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Isolda
Rodríguez Rosales
Educación de
las mujeres en el siglo XIX
o la
construcción de la identidad doméstica
Introducción
Dentro del
esquema de la sociedad patriarcal, la mujer latinoamericana
ha permanecido subordinada desde la época colonial, época
que carecía de los más elementales derechos. La mujer debía
obedecer primero al padre, después al marido, y por último,
en caso de viudez, a los hijos. Su papel se reducía al
espacio del hogar, donde se desempeñaba como madre y esposa,
fuera de los “peligros del mundo”.
Con la
Ilustración aparecen las primeras ideas de igualdad y las
mujeres comienzan a alternar con los intelectuales de la
época, las mujeres de las clases subalternas se involucran
más en las actividades del pueblo, aunque no se perciben
cambios sustanciales en relación con su situación dentro de
la sociedad. Para la segunda mitad del siglo XVIII, se
produjeron importantes cambios, especialmente en Francia,
donde los pensadores abogaban por el acceso de la mujer a la
educación formal. Estas ideas llegaron a América gracias a
los escritos del P. Benito J. Feijoó que planteaba que si
bien la mujer era diferente al hombre, podía desarrollar
algunas habilidades artísticas y que para que pudieran
ayudar a sus maridos, era necesario sacarlas de la
ignorancia. De esta manera, la educación pasó a ser
considerada como necesaria, en tanto era preciso formar a la
mujer para que fuera mejor madre y esposa.
Sin embargo,
la educación reprodujo los valores, que dentro de la
concepción sexista, se consideraban válidos para la mujer.
Se concebía que ésta debía ser sumisa, obediente, recatada y
respetuosa. Su misión era ser una ama de casa eficiente,
atenta y cariñosa, anulándose así misma como ser, para
satisfacer las necesidades del esposo y los hijos.
En el siglo
XIX, la estabilidad de la familia giraba en torno a la mujer
que continuaba destinada al plano doméstico y de marginación
civil, debido a que carecían de derechos civiles y políticos.
Aparece el feminismo como movimiento social de nivel
internacional, pero no logra una respuesta adecuada. Según
Rosa Cobo, este siglo queda marcado por la ambivalencia,
porque por una parte, las mujeres se comprometen en luchas
por el sufragio, pero por otra, se da una fuerte oposición
misógina, con ribetes románticos.
Durante el
siglo XIX, en casi toda Latinoamérica, la educación se
limitó a enseñar a la mujer cómo administrar la casa y
solucionar todos los problemas de carácter doméstico. Se les
enseñaba a lavar, planchar y la crianza de los/as hijos/as.
En algunos casos, la elite impartió clases de adorno, que
contemplaban el estudio de: música, pintura e idiomas.
En
Centroamérica se discutió el tema de la educación de las
mujeres durante el Congreso Pedagógico Centroamericano
realizado en ciudad de Guatemala en 1893 y se concluyó que
era necesario proporcionar los recursos para su instrucción,
la que debía incluir educación física e higiene. Asimismo,
se llegó a la resolución que las mujeres eran capaces de
cursar las carreras universitarias, pero que no era
conveniente, por el momento impulsarlas a su estudio “y
antes bien se procurará prepararla para que desempeñe su
misión en el hogar”.
A este
congreso asistieron delegados de Nicaragua, por lo que estos
acuerdos fueron válidos también para este país. La educación
de las mujeres tomó mayor interés y lentamente, ellas
tuvieron más oportunidades de tener acceso a los centros
educativos, de manera que para fines del siglo XIX ya había
unas pocas mujeres que se desempeñaban en el campo de la
educación. Estos fueron los primeros pasos y las bases que
hicieron posibles que las mujeres comenzaran a salir de los
espacios privados e insertarse en los públicos, aunque de
manera tímida y sin mayores pretensiones de reivindicar sus
derechos.
Este trabajo
pretende reconstruir cómo se inició la educación de las
mujeres y las políticas educativas en relación con el rol
que ellas debían desempeñar. Se espera comprobar que la
educación de la mujer en Nicaragua, ha sido un proceso lento
y que en el siglo XIX, se consideraba a la mujer como esposa
y madre y su educación se pensaba en función del papel
patriarcal asignado por los educadores del momento.
I.
