|
|
Orfeo y los
zapatos
María Lourdes Pallais
A mi padre y su
guitarra
¿Qué si duele?
Supongo Qué sí, pero si tienes una guitarra, como la mía, de
escudo, ni lo sientes. ¿Qué por qué lo permití? Es que no lo
permití, si casi ni me di cuenta, supongo que hasta lo
provoqué, pero esas son cosas del pasado. ¿Qué te cuente?
¿Cuál, la primera vez? Porque hubo varias, varios zapatazos
pero, la verdad, ninguno tan memorable como el primero,
bueno, quizás también el último, que en realidad fue
bastante más que un par de zapatazos.
¿Qué si el primero
me tomó por sorpresa? Hombre, claro, qué pregunta la tuya,
sorpresas esperaba cuando me casé, pero nunca que mi mujer
me tirara zapatazos.
¿Qué por qué los
otros no fueron tan memorables como el primero? Hombre, ¿Qué
nunca te enteraste que todo la primera vez es siempre más
memorable? Siempre, créeme. Ahora recuerdo: después de
varios zapatazos que sólo recibió mi guitarra, las cosas de
la vida, imagínate, mi mujer dejó de comprar zapatos de
tacón alto y puntiagudo, cambió la moda, ¿me entiendes?, y
ella, que siempre se jactaba de no seguir las modas, de
pronto decidió comprar sólo zapatos de taco bajo, le
quedaban mejor, decía, además eran mucho más cómodos,
supongo que tenía razón, pero yo sólo pensaba que finalmente
mi guitarra ya no recibiría zapatazos que le romperían las
cuerdas.
¿Qué si alguna
vez pensé dejar de tocar mi guitarra para evitar los
zapatazos? Claro que no, hombre, si ya se había convertido
en un ritual entre mi mujer y yo, ¿Qué si me gustaba el
ritual? Carajo cabrón, eso no lo había pensado. Supongo que
sí.
Lo te aseguro es
que, con zapatos de tacón alto o bajo, mi mujer tiene unas
piernas de puta madre, tobillos delgados que se amplían
suavemente hasta las rodillas, y lo demás, ni te cuento, de
pura raza, como de yegua de paso peruana, ¿alguna vez viste
a esas yeguas? No, claro que no, pues entonces sólo
imagínate, unas piernas duras, como de acero, pero
suavecitas al tocarlas, como de terciopelo, espléndidamente
dibujadas, así son las de mi mujer, y cero celulitis ni
ahora que ya es cincuentona, ¿me entiendes? No, claro que
no. Tendrías que haberlas tocado alguna vez, pero pobre de
ti, cabrón, si alguna vez te hubieses atrevido.
¿Qué me fui por la
tangente? Es cierto, para variar, qué terrible defecto es
ese el mío, empiezo por aquí y sigo por otro lado, es que
como que me distraigo, ¿me entiendes?, pero bueno tienes que
admitir que siempre regreso al principio, y sí, cabrón,
claro que me acuerdo, quieres que te cuente el primer
zapatazo, o bueno, los dos primeros zapatazos, porque
primero fue uno y después el otro. O.K., te cuento, voy al
grano, ahora sí, palabra de hermano.
Estaba yo, el
galán de siempre, te acordarás por supuesto, con mis 28 años
recién cumplidos y mi mechón sobre la frente, acariciando mi
guitarra como si fuese una mujer, ¿Qué no entiendes? Pero si
los cuerpos de las mujeres se parecen a las guitarras, y no
es invento mío cabrón, si lo han dicho muchos, creo qué
hasta Picasso.
El caso es que yo
siempre tocaba mi guitarra así, creo que nunca me viste,
pero trata de imaginarte, así, la parte de arriba, la
delgada, donde están las cuerdas, pegada a mi rostro, y
siempre acariciando sus cuerdas como si fuesen hebras de
cabello de mujer; así, mientras mantenía el cuerpo de mi
guitarra pegado a mi pecho, era como si además de cantar,
para qué mentirte, le estaba haciendo el amor a mi guitarra.
