|
20 de marzo de 1893: Aniversario natal
Salomón de la
Selva y/o una poética americana de vanguardia
por Julio Valle-Castillo
Fundada y, al mismo instante, universalizada por
Rubén Darío (1867-1916), la poesía nicaragüense
queda presa en las redes de su propio fundador
durante las tres primeras décadas del siglo XX.
Por mucho que dentro de las posibilidades del
modernismo vislumbre salidas —prosaísmo
sentimental, criollismo y nacionalismo temático,
criticismo epigramático—, no logra ganar en
definitiva el otro estadio de la modernidad,
sino hasta que irrumpe el Movimiento de
Vanguardia (1927-1932), en Granada, sustentado
por un grupo de adolescentes, casi jóvenes,
revolucionarios, iconoclastas, cosmopolitas y, a
su vez, conservadores, oligarcas, localistas:
Granada contra León, restauración conservadora
después del liberalismo, vanguardistas
antimodernistas.
Huidobriamente creacionistas, negando el pasado
literario inmediato y creando la poesía y el
resto de las artes, la nación, la política, la
antropología, la etnología, toda la cultura de
la nada, o sólo a partir de ellos mismos, los
pequeños dioses —José Coronel Urtecho (1906),
Luis Alberto Cabrales (1902-1974), Manolo Cuadra
(1902-1957), Pablo Antonio Cuadra (1912),
Joaquín Pasos (1914-1947) y otros— perdonan la
vida y acogen como uno de los suyos al padre
fundador, Rubén Darío, atendiendo su propia
confesión de “viejo, feo, gordo y triste” con su
bombín comido de ratones; y proclaman
precursores de su insurgencia a tres personajes,
más que a tres grandes poetas de la ciudad
rival, León: Azarías H. Pallais (1884-1954), un
sacerdote candoroso, medieval, extraviado en el
siglo de la modernidad; Alfonso Cortés
(1893-1969), un raro, “maldito” y místico, quien
recién se había vuelto loco en 1927; y un
ausente, Salomón de la Selva (1893-1959), de
quien se decía que era hombre de dos lenguas, de
muchas manos y de varios mundos.
Desde entonces estas han sido las categorías en
nuestro panorama poético, aunque en los últimos
tiempos se ha abierto paso un discurso crítico
menos impresionista y antojadizo y más objetivo
que traza periodizaciones y propicia visiones,
calas y valoraciones distintas, entre ellas, por
ejemplo, que la poesía nicaragüense se inicia
con el modernismo, que el modernismo es el
arranque de la modernidad y no la antítesis y
que no todo comienza con la Vanguardia. Ya en
1972 “Los tres grandes” se reducían a uno:
Salomón de la Selva, “el inmenso solitario”,3
acaso en relación con su entorno dariano y
modernista.
La monotonía rítmica, el desbordante
infantilismo, el cristianismo y la diafanidad de
los poemarios de Pallais, lo presentan como
arcaico o primitivo, más próximo a un fresco,
remozado Mester de Juglaría y Mester de Clerecía,
que al modernismo. La inocencia fundamental, tan
grata a la estética moderna. El puñado de poemas
de Cortés, datados antes queperdiera la razón,
delirantes, fugados, misteriosos, signos de su
alterado estado de conciencia, hacen pensar en
los místicos o en los surrealistas, velando su
forma parnasiana a tal grado que casi no se
distingue. Sin embargo, Pallais y Cortés, bien
vistos, no son más que dos poetas modernistas,
distintos intérpretes del simbolismo francés.
Dos mundos interiores, dos personalidades
diferentes y dos voces opuestas, modernistas de
principio a fin. No olvidemos que hay tantos
modernismos como modernistas, que, junto con
otros nombres, constituyen los tres grupos
citadinos de los dos períodos del modernismo
nacional (1880-1900/1900-1930).
En cambio, De la Selva (León, 20 de marzo de
1893-Pallais, 5 de febrero de 1959) es el
primero que realiza una poesía ya propiamente
moderna, vanguardista en México, el Caribe y
América Central. Es un poeta nuevo de cuerpo
entero y con un origen distinto al de sus
contemporáneos. Trae las dos poesías americanas
en su mano o en su lengua: el modernismo
hispanoamericano y la new american poetry, el
imaginismo, en particular, lo cual le bastó no
sólo para ignorar, como los ignoró en su
juventud, sino para despreciar, como los
despreció en su madurez, los ismos y escuelas
europeas de vanguardia: el futurismo, el
creacionismo, el letrismo, el dadaísmo, el
surrealismo. Él es de la otra vanguardia, como
afirma José Emilio Pacheco: la de los hombres
comunes y corrientes y no la de los magos y
pequeños dioses. Su vanguardismo es otro, de
raíz y desarrollo americano, paralelo al que
tuvo modelos europeos y cultivo americano. Aún
más, De la Selva inauguró al menos un ismo, el
neopopularismo, antes que los españoles.
