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Isolda
Rodríguez Rosales
Concierto Polifónico en Mil y una muertes
(novela de Sergio Ramírez)
Como escritor consagrado, Sergio Ramírez continúa las
búsquedas formales de sus novelas anteriores Castigo
Divino y Un baile de máscaras, en tanto este
nuevo relato ofrece una estructura similar a éstas. Con
Castigo Divino comparte la pesquisa de un personaje, su
identidad y posible culpabilidad en los hechos que se
relatan. Con la segunda, porque hay una forma de estructurar
el relato como un encadenamiento o “encaje de
micro-relatos”, ya que en esta narración no se cuenta sólo
una historia, sino que varias, incluido el episodio del
viaje de Darío a Palma de Mallorca.
En cuanto al contenido de la historia, Ramírez demuestra
nuevamente su interés por el personaje de Darío, figura
cimera de la literatura nicaragüense, abordado también en
Margarita, está linda la mar. Los microrelatos del
discurso narrativo se imbrican para darle forma a la
historia del relato, que otra vez, (recurso ya usado por
Ramírez) se sustenta en la historiografía, aunque sea de
manera parcial.
La historia
Inicia con el relato en primera persona, (homodiegético
intradiegético , según Genette), en la cual que el autor
cuenta que en su viaje a Varsovia en 1987 dio, de forma
accidental, con una exposición fotográfica titulada El
fotógrafo Castellón en Varsovia, en la que había fotos
dispares como la casa natal de Chopin en Zelazowa Wola, así
como de escenas de fusilamientos cometidos por la Gestapo.
De ahí nace el interés del autor por conocer quién era ese
fotógrafo de apellido Castellón.
A partir de esa curiosidad por el personaje-fotógrafo
Castellón se va estructurando la historia del relato, en un
juego intrincado de anacronías, con las que el narrador da
saltos temporales y espaciales y dan acceso a una voz
narradora de episodios que proporcionan la ocasión para
conocer las circunstancias en las cuales Castellón se
entrevista con el rey mosco Frederick I y acuerdan un
matrimonio entre Castellón y la princesa mískita Catherine.
De esta unión nacerá el personaje central de la historia. El
rey Frederick le ofrece su apoyo para que pueda negociar el
territorio para la construcción del canal, a cambio de que
él despose a su hermana Catherine, con lo que el país
quedaría unido.
En el siguiente
capítulo, el narrador vuelve a la época actual (1991) y al
introducirse como personaje en el relato, se convierte en
autor-narrador, que cuenta nuevamente en primera persona. Se
da un cambio de espacio y tiempo y el autor narra cómo
descubrió la casa del escritor Turgéniev convertida en una
suerte de museo; en el recorrido por la misma, el autor
halla una foto del cadáver de Turguéneiv, tomada, según
consta por el sello de agua, precisamente por el fotógrafo
Castellón. En este punto es donde los hilos de esta
intricada madeja comienzan a formar el tejido del relato.
Ramírez expresa “Y entonces supe, con alegría ... que volvía
a encontrármelo” (Ramírez, 2004: 96). Descubre otras
fotografías del mismo autor, dos de los funerales de
Turguéneiv y una pequeña de un grupo formado por el escritor
ruso, Gustav Flaubert y George Sand, posando al lado de un
cerdo.
Es la primera
alusión al cerdo, que reaparecerá al final, el cerdo,
considerado por algunas religiones como animal impuro,
simboliza lo sucio, lo vulgar, corriente, en oposición a
los cisnes darianos y modernistas y parece parte de la burla
que mantiene en toda la obra.
Las fotos se comportan como una ventana al futuro y el autor
imagina las circunstancias en que se tomaron y los posibles
hechos que ocurrieron. De tal suerte, el narrador afirma que
seguramente, la idea de tomarse la foto con el cerdo ganador
de un premio, habría sido de George Sand, la polémica
escritora francesa que dejó plasmada en su novela
Invierno en Mallorca su interés por estos animales. Pero
lo que interesa en este capítulo es la nueva pista que
encuentra el autor y que lo motiva a continuar su búsqueda
del fotógrafo Castellón.
