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Mercedes
Gordillo, Una perfecta desconocida
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por Jaime Labastida*
Vine en esta ocasión a Guadalajara no sólo, como
otros años, desde hace más de diez, para
participar en la Feria Internacional del Libro
(en donde atiendo asuntos de la casa editorial
que me honro en dirigir: Siglo XXI Editores),
sino, además, para cumplir con una necesidad,
mejor aún, con una orden de carácter moral y,
por ello mismo, necesaria, ésta; celebrar un
hecho insólito: la presentación del libro Una
perfecta desconocida, de Mercedes Gordillo.
Nicaragua es un país que, tal vez por la
herencia decisiva de Rubén Darío, se caracteriza
por la creación constante de poetas, en una
escala de magnitud que no guarda relación
posible con el resto de nuestros países. Acaso
por el afán de acercar para sí la gloria de
Darío, Nicaragua conoce poetas de una talla
enorme; Salomón de la Selva y Joaquín Pasos,
Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho, Pablo
Antonio Cuadra y Carlos Martínez Rivas. En la
calle y el bar, uno oye a los hombres saludarse
con el sonoro título de poeta: por todos lados,
“buenos días, poeta”, “buenas noches, poeta”,
“¿cómo le va, poeta?” dicho lo mismo al chofer
de bus que al policía de turno. Parece como si
en ese país todos fueron poetas mientras no
pudieran demostrar lo contrario.
Abundancia de poetas, pero pocos narradores, y
entre ellos, por supuesto, los nombres de
Lizandro Chávez Alfaro y Sergio Ramírez. Debo
insistir, empero, en un hecho: no se puede
olvidar que Darío también fue narrador (aún
cuando su verdadera gloria se sitúe en el
espacio real de la poesía).
Hoy, de súbito, aparece en el horizonte de la
escritura de ese país otra narradora más:
Mercedes Gordillo. Tal vez me expreso de modo
incorrecto, pues, a mi modo de entender, toda la
escritura en las dos orillas del Atlántico
pertenece a un mismo tronco, pese a las
variedades dialectales: el tronco enorme de la
lengua española (en esa lengua común hay sólo
pequeñas provincias, los dialectos que se hablan
en México y Argentina, en Colombia y Nicaragua).
Debo insistir, por eso, que Mercedes Gordillo ha
entrado hoy (por derecho propio y con derecho
pie) en el territorio del español, lengua
universal. Acaso el mismo título de su libro sea
simbólico, puesto que pone en acción un misterio.
No sólo se trata del título de un libro de
relatos: en efecto, su autora es o ha sido,
hasta hoy, una perfecta desconocida en el campo
del relato, a pesar de que ha publicado ya tres
libros en su natal Nicaragua. Hoy, gracias a
esta edición de la Universidad Nacional Autónoma
de México, se ha roto el círculo estrecho donde
había vivido. Hasta hace poco había crecido, si
me puedo expresar así, a la sombra de su esposo,
el gran pintor Alejandro Aróstegui, uno de los
pintores más grandes, sin duda, de la América
Nuestra. Si digo que Mercedes Gordillo había
estado, hasta ahora, a la sombra de su esposo,
no es por un afán de disminuirla, antes al
contrario, de ensalzarla: deseo subrayar que ha
sido la promotora tanto de la pintura de
Alejandro Aróstegui como de una cauda de
pintores esenciales de la América Central. Si
había vivido, durante largos años, a la sombra
de otros, mejor, al servicio de la obra de otros,
ahora empieza a brillar con luz propia.
Federico Alvarez ha subrayado, hace unos cuantos
minutos, ciertos rasgos de la narrativa de
Mercedes Gordillo y ha puesto el acento en el
carácter femenino, por un lado; regional, por el
otro, de su escritura. Yo, en cambio, deseo
mostrar el rasgo misterioso, tal vez paradójico,
del relato que le otorga título al volumen y que
se inscriben en la senda, en la atmósfera
incierta del relato fantástico, quiero decir, el
relato que camina por el jardín de los senderos
que se bifurcan. Es verdad, sin duda alguna, que
la mayor parte de los relatos de Mercedes
Gordillo puede ser inscrita en el espacio de la
escritura de género (sólo pueden haber sido
escritos por una mujer, por una mujer atravesada
por la nostalgia: recuerdos de la niñez en la
Nicaragua mítica, previa al terremoto que la
destruyó, antes de la Revolución). Todos, sí,
salvo éste, el que le da título a su libro: “Una
perfecta desconocida”. En este cuento entra en
acción el problema del otro, mejor, acaso, el
único asunto que en verdad le interesa a toda
gran escritura: la presencia de la muerte.
¿Quién es, pues, la perfecta desconocida,
protagonista de este relato? Mercedes Gordillo
misma se halla intrigada por descubrirlo. El día
que lo leí, en estricto silencio, inédito aún,
en mi casa, ella no sabía qué pensar ni qué
decir de su cuento. Mercedes Gordillo no se daba
cuenta cabal de lo que había escrito. Ignoraba
si la mujer del relato estaba muerta o,
simplemente, se había vuelto loca ¿Por qué nadie
la reconocía? En su rostro, en su vida, en su
casa, en toda la atmósfera que la rodeaba, se
palpaba el vacío. Esta mujer ¿sabía, como sujeto
del relato, como actuante, como mujer que actúa
en el texto del relato, quién era? ¿Estaba
muerta y lo ignoraba? ¿se había vuelto
invisible?
¿Era una desconocida, hasta para sí misma? A su
vez, como escritora, Mercedes Gordillo, ¿fue
consciente de lo que logró? Parecía una
sonámbula: había tocado, por primera vez, el
núcleo profundo de la creación, con una pequeña
obra maestra.
*poeta y ensayista
mexicano
[tomado de El
Nuevo Diario] |