Mercedes Gordillo
Una perfecta desconocida
a Alejandro Aróstegui
Sentada ante el mismo escritorio con su máquina
de escribir Remington, donde habían transcurrido
sus últimos 12 años de vida trabajando como
recepcionista en una empresa comercial,
Margarita Luna pasaba cartas en limpio y atendía
el teléfono. Con dulce voz contestaba:
–Buenos días, Exportaciones S.A. a sus órdenes...
Recibía y enviaba mensajes, operando una pequeña
central colocada a su derecha.
La señora Luna residía en el segundo piso de un
edificio de tiendas, situado en la popular calle
Colón de Managua. Compartía el departamento con
una vieja empleada –Juana Loáisiga– a quien
conocía desde joven. No la había abandonado
nunca, acompañándola en cualquier circunstancia,
especialmente después de la desaparición de sus
padres y su esposo, muertos en un fatal
accidente de tránsito 5 años atrás. Por ese
tiempo Margarita padeció de nervios alterados.
A las 11 de la mañana de un jueves, Margarita
Luna recordó que debía llamar a Juana, para
solicitarle el favor de ir donde la modista del
barrio, a recoger el vestido que pensaba lucir
el próximo sábado 20 de mayo. Ese día, el jefe
obsequiaba anualmente a sus empleados un
almuerzo, repartía regalos y premios de acuerdo
al trabajo realizado. La comida tendría lugar en
un famoso restaurante de carnes, se habían hecho
reservaciones, ordenado el menú y algunos ramos
de flores.
Ella marcó el número telefónico; al otro lado
del alambre contestó una voz conocida que, sin
embargo, no era la de Juana; cortó
inmediatamente.
–Quizás me equivoqué –pensó, y llamó otra vez.
Para su sorpresa respondió la misma persona.
–Quizás esté ligado con otro teléfono –se dijo a
sí misma. Sin embargo, preguntó por no dejar:
–¿Quién habla por favor?
La respuesta fue inmediata:
–Margarita Luna –oyó.
–¿Qué número habla? –dijo nerviosa Margarita
pues la voz sonaba conocida.
–77-123.
–¡Pero ése es el mío y Margarita Luna soy yo! –aseveró
ella agitada.
–No señora, yo soy Margarita Luna; ¿qué desea? –preguntaron
al otro lado.
Súbitamente ofuscada la señora Luna se quedó sin
habla, estupefacta, sin comprender. Mil
pensamientos cruzaron veloces por su mente,
mientras el auricular colgaba de su mano.
–¡Qué me está pasando! –se preguntaba confundida
con el ceño fruncido y expresión alterada.
Súbitamente la asaltó una idea. Exclamó:
–¡Se metieron los ladrones a mi casa! ¡Eso es!
Tiró su silla hacia atrás y salió corriendo a la
oficina del jefe; golpeó la puerta, sin esperar
respuesta entró intempestivamente y solicitó
permiso para abandonar la oficina, e ir a ver
qué estaba sucediendo en su vivienda. Lloraba.
Margarita salió rápidamente a la calle, tomó un
taxi que pasaba e indicó su dirección al
conductor. Afortunadamente, su residencia estaba
muy cerca; a sólo diez cuadras de la oficina.
Pagó cinco pesos por la carrera con un billete
de diez y se bajó del auto sin esperar el cambio.
Subió las gradas de dos en dos pues el edificio
no tenía ascensor; mientras sacaba la llave de
su bolso, pensó llamar al policía que usualmente
permanecía apostado frente al primer piso, pero
ya casi llegaba. Decidió enfrentar sola la
situación. Sin recurrir a la llave optó por
tocar el timbre del departamento. La puerta se
abrió; una mujer madura, algo gorda, sonriente y
amable en actitud tranquila dijo:
–Buenos días. ¿Qué se le ofrece, señora?
Margarita, viéndola, se sintió mareada;
balbuceante logró preguntar:
–Busco a Doña Margarita Luna; ¿ella vive aquí,
verdad?
La mujer, sin dejar de sonreír, dijo claramente:
–Sí señora; soy yo misma. ¿En qué puedo servirla?
Espantada, Margarita atinó a preguntar por
Juana.
–Ella salió –fue la contestación.
Como sonámbula, la señora Luna musitó:
–Perdón, perdón; me equivoqué.
Comenzó a bajar los escalones. Volvió a ver
atrás y miró a la misma mujer aún sonriente.
Dándose cuenta que todavía tenía la llave en la
mano, se dijo:
–Aquí la tengo y es mía.
Retrocedió. La mujer ya había cerrado la puerta
del departamento. Margarita subió suavemente,
sin ruido. Con cautela introdujo la llave en la
cerradura, pero ésta no daba vuelta, ni a la
derecha ni a la izquierda. La señora Luna
intentó hacerla girar varias veces sin ningún
resultado. Finalmente se decidió a bajar,
repitiendo en voz baja, temblorosa, angustiada:
–¡Estoy loca, loca!, y recordó a su abuelita
muerta en el manicomio.
Logró salir al fin, respiró hondo, secó el sudor
de su frente con el pañuelo; en la acera le
pareció ver su imagen reflejada en el vidrio del
escaparate de una tienda de ropa. El policía ni
siquiera la saludó como tenía por costumbre.
Buscó de nuevo su figura en el cristal,
solamente pudo ver a una mujer de rasgos
extraños; pensó que se trataba de otra persona,
pero no había nadie junto a ella. Volteó a ver
por tercera vez. Fríamente se dio cuenta que ésa,
no era ella. Era otra persona. Una perfecta
desconocida.
[tomado de
Una perfecta desconocida, (2002)] |