En el capítulo siguiente, el narrador da un nuevo salto en
el espacio-tiempo y se da una analepsis de ciento cincuenta
años, pues ahora el relato se ubica en Paris, 1846 y la voz
que narra es otra: es una voz que cuenta cómo llegó su padre
(Castellón), ante Luis Napoleón, para presentarle los mapas
por donde pudiera construirse un canal que uniese el mar
Caribe con el Pacífico, pero se encuentra con la sorpresa
que Luis Napoleón es prisionero en la fortaleza de Ham,
hasta donde Castellón logra llegar con sus baúles repletos
de mapas y planos de la ciudad de León. El príncipe, después
de escuchar la propuesta de la construcción del canal, le
dice con entusiasmo: “El canal es suyo”, y Castellón: “He
recorrido medio mundo sólo para escuchar esas palabras”
(125). El príncipe le aclara que esta promesa podrá ser
cumplida sólo cuando él esté en libertad. Y así, entre
mapas, esferas y compases, fraguan un escape realmente
fantástico, en el recto sentido de la palabra.
A continuación hay otra anacronía y el narrador
homodiegético se ubica en Madrid y en esa oportunidad,
Ramírez se encuentra, en un puesto de libros viejos, casi
por casualidad, un cuaderno titulado El ojo maestro de
Castellón, impreso en 1915, que era realmente una suerte
de álbum de fotos del fotógrafo Castellón, y es en ese
momento que el autor se da cuenta que el fotógrafo que le ha
causado tanta curiosidad, es nicaragüense: “...nuestro
afamado artista de la cámara nació en el año de gracia de
1854 en León ... y a muy temprana edad, en 1870 llegó a
Paris becado por Napoleón III...” (Ramírez: 144) dice la
reseña biográfica del álbum, en la que además habla de la
amistad de Castellón con Máxime du Camp y el Conde Giuseppe
Primoli, éste último aficionado a la fotografía. También
averigua que Castellón fue quien fotografió a Rubén Darío
vestido de monje cartujo en el Palacio del Rey Sancho.
El relato avanza entre escollos anacrónicos, con sus juegos de cambios de
voces y espacio-tiempo. En el capítulo seis se deja oír
nuevamente la voz del hijo del fotográfo Castellón y es a
través de esa voz que el lector puede conocer el micro
relato de cómo la princesa mískita Catherine, llegó a León
en 1855, en medio de la guerra civil y la peste del cólera.
Armando las piezas, se retoma la otra microhistoria en la
que se habla del “acuerdo” entre el rey mískito Frederic y
Castellón, éste acepta casarse con la princesa Catherine a
cambio del apoyo del primero para negociar la construcción
del canal interoceánico, que le garantizaría su cargo como
Director Supremo (de Nicaragua, IRR). Ramírez aprovecha para
narrar la llegada de Byron Cole y William Walker, su
entrevista con Castellón. En medio de toda esa confusión,
Castellón regresa a su hacienda Palmira donde encuentra la
comitiva desaliñada de la princesa Catherine, que ha llegado
para casarse con quien su hermano le ordenó desde niña.
Castellón prácticamente viola a la mujer sobre unos sacos
viejos. Fruto de esta violación nace Castellón, el
fotógrafo, como se sabe más adelante.
En el siguiente capítulo “Pulgas del pollo asado”, se
encuentra otra vez al autor inmerso en el relato. Es el año
1997 y Ramírez se encuentra en Mallorca. Llama la atención
la audacia de introducir relatos verdaderamente
autobiográficos y que pasan a formar parte de la historia
del discurso narratológico: “Me quedé todo el mes de octubre
en Mallorca, decidido a hacer la última revisión de mi
novela Margarita, está linda la mar” (Ramírez: 199).
Curiosamente, el autor va siguiéndole la huella a Rubén
Darío y busca lugares donde él “empezó su fenomenal
borrachera”, en un claro deseo de desmitificar la figura del
más grande poeta nicaragüense. Describe su llegada a
Valldemosa, lugar que Darío visita por segunda vez en 1913,
(ha estado muy enfermo, según expresa el mismo poeta en
carta dirigida a Piquet, y acepta la hospitalidad de Joan
Sureda, quien le ha invitado a reposar en el otrora Palacio
del rey Don Sancho, en Valldemosa, ahora propiedad del
matrimonio Sureda).