Educación de las mujeres, concepciones teóricas
Las ideas de
los ilustrados europeos tuvieron marcada influencia en
el
pensamiento liberal latinoamericano el que incidió en la
definición de un discurso que enfatizaba la importancia de
la educación de la mujer. Ya para la segunda mitad del siglo
XIX, los Estados liberales impulsaron la educación de las
niñas, como base de la formación de los futuros ciudadanos.
Uno de los ideólogos de la educación de mayor trascendencia,
fue Sarmiento, quien pensaba que las mujeres tenían
capacidades naturales para el magisterio y que era necesario
educarlas debido a la influencia que ejercían en la
juventud.
Sarmiento
creía que las ideas que los jóvenes pudieran adquirir en el
salón de clase “podían fácilmente venirse abajo en un
ambiente hogareño retrasado”.
Por lo
tanto, era necesario educar a la mujer para que fuera una
buena ama de casa; para ello había que enseñarles Economía
Doméstica, lo que les ayudaría a administrar mejor los
gastos del hogar, y economizar en las compras. La clase
incluía el estudio de preparación y conservación de
alimentos e higiene personal. También se incluyó la
educación física ya que se creía que con el ejercicio las
mujeres serían más sanas y tendrían hijos/as más fuertes.
Este modelo de enseñanza se puso en práctica en la mayoría
de los países latinoamericanos y Nicaragua no fue la
excepción. Los liberales definieron claras políticas
respecto a la educación de la mujer y que se derivaban de
los acuerdos tomados en el Congreso Pedagógico
Centroamericano. Nicaragua no tuvo educadores que se
preocuparan por darle a las mujeres una educación similar a
la de los hombres, sino que por el contrario, mantuvieron la
idea que era necesario formarlas para que fueran buenas
esposas y madres. Aún en los primeros años del siglo XX, el
currículo de las escuelas primarias y normales incluía el
estudio de las llamadas asignaturas “propias de la mujer” y
que consistían en el aprendizaje de bordados, costuras,
tejido de sombreros, planchado de ropa y en algunos casos,
los colegios de la elite ofrecieron clases de adorno tales
como piano, pintura, dibujo y tejido de ganchillo.
La sociedad veía a la mujer como un ser subordinado, así lo
plantea Teresa Cobo:
La posición
que ocupaba la mujer en la vida pública era un reflejo del
rol subordinado que tenía asignado en la familia. A las
mujeres, bajo criterios biológicos, se las consideraba
inclinada hacia las ocupaciones domésticas, a la crianza de
los/as hijos/as, y a procurar al hombre cuidados necesarios
para su descanso y comodidad en el seno de la familia.
La exclusión
de las mujeres de los espacios públicos, se basaba en los
estereotipos creados en torno a ellas, calificándolas de
bondadosas, virtuosas, y que vivían exclusivamente para
consolar al esposo y resto de la familia. Este aserto se
comprueba en un texto publicado en el Boletín Oficial que
señala:
La misión
de la muger (sic) en este mundo de dolor y de miseria, no es
otra cosa que la de un ángel de bondad, cuyo corazón,
rebosando de amor y ternura, derrama por todas partes los
dones posibles de su beneficencia. Ella es débil en algunos
aspectos; pero adornada de cuantos atractivos la naturaleza
quiso concederle para que pudiera llenar el fin benéfico de
su creación, ejerce una poderosa influencia en el corazón
del hombre y casi siempre decide su suerte y porvenir.
El texto prosigue exaltando las virtudes de la mujer quien
ejerce oficios nobles como la piedad y la misericordia. Se
le ve en los templos haciendo plegarias místicas o al lado
de los lechos de dolor, prodigando consuelo al enfermo. Este
pensamiento revela el concepto de la mujer débil, casi como
una niña, esto es, un ser inferior, al que era preciso
inculcar valores sólidos, porque ella podía influir en el
pensamiento de los hombres. Este es un concepto un tanto
contradictorio, porque al tiempo que se valora a las
mujeres por sus virtudes y belleza física, se ve en ella un
peligro inminente, por la “influencia poderosa” que podía
ejercer en sus maridos.
Con base al criterio de la mujer piadosa, la Iglesia fomentó
su participación en las Sociedades Católicas de Señoras, en
las que conseguían fondos para hospitales, orfelinatos y
cementerios, como fue el caso de la dama granadina Elena
Arellano. Efectivamente, en momentos de emergencia el
trabajo de las mujeres era indispensable, tal como sucedió
en 1867, que las señoras granadinas se organizaron para
atender a los enfermos víctimas de una epidemia de cólera.
