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María López
Vigil
Otro Dios es posible:
Reflexiones
desde Nicaragua sobre el cristianismo,
el poder y
las mujeres
En su
libro Entre el Estado Conquistador y el Estado Nación:
Providencialismo, pensamiento político y estructuras de
poder en el desarrollo histórico de Nicaragua (2003),
Andrés Pérez Baltodano señala cuál es la más gruesa y
escondida de las raíces que explican el atraso de Nicaragua,
el obstáculo que le ha impedido, y le sigue impidiendo, ser
un Estado moderno. Lo identifica: se trata del
providencialismo religioso, generador de una cultura
política a la que él llama "pragmatismo resignado". Pérez
Baltodano propone como tarea urgente, para ir arrancando
esta perniciosa raíz, la transformación de la idea de Dios.
La idea
de Dios como supremo poder que gobierna el mundo y el país,
la vida colectiva de todos y la vida individual de cada
quien, marcando su destino a naciones y a personas, el Dios
que ordena a cada instante la realidad de forma inapelable,
impredecible también, repartiendo premios y castigos,
cosmovisión que promovió la Conquista y consolidaron en la
Colonia hacendados y capitanes -propietarios y militares-
con la bendición de las jerarquías eclesiásticas católicas -prelados
y sacerdotes-, todos ellos varones, todos ellos para
conservar su poder, domina las conciencias nicaragüenses
hasta el día de hoy. En una encuesta de hace unos años
realizada en Nicaragua, más del 80% de los encuestados -de
todas las edades y clases sociales- afirmó que el destino de
su vida dependía "de la voluntad de Dios" (La Prensa, 2002).
Este
providencialismo y este pragmatismo resignado han construido
Estados pre-modernos, con gobernantes incapaces de asumir
las riendas de un cambio y con gobernados incapacitados para
reclamarles que lo hagan, han consolidado Estados no laicos,
con políticas públicas imbuidas de creencias, dogmas y
moralismos carentes de racionalidad. Esta cosmovisión genera
resignación, conformismo, impotencia, alimenta la parálisis
social y explica la asombrosa facilidad con que tantísima
gente es leal a los caudillos-dioses de la clase política, a
quienes entrega su voluntad, confiando en que sean ellos
quienes organicen el destino nacional y les concedan favores.
Es religiosa esta visión de la política. Campea en los
partidos de derecha y también en los de izquierda. Esta
cultura política impide el desarrollo de la sociedad civil y
la construcción de ciudadanía.
Instalados aún en la Conquista, herederas aún de la Colonia
Para que
otra Nicaragua y otro mundo sean posibles, para que la
política no sea ni ejercida ni vista como una vía para el
ejercicio del rango y del poder arbitrario y autoritario,
para "acercar la hora en que el iracundo no tenga ya sitio
en el mundo" -como lo expresó Pablo Neruda- y con la llegada
de esa hora disminuyan los niveles de violencia que signan
la historia de la humanidad, para que la apuesta por la paz
le gane espacios a las guerras en lo público y también en lo
privado, para que todo esto pueda ser, lo más urgente es
construir ciudadanía dentro de Estados nacionales que sean
auténticamente laicos. Esa meta no podrá alcanzarse sin dar
pasos previos para cambiar la idea de Dios que prevalece en
la mente humana.
Pienso y
escribo esto desde Nicaragua, desde Centroamérica, desde
sociedades del "Occidente cristiano" que en su conciencia
colectiva no han superado aún los traumas de la Conquista de
hace quinientos años ni el entramado jerárquico de los
siglos de Colonia que siguieron. A diario lo comprobamos.
Somos países que hace poco más de siglo y medio se hicieron
independientes formalmente, pero que siguen albergando a
millones de personas, la mayoría, que carecen de autonomía
personal, que nunca la han saboreado. Somos sociedades con
la institucionalidad -y también con la teatralidad- de la
democracia (separación de poderes, elecciones periódicas,
instituciones, cargos, delegados en los organismos
internacionales, costosos procesos de modernización estatal),
pero que desconocen todo o casi todo de la cultura
democrática.
Y todo
esto es así no sólo porque el modelo económico que padecemos
en estos tiempos del cólera globalizador concentra la
riqueza, profundiza la pobreza, ahonda las inequidades,
produce migraciones masivas y niega oportunidades a la
mayoría. No, no carecemos aún de ciudadanía sólo por causa
de estos problemas objetivos, evidentes y lamentables. En lo
más hondo de nuestra no-ciudadanía pervive una realidad
subjetiva, cultural, con raíces tan profundas y enredadas
como las de una ceiba adulta. Perviven ideas religiosas que
deben ser entendidas, tenidas en cuenta, analizadas,
revisadas.
Primera reflexión: en Nicaragua la religión carece de
historia
Partamos
de la historia, siempre maestra. ¿Quiénes cristianizaron a
nuestros indígenas, a nuestros antepasados? Españoles
católicos del siglo XVI, de una España "armada" contra los
reformadores protestantes, en contrarreforma -es decir, en
una batalla campal- contra los "errores" religiosos que se
extendían por Europa, convencidos de su verdad, de que su
Dios era el verdadero. Y por lo tanto, había en aquellos
hombres tendencias y actitudes intolerantes, autoritarias,
injustas, crueles. La idea de Dios que imponían, que
transmitían, rezumaba las características de sus propias
ideas excluyentes y avasalladoras. Aun los mejores de entre
los conquistadores hablaban seguramente de un Dios que tenía
poder y abusaba de él para ganar adeptos.
La
cultura religiosa que nació de este encontronazo de culturas
se basó en verdades que se imponían y no en sentimientos que
se compartían, menos aún en compromisos que se asumían para
organizar la sociedad. Dios se impuso en Nicaragua
militarmente, con la espada, con el expolio de tierras y con
la violación de mujeres. Y arrasó así con la cultura
religiosa anterior a los españoles, que tampoco debemos
magnificar como positiva y mejor, porque muy poco la
conocemos.
Tantos
traumas, asociados al origen de nuestra cultura religiosa,
perviven en la memoria colectiva. En las pesadillas
colectivas. ¿Queda algo de todo esto? Considero que queda
muchísimo. Y es la ignorancia profunda sobre nuestra propia
historia la que nos impide reflexionar sobre estos orígenes
traumáticos para sacar conclusiones.
