María López
Vigil
Un güegüe me contó
En el
principio, al comienzo de todo, Nicaragua estaba vacía.
Vacía de gente, pues. Había tierra y había lagos, lagunas y
rios. Y muchos ojos de agua. Pero no había ni mujeres ni
hombres para mirarlos. Las mojarras y los guapotes, también
los cangrejos, eran dueños de las aguas y vivían en ellas y
hacían en ellas lo que les salía...
También estaban los cenzontles y los colibríes volando
alrededor de las flores y los zanates instalados en los
árboles. Y estaban los árboles: el jocote, el granadillo, el
jícaro, el malinche, el chilamate, el cedro real y un poco
de árboles más. Los perros zompopos corrían entre las
piedras y los garrobos salían a tomar el sol sin que nadie
los molestara. Coyotes, conejos, leones y dantos andaban de
vagos por el monte y se hartaban tranquilos.
Ya estaban los volcanes cocinando lava y botando humo, pero
todavía no había nadie en Nicaragua. Nuestra tierra estaba
vacía. Vacía de gente, pues.
En el
principio, al comienzo de todo, dicen que ya estaban los
dioses. Los dioses vivían allá, por donde sale el sol.
Nadien se asomó nunca por el rumbo de los dioses. El dios
Tamagostat era varón y guardaba la luz del día. De sus manos
venías todas las cosas buenas y también todas las cosas
buenísimas. La diosa Cipaltonal era mujercita y guardaba la
noche. O más que todo: guardaba el momento de la noche en
que llega la luz y empieza a ser de día. Era la guardiana de
la aurora. Cipaltonal era linda, tenía la cara pintada con
los colores del amanecer.
Tamagostat se enamoró de ella, se volvío dundito por ella.
Para encontrarla recorrió el cielo a toda hora. Pero no la
halló.
Tanto y tanto caminó Tamagostat que todas las nubes se
dieron cuenta de que era un dios enamorado. Un día, una de
ellas se apiadó de él y le reveló el secreto:
- Mirá, hombre, a la linda Cipaltonal sólo podrás hallarla
si te alistás para cuando el sol abra su ojo y deje escapar
su primer rayo de luz. Sólo entoces.
Tamagostat hizo posta en las misma nalgas del sol, se
desveló, estuvo de vigilancia, hasta que un día, por fin,
cuando el sol abría su ojo izquierdo, logró mirar a su amor.
y su amor lo miró a él.
- ¡¿Ideay?!
- Cipaltonal, te quiero tanto, tanto, tanto...
Entoces, la cara pintada de amanecer de Ciapltonal se puso
roja, roja, roja.
Estaba más linda que nunca. Tan linda que Tamagostat dio un
brinco por encima del primer rayo de luz y la besó en la
boca.
- ¡Jodidoooo! -se oyó gritar al sol-. Así fue. Aquel día el
amanecer no fue igual al de otras mañanas. Tuvo tres mil
colores nuevos. Colores tan bonitos como nunca se había
visto antes y como nunca más se volverán a ver. De aquel
beso de nuestro padres nacimos todos nosotros los
nicaragüenses.
Un
poquito después del principio empezaron a llegar hombres,
mujeres y chavalos.
Por aquellos tiempos lejanos, que ya nadie recuerda, ni doña
Tula, las tierras
de América, desde más al norte de lo que hoy son los Estados
Unidos hasta
la mera Patagonia, al sur más al sur, estaban vacías de
gente pero repletas de animales.
Nuestros abuelos abuelísimos vinieron a cazarlos. Hicieron
viaje de muy largo:
del Asia, de oriente, de donde nace el sol.
Un día que no está escrito en ningún calendario agarraron
sus calaches y vinieron para aquí.
- Unos a
la bulla y otros a la cabuya.
Llegaron
en molote, llenando de a poco todas las tierras de América.
Tambié en molote llegaron hasta Nicaragua. Y al mirarla,
decían los abuelos chinos:
- ¡Chocho,
qué tierra más pijuda!