De aquí que localizar a De la Selva como simple
precursor del Movimiento de Vanguardia de
Nicaragua, ni siquiera de la modernidad, sea
limitante y equívoco. Es y no es. No cabe duda
que en el contexto nicaragüense es precursor de
la novedad que años más tarde vendrá a realizar
la Vanguardia; pero, en el continente, no,
porque precursor es el que precede, y De la
Selva es uno de los que preside la modernidad.
Él continúa conscientemente la empresa
constructora de una modernidad, que había
iniciado el modernismo hispanoamericano. Por lo
tanto, es algo más, mucho más que un precursor o
anunciador; es creador de una nueva poética y de
su ejecución verbal.
Viajando desde su juventud y radicando
temporalmente en los Estados Unidos, Europa,
México, Centroamérica o el Caribe, De la Selva
carecía de incidencia alguna en el proceso
literario de su “Nicaragua natal”. Y cuando
residió en su patria (1925-1929), prefirió
dedicarse al activismo sindical de tendencia
laborista (COPA, CROM, FON), y después al
periodismo sandinista y antintervencionista,
manteniéndose distante del grupo juvenil
vanguardista, que ya tenía resonancia en el país.
“La verdad es que entonces le conocía más por su
fama de poeta que por su poesía”, escribe José
Coronel Urtecho, jefe de la banda vanguardista.
Y agrega: “En ese tiempo la poesía casi no
circulaba en Nicaragua. Lo que se publicaba como
tal en algunos periódicos o se copiaba
vergonzantemente en el álbum de alguna señorita
ya entrada en años, muy rara vez era poesía
[...]. Yo mismo, por ejemplo, no podría decir si
ya había leído algún poema de Salomón y mucho
menos cuál. Tampoco pude entonces conocerlo
personalmente”, finaliza Coronel Urtecho.
En verdad, De la Selva viene a ser otro de los
poetas y escritores extranjeros que los
vanguardistas introducen a Nicaragua. Extranjero
en su propia tierra. Pero si lo importan e
importa es porque se trata de un poeta moderno,
como difundieron y tradujeron a Rimbaud, Claudel,
Charles Cross, Cendrars, Larbaud, Supervielle,
Montherlant, Morand o Apollinaire, entre los
franceses; y Pedro Salinas, Ramón Gómez de la
Cerna, Federico García Lorca, Gerardo Diego,
Jorge Guillén y Rafael Alberti, entre los
españoles.
Desde 1922, De la Selva se había ubicado por
derecho propio entre las cabezas de la
modernidad poética hispanoamericana, publicando
en México, la tercera de sus obras y su primer
poemario en español, El soldado desconocido,
bajo el sello de la Editorial Cultura y con
portada de otro de los fundadores de nuestra
modernidad, pero plástica: el muralista Diego
Rivera.
Vale reparar en esta fecha porque en México, el
Caribe y la América Central de los veinte aún no
se instalaba la modernidad; su lírica no
terminaba de despojarse de la retórica del
modernismo. Por mucho que se intentara
retorcerle el cuello “al cisne de engañoso
plumaje”, sus aletazos y pataleos más bien
alborotaban otras aves del zoológico simbolista;
recordemos el mismo Búho, insomne y minervino,
de Enrique González Martínez. El prospecto de
revolucionario, Ramón López Velarde, moría
repentinamente en junio de 1921, quedando tan
sólo como un iniciador o precursor, para Octavio
Paz, junto a José Juan Tablada. Y esto que
Tablada había publicado en 1920, Li Po y otros
poemas, y también en 1922 El jarrón de flores,
libros que en la resaca del orientalismo
modernista, generan el caligrama y haikú en la
poesía hispanoamericana: imagen y metáfora.
