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Isolda
Rodríguez Rosales
María Simona
Entré en la casa en medio de una penumbra impresionante. La
sala grande, desprovista de mobiliario, excepto por un par
de butacas de cuero, desnudas las paredes sin pintar. La
débil luz me obligó a entrecerrar los ojos para habituarme
un poco a la oscuridad. ¡Buenas noches, don Lucas!, saludé
con mi mejor sonrisa, que esperaba ganar la confianza del
viejo. Él estaba sentado en una silleta vieja y un poco
desvencijada al lado de una puerta, que debía ser la de su
dormitorio; se levantó y pude ver su figura flaca, un poco
tambaleante. Vestía pantalón y camisa caqui, la ropa gastada
pedía a gritos un repuesto. Al final de los pies, unos
zapatones ordinarios, sucios y también gastados. ¿Qué quiere?
me dijo en tono hosco. Se acercó a la luz y entonces pude
ver la cara flaca cubierta de piel macilenta, como adherida
a los huesos. Perdone, dije, busco a doña Simona. ¡Ya se
durmió! respondió mientras se dirigía hacia la puerta, dando
a entender que el asunto estaba concluido. Un poco asustada
por el aspecto del hombre, todavía me detuve un momento en
el quicio de la puerta para insistir: ¿Cree que puedo verla
mañana? ¿Para qué? No sea necia, aquí no se le ha perdido
nada, gritó, mientras ya empujaba la puerta para dejar claro
que la entrevista había terminado.
A la mañana siguiente, desde la ventana, estuve atisbando,
esperaba el momento que don Lucas se marchara para la finca.
Salió temprano con un morralito en la mano. Vestía la misma
ropa vieja de siempre y un sombrero de palma le tapaba la
cabeza de pelos desordenados. Esperé que llegara hasta la
esquina y subiera al bus, de los que viajaban hacia Condega.
Entonces, me crucé la calle. La casa era grande, construida
de ladrillos de barro y tenía un aspecto agradable. Nadie
podía imaginarse lo que se encontraría adentro. Tenía varias
puertas y ventanas que daban a la calle, pero sólo una
puerta estaba entreabierta. Empujé la hoja, segura de no
encontrar al viejo, pero con cierto reparo. Entré y saludé:
¡Buenos días! ¡Buenos días! ¿Está doña Simona? Hice la
pregunta como fórmula de rigor, porque estaba segura que la
mujer nunca salía. Una muchacha, extremadamente alta, con
aire tímido, me salió al encuentro: Mi mamá está en la
cocina, entre. Reconocí a la hija de don Lucas, se llamaba
Teodora. Tenía un aspecto asustadizo y la cabeza
desproporcionadamente grande, usaba el pelo corto y
despeinado. Pase, pase, insistió, pues me había quedado de
pie, mientras la revisaba de arriba abajo.
El humo que salía de una habitación me orientó hacia la
cocina, a la que llegué por un corredor estrecho. Al final
de éste, estaba una pequeña habitación, como dije, de donde
salía humo en cantidades excesivas. Desde la puerta vi a la
mujer echando agua sobre un trozo de leña, eso era lo que
provocaba la humareda. ¡Buenos días! ¿Se puede?, dije con
voz baja, mientras el humo espeso me llegaba hasta los
pulmones. Gruesas lágrimas comenzaron a salirme y el ardor
en los ojos se hacía insoportable. La mujer comprendió que
me estaba sofocando y salió al patio llevando el pedazo de
ocote en la mano, ya apagado. Lo colocó sobre una piedra y
se sacudió las manos. ¿Usted es la señora que vive en frente,
verdad? Sí, le contesté, me llamo Elba Moreno, a sus órdenes.
Traté de acercarme para darle un abrazo, pero ella
retrocedió. Pude ver su cara ennegrecida por el humo,
asustada y sorprendida. Verá, proseguí, como soy nueva aquí
en esta calle, quise venir a ponerme a sus órdenes. Le
pregunté a doña Nicanor, la dueña de la pulpería del lado,
por su nombre y el de su marido. Ella pareció no entender de
qué se trataba aquella visita y decidí ser más específica:
Como somos vecinas, quiero que si necesita algo, sepa que en
lo que pueda ayudarla, siéntase con la confianza... también
yo la buscaré si necesito algo de azúcar o... ¡Azúcar no
tengo! ¡no tengo nada que darle! me interrumpió con
brusquedad. Bueno, agregué, si necesita algo, si se enferma,
me manda a llamar. Salí sin perder el susto, pero un poco
triste por la respuesta de la mujer.