Se
instalaron aquí. Eran tendaladas de animales las que había:
bisontes,
elefantes peludos llamados mamuts ( de esos que sólo pueden
mirarse en los museos ),
tigres dientudos y caballos con colochos y venados y
chanchos de montes...
Todos
eran animales buenos para hacer carne asada.
De a
poco, los abuelos chinos ya fueron teniendo la piel del
color del contil.
- Ya éramos indios, pues.
Aquellos primeros nicaragüenses se fueron instalando por
todas nuestras tierras.
Unos por los bosques del norte, desde Teotecacinte buscando al
este, otros por
las orillas del Coco buscando el Atlántico.
Unos en las montañas del centro y otros junto a los lagos.
Unos al occidente y otros al oriente.
- Cada
lora a su guanacaste.
Donde
más gente se arrejuntó fue a lo largo de la costa del
Pacífico.
Aquellos primeros nicaragüenses no tocaban aún la marimba ni
bailaban
palo de mayo, no comían ni rondón ni gallo pinto.
Eran tiempos demasiadísimo antiguos. Los nicas aquellos eran
arrechos a cazar.
Cazaban y pescaban. Y como sabían hacer el fuego se
preparaban un almuerzo soñadito con carnita de monte o con
un guapote frito. También bailaban, jugaban,
reían y contaban cuentos. Eran felices y eran parejos.
Porque eran parejos eran felices.
Mujeres, hombres, niños y viejitos: todos parejos.
- Es
correcto: a nadie le falta nada y a nadie le sobra nada.
Pero la
historia siempre tiene sus bandidencias. Cuentan que algunos
de aquellos cazadores
hicieron sus casas en Managua, junto al lago, y que un día,
a saber por qué vaina,
el abuelo Chepe-Nepej amaneció gritando:
- ¡Quiero pinol!
Para
aquel entonces nuestros abuelos no conocían ni la siembra ni
la tapisca.
Ni idea tenían del maiz y mucho menos sabían qué fuera el
pinol.
Por cuenta fue grande el asombro por la necedad del
señor,que gritaba y gritaba:
- ¡Quiero pinol!
Y dicen
que tanto gritó aquel jodido que Managua entera se alborotó.
Y todo mundo se preguntaba:
- ¿Qué chunche será ese pinol?
Y era
una sola infanzón por donde la casa de Chepe-Nepej, una
cuadra al lago media al sur.
- ¡Quiero pinol! ¡Quiero pinoooool!!!!
Y
después de una hora, de tres horas, como nadie le daba pinol,
Chepe-Nepej,
de malcriado, agarró una hacha de piedras bastante filudita
y, zacaplás, la levantó
por encima de las cabezas de todos. Al verlos así tan bravo,
los managuas, y hasta
los venados y los bisontes, salieron en carrera hacia el
lago.
_¡Quiero pinol! -gritaba Chepe-Nepej-, ¡Quiero pinol!! -gritaban
todos-. Y todos corrían.
Y
cuentan algunos que aquel mentado día del pinol, el molote
que se armó fue tan
tremendo que el lago y los volcanes también se alborotaron.
Y cuentan más: que los tres volcanes de Managua, el Asososca,
el Nejapa y el Tiscapa
se les removieron las tripas como que tuvieran currutaca y
cocinaron ligero una lava
calientísima que llevaba piedras, cenizas, fuego y toda
chochada y burumbumbún,
estallaron. El río de lava y la lluvia de cenizas alcanzaron
a los managuas
mientras unos corrían de allá para acá y otros de acá para
allá.
Aquel ayote terminó ahumado: el fuego ardiente les quemó el
fundillo a todos.
- ¡Por
este baboso que quería beber pinol, terminamos
desmambichados!
Y le
echaba verbos al mañoso de Chepe-Nepej. La huellas de los
que corrieron
en aquel molote quedaron marcada para siempre en el lodo que
vomitó
el volcán por el rumbo de Acahualinca. Y hasta el día de hoy
se pueden mirar.
Hay otras muchas historias sobre esas huellas.
Esta del pinol es una no más, por cuenta no la más cierta.
Dicen que sólo iban cazando un bisonte
o que salieron de paseo o que hacían viaje con sus maritates
o que .... A saber.
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