Modestia aparte, yo era un maestro con esas cuerdas, puta,
la falta que me hace a veces rozarlas, mezclar su sonido con
mi voz, carajo, cuando me acuerdo, siento que era mejor que
hacerle el amor a una mujer, aún a una como la mía.
Sí, tienes razón.
Sigo divagando. Pero ahora te lo cuento, palabra de hermano
mayor, sin irme por la tangente. Te prometo no cometer ese
error que siempre nos enfrascaba en discusiones bizantinas:
tu lógica de matemático contra mi preferencia por lo mágico.
Nunca nos pusimos de acuerdo, ¿recuerdas?
Pues bueno, te
decía que estaba yo cantando, porque, como siempre, no me
despegaba nunca de mi guitarra, era mi segunda piel, y
también como siempre, sabía que esa noche, me pedirían que
cantara “La Bien Pagaa” y nunca me hice rogar, la neta, para
qué mentirte, si era un enamorado perdido de mi guitarra, si
sentía que me transportaba no sé dónde, pero a ese lugar
feliz dónde sólo la magia de mi guitarra acurrucada en mi
pecho existía, sólo así sentía esos orgasmos infinitos. ¿Te
suena cursi? No lo dudo, pero me importa un bledo. Es que
nunca entendiste la poesía, ni te interesaron las metáforas,
mucho menos los sueños. Siempre odiaste la literatura. Creo
que ni El Quijote leíste alguna vez...
Ya, ya, O.K.,
regreso a la historia...
Con “La Bien
Pagaa” iniciaba mi repertorio, ¿conoces la canción? Bueno,
pues, esa. Y después, sin que nadie me lo pidiera, seguía
con “Perfidia”. ¿En serio que no la conoces? Aquella que va
“mujer, mujer, si puedes tú con dios hablar”, sí la conoces,
imposible que no te acuerdes. Y seguía con “El Rey”, como
para equilibrar el asunto, ¿me entiendes? Primero
“Perfidia”, donde la mujer es reina, y luego, yo, “El Rey!
Sí, hermanito,
todo fríamente calculado, y con los ojos cerrados y la
pasión encendida, amén del mechón sobre la frente.
Pero te juro que,
por lo menos la primera vez, en mi delirio, no me di cuenta
de que todas, porque eran puras mujeres las que me rodeaban,
mujeres de mis amigos, incluso la esposa de un nuestro
pariente, se me pegaban como larvas, y supongo que me
excitaba, ¿me entiendes? Y seguía cantando, acariciando mi
guitarra, sudando como cuando hacía el amor con mi propia
mujer, extasiado. Sin parar, iba de una canción a otra,
“Paloma negra, paloma negra, ¿dónde, dónde andarás...?”, y
“Nosotros que nos queremos tanto” y otras por el estilo, ya
no me acuerdo muy bien todo mi repertorio, pero fue en algún
momento de “Nosotros” qué recibí el primer zapatazo.
A todos les hizo
mucha gracia. Yo, la verdad, ni lo sentí. Le cayó a mi
guitarra y terminó en el suelo. Una de las mujeres que me
rodeaba tomó el zapato, muerta de risa, y lo tiró contra una
ventana, creo al menos.
¿Qué si rompió la
ventana? Hombre, carajo, tú siempre tan detallista, ya no me
acuerdo. Lo importante es que yo seguía cantando y las
mujeres acumulándose a mi lado. “Quiero ser libre, vivir mi
vida...” y ¡zum!, el segundo zapatazo. No perdí ni una sola
nota. No, hermanito, te juro que no enfurecí. Simplemente
agarré el zapato que se había enredado en las cuerdas de mi
guitarra y había roto por lo menos dos de ellas y lo tiré al
piso para seguir cantando feliz.
Tampoco a nadie
le pareció raro, quiero decir, que mi mujer me tirara un par
de zapatazos, algo tan poco social, ¿me entiendes? Todos
seguían tan tranquilos, escuchándome cantar y riéndose,
especialmente las mujeres. Pues sí, yo seguí cantando el
resto de mi repertorio, importándome poco que algunas
cuerdas de mi guitarra estuviesen rotas, ¿por qué? Pues por
los zapatazos de mi mujer, cabrón, ya eso lo tenía bastante
claro, pero igual, me importó poco.
