Juan Aburto: como salido de sus propios cuentos...

por Raúl Elvir

Le conocí cuando se aparecía por la casa del poeta Ernesto Gutiérrez aquí en Managua, aguzado el rostro, pulcramente vestido, de sombrerito “arriscado” camisa manga larga, abotonado el cuello -con o sin corbata- y unos zapatos que se acomodaban de tal manera a sus pies, que era como si anduviera sin zapatos, pues no hacían ruido del todo y además le daban una increíble facilidad para caminar, trepar, pegar saltos y otras tantas cosas más que ahí se verán.

Eran los días en que Ernesto y yo batallábamos con las matemáticas para cursar el primer año de ingeniería (1946). Ernesto vivía en una casa grande, alta, de dos pisos; quedaba no lejos del mercado San Miguel, en la vecindad del Barrio Sto. Domingo. Pero Juan no llegaba a preguntar cuestiones de números, sino: qué poemas habíamos escrito últimamente, qué libros leíamos, qué opinábamos sobre tal o cual poema y una serie de indagaciones a cual más inquisitivas, a tal grado que a veces me parecía que Juan se le iba metiendo a uno, como acostumbra meterse en ciertas casas sin perder permiso a los dueños, los escondrijos donde se van arrinconado ideas, pensamientos, recuerdos, emociones, etc. con una pasión y una curiosidad y una avidez digna de un Sherlock Holmes literario que busca cómo desenredar la trama de un crimen atroz.

Pero había otras ocasiones en que era él quien abría su propia valija, para hablarnos de Joaquín Pasos o Manolo Cuadra, a quienes mucho admiraba o para contar alguna anécdota de GRN (Gonzalo Rivas Novoa) o comentar algún artículo de Alejandro Cuadra o de Chepe Chico Borgen. La música clásica era otra de sus teclas, pues entonces tenía a su cargo en la emisora "La Voz de la América Central un programa de ese género; lo que no le inhibía para gustar de la música popular, pues era gardeliano hasta los tuétanos (de ahí aquel sombrerito de medio lado?). Esta sensibilidad musical, por desgracia, le acarreaba desagradables sensaciones que ya desde entonces atormentaban a Juan y que se han venido haciendo casi intolerables con el tiempo: por ejemplo los ladridos monótonos y prolongados de los perros en la noche le despertaban una curiosa simpatía hacia los gatos, que lo llevaba hasta chinearlos y mirarlos, tal si fueran sus hijos, y creo que mejor todavía. Un amigo común, Napoleón Chow, me hacía notar algo de la sensibilidad gatuna con que Juan Aburto se sentaba en una silla o se acomodaba en una hamaca.

A comienzos de nuestra amistad, y por medio suyo, leí a Horacio Quiroga, el argentino, autor de cuentos de amor, de locura y de muerte, por quien Juan sentía gran admiración. También la lectura de Henry David Thoreau, por ambos compartida y gustada estableció nuevos lazos que se fortalecieron cuando hizo aparición por los años 50 Octavio Robleto, poeta chontaleño cuya familia poseía fincas de ganado en Chontales, adonde fuimos invitados ambos por Octavio y donde ocurrieron numerosas aventuras, dignas de ser contadas a su debido tiempo, y con sabrosa pluma. Baste mencionar que en una de tales andanzas, dio pruebas Juan de esa curiosa agilidad física de que hacía gala, cuando andaba con sus buenos tragos, saltando tapias o escalando tejados: sucede que habiendo sido invitados a una fiesta en Camoapa, después de haber recibido los homenajes y libaciones correspondientes, decidimos visitar cierta casa de los alrededores, para llegar a la cual se tenía que atravesar, saltando sobre piedras, un trecho lodoso como de diez metros. Siendo de noche y sin luna, la prueba de cruzar sin enlodarse, de las cuatro personas que íbamos pudo realizarla una sola sin pringarse del todo: Juan, por supuesto. Ya antes en Managua, me había mostrado estas habilidades acrobáticas, cierta vez en que de noche, tras haber cruzado los vericuetos del Barrio de los Pescadores, desapareció por completo mientras platicábamos en el viejo muelle, en medio de la oscuridad, apenas alumbrados por los reflejos de algunas luces en la costa.

Creí que se había caído al lago, y posiblemente muerto. ¡Qué va! Se había deslizado sin que yo me diera cuenta, por entre el maderamen y los pilotes del muelle hasta llegar a la costa. Y allí me quede solo, buscándolo hasta que oí sus gritos que me llamaban desde lejos. En otra ocasión más terrorífica, después que nos habíamos tomado unos buenos tragos, fui a dejarlo a su hogar, entonces un apartamiento por Santo Domingo, en el 2° piso de una casa altísima que contaba con un tercer piso para asoleadero, al que se llegaba por una escalera muy empinada. Juan me pidió que subiéramos a respirar aire. Era de noche ya. Y cual no es mi susto cuando de pronto lo veo pasar de la terraza-asoleadero al techo mismo de la casa, que era de tejas de barro sueltas y muy empinado y desplazarse como un gato, ponerse de pie sobre el caballete y empezar a corretear sobre el mismo. Oí el ruido de una teja orillera que resbaló y cayó al pavimento de la calle. Calculo sin exagerar que la altura era de unos doce a quince metros. Bueno, después de numerosas súplicas, tanto de la madre como de la esposa, quienes habían subido a la terraza y la mías propias, Juan consistió en bajarse del tejado sano y salvo. Yo también me sentía sano y salvo: se habían ido los tragos y partí ya más tranquilo a mi casa. Cuando salí a la calle, me pareció que alguien se estaba riendo, allá arriba, en el tejado.