Sin embargo, la participación de las mujeres en los espacios
políticos fue muy escasa y su rol siempre estuvo vinculado
con la religión católica.
II.
Educación de
las mujeres: la construcción de la identidad doméstica.
En Nicaragua,
durante la primera mitad del siglo XIX, la educación de las
mujeres fue muy elemental. Se enseñaba lecto-escritura,
aritmética y religión, ésta se desarrollaba en el espacio
privado del hogar, por preceptores contratados, obviamente
por los padres de las niñas de un sector privilegiado. En la
mayor parte de los casos, las mujeres de la elite recibían
una educación cuasi monástica, y dedicaban la mayor parte de
su educación a aprender elaborados bordados y tejidos. Se
partía de la idea de que la mujer debía permanecer con la
mente ocupada para no tener oportunidad a ideas “ociosas” y
nada mejor que el tejido para impedirles pensar.
En 1852 se
encuentra un curioso escrito en el Diario Oficial, en el que
se señala la poca importancia que se le daba a la educación
de las niñas, y además, el autor afirma que:
No se
consideran á las mujeres como una parte integrante de la
sociedad, ni han tenido madres, esposas y hermanas, ni hijos
que educar; se han imaginado quizá que eran los primeros
entes de una nueva creación; y que nunca se habían
relacionado con esta bella parte de la especie.
Sin embargo,
el mismo autor considera que las enseñanzas morales se
aprendían en el seno materno y que instruir a las niñas
equivalía a poner una escuela en cada casa. Esto demuestra
el carácter contradictorio y ambiguo del aserto, porque si
bien intenta una “defensa” de la mujer, pero mantiene su
espacio dentro del hogar, espacio idóneo para su educación.
No obstante,
alguna incidencia debió haber tenido el escrito porque ese
año, la Junta de Instrucción Pública del Departamento
Oriental, acordó establecer la enseñanza pública para niñas,
para lo cual se destinó una dotación de dieciséis pesos
mensuales para cubrir los gastos necesarios. La finalidad
era que las niñas aprendiesen los principios de moralidad y
religión y a administrar sus hogares; además, se esperaba
que ellas estuviesen en capacidad de transmitir estos
conocimientos a sus hijos e hijas, cuando fuesen madres.
En la
introducción de un decreto de la Asamblea Constituyente de
1858 se hace alusión a la necesidad de ampliar la educación
primaria y secundaria, para lo cual era necesario “desplazar
los recursos invertidos en las universidades” y así
establecer escuelas para las del “bello sexo”, que aún no
existían ni en las ciudades más importantes del país.
Llama la atención del calificativo “bello sexo”, lleno de
connotaciones sexistas y que denota que los hombres
consideraban a la mujer casi como un objeto decorativo,
haciendo alusión a su belleza física, sin tener en cuenta
sus cualidades intelectuales.
En 1868 se
publicó un decreto para promover la educación de las niñas,
creándose establecimientos especiales para tal fin. Los
planes de estudio establecían la enseñanza de economía
doméstica, labores de manos y otros ejercicios "que
convienen particularmente a la mujer". La creación del
espacio privado fue tan evidente que a las niñas se les
llegó a eximir de asistir a las escuelas, autorizándolas
para recibir la instrucción en casa.
En 1871 se reportan ciento una escuelas primarias, de las
cuales noventa y dos eran para niños y solamente nueve
estaban destinadas a educar niñas. La desproporción es
enorme y habla por sí sola. En estos centros asistían 3,871
niños y 532 niñas. De este dato se puede inferir que para
esos años el Estado no lograba atender de forma mínima la
educación de las mujeres. Aunque ya para 1891 las cifras
habían crecido tímidamente; el censo escolar revela que de
39,657 alumnos/as en edad escolar de los que se habían
matriculado en el sistema educativo primario, 20,278 y de
éstos 11,707 eran niños y 8,202 niñas.
Los gobiernos conservadores de los famosos “Treinta Años
Conservadores”, especialmente en los últimos años de
gobierno, mostraron interés por la educación de las mujeres
y consideraban que tal medida era indicador de progreso,
aunque sus conceptos sobre la mujer se basaban en los
criterios patriarcales, que visualizaban a las niñas como
seres impresionables. Ellos afirmaban que era necesario
educar a la mujer “porque su corazón delicado e
impresionable, se presta fácilmente a la corrupción, porque
carece de reglas de moralidad” y por tanto, puede
constituirse en mal ejemplo para la juventud “que tiene tan
pronunciado el instinto de imitación”.