Alfonso Reyes tardaría dos años para editar su
poema escénico, Ifigenia cruel (1924). El primer
poeta realmente moderno en México, según Paz,
será Carlos Pellicer, pero éste todavía se
demoraba con más elementos modernistas que
modernos en Colores en el mar y otros poemas
(1921). Si bien es verdad que el “Estridentismo”
—Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide,
Salvador Gallardo, Germán Cueto, Arqueles Vela,
Ramón Alva de la Canal— data de 1923, también es
cierto que fue más un estruendo, un estallido,
que un acto demoledor seguido de la invención de
una nueva poesía.
Y en cuanto al grupo de poetas sin grupo:
“Contemporáneos” —Xavier Villaurrutia, Salvador
Novo, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Jaime
Torres Bodet—, revista y voluntad de modernidad,
se publica y produce hasta entre 1928 y 1931. El
crítico José Joaquín Blanco afirma que “una
última e indiscutible puerta” para el ingreso de
los “Contemporáneos” a la modernidad fue “un
libro de autor nicaragüense, El soldado
desconocido, que a pesar de su tema baladí —darle
a su patria el dudoso prestigio de tener un
héroe en la Guerra Europea—, condensa
eficazmente las nuevas formas vanguardistas de
la poesía europea y norteamericana. Según
testimonio oral de Carlos Pellicer a un servidor
[José Joaquín Blanco], este libro de Salomón de
la Selva tuvo enorme impacto entre los poetas
jóvenes como introductor de libertades y de
maneras de expresión”. En el Caribe de lengua
española —la Dominicana, Puerto Rico y Cuba— no
aparecerá, antes de 1927, la Revista de Avance,
en medio del prosaísmo de José Zacarías Tallet y
los atisbos de Rubén Martínez Villena. Poemas en
menguante, de Mariano Brull, amigo de De la
Selva, data de 1928. El “son”, la poesía negra y
social vendrán después.
Adviértase también que Luna Park, del
guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, es de París,
1923, y que Onda, del panameño Rogelio Sinán, se
editará hasta 1929, Milán, Italia. Los
vanguardistas centroamericanos radicaban en
Europa o en los Estados Unidos, como José
Coronel Urtecho, en San Francisco, California,
donde dató su burlesca “Oda a Rubén Darío”
(1925).
Este aislamiento o soledad mesoamericana y
caribeña de El soldado desconocido sólo
contribuye a apreciarlo en su legítima dimensión
inaugural. Está solo, único en esta zona
geográfica. 1922 es el año de Trilce de César
Vallejo en el Perú, de Veinte poemas para ser
leídos en el tranvía de Oliverio Girondo y de
Canto de amor, de luz, de agua y Mil novecientos
veintidós de Baldomero Fernández Moreno, en
Argentina, de Desolación de Gabriela Mistral y
Los gemidos de Pablo de Rokha en Chile, de la
Semana de Arte Moderno de Sao Paulo, Brasil, de
The waste land de T. S. Eliot y del Ulysses de
James Joyce, en lengua inglesa. 1922 es el año
clave de la modernidad en inglés y español y
allí irrumpe De la Selva con su propia rebelión,
El soldado desconocido. Primer poeta y primer
libro de la modernidad mesoamericana y caribeña.
II
Cuando De la Selva llegó a México en junio de
1921, era entonces un joven de veintinueve años
que había obtenido su formación de hombre en los
Estados Unidos de Norteamérica, en los mismos
años precisamente que este país ocupaba por la
fuerza militar a su “Nicaragua natal”,
convirtiéndola en un protectorado o neocolonia
desde 1912; la pérdida de la soberanía, la
enajenación de la banca, las aduanas y la línea
férrea, la frustración de una gestante burguesía
nacional, la interrupción del proyecto liberal
(1893-1909), o sea, de la modernidad. De aquí
que en contradicción con la política exterior
del país donde residía, De la Selva haya
ratificado su identidad latinoamericana, acorde
pues con el arielismo, especie de filosofía, de
credo latinoamericanista en boga. Pero del
arielismo saltó al socialismo. “Porque yo era
socialista —afirma el poeta—. Colaboraba en The
Call que editaba Charley Irwin, consejero ahora,
en la nobleza y la sabiduría de su senectud, de
los Amalgamated Clothing Workers of America. En
la Escuela Rand de Estudios Sociales, que era
centro socialista mirado de reojo por la policía
y con alarma por las gentes de orden y
esclavitud, fue por esa colaboración que hice
amistad con el entonces prometedor poeta Clement
Wood, autor de un reciente diccionario de la
rima. Fogoso joven de Alabama, en rebeldía
hermosa contra los feos prejuicios del Sur
norteamericano. [...] Formábamos un grupo
atrevido, empeñado en renovar la poesía por la
economía política y la psicología, y en rehacer
el mundo por la poesía renovada. Sosteníamos que
en el arte era preciso llevar la vida misma con
toda su crueldad y su rudeza, y que en la obra
artística había que volcar, resolviendo su caos,
todo el aquelarre perenne de la subconsciencia”.