¿Qué si estoy
exagerando? No, hombre, por Diosito que no. ¿Qué si nadie se
preocupó de mi mujer? En lo absoluto, cabrón. Nadie le hizo
caso el menor caso, si mal no recuerdo, ella se largó, dando
un portazo. Pero yo seguía, terco, aferrado a mi guitarra y
cantando: “Quiéreme mucho, dulce amor mío”, y de pronto,
cabrón, la mujer de un amigo, bastante guapa, por cierto,
pero sin las piernas de mi mujer, me zampó un tremendo beso,
con lengua y todo, se desabotonó la blusa, delante de todos,
¿me entiendes?, allí, creo, estaba su marido, pero ella como
si nada, me empezó a seducir, digo empezó pero ya tenía rato
de hacerlo, y yo igual, pero yo trataba de seducirlas a
todas, ¿me entiendes?, es que lo mío era tocar mi guitarra,
lo demás no era importante, ya te dije, me importó poco que
mi mujer se hubiese largado furiosa ni pensé que yo hubiese
hecho algo que la ofendiera. Yo sólo estaba cantando, ¿me
entiendes?, y sí también estaba seduciendo a las mujeres que
me rodeaban, pues !bendito sea Dios!
Lo que pasó
después, ¿te interesa? O.K., te lo cuento, pero también pasó
sin que yo me diera mucha cuenta, ¿me entiendes?, terminé en
la cama con la mujer de un amigo, ¿Qué a qué cama?, cómo
jodes con los detalles, yo qué sé a qué cama, pero a una
cama, yo qué sé de quién, y allí me la cogí, una sola vez,
porque ella insistía que le cantara algo, cualquier cosa,
aún sin guitarra, cosa que yo hice, creo al menos, hasta que
me aburrí de repetir mi repertorio y ella, finalmente
cabrón, se me durmió, sin importarle mucho nada, mucho menos
que dos cuerdas de mi guitarra estuviesen rotas por los
zapatazos de mi mujer.
Las cosas de las
guitarras cuando uno las quiere como yo quería la mía.
¿Qué pasó
después?, sencillamente que mi mujer me pidió el divorcio al
día siguiente, y que yo sigo sin entender. A lo mejor tú sí
entiendes. No te rías, hijueputa. Sigo sin entender por qué
nunca nos divorciamos y ya ni me acuerdo qué argumentos le
di, ni por qué, para convencerla que todo tenía que ver con
mi guitarra, mucho menos cómo nos reconciliamos.
¿Qué? ¿Ahora
quieres que cuente la última vez que canté con mi guitarra?
Pues lo único memorable de esa vez, además de que fue la
última, creo que ya lo sabes, ¿No? Bueno, pues te lo cuento
sólo porque eres mi único hermano, aunque no entiendo muy
bien porque a estas alturas te interesa...
Una de esas
noches, cuando regresábamos a casa después de cantar mi
repertorio, mi mujer con zapatos tacón bajo y yo con mi
guitarra y sus cuerdas reparadas, cada cual hizo lo suyo,
¿cómo que qué hicimos? esas cosas que hacen las parejas
después de muchos años de vivir juntos, la rutina cabrón:
quitarse la ropa, lavarse los dientes, esas cosas, ¿me
entiendes? No, claro que no me entiendes si nunca te
casaste, pero, carajo, ¡alguien te las podría haber contado!
El caso es que ya
nos habíamos medio dicho buenas noches, y yo estaba
profundamente dormido cuando mi mujer me cortó las dos
manos. ¿Qué con qué? Pues con un cuchillo de cocina, de esos
filosísimos. ¿Qué si me dolió? En puta, hermano, en puta,
pero sólo después, cuando me di cuenta. Ni me lo digas, ya
lo sé hermanito, prefieres estar muerto que verme así. Te
entiendo. Ya sé, no es fácil que tu hermano mayor se haya
quedado manco por culpa de una guitarra y de una mujer. Sí,
hombre, ya lo sé, no tienes que decírmelo, es mucho peor que
estar muerto.
|