La sociedad patriarcal ha asignado tradicionalmente a la
mujer características como la intuición, fragilidad e
impresionabilidad, atributos que la alejan de la capacidad
de razonar y la vuelven un ser sumamente vulnerable. Esta
visión se torna peyorativa porque considera que las mujeres
son personas incapaces de tener criterio o ideas propias y
lo que escuchen incidirá en una conducta que consideraban
inmoral.
En 1877 se publica una ley en la que se establece la
creación de escuelas de niñas, las que estudiarían
asignaturas “propias de la mujer”, asimismo, debía las
clases debía impartirlas una mujer. Esto demuestra que se
mantiene el concepto de la educación diferenciada y por
tanto, sexista.
En estas leyes, que reglamentan la educación primaria, se
señala que en las escuelas de niñas se enseñarán las mismas
asignaturas señaladas para las escuelas de varones, pero
había que añadirle la enseñanza de economía doméstica, obras
de mano “y otros ejercicios que convienen peculiarmente a la
mujer”.
Desde el momento que se señalan asignaturas que convienen a
la mujer, ya se determinan espacios públicos y privados,
estos últimos reservados para el ama de casa.
La creación
de estos espacios fue tan notoria que aunque se estableció
que la asistencia de las niñas a las escuelas públicas era
“generalmente” obligatoria, pero sus padres, guardadores o
encargados quedaban eximidos de mandarlas a las escuelas
siempre que comprobaran que sus hijas o pupilas recibían la
instrucción correspondiente en sus respectivas casas, o en
establecimiento privados, de manera que de acuerdo con la
ley, quedaban eximidas del salir del espacio privado y
recibir la instrucción en casa.
Al asumir el gobierno liberal de José Santos Zelaya, se
establece que en las escuelas de niñas se enseñarían “los
mismos ramos que en la de niños”, agregando los de labores
de mano, economía doméstica y jardinería. Asimismo, se
estipula que las escuelas de niñas se regirán por la Ley de
Instrucción Pública, “con las variaciones que el Poder
ejecutivo crea conveniente introducir en los programas de
enseñanza, atendiendo a las consideraciones especiales que
exige la esmerada educación de la mujer”.
En 1900, se publicó un decreto en el que se establece la
obligatoriedad de la enseñanza conocida como “Labores de
mano”, que es la misma versión de “Obras de mano”. El
decreto señala que “en atención a la importancia que tienen
las labores de mano en la educación de la mujer”, por lo que
se incorpora en los planes de estudio, una clase especial
de labores de mano “que se dará en las escuelas superiores
graduadas”.
Estas disposiciones permiten inferir que se estableció un
sistema diferenciado para las mujeres, introduciendo en el
currículo, el aprendizaje de asignaturas que contribuyera a
definir su identidad como futuras esposas y madres, para lo
cual debían aprender las tareas que la sociedad patriarcal
consideraba necesarias.
III.
Primeros centros educativos para mujeres
El historiador Jorge Eduardo Arellano señala que doña Elena
Arellano realizó un viaje a Guatemala en 1875 y allí
contactó y contrató a las Hermanas Vicentinas para que se
encargaran de administrar el Hospital San Juan de Dios en
Granada.
Es
posible que esa gestión haya tenido sus frutos porque en
1876 se creó la escuela “San Vicente de Paul”, en la ciudad
de León. Estaba a cargo de las religiosas conocidas también
como Hijas de la Caridad; el centro ofrecía instrucción
primaria para formar a las niñas “menesterosas”. La
enseñanza consistía en clases de moral, religión y labores
de mano,
esta enseñanza demuestra que no existía interés en que las
niñas se superaran, sino que lo que realmente se deseaba era
proporcionar una base moral que permitiese convertir a las
niñas en jóvenes obedientes y sumisas que pudiesen
desempeñarse en los servicios domésticos. Con todo, las
Hermanas de la Caridad desempeñaron un trabajo social
importante, porque básicamente se ocuparon de brindar apoyo
a las niñas de la clase subalterna.
