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Jorge Eduardo
Arellano: poeta ante todo
Carlos Alemán Ocampo*
Toda biografía es importante como referencia,
pero cada hombre en su vida tiene facetas,
aristas, espacios, orbes, urbes que lo definen,
que lo amplían, lo disminuyen o lo engrandecen
en su esencia humana, en sus posibilidades
intelectuales y en sus determinaciones como
hombre de todos los días. Estuve releyendo “La
entrega de los dones”, el último libro o la
última edición de la poesía de Jorge Eduardo
Arellano y quise compartir algunas emociones que
surgen de su lectura. No quiero hablar de su
biografía, sino de Jorge Eduardo Arellano, el
poeta.
La inquietud de la muerte, la evocación apacible
de la infancia, el amor hogareño, el historiador,
todo toma su cauce en la poesía.
“Tengo mi proyecto de infinito, o tal vez de
inmortalidad, porque trascender la muerte es, en
esencia, el destino de la poesía”, dice Jorge
Eduardo en la nota de entrada a esta edición y
en el primer poema, ese sentido de la
trascendencia lo marca la pregunta “¿Qué cómo
fui o creí que era?”. Es el inicio de su
autorretrato y todo autorretrato es la entrada a
la introspección, a la búsqueda de los amplios
mundos interiores, el viaje a la intimidad, a
las ansiedades, a las declaraciones de las
urgencias vitales “...insaciable de cariño” o
más adelante “amador de tardes melancólicas, de
lacustres y marítimos sitios, viajero del aire
infatigable, cada vez temeroso ...experto
navegante por los insondables mares de la
imaginación”.
Esa navegación, esa sed de infinito es la
búsqueda constante por llenar la vida de
acciones y de ilusiones. Y, como toda ilusión de
trascendencia mantiene como presencia inevitable
a la muerte, Jorge Eduardo se aferra a la tierra,
a la intimidad de la tierra, el seno de la
tierra acogedora:
No te sorprenda en los aires
ni en las aguas.
Sólo en tu tierra.
No encuentres su rostro en el extranjero
ni en clima desconocido
sólo en tu verano.
No caigas en sus garras
durante la cosecha.
Sólo durante la sequía.
En la primera estrofa se mueven los cuatro
elementos de la base de la vida, de la
existencia, de los griegos: aire, agua, tierra.
Arellano no menciona el cuarto: el fuego. Porque
es un fuego que se trasluce y se identifica con
él mismo, él es fuego para asumir la tierra,
pero este final está condicionado a un momento
de la historia que enfrenta la muerte:
Es decir cuando su obra haya trascendido, pero
una trascendencia cristiana, dirigida al prójimo,
el objeto de la cristiandad, precepto de la
doctrina: Ayuda a tu prójimo, da de comer al
hambriento, vestir al desnudo, dar un lenguaje
para la manifestación de la conciencia, de la
presencia, de la trascendencia. Una existencia y
trascendencia cristiana.
Abrir rutas y espacios es a veces una misión
compleja para un poeta, no por carecer de ellas,
sino por las perspectivas esenciales de la
poética, en los poetas. El ojo de los poetas ve
entre las sombras, ilumina los espacios y
descubre las rutas, sólo al poeta le es dado
navegar por estas “rutas de las estrellas”, que
no son precisamente la realidad espacial, sino
las posibilidades de los mundos interiores que
existen en ebullición en cada poesía, en cada
momento poético. Sólo al poeta le es dado el
descubrirlas y compartirlas.
Y por supuesto entre las rutas hay algunas que
se dirigen hacia sí mismo o hacia sus recuerdos,
dichos con un lenguaje directo y brioso,
formidable y apasionado, con un lenguaje poético
que viene de la más fina estirpe de la poesía
nicaragüense iniciada por Rubén Darío y
continuada por Salomón de la Selva:
Cuando tu cara florida sea como pasa seca
y tus mamalias cuelguen como porras sarrosas,
cuando tus enérgicas piernas estén presas e
inválidas,
pensarás tardía y achacosa y estéril:
“En vez de galopar por el mundo como yegua en
celo,
me hubiera entregado sólo al poeta que me amó”.
Lo inevitable de la muerte y sus delirios. Esa
presencia constante de la negación de la vida,
es una nostalgia para quien se sabe donador de
dones, para el que siente trascendido, para
quien cualquier angustia la convierte en poesía.
En poesía prístina, transparente, sin dobleces y
sin temores:
Lo que no queremos recordar
es que algún día no lejano nosotros seremos esos
muertos
y aquellos a quienes de alguna manera dimos
nuestra vida
vendrán en noviembre, el mes de los muertos,
a rendir el culto que profesarán a nosotros sus
muertos.
Luego el optimismo del amor envolvente, total,
Consuelo:
Yo no conocí el cielo,
sólo una de sus hijas
la mejor de mis amigas,
lo mejor de mi anhelo:
La muchacha que conmigo dormía,
la muchacha que conmigo vivía.
Pasado el tiempo, cuando todo esto sea un
recuerdo Jorge Eduardo será inevitablemente
citado por su amplia obra, pero recordado,
querido y presente a la distancia del tiempo por
la poesía. La poesía es la esencia trascendente
del hombre, pero la verdadera poesía, como la
poesía de Jorge Eduardo.
*narrador y crítico nicaragüense
[tomado de "La
Prensa LIteraria", La Prensa] |