Quién sabe por
qué
María Lourdes Pallais
Se
llamaba Bella y lo era. Nació con un delicado rostro de
trazos perfectos, como dibujado por el mejor de los
pintores. Su piel, translúcida, reflejaba una ternura
plácida que parecía eterna. Su cabello creció felino y
brioso, más negro que la noche, pero brillante. Competía con
la luna. Nadie nunca supo de qué color eran sus ojos, pero
eran enormes, como cuevas misteriosas. Su sonrisa era un
suave relámpago generoso y espontáneo. Sonreía aun cuando
dormía.
Pasaron los años.
Los padres de Bella la mantuvieron alejada del mundo. Era
demasiado perfecta para navegar como cualquiera. Nunca fue a
la escuela, ni tuvo amigas, mucho menos novios. Hilda fue la
excepción. Ciega y bastante mayor que ella, Hilda fue su
tutora, su única amiga, la que le enseñó a leer, a escribir,
a protegerse de las traiciones y a reconocer los
rompecabezas de la vida.
Pero Hilda no pudo
impedir que Bella un día conociera a un hombre de legendaria
trayectoria política que sus padres recibían como rey. Fue
el primero y el único que se atrevió a hablarle mirándola a
los ojos. Le llamaban Enano y no sabía sonreír. Quien sabe
qué nombre le habrían puesto sus padres. Nunca nadie lo
supo.
“Eres una estatua
perfecta. Me quiero casar contigo”, le dijo.
Enano, mucho mayor
que Bella, era incapaz de amar, pero lo sabía todo, salvo
ser feliz. Hasta parecía que no ser feliz era uno de sus
grandes éxitos. Un día le confesó a Bella que había logrado
todas sus metas, salvo una. Casarse con una mujer que fuera,
físicamente, todo lo que él no era. Una mujer
excepcionalmente bella. Que no tuviera un rostro común. Una
mujer cuyos ojos no fueran como los suyos –unas líneas
escondidas bajo pliegues de arrugas hinchadas. Y que le
enseñara a sonreír.
Ese día, Bella
decidió ser su esposa. No por amor, sino para apoyarlo en
alcanzar la única meta que le faltaba. Quién sabe por qué.
Se casaron en un
pueblo vestido de un desierto mudo, esculpido de arena,
donde vivían unas 30 mil almas que sólo conocían sus arenas
blancas y doradas, alborotadas de algarrobos y de médanos
que el viento hacía y deshacía a su capricho. En ese rincón
del único mundo que había conocido, donde un río vetusto
corría helado en invierno, Bella aprendió a nadar y a ser
feliz.
Vestida de blanco,
con una mantilla española que le cubría el cabello, pero no
el rostro y mucho menos su sonrisa púrpura, Bella entró a la
iglesia decidida, casi altanera, del brazo de su padre, que
sudaba a chorros.
Enano la esperaba,
ufano, consciente de su triunfo, ante el altar. Todavía no
había aprendido a sonreír. Vestido de galán, sabía que el
pueblo lanzaría cohetes y reventaría pólvora luego de la
bendición del Obispo, que lo convertiría en esposo de Bella.
Pasaron más años.
Bella se estaba
quedando calva. Su rostro seguía reflejando ternura, pero la
perfección de sus facciones se había diluido un tanto. Sus
ojos ya no eran color olivo y habían dejado de ser
misteriosos. Su sonrisa se había escondido bajo tristezas
que su rostro había adquirido, quién sabe por qué.
Pero ella, terca,
seguía siendo Bella. Caminaba con el mismo garbo. Intentaba
esconder sus desvelos con miradas irónicas y su cabello lo
pintaba de colores nuevos.
Todo así hasta
aquella madrugada.
Apenas había
salido un sol opaco, escondido bajo nubes espesas, como de
mármol desabrido, y una lluvia débil lo borraba todo. Un
arco iris dudoso se defendía de todo aquello. Los colores
del día podrían aparecer pronto. Igual, los sonidos.
Bella, todavía
asustada por un sueño que le había impedido descansar, se
había despertado sobresaltada. Enano, que había adquirido
una panza voluminosa, roncaba a su lado.
Con la respiración
truncada, Bella abrió las ventanas de su recámara quedito,
como quien abre la vida con cuidado. Intentó respirar desde
su vientre, como lo hacía antes de zambullirse en el río.
No pudo. Cerró los
ojos y se acarició el rostro.
Se volvió a
acostar para escuchar el murmullo del viento. El corazón le
latía desfrenado. Decidió volverse a acercar a las ventanas
que seguían abiertas, y lo volvió a ver todo por lo que
sería su última vez.
Dos o tres
lágrimas viscosas le nublaron la vista. Dejó de ver los
colores dentro y fuera de su dormitorio. Todo se volvió
negro. Aturdida, se frotó los ojos varias veces. Igual, todo
seguía negro.
Por instantes,
creyó ver la figura erguida de su hermano Camilo, el Genio,
asesinado años atrás en circunstancias que nadie nunca le
aclaró, y que Enano había intentado explicarle con ese tono
pomposo de quien nunca pudo hablar en público sin
tartamudear.
“Tu hermano es un
mártir. Murió por sus ideales. No importa quién lo mató”, le
había dicho.
Bella se secó las
lágrimas. Sólo veía el cadáver de su hermano asesinado en un
féretro de madera. Creyó escuchar que le decía: “Tranquila,
Bella, la vida no tiene colores”.
Apenas pudo
escuchar el sonido del despertar esa mañana. Todo parecía
diluirse. Ya no veía nada. Todo seguía negro.
Enano seguía
roncando a su lado cuando ella se escondió bajo las sábanas,
con la esperanza que en unas horas recuperaría la vista, y
que el fantasma de su hermano nunca le volvería a aparecer.
No tuvo esa
suerte. Nunca se levantó de la cama, ni volvió a abrir los
ojos.
Murió, nunca se
supo de qué, unos días después, calva, escuálida, pálida.
Enano se ocupó de enterrarla. Ese día, sonreía como Bella. |