Años atrás, la escritora George Sand había llegado en busca
de mejores aires para el célebre Chopin, datos que Darío
recoge en su novela El oro de Mallorca y donde la
narradora escribiera Un hiver á Majorque, a la que
alude Ramírez, citando largos pasajes, igual que hiciera
Darío en sus novelas La isla de oro y El oro de
Mallorca.
Todo este preámbulo sirve al autor para justificar otro
feliz hallazgo. También como producto de la “casualidad”, en
el archivo de Joan Sureda se encuentran las fotos que
Castellón tomó a Darío, vestido de cartujo y así, el autor
obtiene más datos del fotógrafo, como aquel que refiere que
éste perteneció al séquito del Archiduque Luis Salvador.
En el capítulo ocho la voz narradora es de nuevo la del hijo
del fotógrafo Castellón, quien cuenta cómo su madre, la
princesa Catherine quedó abandonada en la hacienda Palmira,
donde el padre no regresó después de la violación. El hijo
creció al amparo de un padrastro, a quien al cabo de los
años, le entregaron una carta del emperador Napoleón III,
dirigida a su padre ya fallecido, víctima del cólera morbus.
En ella invita a Castellón a viajar a Paris. Informado el
emperador de la muerte de Castellón padre, decide educar por
cuenta del estado a su hijo.
En este concierto polifónico, Castellón hijo cuenta cómo se
educó al lado del educador polaco don José Leonard, maestro
de la francmasonería, y quien consta fue maestro de Darío.
Nuevas alusiones a libros leídos por Darío y mencionados en
su Autobiografía, esta vez, atribuidos a Castellón,
hijo: “Con la recomendación de no mostrarlos a nadie, y
leerlos en soledad, me dio en préstamo libros que
entusiasmaron mi corazón de niño, Isis sin velo,
escrito por Madame Blavatski, la gran vidente rusa, amiga
íntima suya, La siete lámparas de la arquitectura de
John Ruskin, y La llama espiritista de Alan Cardec”
(Ramírez: 231) relata Castellón. Finalmente, en 1870 sale
hacia Francia para continuar sus estudios.
La misma voz narradora habla de su llegada a Paris, donde en
lugar de estudiar medicina, aprende el arte de la fotografía
al lado del conde Primoli, al encontrarse sin apoyo, por la
muerte del emperador. Ahora el lector, armando las piezas
del rompecabezas se da cuenta que esta es la voz del
fotógrafo Castellón, quien explica cómo perfeccionó el arte
fotográfico y su partida hacia Mallorca, donde el autor
encontrara las fotos que le tomara a Darío, vestido de
cartujo.
Curiosamente, la voz de Castellón menciona repetidas veces
que alguien lo anda buscando: “Aquel que me anda buscando
habrá podido iluminar hasta ahora algunos meandros de mi
vida, y tal vez llegue a saber sobre mí lo suficiente como
para saber los ardores de su curiosidad” (273) y más
adelante: “Quien me anda buscando habrá descubierto ya que
fui un fotógrafo mediocre “ (277). Extraña manera de darse
cuenta que en 1999 un escritor llamado Sergio Ramírez,
iniciaría una ardua labor detectivesca, que recuerda al
periodista Rosalío Usulutlán, en Castigo Divino,
siguiendo pistas, buscando huellas, para encontrar a un
fotógrafo que vivió en la época finisecular, contemporáneo
de Darío.
En el capítulo final, el autor quiere encontrar los últimos
detalles sobre la historia de Castellón. Una vez más, es su
voz la que narra: “La historia de Castellón, con sus
múltiples trampas y salidas que a estas alturas presentaba,
bullía en mi cabeza ahora más que nunca...” (288). Es así
que averigua por medio de una periodista que un nieto de
Castellón, llamado Rubén, (¿homenaje a Darío?) vive en la
misma casa de su padre y maneja una tienda de velas e
inciensos. El autor-narrador llega al Mandala Shop y
encuentra, entre otras cosas, cuatro fotografías: la del
cerdo campeón, la del cadáver de Tuguéneiv y la de la calle
Szreroki Dunaj, el día que la Gestapo asesinó Bonnin y
Teresa Segura. Hay una cuarta, desconocida para el autor, es
de unos músicos con los cráneos rapados que marchan tocando
sus instrumentos delante de un carromato. Son prisioneros
camino a la horca, le explica Rubén Castellón. Éste
esclarece una serie de enredos en los que se vio envuelto el
fotógrafo, quien finalmente murió de neumonía. Con estas
explicaciones concluye la historia, pero hay una serie de
microhistorias que han quedado imbricadas y muchas voces que
cuentan éstas microhistorias. Al final vuelve a aludir al
cerdo, como se dijo, considerado animal grosero y antítesis
de los cisnes cantados por Darío.
