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La loca de
remate
María Lourdes Pallais
No quiero
que nadie lo sepa. Así que, por favor, no se lo cuenten a
nadie. Que sea nuestro secreto, porque, a fin de cuentas, a
nadie le importa. Tampoco es nada del otro mundo. No esperen
sorpresas. Sospecho que nos pasa a muchos, y que pocos lo
admitimos. Pero, como otros, prefiero que no se divulgue.
Ahí les va,
mi gran secreto:
Sucede que
tengo una gran facilidad para, por ejemplo, inventar
diálogos imaginarios justo cuando llega el de la licorería a
mi departamento con un pedido.
Sucede que,
las pocas veces que hablo por teléfono, no me puedo aguantar
e invariablemente interrumpo la plática para decir:
“permíteme un momento” y fingir que hablo con alguien a mi
lado que me necesita: “espérame un segundo; ya voy, estoy en
el teléfono”.
Sucede que,
durante años, he sostenido largas conversaciones con
interlocutores que nunca existieron, mientras pagaba al del
OXO o el chavo de la farmacia. He llegado incluso a
preguntarle a nadie en mi recámara, para que me escuchara el
que me traía el suchi "¿tienes cambio de 200 pesos?”
Es que no
quiero que sepan que estoy loca de remate. ¡Faltaría más!
A veces me
pregunto si finjo bien, si me creen. Prefiero pensar que sí;
que sí suponen que estoy hablando con nadie. Porque sueno
bien cuerda, y hasta lo parezco. En serio. Y así lo
prefiero, no que sepan que estoy bien loca. Si lo supieran,
dejarían de venir, y eso, sería mi ruina.
Prefiero
que nadie lo sepa, con contadas excepciones, por supuesto.
Pocos, ni con tres dedos llego a contarlos, esos que me
quieren sin condiciones, sea o no loca, no me importa que lo
sepan. Es más, ya lo saben y les importa un bledo.
Pero me
niego que lo sepan los del OXO, los de la farmacia, los de
la licorería y menos los que murmuran a mis espaldas: “¿cómo
se le ocurre ponerse calcetas con zandalias? Está chiflada”.
Ni los que,
en tono de chisme, comentan: “es una loca, dejó al mejor
marido que tuvo, que la adoraba, que ahora es famoso y tiene
mucho dinero”. Ni mis jefes, que me miran como bicho raro; o
peor, como una perdedora, porque, después de recorrer el
mundo y tener a mi alcance óptimas oportunidades
profesionales, excelentes parejas, un lugar “digno" en la
sociedad, mucho dinero y un par de hijos, ahora no tengo
nada, y para ellos, soy nadie.
Por eso no
quiero que ellos sepan que sí soy alguien: una loca de
remate. ¡Faltaría más!
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