Julio Valle- Castillo; la generación del 60 goza de una juventud espléndida

Ariel Montoya*

Julio Valle-Castillo, poeta, novelista, traductor, ensayista y asesor cultural del régimen sandinista y los subsiguientes gobiernos de transición, reafirma con altas distinciones, el grado de calidad de la poesía nicaragüense, la cual cierra este siglo con la “Generación del Sesenta”, planeando en vuelo de amplios círculos el relevo y la continuidad de los movimientos literarios anteriores a esa década. Este y otros temas sobre el acontecer histórico y social del país, como el hallazgo reciente de los restos mortales de Francisco Hernández de Córdoba, fundador de las ciudades de León y Granada, son abordados en esta entrevista.

JV-C: Yo creo que la poesía nicaragüense sigue siendo lo más importante de nuestra cultura, sin olvidar su pintura, desde Peñalba y Saravia, Morales, Aróstegui y Praxis hasta los jóvenes y primitivistas, y sin desoír su música, desde la culta de Vega Matus, Mena, Delgadillo y los Ramírez hasta los populares Camilo Zapata y Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy. Pero en muchos sentidos, ella sola, la poesía, es el centro, el corazón de toda nuestra cultura. Sintetiza y engloba a la cultura nacional. Es lo único que ha sobrevivido a todos los fracasos, debacles y desastres sociales, ideológicos y políticos del siglo XX.

Los poetas, por fortuna, han sido nuestros profetas, nuestros guías, nuestros líderes, que han descendido hasta los infiernos de la historia, pero que también han ascendido de sus errores, de sus equivocaciones y buenas intenciones y han trascendido justificados y transfigurados por la gracia de la poesía. La poesía es para Nicaragua su libro sagrado, sus sagradas escrituras: su historia natural y su historia social, su memoria personal, su memorial y ritual indígena, hispánico y por tanto, griego y latino, mestizo, afrocaribeño, su lengua, su habla, su idioma oficial, su tradición, su sensibilidad y generador de sensibilidad, su utopía, la única de sus revoluciones en permanente revolución...

JV-C: Con el hallazgo de los restos del capitán Francisco Hernández de Córdoba y también del capitán general y gobernador Pedro Arias de Avila, porque los dos estaban sepultados juntos, estamos ante un hecho trascendente, serio: podemos afirmar que existe una arqueología nacional gracias al equipo laboratorístico e historiográfico del Instituto de Cultura. Este descubrimiento nos devuelve a la víctima y al victimario, a la decapitación de un capitán de conquista por otro capitán en la lucha por el poder que se convierte en una cadena de tiranicidios, masacres o despoblaciones indígenas, magnicidios, muertes civiles, que nos engrilla a una historia colonial y neocolonial. Botines y tiranías, saqueos y caudillajes, dictaduras dinásticas y corrupción sistemática, intervencionismo. Una historia errática, que ha postergado el desarrollo de Nicaragua como provincia, como nación, como república y la tiene metida en el ataúd y la tumba de Pedrarias. Hay que romper con esa historia; se requiere de una reorientación. A Pedrarias le debemos la intolerancia, la espada, la represión, el militarismo. A él se debe de que el ejercicio político entre los nicaragüenses sea primario, elemental, primitivo, ajeno a todos los actuales ideales de democratización y a todas las posibilidades del mundo moderno. Ruinas y despojos nos deben de mover a la reflexión sobre nuestra historia, nos deben de llevar a la contemplación del ser nicaragüense para replanearnos en términos de presente y futuro. Necesitamos conciencia, identidad nacional y examen de esa conciencia. Estamos al final de un siglo, al comienzo de otro siglo y al principio del tercer milenio de la era cristiana. De otra manera este país tiende a desaparecer. Estamos moralmente desfondados, indefinidos, hechos un montón de polvo culpable, de huesos de víctimas y victimarios.

¿Cuál es la función de la poesía frente a la cultura del poder, frente a la cultura de los grandes escenarios ejecutivos o financieros que controlan al mundo entero, y quienes seguramente no contemplan en sus agendas el papel profético o subversivo de la poesía como elemento visionario de la humanidad?