Nuestra
religión no tiene historia, no tiene ni tiempo ni tiene
espacio. Es a-histórica, a-temporal y a-espacial. No la
explica ningún proceso histórico. Mayoritariamente pensamos
que así fue, así es y así será. ¿Cómo inició en la humanidad
la idea de Dios? ¿Cambian las ideas de Dios a medida que
cambia la humanidad? ¿Y cómo cambian? ¿Y cómo nos llegó a
Nicaragua la idea de Dios que hoy tenemos? ¿Y ha cambiado o
no esa idea que nos llegó? ¿Es posible hablar de una
"historia de Dios"? Son preguntas que ni se formulan. Que
sorprenden y hasta producen estupor. Porque pensamos a Dios
inmutable.
En esa
inmutabilidad, no se contrasta nunca la idea de Dios que hoy
tenemos con las ideas con que la ciencia, en permanente
evolución, nos va explicando la realidad. Ignoramos los
avances científicos y los descubrimientos de la ciencia no
se incorporan a nuestras palabras sobre Dios, no forman
parte de nuestra reflexión sobre Dios, no alteran nuestra
idea de Dios. Todo lo que, como humanidad, hemos aprendido
científicamente queda fuera de nuestra cultura religiosa,
que, por eso, resulta a menudo irracional, irrelevante para
los no creyentes, incapaz de construir una mentalidad laica.
Para mucha gente en Nicaragua, Dios sigue arriba, enviando
rayos y lluvias, castigando con sequías o terremotos a una
tierra que sigue siendo centro del universo y a nosotros,
los seres humanos, que seguimos siendo amos y señores de la
tierra.
Tampoco
contrastamos suficientemente nuestra idea de Dios con las
ideas que, también en permanente evolución, nos va aportando
la misma teología. Si no vinculamos al Dios en quien creemos
con la ciencia que explica el mundo del que creemos Dios fue
el Creador, tampoco nos interesamos por lo que dicen y
piensan quienes en el mundo están recreando y transformando
continuamente la idea de Dios.
Naturalmente, estas desconexiones tienen mucho que ver con
la historia. Con que nuestra ideas religiosas nos fueron
impuestas, nunca fueron vivencias asumidas en profundidad,
mucho menos reflexionadas y discutidas. El tiempo las ha ido
transformando en un conjunto de supersticiones mágicas
superpuestas sobre las visiones también mágicas de nuestros
antepasados indígenas.
Más
grave es la a-temporalidad referida a Jesús, un hombre en la
historia, que habló en un tiempo y en una geografía, desde
una cultura y desde una patria, y al que identificamos con
ese Dios inmutable. Entendiendo que esto es un tema muy
delicado, que requeriría de más palabras de las que puedo
compartir aquí, considero que esa equivalencia mecánica,
dogmática y aprendida que nos lleva a identificar a Dios con
Jesús de Nazaret y a Jesús de Nazaret con Dios nos impide
toda posibilidad de una reflexión cristiana auténtica. Nos
impide transformar la idea de Dios. Si el Cristo de la fe se
superpone sobre el Jesús de la historia y si ese Cristo de
la fe se identifica simplistamente con Dios, no lograremos
transformar la idea de Dios con la que hoy pensamos y nos
movemos.
Para una
mayoría de gente en Nicaragua, Jesús es también un ser
a-histórico. Es un ser mítico, como un aerolito caído del
cielo, un Dios disfrazado de hombre, algo así como el
Supermán todopoderoso y hacedor de prodigios que, disfrazado
con saco y corbata, trabaja en una oficina como Clark Kent.
Nuestro Colochón es un fetiche, un icono, una imagen.
¿Quién
fue Jesús de Nazaret? Muy pocas cosas podemos decir de los
rasgos de su personalidad según se desprende de los relatos
de los evangelios, poco sabemos de las contradicciones
políticas, sociales, culturales, también religiosas, que
tuvo que enfrentar en su tiempo, de las decisiones que tomó,
del ambiente en que vivió y desarrolló sus novedosas y
provocadoras ideas sobre Dios.
Gravísima es también la a-temporalidad que trasladamos a la
Biblia, un libro que consideramos escrito directamente por
Dios, quien habría dictado su contenido a unos escribientes
en un espacio y un tiempo también mítico. Poco sabemos de
los condicionamientos culturales de los autores de la
Biblia, de las profundas contradicciones que hay entre los
libros y los textos de los textos, de los añadidos y
supresiones, por no decir del origen de las diversas
traducciones de este libro de libros.
Y como a
Dios nadie lo ha visto jamás y como Jesús está tan lejano
como Dios, el aferramiento a-temporal a la Biblia, la
a-temporalidad con la que nos situamos ante la Biblia como
inmutable "palabra de Dios" supera a menudo esas mismas
actitudes referidas a Dios y a Jesús. No sabemos ir "más
allá de la Biblia" para entenderla y para entender el tiempo
en que nos ha tocado vivir, muchos de cuyos desafíos no
tienen respuesta en la Biblia.
Necesitamos situar nuestra fe en la historia. Necesitamos
emprender un éxodo: de la religión sin historia a la fe en
la historia. Del Dios fuera de la historia, del Jesús sin
historia y de la Biblia sin contexto histórico al Dios de
Jesús, que está más allá del mismo Jesús y de la misma
Biblia.
Necesitamos la temporalidad, necesitamos la historia para
entender el mundo y para entender nuestra fe. Desde la
historia entenderíamos por qué y en qué los protestantes no
piensan como los católicos y cuándo empezaron a pensar
diferente. Entenderíamos por qué Jade y Said, Mohamed y
Latifa, los queridos personajes de "El Clon", creen en Dios
llamándole a Alá y lo veneran de distinta manera a nosotros.
Entenderíamos la base religiosa de la guerra entre israelíes
y palestinos o por qué las noticias de Irak nos hablan de
clérigos chíitas. Entenderíamos muchas cosas.
La
a-temporalidad basada en la ignorancia histórica y en la
ignorancia científica abona el terreno a las mediocres
predicaciones con que a menudo nos alimentan obispos,
sacerdotes y pastores. Y alimenta, sin duda, tendencias a la
intolerancia. Nos creemos poseedores de la verdad, porque no
conocemos otras verdades.
Situando
a Dios, a Jesús y a la Biblia en la historia, en el tiempo,
entenderíamos que Dios está más allá de nuestros esquemas
teológicos y bíblicos y entenderíamos también que conociendo
otros esquemas religiosos nuestra fe se enriquece.