La clase
oligárquica obviamente no deseaba que sus hijas asistieran
a los centros públicos y se preocuparon por fundar algunas
escuelas privadas, como sucedió en Granada y León. Así, en
1881 se autorizó la apertura de un Colegio de niñas que
funcionaría en el Convento La Merced, de la ciudad de León,
a solicitud de las “señoras” de esa ciudad. En otros casos,
sencillamente les pagaban instructoras que les enseñaran las
primeras letras en el refugio del hogar conservador.
En 1882 se
abrió el Colegio de Señoritas de Granada, por iniciativa de
una Junta de padres de familia, es el primer colegio
femenino fundado en Nicaragua, y estuvo dirigido por
educadoras norteamericanas. El centro tenía carácter laico,
lo que provocó una airada reacción de la sociedad
conservadora de Granada. Para 1887 este centro tuvo
carácter de Escuela Normal, es decir, su objetivo era la
formación de maestras primarias. En 1889 el centro atendía a
ciento diecisiete alumnas.
Del Colegio
de Señoritas, la educadora Josefa Toledo, pionera de las
ideas feministas en Nicaragua, opinó que el centro “puso los
cimientos de la enseñanza moderna, abrió nuevos horizontes a
la mujer nicaragüense libertándola del injusto tutelaje
intelectual en que yacía”.
Cabe aclarar
que el colegio de señoritas brindó atención a la elite
granadina y el aserto de la educadora Toledo de Aguerri es
un poco ingenuo, porque la apertura de un centro educativo
no representaba necesariamente la liberación del “tutelaje
intelectual”, pero sí, es evidente que constituyó un paso
importante en la educación de las mujeres. En este colegio
estudiaron las que posteriormente fueron desatacadas
educadoras como la misma profesora Toledo.
Es importante
destacar el papel de la señora Elena Arellano, dama
perteneciente a la oligarquía conservadora granadina y quien
se preocupó por la educación de la mujer, aunque vista ésta
desde su perspectiva de clase. Así, a la par que mantenía
de su propio pecunio una Casa de Huérfanos con escuela de
Artes y oficios, gestionaba la apertura de un colegio
religioso para las hijas de la oligarquía.
A finales del
siglo XIX la señora Arellano había realizado múltiples
gestiones para abrir un centro de educación regentado por
religiosas. Debido a su tesón, en 1891 llegó a Granada la
madre Francisca Cabrini superiora de las “Salesas Misioneras
del Sagrado Corazón”, con la intención de abrir un colegio
para señoritas y poco después se instaló el colegio, con la
ayuda de doña Elena, con el nombre de Colegio de “La
Inmaculada”. Para el año siguiente ya existe un reporte del
trabajo realizado por las salesianas, que señala el interés
“especialísimo que las religiosas misioneras prestan a la
educación de las niñas...”. Se impartía Historia Sagrada,
Religión, Ciencias Naturales, Gramática, Aritmética,
Caligrafía, Historia Patria y Economía Doméstica.
Sin
embargo, este centro tuvo corta vida: duró sólo tres años y
en 1894, con el decreto de la educación laica, las
religiosas salesianas fueron expulsadas, durante el gobierno
liberal.
El Colegio de
la Asunción fue fundado en el mes de noviembre de 1892,
durante la presidencia del Dr. Roberto Sacasa. Las
religiosas abrieron este centro para “ofrecer a los padres
de familia los medios para dar a sus hijas una educación
profundamente religiosa, unida a la instrucción y
conocimientos que hoy exige la buena sociedad”. Al contrario
de lo sucedido con las religiosas del Colegio de “La
Inmaculada”, estas monjas siguieron trabajando durante el
gobierno liberal y en 1902, Zelaya concedió autorización al
colegio para que extendieran diplomas de Maestras de
Enseñanza Superior.
Este centro
era también privado, por tanto no estaba al alcance de las
clases populares. En él se impartía francés e italiano,
cultura francesa, labores de mano, piano, música, dibujo
óleo, acuarela, elaboración de flores artificiales
Se puede
apreciar que esta educación no atendía prioritariamente la
formación intelectual, y que el currículo que se ofrecía
daba mayor peso a una educación de salón. Las mujeres
graduadas con esta formación, seguramente serían excelentes
amas de casa que podrían deleitar a sus invitados con
interpretaciones musicales, elaborarían primorosas flores
artificiales, pasarían sus ratos de ocio pintando acuarelas
y podrían enseñarles a sus hijos a ser corteses y educados y
quizás hasta responder oui madame. Los criterios
educativos continuaban siendo sexistas.