No hay relación entre la Poesía y el Poder, y si la hay, está bloqueada por los políticos, los burócratas o los tecnócratas, todas las plagas, que hacen que el Poder como tal, no escuche a la Poesía, y paradójicamente, precisamente por bloqueado es cada vez más importante el papel de la Poesía en particular y de la literatura en general. El poder de la Poesía reside en que es enemiga de todos los poderes humanos y divinos, del Poder, en mayúscula, y que todos, aún los que no lo saben, la necesitan. Su poder radica en la subversión y esa es su función, estarle siempre recordando al ser humano contra los mandamientos y las instituciones, que es humano y libre, imaginativo y libre, sensible, piadoso y libre, apasionado, loco, sensual, sexual, disparatado, libre y libre, racional e irracional, soñador y lúcido. Libre.

He allí nuestra fuerza y su función.

¿Cómo valoras entonces la poesía como movimiento general, generacional y la poesía producida en las últimas décadas aquí en Nicaragua?

La última, la más joven poesía nicaragüense procede de los autores que surgidos en los 60, están ahora, tres décadas después, en una juventud espléndida, madura, publicando obras, tomos frondosos, hermosos. Dueños y señores de sus voces. Además, ya contamos con un desarrollo narrativo correspondiente: Juan Aburto, Fernando Silva, Lisandro Chávez Alfaro, Mario Cajina-Vega, Rosario Aguilar, Sergio Ramírez y Erick Blandón.

En los 90 se redondearon los 60: poetas como Luis Rocha, heredero de la vanguardia, principalmente en el sentido del humor y lúdico, experimental de la forma, en sus raíces telúricas, en sus temas domésticos, léase “La vida consciente”; como Fanor Téllez, un poeta que viene del Exteriorismo y lo transforma en voces, formas y edades diversas, visión positiva del mundo, capaz de declarar que el mundo es bueno; como Beltrán Morales, exactamente lo opuesto a Fanor, con una visión escéptica, negativa, esquemática, hipercrítica, filosa y punzante, proviene de “El Monstruo y su Dibujante” de Carlos Martínez Rivas hacia la antipoesía, un poeta que se define por el “NO”, mayúsculo, negro, tajante; como Francisco Valle, con una poesía diferente a todas, un tono romántico, desgarrado, sentimental, que aprovecha la imaginería del surrealismo para dar su versión del poema en prosa, forma caracterizada por su gratuidad, brevedad e intensidad, heredada de Ernesto Mejía Sánchez; como Edwin Yllescas, que viene de la poesía coloquial, anecdótica, narrativa, de fuentes norteamericanas a donde él llego por sus propias vías y por otras traducciones del inglés, Coronel Urtecho o Cardenal. Yllescas, con otro signo, asumió una poética casi generacional pero también le negó el otro signo, el ideológico, el político -no obstante, fue el modelo y el estímulo del poeta mártir Leonel Rugama- y lo hemos visto salir con soltura y propiedad hacia la prosa...

Está el caso de Iván Uriarte, quien también vino navegando del Exteriorismo hacia el encuentro de una poesía subjetiva, de origen francés, una suerte de surrealismo o neosurrealismo en el habla popular.

Napoleón Fuentes tiene sus fuentes en él mismo, un tono confidencial, de secreto, la poesía como iniciativa privada, muy privada. Una lengua como esquemática, como ceñida.

Ana Ilse Gómez, acaso la mejor de las mujeres poetas, una lírica dolida, desolada, como milenaria, profundamente indígena, sin folklore ni color local; Daysi Zamora, otra voz lírica y a su vez concreta, la violenta espuma que sube desde el fondo de la afirmación de la vida, objetiva, anecdótica, y a su vez delicada, trazos de aguada, pincel chino.

Gioconda Belli, el erotismo como subversión y como celebración, un tronco de poema en ella es un tronco de cuerpo, una cabellera como un bosque fragante y denso y un chorro de frescura, de gracia.

Jorge Eduardo Arellano a pesar del volumen de su obra de crítico, narrador, bibliógrafo, historiador, guarda un conjunto de poemas Exterioristas, muy afortunados en su prosaísmo a lo Nicanor Parra.

Alvaro Gutiérrez, un poeta experimental, mezcla prosa, prosemas con narrativa, cultiva lo breve y escaso, ingenioso, crítico y por ende, epigramático...