Hasta aquí la historia del relato.
El discurso polifónico
Pero, ¿cómo está contada esta historia? Lo que más llama la
atención es la polifonía, es decir, múltiples voces
ofreciendo información que se irá tejiendo hasta conformar
el tranzado del relato. En relación con la polifonía, el
teórico Bajtin, plantea que: “La pluralidad de voces y
conciencias independientes e inconfundibles, la auténtica
polifonía de voces autónomas, viene a ser la característica
principal”. Lo mismo puede decirse de esta novela de Sergio
Ramírez, ya que combina la pluralidad de conciencias
autónomas con sus mundos correspondientes, formando la
unidad del relato. (Bajtín, 1988: 16)
Las voces de este relato son múltiples, y no se limitan a
las de Ramírez- narrador y la de Castellón. Al iniciar la
novela, sorprende un texto titulado El Príncipe nómada,
firmado por Rubén Darío; es una suerte de crónica, similar a
las que escribió en esa época para La Nación y que
posteriormente se publicaran como España Contemporánea
y La Caravana pasa. En ella, el autor describe el
lugar y un extraño desfile del Archiduque Luis Salvador,
desfile que tiene mucho en común con el carnaval por los
estrafalario de las figuras. El texto tiene al final una
nota bibliográfica en que se afirma que el mismo fue
publicado en Orbe Latino, vo. 3, núm 3, agosto de
1907 e incluido en Páginas desconocidas de Rubén Darío,
y otros datos más que convencen al lector de la autenticidad
del texto en cuestión. Sin embargo, confrontado esta crónica
con la obra de Darío, puede comprobarse que es una
triquiñuela del autor. Pero lo importante en este caso es
esa voz que aparece al inicio de la novela.
Primordial en el relato es la “voz” del hijo de Castellón,
quien viaja a Paris para estudiar medicina. Su madre es
Catherine, la princesa y sobrino del rey mískito Frederick.
Esta voz introduce al lector en un mundo casi ignoto: el
reino mískito, la coronación de su tío en la iglesia
Anglicana de Kingston, las relaciones con los ingleses, y la
situación de Nicaragua en el período que Manuel Pérez y
Casto Fonseca se disputaban el poder. Castellón parece estar
muy bien informado de la situación política, menciona varios
hechos registrados por la historiografía oficial: la ruta de
los buscadores de oro hacia California, el naufragio de los
esclavos en 1652. Además, demuestra haber leído mucho, pues
tiene una cantidad de libros básicos en esa época: Cartas
Persas, Confesiones de Rousseau, entre otros.
Otra voz, subordinada a la del autor es la del traductor
Dominik Vyborny, que sirve como “mediador”, y permite que se
escuche la historia de Chopin. Se trata de una manuscrito
con las cartas del célebre músico, reunidas por Opienski.
Este escrito permite al lector conocer el lugar donde vivía
Chopin, cómo era su casa, sus temores, es decir, abre una
ventana a otro espacio-tiempo y que se constituye en un
hilo más de este entretejido.
Hay otro documento que le entregan a Sergio Ramírez, es una
carta y un plegable de la exposición que él visitara en
Varsovia. Este texto nos acerca a la voz de Rodaskowki para
sumar otros detalles sobre el objeto de la búsqueda del
autor: Castellón. La carta dice: “Castellon influyó mucho en
el desarrollo del arte de la fotografía, la cámara manual
para tomas instantáneas; y así mismo, retrató, para la
posteridad a célebres personajes de la literatura y las
ciencias” (44). Por medio de la lectura de la carta, Ramírez
se entera del itinerario biográfico de Castellón, se refiere
que de Francia pasó a Mallorca, luego a Varsovia, con su
hija Teresa Segura y su yerno Baltasar Bonnin. “Ellos
precisaban de un fotógrafo de fama internacional que tomara
los retratos ... recomendé a Castellón”, señala Rosakowki,
que es una nueva voz en la construcción de la historia, y es
a través de esa voz que se sabe que durante la ocupación
alemana en Polonia, Castellón fue a vivir al ghetto, con su
nieto Rubén Bonnin, que aparecerá vivo al final de la
historia. Asimismo, se conoce que Castellón recibió encargos
de la Gestapo para hacer varias fotografías para la campaña
antisemita.