“Por andar en estas diversas compañías me inicié
en el socialismo científico de Marx, y como leía
todo y de todo, leí El capital —bello libro
humanista— y mil y una veces lo discutí y lo oí
comentar al calor de grandes vasos de té de
samovar, con limón, y de grandes vasos de `vino
rosso’ siciliano. Se podía entonces ir y venir
del uno al otro extremo del radicalismo en
saludable ejercicio moral e intelectual.”
Asimismo De la Selva regresaba de participar del
último instante de la Primera Guerra Mundial:
septiembre-noviembre, 1918. Flandes, Londres.
Por consejo de Pedro Henríquez Ureña, asesor del
prodigioso dirigente José Vasconcelos, el
nicaragüense fue invitado entre otros
intelectuales latinoamericanos, como Gabriela
Mistral, para integrarse a la gran cruzada
cultural de la Revolución Mexicana que significó
la gestión vasconcelista: América al encuentro
de América, empezando con México al hallazgo de
México: artes populares, cocinas y vestuarios
nacionales, brigadas educativas o de
alfabetización, indigenismo, muralistas, los
clásicos verdes, etcétera. Él mismo recuerda
que:
Para Henríquez Ureña el momento de la Gran
Conspiración (y de la Gran Consagración) llegó
cuando don Adolfo de la Huerta llamó a José
Vasconcelos del destierro y los hombres fuertes
de México de entonces hicieron al filósofo
rector de la Universidad Nacional con la promesa
—que cumplieron— de crear nuevamente la
Secretaría de Educación Pública, alegres como
Carlomagnos de servir, ellos también, a la
cultura. No precisamente corría, pero sí
circulaba el oro en México. Y Vasconcelos tuvo
veinticinco millones de aquellos pesos para
fomentar la educación. Jamás se había visto nada
igual en tierras de habla española [...]. Había
una pugna de idiomas extranjeros como aquella
disputa sobre el país de más hermosas mujeres
con que empieza la Mandrágora de Maquiavelo
[...] Era un mundo alrededor de Vasconcelos, de
comedia de Maquiavelo, como he dicho, y de Torre
de Babel. [...] Pedro pulía su griego.
Vasconcelos insistía en los griegos y Pedro, que
ansiaba con toda el alma servirlo, me declaraba
que el griego era necesario para que los griegos
fuesen el idioma de los que conpirásemos para
civilizar a América.1
Esta última frase: Civilizar a América con
Grecia, entre otras consignas como “A la
libertad por la cultura”, o “Por mi raza hablará
el espíritu”, bien podría constituir una divisa
más del arielismo de De la Selva, que aspiraba
ratificar con las humanidades la superioridad
espiritual latina ante la otra America: la
anglosajona. Pero lo interesante por paradójico
es que De la Selva se había formado, como ya
anotamos, en los Estados Unidos y allí había
tenido acceso al marxismo y a las fuentes
occidentales: el mundo clásico, la épica, la
lírica y el teatro griego y romano, y tal acceso,
lo reafirmó al mismo tiempo que lo universalizó
en su identidad. El poeta De la Selva es además
de los primeros intelectuales con voluntad y
conciencia revolucionaria y latinoamericanista,
con tal universo de visión y sensibilidad que
Henríquez Ureña pensó que él simbolizaba, en la
acción cultural vasconcelista, el diálogo o la
posibilidad del cordial entendimiento entre la
América Latina y la América anglosajona. En la
Acroasis en defensa de la cultura humanista que
precede sus póstumos Versos y versiones nobles y
sentimentales (1957/74), dice: Los Estados
Unidos eran para mí, por causa de los
filibusteros que asolaron a los países de
Centroamérica, por causa de la mala guerra de
conquista que le hicieron a México, por causa de
sus intervenciones armadas, de su política del
Big Stik y de la Diplomacia del Dólar, si no la
barbarie enteramente, por lo menos la
encarnación del imperialismo materalista de
rapiña. Llevaba yo por eso, no sólo bajo el
brazo sino entre los pliegues de mi cerebro
juvenil, el Ariel de [José Enrique] Rodó, e
íntimamente me había hecho la voluntad de no
dejar que el Calibán anglosajón venciera en mí
la espiritualidad latina de mi estirpe nacional.