Todos son poetas jóvenes, gente que surgió entre los 60 y 70 y que de inmediato empezaron a dar y en los 80 y 90 adquirieron su madurez, su esplendor.

Pero entre estos nombres, al lado, junto a ellos y en medio de ellos, hay más propuestas: está la de las mujeres poetas, Michelle Najlis, Vida Luz Meneses... no poetisas, la incorporación de la Costa Atlántica a la poesía nacional, su paisaje caribeño, sus costumbres afroantillanas, inglesas, sus autores, Carlos Rigby y David Macfields (discípulos de Santos Cermeño) y los poetas obreros, poetas carpinteros, poetas campesinos como los de Solentiname, y poetas revolucionarios, guerrilleros, que llegaron hasta el martirio: Leonel Rugama y Ernesto Castillo Salaverry, dos niños, 20 años y sus acciones y sus poemas como acciones estallaron iluminando la conciencia nacional, todas esas ideas de la renovación del mundo, de la transformación de la sociedad están en su poética, el poeta como subvertor, eso fue una propuesta de los 60 y yo creo que es una propuesta que se fue con el fin de la historia...

Después del negro Bravo, Alejandro Bravo y de Fer, Fernando Antonio, después de mí, que soy un poeta identificado plenamente con la estética y la ética de los 60, yo soy un exteriorista con intensidad interiorista, con otra elaboración y uso del coloquialismo y de la anécdota, me parece, haciéndole al astrólogo o adivino, que no hay una nueva propuesta poética, no la veo, no veo. Soy miope. Esto no es una descalificación de los más jóvenes, de ninguna manera, lo que veo es que se está cerrando una forma de hacer poesía, una forma de concebir el oficio poético, una forma de entender el mundo y de expresarlo en Nicaragua. El siglo que empezó con el modernismo, pasó por la vanguardia, siguió con la Postvanguardia, Mejía Sánchez, Cardenal, Martínez Rivas y figuras como Juan Francisco Gutiérrez, Fernando Silva, Guillermo Rotschuh Tablada -un poeta neobarroco, anómalo en el contexto-, y se cerró con los 60-90. Con el siglo, asimismo, se clausuró la propuesta poética de Nicaragua. El siglo XX: el siglo de la poesía en Nicaragua. Estamos entrando a un nuevo siglo, que es, que son un tiempo y un mundo distintos y habrá que ver qué es lo que van a decir ustedes: Karla Sánchez, Blanca Castellón, Isolda Hurtado, Pedro Xavier Solís, Erick Aguirre, Ariel Montoya...

Algunos de estos poetas han roto con las corrientes generadas por la Generación del 40, con el Exteriorismo o con la poesía rebelde e iconoclasta de Martínez Rivas, intentando llegar a otros cauces, a otras vertientes, encauzadas siempre en el gran río de esta poesía...

Hay poetas que partiendo de la tradición nicaragüense desandan los pasos, la niegan. Es muy riesgoso esto. Podés llegar hasta el desconocimiento de vos mismo y eso es fatal.

¿Por ejemplo?

Es el caso de Francisco de Asís Fernández, un poeta que parte del Exteriorismo, con textos hermosísimo, con una gran frescura, pienso en “Biografía de Honey”, en “Mi primo Chale”, en “Autorretrato del pintor Róger Pérez de la Rocha”, “Ante la muerte del héroe”,

“Celebración de la inocencia”, una voz que viene a formularse y a redondearse en “Pasión de la memoria”. Ahora en “Arbol de la vida”, que recoge su libro anterior “Frisos”, ya es otra cosa. Una propuesta de poesía pomposa hasta el informalismo, soberbia hasta cierta gratuidad verbal, como remontándose a propuestas ya superadas del romanticismo, con una voluntad de calar en lo subjetivo, de trascendencia ¿será eso la salida?, quizás, él tiene la palabra. Se ha distanciado de aquel Chichí, negando su pasado, rompiendo con su tradición.

No todo aquel que dice Rimbaud, Rimbaud... se salvará.

Cambiar no supone necesariamente mejorar o superarse a sí mismo. Renunciar al Coloquialismo o al Exteriorismo no es patente de calidad inmediata.

¿Y otros poetas como Horacio Peña o Alvaro Urtecho?