Pasó una semana. Ese sábado había cocinado arroz con leche y
pensé: tal vez si le llevo un poco, ella sepa que quiero ser
su amiga. Busqué una taza grande y la llené, espolvoreando
canela molida encima. Ya don Lucas se había ido a la finca,
así es que crucé el umbral con más confianza, esperando que
el dulce botara las barreras. Buenos días, mire qué rico
arroz le traigo, le dije, mientras le extendía la taza.
Pruébelo, insistí. Buscó una cuchara en una lata vieja de
avena molida y sin reparo, se llevó varias cucharadas a la
boca. Su cara se fue suavizando, mientras saboreaba el
manjar. Me llamó la atención que nuevamente estaba el trozo
de leña apagado en el patio, aún humeante. Entramos en la
cocina y pude ver el fogón de barro apagado y triste. Ella
observó mi mirada curiosa y dijo a modo de excusa: Es que
después de hacer el café, apago la leña para que no se gaste.
La pongo al sol para que se seque y así la puedo usar para
calentar los frijoles del almuerzo. Es que a Lucas no le
gusta que gaste en nada, añadió, a modo de confidencia.
El arroz con leche había logrado romper el hielo y si bien
doña Simona dejó claro que no podía ni prestarme ni darme
nada, porque no tenía, fue venciendo su timidez excesiva y
me confiaba, en voz baja, lo que sufría con la hija, “que
tenía ese mal en la cabeza”.
Una mañana de junio, llovía a cántaros. El ruido no me
permitió escuchar unos golpes en la puerta, pero sí oí una
voz que llamaba a gritos: ¡Doña Elbita, doña Elbita!
Asustada, abrí la puerta, ¿qué pasa? Era Teodora. Mi mamá,
está mal, dijo llorando. Cruzamos corriendo la calle y
entramos directo hasta el dormitorio. Aquí, me dijo la
muchacha, abriendo puertas. Sobre una tijera de lona, estaba
la mujer, con los ojos cerrados. Entre múltiples preguntas
respondidas en medio del llanto, logré saber que tenía una
fuerte hemorragia y que llevaba así varios días. Además, que
el famoso don Lucas no quería llevarla al médico, ni darle
para medicinas. “Me trajo unas hojas de altamiz, dijo que
con eso me iba a componer.” Como siempre, me preocupó mucho
la salud de la señora y sólo pude llevarle una miel de
jicote para que endulzara el té de altamiz. Sabía que era
bueno para dolores de vientre, pero ese sangrado tan
constante, tenía que significar algo más grave.
Ese día resolví hablar con don Lucas. Vencí el miedo que me
inspiraba y le dije: Fíjese que quiero llevar a su esposa
donde el doctor para que la revise. Quiero que le dé dinero
para la consulta y las medicinas. El hombre me clavó unos
ojos encendidos y furioso me respondió que de dónde iba a
sacar el dinero, si con costo tenía para comer. Pero vea,
insistí, usted tiene su finquita, algo podrá vender. Usted
está loca, ¡váyase! me ordenó.
Le pedí que me dejara entrar a la habitación para sobarle el
vientre a su mujer, y de mala gana, abrió su cuarto y se
metió, ignorándome. Entonces comprendí que no dormían
juntos. La habitación del lado era la de ella. Entré. Sobre
una mesita vieja, una candela lloraba sus últimas lágrimas.
La penumbra del cuarto me produjo una tristeza enorme. ¿Por
qué no enciende la bujía? pregunté. ¿Qué bujía? me dijo
ella, en un susurro, la única que hay, está en la sala.
Nosotros nos alumbramos con candela, si tenemos, me dijo. Le
sobé el vientre con aceite de almendras y le di a beber unas
pastillas que había conseguido con Lizette, hija de mi amiga
Marcia. Eran para parar el sangrado. Se durmió antes que la
vela terminara de consumirse y salí en puntillas del cuarto.
