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La materia
poética como realidad
por Manuel
Martínez
Aunque Juan Carlos Vílchez escribía poemas
mientras estudiaba Medicina en España, o durante
su estadía en Alemania especializándose en
Anestesiología, para esa época de formación no
divulgó ni publicó esos poemas primerizos, que
es probable fueron a parar al cajón de la basura.
En vacaciones trabajaba en los viñedos de
Montpelier al sur de Francia y mejoraba el
francés que ya había aprendido en la Alianza
Francesa de Managua y en Barcelona. Otro destino
fue Londres, y mientras laboraba en alguna fonda,
aprendía inglés y siguió escribiendo poemas y
viajando por el sur de Europa, en especial
Italia, y por el norte de Africa. Hasta su
regreso a Nicaragua, a finales de los años 80,
decidió participar en el Concurso «Cabrera,
Cabrerita». Envió un legajo de poemas entre los
que sobresalía «Siempre Icaro» y «Tomate», que
impresionaron al jurado integrado por el Julio
Valle Castillo, Gioconda Belli, pero de manera
particular a Carlos Martínez Rivas. Con esos
poemas que después integrarían su primer
poemario Viaje y círculo (Fondo editorial
CIRA, 1992), se hizo acreedor a ese modesto,
pero significativo premio.
Sus lecturas iniciales y formadoras en la poesía
deben haber sido las mismas de su época de
estudios de la secundaria, que realizó en el
Instituto Pedagógico de Managua: algunos poemas
de Darío como “Lo fatal”, Ventana de Alfonso
Cortés o “La bala” de Salomón de la Selva, y uno
que otro poema de Coronel Urtecho, de Pablo
Antonio Cuadra y tal vez de Joaquín Pasos, en
los libros de texto nacionales de español,
mientras estudiaba con profusión a los clásicos,
románticos y modernistas españoles y algún que
otro latinoamericano, en los libros de Bruguera,
Sopena o Espasa Calpe, de los que todavía se
escucha el eco de versos como aquel de
Espronceda: «Nací como una planta maldecida».
Deben pues de haber sido en su estadía en España
y en Alemania donde se informó y conoció la
poesía de vanguardista y neovanguardista
francesa, española, inglesa y alemana, cuyos
ecos pasados por el tamiz, de su estilo o de su
propia manera, en sus poemarios, en especial la
influencia de Alexandre, Neruda, Guillén y
Eluard.
Juan Carlos Vílchez se inscribe dentro de la
promoción de poetas surgidos en la década de los
ochenta. Fiel al oficio publicó años después
Bestias de papel (1996) y Versiones del
Fénix (1998) y ahora nos presenta este nuevo
libro Zona de perturbaciones (CNE/ANE/NORAD,
2002). En este poemario se encuentra un hilo de
continuidad con los textos anteriores como en
Viaje y círculo: Siempre Icaro o El enigma de la
elipsis se basan en referencias cultas o temas
míticos como pretexto para ser recreados, Juan
Carlos Vílchez retoma o vuelve a estos pretextos
míticos, a la referencia culta como en los
poemas “Versión del Cíclope” o “Afrodita
cerámica”, para repensar el mito y
desmitificarlo, que no significa otra cosa que
su reafirmación. De idéntica manera sucede con
la forma de construcción de poemas como «Tomate».
El título es el pretexto con el cual el poeta se
sumerge como un buzo en las aguas insondables y
caudalosas, turbulentas, de la vida y su origen.
Tono, voz y mesura pues, de Zona de
perturbaciones, son idénticos con respecto
de su anterior producción poética. Es el mismo
pero a la vez aparece otro Juan Carlos Vílchez u
otra faceta del poeta. En los textos de los
libros anteriores el poeta canta y se goza del
misterio de la vida, la celebración entusiasta
marca los poemas de sus libros anteriores. Una
poesía por demás culta, limpia y de gran
precisión del lenguaje. Poemas de versos cortos,
quebrados e impares, aunque en ocasiones recurra
al versículo y raras veces al prosema.
Pero ahora que el poeta Vílchez ha arribado a
esta Zona de perturbaciones, ya sea por
la edad, el contexto social de crisis, de
turbulencias e incertidumbres, estos nuevos
poemas presentan un tono más reflexivo, crítico,
dubitativo, una actitud escéptica de cara al
futuro, ante el evidente devaneo y veleidad de
ciertos tópicos de la realidad social, política
y económica, que a veces, muchas veces, nos
avasalla. Puede observarse este sentimiento en
la mayoría de estos poemas. Por ejemplo en Vine:
«Pero yo no he venido a comprar/ o vender/ vine
a abrir los ojos/ a pagar con palabras/ la vida
que me dieron/ vine». En Paseo con niña, dice:
«Y yo en mis huesos/ sólo excavaciones/ y
sombras acumulo»,
Se escucha y se siente en estos poemas de
Zona de perturbaciones el sentimiento de una
voz rota o que se rompe frente a la realidad,
una voz quebrada por la pena y el desencanto,
una voz que se duele por el desconsuelo, aunque
pervive el anhelo del espíritu y de la carne: «Que
sea carne mientras dure/ pero suave y turgente»,
o de la vida que se acaba: «aferrándose... a la
fructífera materia de la muerte». El pesimismo
contagia toda la sección «Más turbaciones»:
crítica social y del arte y de los poetas mismos,
como en los poemas Antología, Migraciones de la
posmodernidad. Ya no canta, se lamenta con esta
advertencia: «esto es el mundo/ sigan avanzando/
que el desfile tiene un nombre: Caín y la
posteridad».
Estos poemas están marcados por la evidencia del
fin de una era y el nacimiento de otra, que nace
como un «tejido a base de perturbación y de
memoria», ante la cual el poeta, dice: «Escribo
en una lengua próxima a morir... por el
destierro y la aniquilación», muy cercano al
Darío de la Oda a Roosevelt y a Lo fatal. En el
poema Obituario es contundente la perturbación y
la claridad con que el poeta mira las cosas y su
devenir: «has convertido la defecación/ en un
sacramento de esperanza/ y de fe en el océano/
aunque hacia él te conduzcan los albañales». El
derrumbe inevitable sucede con el poema Somos
nadie: «Rutina del ascenso/ amnesia de la caída».
Al final deja un asomo de esperanza: «Regreso
entonces para encontrar la materia que perdí/ la
perfección del Dios que aún hoy dilapida mis
fuerzas/ y la terquedad de la sangre incitando
nuevamente al combate».
Zona de perturbaciones
la define el propio poeta como «condición de la
materia donde las manifestaciones inescrutables
del ser desaparecen...» Turbación del devenir...
donde se representan los delirios de la carne,
los espasmos de la historia y la impresión de la
realidad.
[tomado de El Nuevo Diario]
*periodista y ensayista nicaragüense |