Mario Cajina Vega

La vaquilla

El sol daba en el cuartel que daba a la Iglesia que estaba en el parque que cruzaba la única calle que salía del pueblo que se volvía un polvoso Camino Real...

El sargento bostezó. Allá lejos venía una vaquilla negra y, detrás, un chavalo arreándola.

"Eso está prohibido", pensó la autoridad.

-¡Cabo de guardia! -gritó. ¡Que me hagan reo esa animala!

El cabo de guardia, que era la segunda autoridad (sólo dos había), se echó el rifle al hombro, fue a capturar la vaquilla y regresó al rato, convoyándola junto al muchacho. La vaquilla rumiante, caminante, meneaba la cola para espantarse las moscas y, al pasar por la plaza, la miró con ojos vegetales como a un potrero baldío.

-Ahora persóguemela por aquí -le dijo el sargento al cabo de guardia; el cabo de guardia le quitó al chavalo una sondaleza y amarró la vaquilla bajo los árboles del parque.

El chavalo se puso a llorar.

Las dos autoridades se dignaron mirarlo y la primera le dijo a la segunda:

-Este queda suelto para que le avise a su papá. El chavalo se volvió por el camino, buscando el lado de la sombra donde el sol no caía con su cantilazo blanco.

Como a las dos horas, un indio preguntó por el sargento. El cabo de guardia le fue a avisar. Golpeó la puerta del cuarto; primero se oyó un silencio y después dos voces juntas discutiendo, hasta que por último el sargento reclamó bélicamente.

-¿Quién me busca a esta hora?

-Parece que el de la vaca, mi sargento.

-Ah, pues si es ése que me espere.

­Dice que se espere -le transmitió el cabo de guardia el indio.

Pasó una hora tan larga que se volvía polvo.

-¿Irá a tardar mucho? -preguntaba el indio.

-Está con la mujer... -le comunicaron.

Cuando al fin llegó el sargento, el indio no dijo nada.

La autoridad se sentó, como en un estrado; se compuso la pistola, manoseó un montón de papeles buscando nada, y dijo:

-Ajá, ¿con qué vos sos el dueño de la vaca que infraccionó la ley?

El indio sólo hizo "sí" con la cabeza.

-¿Y ya sabés que eso es grave?

El indio siguió sin responder.

El sargento continuaba diciendo:

-Bueno, pues si no lo sabés la vaca queda detenida hasta pagar la multa.

El indio sólo lo quedaba viendo.

-Hay que matricularla -discurseaba la autoridad. Así ordena el nuevo Plan de Arbitrios; justamente aquí lo tengo, dice: "Vehículos de tracción animal" -y señaló unos papeles con el dedo.

El indio ni siquiera los miró; no sabía leer.

-La vaca -especificaba el sargento- es un vehículo de tracción animal de un caballo de fuerza.

El indio habló, por fin.

-¿Cuánto hay que pagar? -dijo.

La autoridad aún no había sentado jurisprudencia en la nueva ley. Así que se permitió, democráticamente, consultar al culpable.

-¿A usted nunca lo habían multado antes? -Le preguntó el sargento al indio.

El indio sólo hizo "no" con la cabeza.

El sargento volvía a revisar sus papeles.

-Aquí está -afirmó- ya seguro. A cada caballo de fuerza le corresponden quince pesos. Como la vaca solamente es un caballo...

-Si ni siquiera es vaca todavía, apenas está vaquilla -aventuraba el indio, más por amor a su vaquilla que por fe en la apelación.

-Así que la vaca -continuaba la sentencia- queda multada en quince pesos más las boletas, timbres y costas, fuera de los daños y perjuicios al Gobierno.

El sargento, a veces, leía "Gaceta Oficial" o, si no, se instruía en los juicios militares contra civiles (enemigos políticos del Gobierno, naturalmente) publicados por el periódico del régimen.

El indio, abrumado por el Derecho, seguía sin entender.

-A usted todo esto le va a costar sólo veinticinco pesos -sentenció- por último, la autoridad, recargando a la ley la tarifa del leguleyo.

-Pero mi sargento -gemía el indio- hoy es lunes y no los tengo.

El sargento lo quedó viendo como si, con la pobreza, admitiera definitivamente su culpabilidad. -¿Y que no tenés para pagar la ley? -dijo, acumulando otro cargo.

­Ahorita mismo, no -se defendía el indio. Pero prometo tenerle los reales de aquí al sábado, Dios verá cómo.

El sargento quiso conciliar la solución de la causa.

-Bueno, el sábado sin falta, pues; pero, para mientras, la vaquilla sigue presa y con un peso diario de multa. Y si el sábado no venís, te echo preso gubernativamente, por moroso.

Las aficiones jurídicas del sargento eran irrefutables, y, cuanto más hablaba más adicto se sentía a expresarse en bandos y decretos.

El indio agachó la cabeza, dio la vuelta, salió a la única calle del pueblo que se volvía un viejo y polvoso Camino Real...

-Y usted, cabo de guardia -mandó el sargento, conminatorio- ¿qué se queda contemplando ahí? ¿No ve que hay que hacer? Métame esa vaquilla al patio del cuartel, vigilando siempre que no se coma el pasto del Gobierno.

El cabo de guardia agarró su rifle, de centinela en una esquina, y se fue subalternamente a cumplir el encargo.

Desde adentro llamaban al sargento.

-¿Qué era todo el alboroto, amor? ­decía una voz de mujer.

­Nadie, un indio bruto.

 
 

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