Un mes después la encontré en la pulpería comprando una
candela y media libra de azúcar. Me dijo que ya estaba bien
y que quería hablar conmigo. Así es que me fui con ella. Nos
sentamos sobre unos cajones de jabón, que estaban tirados en
el patio, debajo de un palo de jícaro. Comenzó a decirme que
ella creía que el hombre guardaba dinero en unos sacos. A
media noche lo saca a serenar, me dijo quedito. En el pueblo
se decía que don Lucas tenía mucha plata, pero nadie sabía
dónde. ¡Ayúdeme a buscarla!, suplicó. Le respondí que no, no
podía inmiscuirme en sus cosas privadas. ¡Tengo que llevar a
la Teodora donde el doctor, para que le saque agua de la
cabeza, hágalo por ella! Me fui a la iglesia, a platicar con
Jesús Sacramentado:
“Fijate Señor, esta pobre mujer, en esa miseria, y dicen que
el marido tiene dinero escondido.” Segura que el Señor
quería que ayudara a la buena mujer, decidí buscar el dinero.
Llegué a la casa muy temprano del domingo. Don Lucas barría
su cuartito con una gastada escoba de paja. Cuando me vio,
cerró rápidamente y juntando dos pesadas argollas, puso un
enorme candado y se sentó en la silla vieja, al lado del
dormitorio que no compartía con su mujer. Cuando el viejo
salió, comenzamos a buscar por todos lados: en los cajones,
en los chunches viejos y vacíos, sobre el ropero, debajo del
mismo. La búsqueda terminó rápido porque no había muebles ni
lugares donde esconder algo. Registramos camastros, ollas y
todo cachivache a la vista. ¡Nada! No entramos en el cuarto
del viejo porque estaba fuertemente enllavado.
Siempre que podía le llevaba algo a doña Simona: que pan,
que rosquillas recién horneadas, queso fresco, miel de
jicote y hojas para los cocimientos. Lo peor fue para la
guerra, porque todos pasamos necesidades, pero lo que
teníamos, lo compartíamos. Los días más duros los pasamos
donde Doroteo Castillo, hasta el maestro se fue con nosotros.
Allá estuvimos dos meses. Poco después de regresar, una
noche oímos unos gritos. Al rato llegó la muchacha: el papá
había muerto. Fíjese que cogió bronquitis, porque quería ir
a ver al Señor de Esquipulas, pero dijo que el pasaje era
muy caro y se fue en una moto, con un sobrino. El chiflón de
la carretera le cayó pésimo, dijo la mujer, entre lágrimas.
Sobre una cama, buena cama, creo que fue el único gusto que
se dio, yacía el viejo, se veía más alto y flaco, con la
piel amarillenta pegada a los huesos. Le rezamos “que Dios
tenga piedad de él”, lo enterramos. “Que descanse en paz, ¡Ameeeeeén!”
Pasados los nueve días, en los que no se encendió ni una
vela, la muchacha me dijo que ella sabía dónde guardaba el
dinero su papá, que una vez lo había visto, sin que él lo
supiera. Abrimos con reparo la puerta del cuarto, casi
esperando oír sus desagradables gritos. La muchacha levantó
el grueso colchón y debajo había cantidad de sacos de yute
repletos de algo. Los abrimos: era el dinero, ¡la guaca! Las
dos mujeres se abrazaron y echaron a llorar. Las consolé
como pude y les dije que al día siguiente lo llevaríamos al
banco.
Pusimos el dinero en depósitos a plazo fijo. Usted puede
vivir de los intereses, le sugerí. Las mujeres, habituadas a
vivir en la miseria, siguieron llevando la misma vida: con
una bujía triste, con un pedazo de leña que apagaban después
del café. Almorzando frijoles con un pedazo de queso y
usando la misma ropa vieja, cada día más deshecha.
Años después, doña Simona llegó a pedirme que la acompañara
al banco: no entendía qué era lo que pasaba con un cambio de
moneda. Fuimos, presentamos su libreta, la revisaron con
desconfianza. No puede retirar nada, le dijeron. Sólo le
quedan unos pesos, debido a la desmonetización...
La mujer lloraba, no entendía, ni yo tampoco.
La
Teodora se fue con un hombre, no la volvimos a ver. Dicen
que vieron a doña María Simona a la orilla de la carretera,
allá por Las Chanillas, estirando la mano en espera de un
pedazo de pan o de una moneda revalorizada.
[tomado de ANIDE] |