Entenderíamos aquello que Aiban Wagua, un sacerdote de la
etnia kuna de Panamá, expresó sabiamente en un encuentro
pastoral celebrado en México en 1992: “Dios es muy grande y
no lo podemos abarcar por completo. Cada pueblo conoce una
parte de Él. Y es necesario que esa parte se
mantenga como diferente de las demás para que, al juntar
todas las partes esparcidas por los pueblos, se llegue a la
verdad completa de Dios” (Aiban Wagua, 1992).
Naturalmente, esta a-temporalidad en la que se mueven
nuestras creencias religiosas, afecta profundamente a las
mujeres. Porque es desde una total falta de historia,
atrapados hombres y mujeres en mitos a-temporales, dados,
fijos, fuera del espacio y del tiempo, pero defendidos como
"certezas eternas" que asumimos el pecado de Eva, la mujer
nacida de la costilla de Adán y tantas otras leyes y
costumbres "divinas", sin saber ubicarlas en su contexto
histórico, y en el más amplio conjunto de la historia
patriarcal, aquella en la que hemos convivido mujeres y
hombre desde hace milenios, sin tomar conciencia del
altísimo precio que pagamos en infelicidad por vivir en
ella.
Segunda reflexión: en Nicaragua la religión se basa en el
miedo
El miedo
domina nuestra cultura religiosa. No lo admitimos, pero es
así. Esto tiene una lógica histórica, ya que la idea de Dios
que hoy tenemos nos llegó originalmente hace quinientos años
con la conquista militar, con una invasión, y acompañada de
amenazas, controles, represiones, castigos, torturas y
muertes. Pero conviene saber que, aunque en Nicaragua este
miedo ancestral a Dios está reforzado por los horrores de la
Conquista, este miedo acompaña a toda la humanidad.
Como
humanidad, entramos al segundo milenio tras concluir el
esfuerzo científico organizado más grande de nuestra
historia sobre el planeta: completamos el genoma humano,
identificando las "letras" en las que está "escrito" nuestro
código genético, el de nuestra especie, Homo Sapiens
Sapiens. Hemos descubierto ya cómo se replica la vida,
constante y tenazmente, desde hace cuatro mil millones de
años, desde las formas más simples, las de las bacterias,
hasta las formas más complejas, las de los mamíferos, entre
los que nos encontramos los Sapiens.
En esta
cadena de replicación de la vida mandan los genes, con sus
cuatro letras que se recombinan una y otra vez para
mostrarnos miles de millones de formas de ser humanos dentro
de nuestra especie. Pues bien, un eminente genetista
británico, Richard Dawkins, nos ha enseñado de la existencia
de "otros" genes, los de la cultura humana, los que
elaboran, transmiten y heredan los cerebros, los que mandan
en nuestras mentes. Estos genes -él los llama memes (mems
en inglés)- no son estructuras bioquímicas que se transmiten
por la biología sino estructuras de pensamiento -ideas,
valores, conceptos- que se transmiten por la
cultura(Dawkins, 1994).
Como los
genes, los memes se recombinan, se seleccionan, aparecen y
desaparecen, y unos prevalecen sobre otros. Dawkins explica
que en el acervo mémico de la humanidad no hay meme tan
universal y de tanta persistencia como el meme Dios.
Y añade, preocupado, con justa preocupación, que no hay meme
más persistentemente asociado al meme Dios que el
meme infierno o castigo.
Sí, le
tenemos miedo a Dios. Y ese sentimiento nos paraliza y
cuando nos mueve lo hace hacia el sacrificio, el ayuno, la
penitencia, las promesas, la culpabilización. Nos impulsa a
una adicción a la religión, como calmante que exorcice
nuestros miedos. Le tenemos miedo a la omnipotencia de Dios.
Dios todo lo puede, y creemos que usa su poder
arbitrariamente. Para castigarnos. Le tenemos miedo a la
omnisapiencia de Dios. Dios todo lo sabe y creemos que saber
lo que piensa o decide hacer es inescrutable porque nadie
dialoga con él y nadie lo controla. Le tenemos miedo a la
omnipresencia de Dios. Dios está en todas partes, como un
ojo fiscalizador, y creemos que ese estar no significa
acompañarnos cariñosamente potenciando nuestra libertad,
sino juzgarnos para controlarnos. Hasta para tomar venganza.
Tenerle
miedo a Dios -y a su infierno- conduce a organizar la vida
en función de premios-castigos, promesas-milagros,
pecados-salvación, sacrificios-benevolencia. Este miedo nos
impide pensar libremente y decidir autónomamente. Este miedo
frena, en su misma raíz, la forja de ciudadanía y el
desarrollo de una cultura democrática, porque en la
democracia se descarta la arbitrariedad, se limita el uso de
la represión y de la fuerza y se organiza la vida en función
del respeto a derechos y a deberes.
Este
miedo nos hace irresponsables ante la historia, ante nuestra
propia historia, ante la historia de nuestro país. Si de un
Dios temible todo depende, nada depende de nosotros. Él es
el único responsable, nosotros no tenemos responsabilidad. A
quienes gobiernan y tienen poder y recursos, esta
irresponsabilidad los hace insensibles a la miseria ajena. Y
a quienes son gobernados y carecen de poder y de recursos,
esta misma irresponsabilidad los hace fatalistas ante su
propia miseria. Y nada cambia. Porque nada cambiamos.
Es
también por esta religiosidad anclada en esta arraigada idea
de Dios que nuestra visión de la ley no nace de la
legitimidad de la ley. La legitimidad se construye siempre
mediante el diálogo y la relación entre iguales. Pero
nuestro Dios no dialoga con nosotros. Decide
arbitrariamente, se impone. ¿No nacerá de esta idea nuestra
admiración por el macho“coyoles”, por el verde olivo, por
los hombres “arrechos”, por los caudillos?
Tenemos
que reflexionar en cuánta medida el vincular el poder de
Dios al castigo de Dios vincula, en nuestra vida cotidiana,
el poder que tenemos y el que ejercemos al abuso del poder.
Porque si creemos en un Dios todopoderoso que nos castiga,
nos pone a prueba, hasta diríamos que goza con nuestro dolor
porque exige nuestros sacrificios, también estaremos viendo
cómo legítimo expresar el poder que tenemos sobre nuestros
hijos no como responsabilidad amorosa sino como derecho al
abuso, al castigo y a la violencia. De la misma manera, los
hombres entenderán el poder que creen les atribuye una
lectura a-histórica de la Biblia sobre las mujeres como un
derecho al abuso, al castigo y a la violencia.