La misma doña
Elena Arellano realizó gestiones en El Salvador para que las
Oblatas del Sagrado Corazón, fundaran un colegio para
señoritas. La gestión tuvo resultados positivos y en 1904
las religiosas de origen francés, establecieron el colegio
Nuestra Señora de Guadalupe, en la ciudad de Granada, el
centro ofrecía educación primaria y secundaria y funcionaba
en la casa de la educadora Arellano.
La revolución
liberal de 1893, mantuvo una política conservadora en
relación con la educación de la mujer. Las mujeres que se
formaron, lo hicieron como educadoras, porque según los
liberales, la mujer tenía dones especiales para tratar a los
niños/as, de modo que se mantiene la separación de roles. A
pesar que el Congreso Pedagógico Centroamericano (Guatemala,
1894) concluyó que era importante educar a la mujer, pero
sólo en tanto futuras madres, y si bien reconocieron que la
mujer tenía aptitudes para estudiar una carrera
universitaria, se acordó que era mejor "persuadirla" de
quedarse en casa, y por tanto, ninguna tuvo acceso a la
universidad.
Para
finalizar el siglo XIX el plan de estudios contemplaba
asignaturas especiales para las niñas, como labores de mano,
economía doméstica, esta última ya estaba incluidas en los
planes anteriores. Ahora se añade el estudio de jardinería.
La clase de economía doméstica comprendía el estudio de
cocina, condiciones de salubridad de las habitaciones,
limpieza de utensilios de cocina, deberes de una ama de
casa; misión de la mujer en el hogar doméstico, arreglo de
la ropa blanca, lavado y planchado de la ropa; limpieza del
piso y conservación de muebles.
La clase de
labores de mano se impartía una vez por semana, desde primer
grado, nivel en el que se les enseñaba cómo hacer una
bastilla, hilván y dobladillo. En tercer grado se les
enseñaba cómo hacer pespuntes, tejidos, bordados sencillos y
costura de pequeñas piezas. En cuarto grado se añadía la
clase de trabajo manual, que en el caso de las niñas
consistía en el aprendizaje de dibujo y corte de patrones de
camisa para hombres. Por su parte, los varones estudiaban en
esta misma asignatura, Xilografía y Estereotomía. En quinto
grado, las niñas aprendían a dibujar patrones para vestidos;
tejidos con aguja metálica; “zurcido cruzado y de medias” y
cómo hacer ojales. Ya en sexto grado, debían aprender a
cortar y coser vestidos, dobladillos y bordados.
Las niñas no
recibían instrucción cívica porque la constitución no las
consideraba ciudadanas. Esta clase la recibían sólo los
niños. Por su parte, las niñas debían recibir “Jardinería”,
que comprendía el cultivo de las plantas de adorno,
enfermedades de las flores, insectos perjudiciales y modo de
destruirlos, riegos, elección de semillas, cultivo de
plantas acuáticas y mantenimiento de un jardín.
Claramente se
aprecia la elaboración de un currículo diferenciado:
mientras los niños tenían oportunidad de acercarse a una
instrucción científica y el estudio de la Constitución
patria, los derechos de los ciudadanos, las leyes y las
formas de gobierno del país, las niñas eran educadas para
reafirmar su identidad como futuras amas de casa, donde
tendrían que poner en práctica sus conocimientos de economía
doméstica, jardinería labores de mano, si querían ser las
perfectas madres y esposas, que era lo que la sociedad
patriarcal esperaba de ellas.
En relación
con la diferencia de programas, la profesora Toledo hizo
fuertes críticas a los ministros de la época: “...el último
Ministro a quien hablé me dijo bromeando: “si las mujeres
son ilógicas de nacimiento a qué el estudio de la filosofía?”
A lo cual contesté yo: y sin embargo tienen la suficiente (lógica)
para soportar el yugo”.
Este planteamiento revela el pensamiento propio de la
sociedad androcéntrica, que ha considerado a la mujer como
un ser sin capacidad para razonar y carente de lógica, en
menoscabo de sus capacidades intelectuales, en este caso,
que no les permitía el estudio de la filosofía. En síntesis,
eran los ministros de instrucción y sus asesores los que
decidían qué estudios podía realizar una mujer.