No sé si es que él me lo contó al día siguiente o me lo he imaginado: que apenas yo bajaba la escalera, él subió de nuevo al tejado y se estuvo allí por un buen rato, respirando aire, viendo la luna, mientras permanecía tendido, estirado sobre el caballete.

Managua, 17 de mayo 1988

[tomado de Nuevo Amanecer Cultural, El Nuevo Diario]

 

 

 

 

 

 

 

 


Presentación de un cuento de Juan Aburto

por Julio Valle Castillo

El escritor guatemalteco Augusto Monterroso, de continental prestigio, tiene publicados varios volúmenes de  cuentos magistrales. Pero su fama de extraordinario narrador reside principalmente en que se le considera el autor del cuento más breve que jamás se ha escrito, al menos en idioma español. Un cuento realizado en una sola línea, compuesto de tan sólo 7 palabras, que dan, nos obstante, la imagen instantánea y profunda de un drama humano de la prehistoria, con todas las proyecciones o consecuencias alucinantes que la imaginación del lector le permitan conferir a tan sintética narración. Su texto es el siguiente: «CUANDO DESPERTÓ, EL DINOSAURIO TODAVÍA ESTABA ALLÍ». Eso es todo. Y con esa determinación ha aparecido en numerosas antologías de narrativa universal, afirmando cada vez más su condición de mínima obra maestra del género.

Pues bien. Nuestro narrador nacional Juan Aburto ha elaborado una obra afín, que se podría considerar como el antecedente o los sucesos históricos que hubieran originado la referida creación de Monterroso. Aprovechando los mismos elementos imaginativos de carácter paleontológico, que dan una tras-vida al cuento de Monterroso, Aburto los concreta, los hace nacer y los conduce con no menor dramatismo, a través de una serie de peripecias de suspenso hasta complementar el término fatal que en síntesis rubrica el escritor guatemalteco, utilizando el propio texto de éste.

Cabe señalar que Juan Aburto ha logrado construir o mejor dicho, hacer caber justamente toda la urdimbre de su pre-cuento en una sola cuartilla, lo que revela a su vez la maestría de él en su dominio condensador del mismo género narrativo. He aquí, fundidas, ambas narraciones.

 

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El Asedio

por Juan Aburto

para Augusto Monterroso

 

La cacería había durado varios días. Las tácticas fueron las de siempre. Acosar a las enormes bestias, acosarlas con fuegos, con griterío. Y así empujarlas hasta los grandes pantanos. Allí se atacarían pataleando lentamente, levantando oleadas inmensas de cieno, hundiéndose cada vez más con gañidos atronadores, desconsolados, ahogándose. Después vendría él a lancearlos en grupos, la carnicería enseguida y el devorarlos semi-crudos allí mismo.

Ya todos habían huido, cazadores y perseguidos. Iban ya muy lejos. Solamente uno quedaba, altísimo, feroz. Y el hombre delante de él, tan sólo con una pequeña hacha tallada entre las manos. Lo acometió la bestia con furia. Temblaba la tierra a sus pisadas enormes, a su trote empeñado en aplastarlo; temblaba como cuando los grandes cataclismos. Por fin un agujero, una grieta en el farallón. Adentro se precipitó el hombre como una sabandija. Y la bestia bramando afuera, rascando, intentando agrandar el huraco. Ya su largo dedo uñado, como viga, penetraba hasta el interior de la oquedad; y el hombre, los brazos abiertos de espaldas al muro, acorralado.

Después fue la cabeza, su horrible, redonda mole asomando a la hendidura y una lengua áspera estirándose más y más, azotando, buscándolo en la penumbra. Y detrás el interminable pescuezo ondulando como una serpiente colosal. A cada momento lo mismo. Todo el tiempo el espanto del asedio aquél en la soledad del páramo.

A la mañana, el hombre acercábase hasta la entrada del agujero. Se topaba otra vez con la bestia atravesada; un arroyo de baba densa, maloliente y turbia le chorreaba hacia el valle; y el ronco resoplo de bruto adormecido, echado contra la colina y el agujero, contra su presa exhausta de hambre, de cansancio. El hombre a rastras regresaba al fondo de la cueva. De rodillas se tumbó de nuevo acezando en la oscuridad. Se dejó caer estirando hasta el cuello la piel que lo cubría, espesa de pelambre como su rostro.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 

[tomado de Nuevo Amanecer Cultural, El Nuevo Diario]

 
 

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