono galvanizado
de bipolaridad poética, gracias a su longitud de
onda consigue cabalmente la transubstanciación
en Fuga al corazón, locus que celebra los
jolgorios del amor conyugal. Esteparia gata,
sostenida en los dedos sabios del lector, no es
otra cosa que un camafeo parnasiano muy fin de
siécle.
III
Dueña de una expresión trabajada y ardua,
nuestra autora dota a la palabra de una energía
de expansión casi explosiva. Al cerrar Silencio
de Alas, el lector vigil encontrará al mundo
bruto súbitamente animado (la cafetera nos guiña
los ojos, la tostadora ondula sus pestañas, el
tenedor y el panecillo inician una contradanza)
en virtud de la empatía poética de Isolda
Hurtado: ella no escribe con sexto sentido, ella
escribe con un sexto, séptimo y octavo sentido.
[Publicado en La Tribuna. Página de Opinión.
Managua, Nic.; Jueves, 26 de agosto, 1999]
* Crítico de cine y literatura,
Médico-Psiquiatra, escritor (ensayo y narrativa
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