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El ABC
rubendariano
Jorge Eduardo Arellano
Desde que en 1964 Carlos Martínez Rivas anunciara su "Diccionario
mitológico dariano" -que nunca concluyó-, no se
ha elaborado una obra similar como la titulada
"Para leer a Rubén Darío" de Armando Zambrana
Fonseca, pensando en un destinatario: la
juventud actual que desconoce el vocabulario
culto y cultista de la vasta cultura babilónica
de nuestro gran poeta. Tan sólo el dariísta
granadino Alejandro Hurtado Chamorro desarrolló
el tema mitológico con su obra premiada en el
centenario natal de Darío, pero su investigación
está marcada por un eruditismo destinado a
especialistas.
Por eso considero muy útil, y no sólo para estudiantes de
secundaria, esta guía de Zambrana Fonseca; de
leerse, se hará más comprensible la poesía de
Darío y más admirable el genio de su creador.
Pero Zambrana Fonseca limita su trabajo,
ordenado alfabéticamente, a tres libros: Azul...
(1888, 1890, 1905), Prosas profanas (1896) y
Cantos de vida y esperanza (1905), a saber: el
juvenil y catapultante de su período chileno, el
virtuoso y renovador de su período argentino y
el cimero e intimista de su etapa europea. Sin
embargo, bastan para rendirnos cuenta de la
evolución poética de su autor.
Esta se inició en Azul... con una visión objetiva de la
realidad natural, avanzó en Prosas Profanas,
utilizando Darío el lenguaje como vehículo de su
cosmovisión; y culminó en Cantos de vida y
esperanza: resultado de una tarea poética como
instrumento de reflexión, enmarcada dentro de su
concepción metafísica del mundo. Veamos,
concretamente, los aportes de cada uno de estos
tres libros esenciales de la historia literaria
en lengua española, mejor dicho, en el contexto
del movimiento modernista que tuvo en Darío la
voz más alta, profunda y ecuménica.
Así, observemos que en Azul... la representación sensible del
mundo no es la sombría y maligna del
romanticismo, sino una nueva, enérgica, luminosa
y natural; una visión objetiva -"el contacto
vivo con el objeto", apunta Ángel Rama- que no
prescinde del subjetivismo inseparable del ser
humano. Sin embargo, para el yo, el mundo se
hace familiar y propio. Por eso el gran poeta,
en el prólogo a El Canto Errante (1907) afirmará:
"He cantado, en mis diferentes modos, el
espectáculo multiforme de la naturaleza y su
inmenso misterio".
También en Azul... el concepto del poeta será distinto del de
los románticos: cantor abatido y elegíaco, titán
en desventura ("hombre montaña encadenado a un
lirio") y titán-mártir que renuncia a su propia
aflicción para sufrir el dolor de los demás (imagen
que aún se halla en el cubano José Martí y en el
mexicano Salvador Díaz Mirón, por lo cual no
resultan totalmente modernistas). Ahora, el
poeta es asociado por Darío al concepto que se
tiene del trabajo, de la profesionalización del
artista y de la búsqueda y encuentro de un nuevo
lenguaje. Un lenguaje renovador, desde luego, a
partir de los recursos siguientes: "atención a
la melodía interior, que contribuye al éxito de
la expresión rítmica; novedad de los adjetivos;
estudio y fijeza del significado etimológico de
cada vocablo, aplicación de la erudición
oportuna, aristocracia léxica..." (Historia de
mis libros).
Pero la teoría modernista de la poesía de Darío se manifiesta
plenamente en Prosas Profanas y otros poemas. En
este libro cardinal, si bien la poesía es
ocupación -oficio, disciplina- en el lenguaje,
es también visión totalizante de la realidad
física y preocupación metafísica. "La renovación
del estilo -observa el crítico boliviano Óscar
Rivera Rodas- se realiza tanto al nivel de
expresión como al nivel de contenido". De ahí
que la errática afirmación de reducirlo a una
dimensión formal y estética. Y agrega Rivas
Rodas: "Estética y ética, la nueva poesía no es
sólo consecuencia de elaboración lingüística
señalada por el poeta... la poesía ahora es
enfrentamiento con el mundo desde la dualidad
platónica que abarca el mundo intelligibilis y
sensibilis". En otras palabras, la cosmovisión
de Darío reconoce el mundo sensible de las cosas
-captadas por los órganos sensoriales-- y el
mundo inteligible de las mismas, aprehendido por
la reflexión.
Desde esta perspectiva, Darío descubre en Prosas Profanas...
dos estructuras: una fenoménica que refleja las
manifestaciones sensibles y otra profunda
relativa a la inmanencia de las cosas. En este
sentido, su escritura muestra un discurso de la
imagen (sensorial y descriptivo de los objetos)
y un discurso de la idea (nocional, reflexivo,
de juicio sobre la esencia de los objetos),
porque la función de la poesía consiste en
lograr la armonía entre la realidad sensorial y
la realidad intelectual.
O, dicho con los términos del propio Darío, la palabra
poética debe reflejar en su unidad del verbo e
idea la perfecta correspondencia de la forma y
el ser vital de las cosas. Reconoce, no obstante,
que esto no siempre es posible, puesto que la
esencia (el ser inmanente) de los objetos se
muestra generalmente como enigma. Tal es el
enunciado fundamental del volumen de 1896, cuyo
poema más representativo no es otro que el "Coloquio
de los Centauros":
...Las cosas tienen un ser vital: las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de cada árbol canta su propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar.
Con igual intensidad, la concepción del mundo y el concepto
de poesía de Darío se plasma en Cantos de Vida y
Esperanza (1905). Por tanto, no existe -como se
ha divulgado- una ruptura entre ambos hilos
conductores. Lo que sucede en esa obra es que su
vertiente reflexiva resulta más honda que la
imaginativa porque la cifra, el ser que
encierran las cosas, es enigma. A este respecto,
el poeta español José Moreno Villa contabilizó
en Azul..., Prosas Profanas y Cantos de Vida y
Esperanza el pronombre, el sustantivo y el
adjetivo más utilizado por su autor, llegando a
la conclusión que eran, respectivamente "yo", "misterio"
y "divino"; con lo cual formuló esta ecuación:
Yo=Misterio divino. O sea: uno de los leitmotivs
básicos del mundo poético rubendariano.
De esta manera, en Cantos de Vida y Esperanza la poesía
adquiere una función epistemológica, pues se
convierte en instrumento de conocimiento. El
volumen de 1905 consolida la teoría poética de
Darío a través de una mayor preocupación por
hallar el sentido de la existencia humana, de su
desconcierto angustioso y desencanto de no poder
asumir la referencia perfecta a través del
lenguaje poético, de su nuevo concepto de poeta:
el poeta cogitante ("Ay triste del que un día en
su esfinge interior /pone los ojos e interroga!
¡Está perdido!"). Tal fue la nueva imagen que
implantó dentro del desarrollo de la lírica en
España y América.
[tomado de Ideay. net] |