En las
cabeceras departamentales existían escuelas separadas para
niñas y niños. Sólo en las zonas rurales funcionaron las
escuelas mixtas, que fueron prohibidas en los años
1910-1930. Esto permite inferir que el sistema educativo,
aún hacia fines del siglo XIX, no había cambiado mucho su
concepción sexista de la educación de las mujeres.
En 1907 se
fundó la Escuela Normal de Señoritas y tuvo como directora
a la profesora Josefa Toledo, aunque antes ya se otorgaba
el título de maestras, a las mujeres que estudiaran en el
Colegio de Señoritas y realizaran estudios complementarios
de pedagogía. La apertura de la Escuela Normal significó un
paso importante en la carrera magisterial, porque se
elaboraron programas especiales que contemplaban el estudio
de pedagogía, y psicología. Es también el primer centro
estatal que ofreció una formación intermedia para las
mujeres y muchas de ellas tuvieron la posibilidad de
conseguir becas para estudiar en este centro.
Las mujeres
no tuvieron oportunidades de realizar estudios
universitarios y las que pudieron tener acceso al Colegio de
Señoritas, Granada y la Escuela normal, se formaron como
maestras y esta fue la única profesión que pudieron ejercer
aún hasta avanzado el siglo XX.
IV.
Conclusiones
La atención educativa para las mujeres, en Nicaragua se
inició en forma lenta y tortuosa. Durante la mayor parte del
siglo XIX, la educación estuvo a cargo de instituciones
privadas, especialmente en el nivel intermedio. Las mujeres
no tuvieron acceso a las universidades y aún cuando se
consideraba que eran capaces de estudiar una carrera
universitaria, se optó por mantenerla en el espacio privado
del hogar. Las mujeres nicaragüenses, durante el
siglo XIX y parte del XX, fueron educadas para cumplir con
el papel de esposa y madre, olvidando sus propias
aspiraciones y talentos.
Se definió un currículo que tenía como objetivo reforzar la
identidad de las mujeres como amas de casa, madres y esposas
abnegadas. Para ello, se incluyó el estudio de asignaturas
que llamaron “propias de la mujer” y que consistían en
aprender cómo administrar la economía del hogar con
eficiencia. En los centros privados, especialmente de
carácter religioso, se reforzó este concepto, añadiendo
clases de adorno, como piano, pintura, dibujo e idiomas
extranjeros.
La única carrera que se ofreció a las mujeres fue el
magisterio, partiendo del concepto de que las mujeres, por
ser más sensibles, tenían grandes cualidades como educadoras.
Este fue la única oportunidad que las mujeres tuvieron para
salir del espacio privado donde la habían consignado los
criterios de la sociedad patriarcal.
El Estado solamente brindó atención en el nivel primario y
las estadísticas demuestran que el número de mujeres que
asistía a las escuelas era inferior al de los varones. La
educación secundaria fue un privilegio de las hijas de las
clases de la elite, debido a que eran privadas y además,
sólo existieron tres colegios, uno de los cuales fue cerrado
en 1892. La cobertura que estos centros podían ofrecer era
mínima, pues se limitaba a las ciudades más importantes
desde la época colonial, a saber: Granada y León. De tal
suerte que las hijas de las clases media y subalterna, no
tuvieron oportunidad de recibir una educación mínima.
A
inicios del siglo XX se creó la Escuela Normal, primer
centro educativo estatal que ofreció la carrera de
magisterio y que estuvo al alcance de la clase media. Esta
escuela estuvo a cargo de la educadora Josefa Toledo,
primera mujer en luchar por el sufragio femenino y la
reivindicación de las mujeres, demandando mejores
oportunidades para su formación.
La educación de las mujeres se concibió de manera
diferenciada, en colegios separados, con programas
diferentes que tenían como objetivo reafirmar su identidad
como esposas y madres modelos. No obstante, la creación de
los pocos centros mencionados, constituyeron la base para
que las mujeres tuvieran la oportunidad de ingresar
posteriormente en el bachillerato y la universidad. El
avance ha sido lento y difícil y en la década de 1920, las
mujeres tuvieron la opción de estudiar otras carreras como
Contabilidad, Mecanografía, Estenografía, Enfermería, pero
que aún están consideradas propias de las mujeres. Su
ingreso a la universidad ha sido un “fenómeno” propio de los
años cincuenta y sesenta, cuando tímidamente ingresaron en
carreras de humanísticas y derecho.
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