Y diría
algo más, que puede sonar demasiado audaz, hasta
irreverente: ese miedo que le tenemos a Dios nos impide
enfrentarnos a Dios, cuestionarlo, para llegar a la
verdadera fe abandonando la religión por el atajo del
"ateísmo". Un teólogo católico alemán, Eugen Drewermann,
también sicoanalista, expresa esto muy lúcidamente al
explicar por qué cree él que el ateísmo nos puede conducir
al Dios verdadero:
La
mayoría de los seres humanos se agarran a la religión como
el que está a punto de ahogarse se agarra a la cuerda que se
le tiende. Se aferra a ella con todas sus fuerzas. La cuerda
debe aguantar. Ella es la verdad. Si la cuerda llega a
romperse, se abre un abismo. Por eso es esta religión y
ninguna otra la que importa... Todo aquello en lo que se
puede encontrar vida y seguridad depende de la cuerda y
tiene que ser verdad.
Pero, a veces, con la ayuda de esta cuerda, los hombres
ponen pie en tierra. Entonces, ya tranquilos, abandonan la
cuerda, porque ya tienen tierra firme bajo sus pies. Y lo
hacen sin ser del todo conscientes de que es la tierra la
que les proporciona seguridad. En eso, precisamente,
consiste la religión verdadera: la mano de Dios que nos
sustenta y no la cuerda a la que nos agarramos.
La
cuerda, la religión, no es más que una herramienta, un
medio. La religión verdadera es sólo una confianza ante la
que no encontramos palabras para definirla. El ateísmo quita
la cuerda y le dice al hombre: ¿Cuándo dejarás de jugar a
ser náufrago? La tierra está bajo tus pies, firme y segura,
pero tú sigues aferrado a tu trauma. Hubo un tiempo en que
creías que ibas a caer al fondo y ahogarte. Eso pasó hace ya
muchísimo tiempo. Entonces eras un niño muy desgraciado y
necesitabas seguridad. A esa exigencia de seguridad tuya es
a la que ha respondido la religión por ti.... Buda lo
expresó de una forma muy bella: mi religión, mi enseñanza no
es más que una barca con la que se atraviesa el río.
Llegados a la orilla, a nadie se le va a ocurrir tomar la
barca y colocársela sobre la cabeza para llevársela, sino
que se deja allí y se camina libremente
(Drewermann, 1997, 165)
Tercera reflexión: en Nicaragua la religión es machista y
legitima el machismo
En la
historia de la humanidad, "Dios nació mujer", la idea de
Dios nació vinculada a lo femenino. Durante milenios, la
humanidad, asombrada ante la capacidad de la mujer de
generar de su cuerpo el milagro de la vida, veneró a la
Diosa, viendo en la mujer una imagen divina.
Muchos
milenios después, la idea de Dios se transformó... y Dios se
convirtió en varón. Hoy, el Dios en quien creemos en
Nicaragua es un Varón. Es así también en las grandes
religiones monoteístas: Cristianismo, Judaísmo, Islamismo. Y
en otras religiones politeístas, los dioses varones tienden
a ser predominantes, preponderantes.
Así
pues, en el Cristianismo, tanto en su versión católica como
en su versión protestante, Dios es un Hombre. Considero que
ninguna característica de nuestra cultura religiosa
contribuye más que ésta a la instalada inequidad entre
hombres y mujeres. La religión perpetúa esta inequidad, la
justifica, la explica, la legitima. Pero como esta raíz
permanece tan escondida, está tan abajo en la tierra de
nuestras mentes, arraigada tan profundamente, resulta
difícil exponerla y da a menudo mucho temor reflexionar
sobre ella, y ahí se queda, intocada.
En la
iconografía cristiana, en las imágenes que hemos visto desde
niñas y niños, Dios es un anciano con barbas. Es un Rey con
corona y cetro sentado en un trono. Es también el Dios de
los Ejércitos. Por lo tanto es un General. Según esa
iconografía, ese Dios tiene un Hijo, que "se hizo" hombre,
lo que sugeriría que su esencia anterior a ese "hacerse" era
masculina. La tercera persona de esa "trinidad", de esa
"familia divina", es el Espíritu Santo. A pesar de que en
hebreo, la palabra espíritu es una palabra
femenina, es la ruaj, la fuerza vital y creadora de
Dios, la que lo pone todo en movimiento y anima todas las
cosas, el dogma nos enseña que el Espíritu dejó embarazada a
María. Por lo tanto, esa paloma sería en realidad un
"palomo".
Sin
querer resultar irrespetuosa, considero este conjunto
familiar realmente esperpéntico. Incomprensible.
Distorsionador. Incluso, perverso. En el caso del
catolicismo, el dogma busca equilibrar lo extraño de esta
singular familia encumbrando hasta lo indecible a aquella
humilde campesina que fue María de Nazaret, con un culto
idolátrico que los protestantes justamente rechazan. El
resultado de la mariolatría es la construcción de un modelo
también extrañísimo e inimitable de mujer: sin pecado desde
su concepción, virgen antes, después y durante el parto y a
la vez madre, esposa sin relaciones sexuales con su esposo
José, muerta como todos los humanos, pero elevada al cielo
en cuerpo y alma... Sólo imitable, realmente, en su sumisa
"entrega" al plan de Dios.
Creo que
uno de los problemas más cruciales que debemos entender para
tener una correcta perspectiva de género es saber que las
mujeres somos enseñadas y aprendemos que nuestra vida debe
ser una vida de "entrega" al "plan" de los demás. Que se nos
enseña y aprendemos que nos "realizamos" en esa entrega:
amando al marido, a los hijos, a los padres, a los alumnos,
a los enfermos, a los pobres... Siempre amándolos más que a
nosotras mismas, amándolos a costa de amarnos a nosotras
mismas. Pastores y sacerdotes han reforzado siempre en las
mujeres que su felicidad es el amor a los demás... como
María. Esta idea contribuye a reforzar la inequidad, porque
también los hombres pueden y deben realizarse en el amor a
los demás. Y así lo enseñó Jesús de Nazaret, que en esto del
amor, la compasión, la ternura, la no violencia, no hizo
jamás ninguna diferencia genérica.
Donde
Dios es Varón, los varones se creen Dios. Donde Dios es
Hombre, los hombres son dioses. En un encuentro regional de
mujeres evangélicas celebrado en junio 2004 en Buenos Aires,
la Reverenda Judith VanOsdol lo afirmaba con contundencia.