Este recurso usado desde Cervantes, es precisamente
recomendado por Sergio Ramírez, como medio para introducir
una historia: “Tomemos el conocido anzuelo del
manuscrito rescatado, que el lector está dispuesto a
tragarse una y otra vez siempre que la carnada le resulte
atractiva, y a pesar de todo el uso, creíble” señala el
autor, en Mentiras Verdaderas (2000: 59) y
ejemplifica que la novela Les liaisons dangereuses
(1782) está escrita con base a un “atado de cartas” que
entretejen la historia. Ahora él emplea el recurso del
manuscrito, la carta, que se convierten en voces
multiplicadas, o sea, la multiplicación de la voz
narradora.
Igual pasa con el episodio de las fotografías, éstas le
sirven como genotexto o pretexto al narrador para crear otra
historia; por medio de este recurso, se origina una visión
estereoscópica que permite conocer episodio íntimos de
Turguéneiv, Flaubert, su enfermedad, George Sand y su amante
Chopin. En este punto es difícil reconocer quién habla: “Y
fue precisamente la muerte la que apartó a Flaubert de
aquella ocupación extenuante que consumió sus últimas
energías” o bien: “El fotógrafo les pide que avancen unos
pasos hacia la cámara. George Sand encuentra en el muchacho,
en cuyos ojos parece fulgurar una luz de ámbar, mucho del
talante de aquellos príncipes indígenas del Amazonas” (101_
102), en una de las pocas descripciones que se encuentran
del fotógrafo Castellón.
Los cambios de voces son abruptos: dos párrafos más
adelante, el narrador homodiegético, intradiegético dice:
“Desde la ventana del vestíbulo diviso a Peter y a Tulita
que me aguardan sentados en un banco de piedra al lado de un
cantero de la terraza” (103) Y luego, vuelve a las lectura
de las cartas de Turguéneiv e introduce una del escritor
ruso dirigida Flaubert, después, una carta que Sand le
enviara al príncipe Luis Napoleón (113).
Siguiendo a Oscar Tacca, se puede afirmar que es de la
relación conocimiento entre el narrador y sus personajes de
donde la novela extrae su mayor riqueza. “En cada caso es
posible encontrar modalidades particulares, innovaciones que
ensanchan el campo de las posibilidades narrativas” (Tacca,
1973: 107).
En estas modalidades, el autor incorpora un texto titulado
El fauno ebrio, atribuido al escritor José María
Vargas Vila. Igual que la crónica del inicio, el autor
indica los supuestos datos bibliográficos del artículo, pero
se trata de otro artificio, también sugerido por Ramírez, en
su libro Mentiras Verdaderas:
Y Rivera, por medio de sus procedimientos, se está riendo de
sus críticos. No sólo empieza con una carta que él mismo
firma, sino que el único epígrafe del libro es una cita de
una carta de Arturo Cova donde el mismo autor ha querido
retratarse, jugando con las trampas de la verosimilitud en
un alarde de virtuosismo que le permita ser irónico con sus
propias herramientas de trabajo.
(M.V: 67)
¿Trata Sergio Ramírez de retratar a Darío, empleando el
estilo de Vargas Vila? ¿Trata de reírse de sus lectores, de
sus críticos? Lo que se puede afirmar con certeza es que el
autor en sus novelas anteriores mantiene un tono irónico,
burlesco y con una gran dosis de humor. Lo valioso es que
este nuevo texto se convierte en otra voz, otra mirada sobre
Darío en este concierto polifónico.