Lo mejor de mi adolescencia fue el despertar a
la verdad de estas cosas.
En la misma directriz de Rubén Darío y los otros
poetas modernistas e intelectuales liberales, De
la Selva se colocaba en la vanguardia literaria
y en la vanguardia del pensamiento político de
América: el arielismo que trascendió el
socialismo y antimperialismo. Esta misma
conciencia latinoamericanista y sobre todo, su
afirmación patriótica, que incluía la racial, lo
habían llevado a ser, como cree él mismo, un
Voluntario Romántico en la Primera Guerra
Mundial. “Explico —prólogo de El soldado
desconocido— que tuve la buena suerte de servir,
voluntario, bajo la bandera del Rey Don Jorge V,
enseña que fue de la madre de mi padre. Por eso
pude escribir este poema. Nicaragua no tuvo
ejército en Europa, pero sí soldados, sí hijos
muy suyos, como yo, militares en las filas
aliadas”.
De modo que este joven latinoamericano y como
tal, “voluntario romántico”, revolucionario
socialista, regresó de la Primera Guerra Mundial
menos traumado que el resto de ciudadanos y
combatientes europeos. Apollinaire, el fascinado
cantor de la guerra, las bombas y los aviones,
murió víctima de la misma guerra, que como signo
de la modernidad lo deslumbraba. “La guerra de
1914 dejó pocas huellas en la poesía francesa:
está presente en la obra de algunos, afirma
Gaëtan Picon, de manera muy diversa y a veces
anecdótica. Pero las circunstancias han actuado
sobre el poeta especialmente en la dimensión de
profundidad”. Si los artistas e intelectuales
europeos salieron horrorizados y hartos hacia la
evasión o el ensimismamiento, hacia el
surrealismo y otras manifestaciones que
expresaban lo brutal, lo insólito, lo absurdo,
el descoyuntamiento o la fragmentación de la
humanidad, De la Selva viene hacia la creación y
la liberación, hacia el descubrimiento de
América y de una expresión americana. De aquí
que El soldado desconocido transpire un
vitalismo, un entusiasmo propio de nuestras
tierras. No es gratuito que, en la PD de su
poemario, proclame:
La América tropical dará al mundo los mejores
poetas, los mejores pintores y los mejores
santos. Como tengo que hacer de centinela no me
queda tiempo para dilatarme ahora en
explicaciones. Basta una: El Sol. ¡Me voy a ver
la noche hasta que salga el sol! — VALE.
catafalco soberbio que, después de un gran
desfile militar en su honor, han cubierto de
coronas, de banderas, de palabras. Los pueblos
ya tienen cada uno su fetiche. ¡Pero ese fetiche
era de carne y hueso, humano y muy humano!” De
eso se trata. Eso trata El soldado desconocido y
trata de desacralizar el fetiche para
humanizarlo. Poesía humana, más humana que
divina; realista, confesional, vivencial, aún
más, autobiográfica, que no teme y más bien
gusta de señalar lo feo, lo prosaico, lo vulgar,
lo cual le permite desplegar una serie de
motivos inusitados, que lo revelan moderno y
diferente al modernismo, que aprovecha. Sus
motivos hacen “temblar a las estrellas, / dejar
sus lanzas / cubrirse los rostros con las manos”.
Porque según una estrofa que podría considerarse
un ars-ética que sustenta esta ars-poética:
La humanidad, ¡alás! no huele a rosas.
Y dónde encontrar la belleza, Dios mío,
si todo es podredumbre
y dolor y miseria?
¡Oh Safo! tus rosas dónde se abren?
No es en el lodo humano
en donde alargan sus raíces?
Así hace su entrada lo feo, que alcanzará a
constituirse en ismo, en feísmo, tan apreciado
por la antipoesía de Nicanor Parra en los
cincuenta. Pero el coloquialismo, la realidad y
lo simple, el mismo feísmo en De la Selva está
como decantado, como depurado, muy ennoblecido.
[sigue] |