Escuchemos sus palabras:
La
imagen de Dios que se predica y se emplea en muchas iglesias
es inadecuada. Así, las iglesias relegan a la mujer a una
segunda o tercera categoría, como si fueran seres
inferiores, contribuyendo a invisibilizar el importante e
histórico liderazgo de las mujeres. Las iglesias que
imaginan o representan a Dios como un varón tienen que
hacerse cargo de esta imagen creada como herejía. Porque
donde Dios es varón, el varón es Dios. Concordemos entonces
que cualquier lenguaje es inadecuado para contener todo lo
que es Dios. La Biblia sostiene que Dios es Espíritu. Por
ello tenemos que ampliar nuestros imaginarios para
contemplar que Dios trasciende el género, no es ni masculino
ni femenino. Y en la Palabra, hay una riqueza que incluye
varias imágenes de Dios, incluso imágenes femeninas. La
Biblia nunca habla de la sexualidad de Dios. El término
"padre" es un termino relacional, que apunta a la igualdad
de toda persona, como hija y como hijo. La base de la
tentación en el jardín del Edén fue querer ser dioses. Esta
tentación sigue en pie hasta el día de hoy. Cuando los
varones se postulan como dioses por encima de las mujeres
seguimos viviendo las consecuencias de este pecado, el
desequilibrio y la injusticia de género
(Van
Osdol, 2004)
Incluso,
en expresiones religiosas tan populares y liberadoras como
las de la Misa Campesina Nicaragüense, Dios es un hombre.
Cantamos que lo "vemos" en las gasolineras chequeando las
llantas de un camión, patroleando carreteras... pero no lo
vemos lavando o cocinando, mucho menos lo vemos chineando y
dando de mamar. El Dios de la teología de la liberación
también fue un Varón.
¿Qué más
decir después de esto? Que ese Dios Varón, que además mete
miedo, y que además está fuera de la historia, legitima el
uso de un poder arbitrario y controlador, incluso violento,
que los hombres ejercen sobre las mujeres. Contra sus
mujeres. Contra sus esposas y sus hijas.
El abuso
de poder con el que los hombres se imponen sobre las mujeres
y deciden en su nombre cómo se gasta el dinero en la casa o
qué leyes deben aprobarse, se expresa desde la Asamblea
Nacional hasta los hogares. Tenemos que admitir que en
Nicaragua no queremos que vuelva la guerra, pero que hemos
convertido nuestros hogares en verdaderos campos de batalla.
También
el abuso sexual debe verse "desde" aquí. El abuso sexual,
sea fuera del matrimonio o dentro de él -qué dolor tan
silenciado para tantas mujeres el de las relaciones sexuales
forzadas dentro del "santo" matrimonio-, sea en forma de
violación sexual violenta en las calles o como asalto
insidioso en forma de incesto en el hogar, no es una
debilidad moral ni un instinto irrefrenable de los varones
ni debemos explicarlo desde el pecado de la lujuria. Es la
suprema expresión de un abuso de poder, en este caso con el
arma del pene, zona del cuerpo sacralizada en las religiones
patriarcales.
Y
mientras el pene es sagrado y con la circuncisión se
consagra en el órgano masculino la alianza con el Dios
Varón, la sexualidad femenina -su cuerpo, su menstruación-
está tradicionalmente asociada al pecado, a lo sucio, a lo
impuro, a la tentación, totalmente vinculada a la
reproducción y nunca al placer. Estas asociaciones que
circulan en el acervo mémico de la humanidad tienen una raíz
religiosa y están en la base que legitima la inequidad, la
violencia y el abuso sexual.
En la
descomunal afectación que estas ideas -y sus prácticas
derivadas- causan, las principales víctimas son, sin lugar a
dudas, las mujeres. Las mujeres y las niñas. En primer
lugar, porque esta cosmovisión las coloca, ya de entrada, en
un estatus inferior de humanidad. Igual en la cosmovisión
religiosa tradicional en su versión cristiana, en la que
Dios es un varón todopoderoso; tiene un Hijo único, el
Cristo, también varón, según la idea más generalizada algo
así como un Dios pleno de poderes que vino al mundo
disfrazado de hombre a hacer milagros y a sufrir.
Para
reforzar este guión celestial, los representantes de Dios en
la tierra son todos varones. Lo son totalmente en el
catolicismo nicaragüense y en el universal. La iglesia
católica se ha negado históricamente, en varias ocasiones y
de forma terminante, a la posibilidad del sacerdocio o del
diaconado femenino, argumentando que Jesús sólo eligió
hombres y que Jesús era un hombre. En las diferentes
denominaciones protestantes y evangélicas que hay en
Nicaragua, debemos reconocer que el liderazgo femenino está
aún muy limitado, en cantidad y en calidad. En ambas
versiones del cristianismo, las mujeres no ocupan nunca en
la Iglesia cargos de poder y de decisión.
Ellos
-Dios y sus representantes- "pueden todo" (dictadores);
"saben todo" y sus designios son "misteriosos" (no
susceptibles al control, no obligados a la racionalidad ni a
la transparencia y con derecho a la impunidad), "juzgan
todo" (arbitrarios, con una legalidad inapelable,
administradores de castigos). Este Dios, construido en la
mente humana en estadios primitivos de su evolución, fue
funcional al rey absoluto y al hacendado colonial, y lo
sigue siendo al general de ejércitos, al gobernante
autoritario, al caudillo del partido, al papa infalible y al
sacerdote y al pastor controlador de conciencias. A toda la
gama de varones con poder.
El
espacio público donde se ejercen estos poderes es
"naturalmente" y por designio divino el espacio de los
varones. La cultura patriarcal que ha dominado la historia
humana desde hace miles de años explica el sesgo totalmente
masculino de las grandes religiones históricas... a pesar de
que "Dios nació mujer", como sugerentemente documenta el
periodista español Pepe Rodríguez en uno de sus libros,
todos escritos con el afán de divulgar ideas provocadoras.
La ley
divina ha dibujado las fronteras. El espacio público -la
calle, la tribuna, la institución, la ley, el gobierno- para
los hombres y el espacio privado -el hogar- para las
mujeres, donde todas son "madresposas", aun cuando no tengan
ni esposo ni hijos, aun cuando sean niñas pequeñas o
ancianas cansadas. (ver Lagarde, 1993). Todas las mujeres
cuidan, todas dan, todas se entregan, todas son las
responsables de la casa y de las vidas que la casa alberga.
