Marisela Quintana 

El nuevo nombre de Soledad

Y es que se daba cuenta de que funcionaba para otros y otras.  Varias de sus amigas habían logrado casarse con hombres extranjeros y se habían ido a tierras ajenas, muchas veces desconociendo no sólo en qué latitudes estaban sino el idioma que se hablaba.  Se dijo: yo también pruebo.  Así fue que se metió en esa incalificable aventura de pasarse horas navegando en Internet.  Se anotó en todos los sitios que encontró en donde se ofreciera la promesa de encontrar una pareja: Amigos y Sexo, Adultos y amigos, Encuentra Pareja, La otra mitad, El portal de la compañía, El exterminador de la soledad y tantos otros sugerentes títulos que cayó en el vicio no descubierto aún,  reprochado ni ilegalizado de invertir tiempo, desgastar los ojos y agotar el alma en pasarse sentada frente a la pantalla del computador confiada en que encontraría lo que buscaba con anhelo. Adelgazó porque se saltaba las comidas y la vejiga empezó a darle problemas de incontinencia por estarse aguantando las ganas de miar con tal de no perder valiosos minutos en esa cotidianeidad que sólo brindaba alivio a una necesidad física sin mayor relevancia en su vida.  Su espíritu tenía hambre y esa era la real necesidad que debía de satisfacer.  Ya habría tiempo para que el estómago se hartara y para que el orín fluyera a su antojo después que su deseo se viera cumplido.  Abrió cuenta electrónica en yahoo, hotmail y lycos para garantizar que el “chat” funcionara para la mayoría de los correos de los que pudieran ser propietarios su idealizadas parejas.  Se metió a todas las conversaciones electrónicas en las que le permitían acceso.  Se tomó fotos profesionales que le costaron un ojo de la cara pues, además de la fotografía, pagaba por el maquillaje que le hiciera ver diez años más joven y, cuando todavía el resultado le parecía poco convincente, disparaba la plata para que algún experto manipulador de imágenes las retocara con photoshop o cualquiera de esos programas muy de moda.  La cybercirugía plástica era efectiva y ella lucía como esas modelos en las carátulas de las revistas de Cosmopolitan.  Se encontró de todo: hombres buscando hombres, mujeres buscando mujeres, parejas buscando trío, hombres buscando mujeres y mujeres buscando hombres.  Era un zoológico de extrañas especies con nombres ordinarios y groseros: pichadura, mamador66, calientita, ardiente16, dametucosa, en fin, repertorio de apodos demostrativos del interés de cada quien.  De ipegüe, cuando encontraba alguien que parecía ser la persona idónea caía en cuenta que para contactarla debía pagar una cuota a los dueños del sitio quienes no permitían más intercambios a menos que adquiriera el estatus de miembro de plata o de oro para lo que se tenía que desembolsar no menos de 20 dólares al mes. 

 

Su dinero y sus fuerzas se fueron a través de la pantalla.  La cuenta en la tarjeta de crédito se elevó aceleradamente en unos cuantos meses y el frenesí la llevó a la bancarrota total.  Así y todo continuó asida a la esperanza que patrullaba con ella las ilusorias autopistas de la internet sin percatarse que ya era una bolsa de huesos, de ojos saltones y mirada brillante.  Las pupilas dilatadas delataban el avance de la esquizofrenia y sus colegas de trabajo eventualmente se fueron retirando al notar su comportamiento anómalo.  Los dedos se le alargaron y abultaron en los extremos como bolillos de marimba.  Perdió las uñas y el pelo, ambos vencidos por la implacable radiación de la computadora. Ya no era ella...era algo, un ser que perdía instante a instante las características humanas que tanto la habían distinguido.  A veces me pregunto si no era más fácil la forma tradicional de compartir, ya saben...amigos, amigas, unos tragos de ron o alguna cerveza, celebración de carcajadas sin tener que preocuparse por ir apresuradamente a buscar el ícono que representan las sensaciones y emociones con los que se acostumbra ahora a acompañar los mensajes.  ¡Qué estupidez! Exclamaba en mi interior, mientras procuraba no interrumpir su diario ajetreo, ni turbar el constante sonido del teclado sometido al golpeteo permanente de sus ágiles manos.  En breve la inminente catástrofe fue un hecho.  La internaron en un sanatorio.  Poco piadoso de mi parte porque no fui a visitarla.   Me deprimen esos lugares.  Pasaron semanas y su oficina permaneció cerrada.   Honestamente no la recordé hasta el día en que, durante una sesión de trabajo, el jefe me asignó la oficina que ella ocupaba bajo el argumento de que era un desperdicio de recursos el que la misma permaneciera sin uso.  Así que a los dos días empecé a trasladar mis calaches.  Tuve que desocupar su escritorio y meter sus cosas en una caja confiando que algún familiar vendría a llevársela.  Me puse frente al computador, lo encendí y procedí a atender mis asuntos.  A eso de las 6 de la tarde, estaba preparándome para dar por concluída la faena.  Iba a apagar la máquina cuando me asaltó la curiosidad de examinar sitios que ella había visitado y que aparecían en la barra superior de la pantalla, en el menú de favoritos.  Me dediqué a navegar con cierta confusión. Por una parte me parecía impropio mi proceder, una invasión a la privacidad de mi excompañera de trabajo.  Por otro lado sentía una incontrolable curiosidad la que terminó por ganar la batalla interna entre el bien y el mal.  En una de esos sitios encontré las referencias que ella había colocado en su desesperada búsqueda, su foto y su alias: Soledad.  No se qué me dio por escribirle, fue un impulso infantil, una travesura pues sabía que ella ya no podría contestar invitación alguna.  Conocía bien de sus deseos despeñados en el abismo de la insanidad mental.  Escribí: Hola, así que ese es tu nuevo nombre?  Mi boca se estiró en una amplia sonrisa mientras me deleitaba en la burla.  Al instante un monosílabo en la pantalla enfrió mi banalidad:  SI.

 

 
 

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