En este momento, Sergio Ramírez se convierte en lo que Oscar
Tacca llama el autor transcriptor, con el empleo del recurso
de los “papeles encontrados”, pero éstos textos quedan
englobados dentro de la historia e intervienen influyendo en
los acontecimientos del relato. El mismo Tacca señala “Si
adoptamos el esquema de Jakobson,
destinador-mensaje-destinatario, (la novela, IRR) se
presenta como una escena, dentro del mensaje que el
destinador ofrece a la contemplación del destinatario:
dentro de esa escena vuelven a encontrarse
destinador-mensaje-destinatario” (Tacca: 57), recurso
empleado por Ramírez en este discurso narratológico y en
Un baile de máscaras.
Conclusiones
Para concluir, es importante recordar que el mundo de la
novela es un mundo lleno de voces, sin que una sola sea
real, sin que la sola voz real de la novela revele su
procedencia, sin embargo, todos las voces del relato
conducen a la única realidad de un lenguaje, de una voz: la
del narrador, que no tiene otra función que la de contar.
En esta novela, narrador y personaje se superponen, aunque
no se confunden. Este narrador debe saber contar,
porque se sabe que el carácter de una narración no consiste
en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta, y Ramírez
presenta el mundo como lo ven sus personajes.
En esta obra, Sergio Ramírez demuestra que sabe contar. No
importa si lo que dice es real o imaginario, si lo leyó en
un documento o si las fotografías eran verdaderas. Se
aprecia un relato escrito pensando en los artilugios de los
que el escritor puede echar mano, un virtuoso trabajo
escritural que mantiene el interés del lector, y eso es lo
que el narrador necesita. El discurso narratológico revela
el empleo de los recursos propios de la novela actual, tales
como el empleo del intertexto, ya que hay abundantes
referencias a obras y escritores de la literatura universal.
Citas, cartas, documentos ficticios o reales, todo ello muy
bien imbricado para lograr la unidad en la variedad textual.
La referencia más frecuente es a de Rubén Darío, que es un
tema que viene obsesionando al autor desde hace varios
años.
En palabras de Oscar Tacca “el milagro épico no es sino esa
polifonía de voces que escuchamos, unas a través de otras”.
Los personajes se han convertido en canales del discurso
narratológico; mas que el tema mismo han pasado a ser
fuentes de información que acercan al lector a los detalles
de la historia.
Para valorar este concierto polifónico, este laberinto de
voces, para lograr la salida de este laberinto no se puede
escuchar las voces aisladas, sino que comprender que como en
un concierto, todas las voces constituyen una sola. Dentro
de los micro diálogos, hay que descubrir el gran diálogo, la
historia total, contada con ironía, mucha dosis de humor y
excelente manejo estilístico.
Dejemos que el lector dialogue con el narrador y extraiga de
ello su monólogo, su voz, una nueva voz que quede inmersa en
el relato...
Bibliografía consultada
Bajtín, Mijail, Problemas de la poética de Dostoievski,
México: Fondo de Cultura Económica, 1988.
Fernández Ripoll, Luis M. Los viajes de Rubén Darío a
Mallorca, Barcelona: Ed. Terra Incógnita: 2001.
Ramírez, Sergio, Mentiras Verdaderas, México:
Alfaguara, 2001.
_____ Mil y una muertes, Colombia:
Alfaguara, 2004.
Vargas Vila, Rubén Darío, Barcelona: Editorial AHR,
1972.
Tacca, Oscar, Las voces de la novela, Madrid: Gredos,
1973.
[1] Al respecto
conviene señalar que existen tres versiones sobre
las circunstancias por las cuales Darío se vistió de
cartujo, pero la más aceptada es la que da mismo
poeta en la “Posdata, en España (1914), de su libro
La vida de Rubén Darío escrita por él mismo,
donde dice: Bajo la serenidad de la brisa
nocturna, evoco mis días de Mallorca, sobre todo el
de una tarde en que el poeta Osvaldo Bazil se empeñó
en vestirme como cartujo. (Darío: 283). No
obstante, no se sabe nada acerca de quién tomó la
foto. Libertad del escritor atribuírsela a este
fotógrafo Castellón.
[2] El escritor
Vargas Vila en su libro Rubén Darío, llama
“Cisne” a Darío: “los lagos en que bogó el divino
cisne, están en la nieve cándida” escribe, a la
muerte del poeta nicaragüense.
[3] Vargas Vila dice de Darío: “la belleza de aquel espíritu, era
toda interior y profunda, hecha de abismos y
serenidades” (Rubén Darío, 1972: 63)
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