Y en ese esfuerzo ingente de cuidar en silencio la vida en
el espacio privado, no todas, pero muchísimas de ellas,
reciben en pago violencia de manos de los varones, quienes
por tener el poder tienen también el mandato divino de
ejercerlo a cualquier costo. La mayoría de la humanidad vive
actualmente aceptando como inamovibles esas fronteras
diseñadas por ese Dios. En Centroamérica, en Nicaragua. ¿En
cuántos países más?
Sobran miradas de hombre, faltan miradas de mujer
En
Nicaragua, en Centroamérica, quisimos cambiar las cosas. Las
fronteras, las realidades. Menos las ideas, menos las raíces
de las ideas. Porque en la forma de ejercer el poder, en la
forma de concebir la sociedad, en las vías elegidas para
desarrollar la economía y especialmente, en los caminos por
los que entramos o dejamos de entrar al terreno de la
cultura, en nuestras revoluciones, y especialmente en
nuestros revolucionarios, sobró la mirada del varón y faltó
la mirada de la mujer. Las distintas expresiones de la
guerra que acompañaron todos los esfuerzos revolucionarios
de los años pasados ensombrecieron aún más la mirada de los
varones. La guerra no es, nunca es "la paz del futuro". Es
un producto cultural masculino que acentúa el verticalismo,
la agresividad y la intolerancia.
En los
esfuerzos revolucionarios de estos años pasados las mujeres
se hicieron más cargo del espacio público que los hombres
del espacio privado. Las mujeres se apropiaron con más
entusiasmo de sus deberes con la sociedad que de sus
derechos como seres humanos plenos. Y así, el terreno que
quedó más intocado fue el de lo privado. La lucha por la
justicia y por la dignidad que vanguardizaron los hombres
apenas penetró por las puertas de los hogares, donde siguió
reinando la violencia machista. En las calles y en las
montañas los revolucionarios combatían a las dictaduras,
mientras en sus casas imperaba su poder dictatorial.
Cuánto
se reflexiona y se trata de incidir hoy, por ejemplo, en la
prevalencia de la impunidad en los sistemas de justicia
centroamericanos. Necesario y justo objetivo, pero sin una
equivalencia adecuada en la reflexión y las acciones que
demanda enfrentar la impunidad en la que permanecen la
mayoría de las agresiones físicas y sexuales de los hombres
contra las mujeres y las niñas al interior de los hogares
centroamericanos, donde los golpes, el abuso sexual y el
incesto, también la frecuentísima violación dentro del
matrimonio, son males nuestros de cada día. Ninguna
institución más antidemocrática en la estructura social de
nuestros países que la familia, ningún espacio más
antidemocrático que el hogar.
Cuánto
se reflexiona y se trata de incidir hoy, por ejemplo, en la
inseguridad ciudadana como característica de la violencia
estructural que ha quedado en nuestros países como una de
las secuelas de las guerras de los años ochenta. Mucho menos
se toma en cuenta este dato alarmante: todas las
investigaciones y estudios demuestran que el lugar más
inseguro para las mujeres centroamericanas no es la calle
donde actúan las famosas maras o pandillas ni tampoco es la
maquila, donde actúa la voracidad de los inversionistas
extranjeros. Donde sus vidas corren más peligro es en el
hogar, el lugar en donde comparten la vida con los hombres
que son sus compañeros y dicen amarlas. Por no decir que la
inseguridad es para las mujeres un estado habitual. Así lo
explica magistralmente Pierre Bourdieu, cuando afirma que
todas las mujeres, todas, vivimos siempre en una
inseguridad profunda, que nace de la que nos provoca nuestro
propio cuerpo, tan apetecido y a la vez tan estigmatizado en
la cultura patriarcal plenamente sustentada, explicada y
justificada en el Dios de las religiones
patriarcales(Bourdieu, 2000).
La
cultura patriarcal aprendida, profundamente enraizada en
nuestros países, enseña a las mujeres que el sentido de su
vida es vivir "para los demás". Que se "realizan" amando al
marido, a los hijos, a los padres, a los alumnos, a los
enfermos, a los pobres... más que a sí mismas y
sacrificándose por ellos, sea cual sea el tamaño del
sacrificio que ese amor incondicional les imponga. Los
sacerdotes del Dios tradicional refuerzan en las mujeres
-madres, esposas, monjas- que el secreto de la felicidad
está en ese vivir para los demás, en esa "dependencia
vital" -como la llama la antropóloga mexicana Marcela
Lagarde-... aunque ellos mismos no parecen experimentar su
propia felicidad de la forma en que la predican y proponen a
las mujeres. (Ver Lagarde, 1993)
La
cultura patriarcal en versión nica y centroamericana les
enseña también desde muy niñas que sólo serán "alguien" y
tendrán una identidad social válida si son madres, si tienen
un hijo -después vendrá más de uno-, a la vez que les
enseñan que la relación sexual con la que se hacen los hijos
es algo peligroso, malo y sucio. En esta tremenda
contradicción existencial -que explica raptos, una epidemia
de niñas-madres y abusos sexuales de toda especie- quedan
atrapadas las adolescentes de nuestros países desde muy
temprana edad. Para "resolverla" la religión les presta un
símbolo igualmente contradictorio: la idolatría a María,
virgen inmaculada libre del "pecado" sexual y madre de un
hijo excepcional, modelo de todas, y providencial mediadora
de la que echar mano para dulcificar el pragmatismo
resignado ante la violencia de los hombres y ante el Dios
también violento que castiga, juzga y ha escrito fatalmente
el destino, especialmente el de las mujeres.
En la era de la globalización, el desempleo, el trabajo por
cuenta propia y las maquilas
En todo
el mundo, en el siglo que acabó, y aún en las sociedades más
marcadas por el machismo, las mujeres han ido consiguiendo
un mayor protagonismo económico. Trabajar fuera del hogar y
disponer de recursos económicos propios comienza a
introducir más variables en sus destinos marcados desde
arriba. Pero nunca ningún avance social es un proceso
lineal. La crisis económica de Centroamérica es patente y ha
sido ya objeto de una montaña de investigaciones. En el
centro de esa crisis se encuentra una contradicción
aterradora: quienes sostienen cada vez más la economía, son
quienes reciben cada vez mayor violencia.