Creo que Alvaro Urtecho se inscribe en una tendencia que podría tener su paradigma en Carlos Martínez Rivas, esa es su debilidad y a su vez, su posibilidad. A veces el filósofo que es Alvaro interfiere al poeta, a veces el poeta tiene un paladar, un acento muy tradicional. Aunque se puede hacer una poesía contra el tiempo, contra la vía, a contracorriente o al margen. Hay fragmentos de la “Cantata estupefacta”, muy afortunados, aquello del nigth club y el rock.

Peña, como decía Mario Cajina-Vega, me da Peña leerlo; a mí me aburre, como un Eliot más lento y pasado por agua, muy lavado, muy desleído. A veces sabe a sermón. No sé. Habrá que releer “Ars moriendi”... Aunque, ahora que me acuerdo, el Poema para poner a Dios de moda y La espiga y el desierto son acaso de lo mejor que se escribió aquí en Nicaragua en el tránsito de los 50 a los 60...

Hace dos años que murió Carlos Martínez Rivas, un mito, todo un mito verdadero de la poesía nacional ¿cuál es la mejor manera de recordarlo?

Carlos Martínez Rivas pidió que lo olvidaran, pero dejó dos herencias: Una, que hay, en verdad, que olvidar, que enterrar junto con él, que es su anécdota, a veces graciosa, a veces odiosa, a veces tediosa; su maledicencia, su guerrilla literaria con la legión de mediocres o resentidos a quienes complacía hablándole mal de los grandes de aquí y de allá que ignoraban, mal de Cortázar o de Cardenal, mal de Fuentes o de Sergio Ramírez, burlas a Vargas Llosa... Su renconcomio, su resentimiento contra toda la literatura nacional, contra todas las personas que alcanzaron el éxito editorial, la fama, la popularidad, que él creía que le habían arrebatado, y, lo que fue peor, su odio por el mundo y por la gente que más lo quiso, que a fin de cuentas se le revirtió. Se desquitó el éxito de los otros contra él y contra su obra. No publicó. Rechazó las editoriales. Optó por el anonimato. Por ello su obra no es conocida como debería de ser. La poesía es una actividad histórica, tiene su lengua, su tiempo, su espacio. No hay obras maestras ni genios inéditos.

Pero esa es la otra herencia, la verdadera, la que dejó: su poesía, que hay que rescatar, difundir o editar y valorar. La lengua española siempre será menos rica si no ve impresa la poesía de Martínez Rivas. La poesía de Nicaragua y la cultura nacional y la latinoamericana siempre serán menos ricas sin la poesía de Martínez Rivas. Lo mejor de Martínez Rivas es su poesía, sus poemas. Allí estará luminoso, celoso, firme, fascinante: Luzbel.

El resto es eso: restos. Y que en paz descansen...

¿Qué estás haciendo ahora, ha habido un éxito con tu novela Réquiem en Castilla del Oro, estás escribiendo otra?

Estoy escribiendo una novela que se llama “Ovalo sepia” sobre mi abuelo y sus hermanos, liberales y católicos, soldados del general Benjamín Zeledón... Terraboneños en Masaya, de 1910 hasta... Es una rememoración de sus secretos, de sus pecados, de sus desilusiones y de su disolución, una dolorosa conmemoración familiar; pero principalmente estoy terminando una obra larga, grande, en tres tomos, seiscientas paginas cada uno, la antología: El siglo XX, poesía nicaragüense.

¿El Julio Valle poeta, también incursiona en la prosa, en la novela, con más dedicación?

Tengo un poemario entre manos, “El lienzo del pajaritero, poemas para la traza de la danza”, poemas de una Masaya indígena, milenaria, inmemorial, que se nos está extinguiendo. Son voces sapienciales de mi infancia, habla un güegüe, un viejo, el pajaritero.

Pero trabajo, ensayo y narrativa ¿Y por qué no?

No hay que tenerle miedo a los géneros, hay que salir también de la poesía con ella e ir en busca de otros géneros y formas y mezclarlos.

La modernidad demanda otras formas, experimentos, tanteos...



* Poeta y periodista, director de Decenio, quien facilitó la entrevista exclusiva que le hiciera a Julio Valle Castillo pronta a aparecer en su revista.

[tomado de "La Prensa Literaria", La Prensa]

 
 

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