Las
economías centroamericanas, hoy más que nunca antes, se
sostienen sobre las espaldas de las mujeres. Tres realidades
lo demuestran: el desempleo, el trabajo informal y las
maquilas. El desempleo -mutación social de nuestra época- se
extiende hoy por toda la región. Pero aunque una mujer esté
desempleada, nunca estará sin trabajo. Con su trabajo las
mujeres sostienen el corazón de la economía, que late en los
hogares. El trabajo informal -aquel en el que quien trabaja
se crea su propio empleo y es su propio patrón- es hoy el
más abundante en nuestros países. En la informalidad, las
mujeres centroamericanas siempre fueron, y hoy siguen
siendo, mayoría: cosen, elaboran todo tipo de alimentos,
lavan y planchan ajeno. Se calcula que el 60% de las mujeres
de Centroamérica son trabajadoras por cuenta propia, con
jornadas de 16-18 horas diarias en triples jornadas
interminables. Y en las maquilas, esa única "solución" a la
falta de empleo que hoy domina el paisaje regional, más del
90% de las trabajadoras son mujeres. En otra esquina de la
realidad económica, las investigaciones demuestran que,
resignada a no poder cambiar el país, la población
centroamericana cambia de país. La emigración es cada vez
más masiva, más indetenible. Y cada vez son más las mujeres
que emigran. Con el "mal de patria" a cuestas, envían a sus
familias las remesas que les permiten sobrevivir (Fauné,
1995).
Ante
este creciente protagonismo y los nuevos recursos económicos
en manos de mujeres, factores que alteran el equilibrio de
poder tradicional en la familia, ¿qué han hecho los hombres?
Aferrarse más a su poder. Hay más violencia en el hogar y
más borrachos en las cantinas. "Ahuevados y encachimbados":
así están hoy los varones nicas, perdidos y sin rumbo en un
nuevo mapa socieconómico en donde ya no tienen el poder ni
el control que tenían antes, pero aún siguen creyendo que
tienen el derecho divino a mantenerlo. Y cuando no es así,
cuando no hay ni golpes ni alcohol, lo que hay es el
tutelaje de la mujer, ese paternalismo que, protegiendo,
impide la autonomía. Lo que hay es esa jerarquía social y
familiar, bendecida en los templos y enseñada en las aulas,
donde las mujeres son siempre subordinadas o por el temor o
por el amor incondicional al que se deben. Cada quien en su
sitio. Porque Dios así lo ha querido.
¿Cómo pensar así en el desarrollo?
Cuánto
se reflexiona y se trata de incidir hoy, por ejemplo, en los
obstáculos que tienen nuestros países para alcanzar el
desarrollo. Mucho menos se toma en cuenta esta conmovedora
realidad: las mujeres, que son la mitad de la población
económicamente activa, que en el hogar, la calle y la
maquila sostienen la economía, reciben un maltrato extremo
en sus hogares. En hogares cristianos, católicos y
evangélicos. Mientras escribo llegan los datos de una
pionera encuesta realizada en Managua, que demuestra que en
el 60% de los hogares evangélicos las mujeres confesaron
recibir maltrato de sus esposos. ¿Y las que no se atreven a
confesarlo para no pecar contra el Dios que desde el inicio
del mundo las predestinó a la obediencia, creándolas
subordinadas, de la costilla del varón? (Envío, 2004).
¿Cómo
llegará a trabajar a una fábrica o a una oficina una mujer
que la noche anterior fue golpeada por su marido o violada
sexualmente por él? ¿Cómo pensar en el desarrollo si con el
sol de cada día la mitad de la población de nuestros países
amanece humillada, atropellada en lo que es más suyo, su
propio cuerpo? Atropellos que ellos ejecutan y que ellas
aceptan con un pragmatismo resignado que se nutre de la
religión. Ellos ejecutando el maltrato porque la cultura
aprendida les obliga a expresar constantemente su virilidad,
que identifican con dominio y que concentran en la actividad
genital, lo que les hace entender y vivir toda relación
sexual más como una relación de dominación y de afirmación
personal que como una relación de amor equitativo. La
sexualidad de los hombres no es democrática, es autoritaria.
No supone ciudadanía ni puede construirla, ni en ellos ni en
ellas.
Es en el
nombre de Dios que los representantes de Dios y quienes
gobiernan bajo el alero de Dios explican, mantienen,
sostienen y defienden el modelo genérico de opresión que se
expresa de éstas y de tantas otras maneras en la sociedad
nicaragüense, en las sociedades centroamericanas, y en
tantas otras sociedades del Sur. Es por eso que cuando
Phoolan Devi, la "reina de los bandidos" de la India, nos
cuenta su vida desde que era una niña en una aldea de Uttar
Pradesh, inicia el relato de su deslumbrante trayectoria de
rebeldía ante esta opresión preguntando por Dios: quién es
Dios, cómo es, dónde está, qué hace... Necesitó desde que su
cerebro empezó a pensar respuestas creíbles a estas
preguntas para explicarse un diferente orden del mundo, para
imaginar otro mundo posible, y para empezar a construirlo
defendiéndose de las superpuestas discriminaciones que la
limitaban: por niña, por pobre, por su casta y sobre todo
por mujer.
Las ideas del judío marginal que fue Jesús de Nazaret
Con
palabras y con acciones, ese "judío marginal" que fue Jesús
de Nazaret entregó a la humanidad pistas esenciales para
construir una idea alternativa de Dios. Lo llamó no sólo
padre, sino papá (abba) y habló con él como su
"papaíto", comparándolo también en varias ocasiones con una
mujer, con una madre. Lo presentó como novio en fiesta de
bodas, como quien siempre perdona, quien siempre espera,
quien se apasiona por buscar y encontrar a cada hijo y a
cada hija. Lo reveló como un Dios parcial que toma partido
por los de abajo, por los excluidos -en el tiempo de Jesús
una inmensa mayoría: mujeres, niñas y niños, enfermos,
pobres, jornaleros, los sin tierra, las sin derechos, los
sin trabajo, las sin marido- y anunció que Dios tenía un
plan para la historia humana: que a nadie le sobre y a nadie
le falte. Insistió en el "orden" querido por Dios: vida en
abundancia. Y para lograrlo, nadie arriba, nadie abajo,
ningún maestro, ningún señor, todos hermanos. Planteó como
dilema fundamental "o Dios o el dinero" y proclamó que sólo
la verdad nos hará libres. Enfrentó, en nombre de ese Dios,
fiel a los planes de ese Dios y con una pasión que arrastró
a multitudes, a los sacerdotes (los hombres sagrados), al
sábado (la ley sagrada en el día sagrado), al templo (el
lugar sagrado) buscando cuestionar, y hasta arrasar, con
cualquier jerarquía basada en esa dicotomía tan propia de
las religiones: sagrado-profano, puro-impuro,
santo-pecador.
En
nombre de ese Dios, Jesús fue feminista: acogió a mujeres en
su grupo y les dio autoridad en la comunidad de varones. No
habló contra los guerrilleros de su tiempo, aunque propuso
la no violencia como camino y habló siempre de anteponer el
amor y la compasión al odio y a la venganza. No dijo una
sola palabra contra los homosexuales y sí muchas y muy
fuertes contra sacerdotes, gobernantes corruptos y fariseos,
la secta fundamentalista de los "elegidos" de entonces.
Destacó el valor sagrado de la sexualidad, cuestionando el
abuso de los hombres contra las mujeres, desde las miradas
acosadoras hasta las machistas leyes de divorcio de su
tiempo.
No se
impuso, propuso, rechazó el poder como ejercicio de
arbitrariedad y proclamó el poder como responsabilidad con
la vida y como servicio a los demás. Propuso permanentemente
virtudes entendidas culturalmente como femeninas y por eso
menospreciadas: el amor, la compasión, la ternura, el
cuidado amoroso. Apasionado por la justicia que no veía ni
en su patria ni en el mundo que conoció, luchó denodadamente
por hacerla realidad en mentes y en corazones, seguramente
soñando que ideas tan novedosas servirían de inspiración
para consolidar lo que él llamó "el reino de Dios":
comunidades de creyentes basadas en la equidad, el servicio,
la justicia y la búsqueda de la paz. Fracasó en su empeño.
Muy pronto fue perseguido y finalmente fue torturado y
asesinado por la casta sacerdotal y el imperio romano. Su
muerte y su fracaso, como el de tantos otros y otras, antes
y después, fue sólo semilla. La fe cristiana que nació en el
Jerusalén de hace dos mil años afirma: pasó haciendo el
bien, tenía razón en todo lo que dijo y en todo lo que hizo,
y por eso, como evidencia, Dios lo levantó de entre los
muertos y está vivo.
¿Somos un pueblo cristiano, seguidores de Jesús?
Aunque
nuestra cultura religiosa carece de historia, aunque se basa
en el miedo a Dios y aunque es machista y venera a un Dios
Varón, nos decimos cristianos, afirmamos continuamente que
vivimos en un país cristiano y en una sociedad cristiana, y
con frecuencia justificamos nuestras acciones con nuestros
valores cristianos.
Pero
esta cultura religiosa, que es la mayoritaria, la que
prevalece en imágenes y en ideas, en convicciones y en
actitudes, ¿es realmente una cultura religiosa cristiana? No
lo es. Absolutamente no lo es. Porque ser cristiano no debe
ser nada más, ¡y nada menos! que conocer a Jesús,
comprometerse con su mensaje, y aquí y ahora, en este tiempo
y en este país, seguir las pistas que Jesús nos dejó para
que construyéramos la idea de Dios y tuviéramos fe en ese
Dios
desde la historia,
como lo hizo él;
sin
miedos,
como la vivió él;
y
en la equidad de hombres y mujeres, como lo
propuso él.
En el
proyecto de Jesús de Nazaret, el Dios a quien Jesús llamó su
abbá, su papá, es capaz de transformar la historia,
los miedos de la vida personal y la injusta sociedad en la
que sobrevivimos. Jesús de Nazaret nos habló de este
proyecto como una comunidad, nadie arriba y nadie abajo,
nadie señor, todos hermanos y hermanas, hijos de un Dios a
quién nos presentó en sus historias no sólo como un pastor
que busca ovejas o como un padre que brinda un banquete,
sino también como una mujer que busca desesperadamente una
monedita que se le perdió o como un ama de casa que amasa
harina para hacer pan.
Tenemos
por delante una gran tarea: hacernos cristianos y
cristianas. Para esto, es necesario transformar la idea de
Dios. Es una tarea pendiente.
Hace
muchos años, le pregunté a un gran conocedor del tiempo de
Jesús y de su legado, el biblista español Juan Mateos, cómo
podría definirse el "proyecto" de Jesús en palabras
actuales. "Un socialismo anárquico", me contestó con
convicción. Socialismo porque su proyecto fue comunitario,
un estilo de vida en común, solidario, no individualista.
Anárquico, por su frontal enfrentamiento a las autoridades,
al sistema de poder, a los mecanismos del poder y por su
defensa de la libertad y la dignidad personales.
¿Podremos,
con esta materia prima, comenzar a transformar la idea de
Dios que prevalece en nuestros países del "Occidente
cristiano", podremos con estas pistas enfrentar la violencia
y el empobrecimiento desde otra perspectiva y así construir
ciudadanía? Mi esperanza es que sí podemos, que otro Dios,
el Dios de Jesús, es posible. Y que al asumir este esfuerzo
nos encontraremos con las pistas brillantes que otras
religiones nos han ido dejando en el camino para darle
nombres al Innombrable. En este camino tal vez descubriremos
que el Innombrable tiene también rostro femenino, nos
encontraremos con aquella Diosa a la que intuyeron y
veneraron nuestros ancestros.
Mientras
la "pregunta religiosa" fundamental sigue siendo ésta: ¿hay
vida después de la muerte?, un tercio de la humanidad,
sometido hoy a un empobrecimiento deshumanizante, se
pregunta: ¿Habrá vida antes de la muerte? Ese
empobrecimiento deshumanizante que debe indignarnos y
movilizarnos no tiene sólo causas objetivas -hoy, el modelo
económico neoliberal, la globalización financiera, la
hegemonía militar estadounidense. Tiene también raíces
culturales y subjetivas cimentadas en la religión, en una
determinada idea de Dios. Nos corresponde, desde todas las
religiones, desde la fe o el agnosticismo, transformarla.
Para que otro mundo sea posible.
© María
López Vigil
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qué dice la realidad" (junio 1995); "Familias; violencia y
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Lagarde
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madresposas, monjas, putas, presas y locas. México:
Universidad Nacional Autónoma de México.
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16 de junio 2002.
Van
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Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI), Julio 2004.
[tomado
de Istmo] |