Milagros Palma
Fragmento de la novela Boda de cenizas
El vecindario del barrio San Juan
de Dios de Gracias, casi no durmió. Noche de
alboroto, noche lúgubre. El aullido de un perro
amedrentado prevaleció, como si la cercanía fría
de la muerte o la presencia escalofriante de
algún espíritu errabundo hubieran acosado al
pobre animal. Noche de misterio inaudito. Cuarto
menguante había pasado después del tenebroso
concierto de perros que con ladridos espantosos
anuncian la languidez de la luna.
Al rayar del amanecer del 10 de
septiembre, el gallo cantó estrenando la jornada.
Doña Isidora abrió el portón del zaguán al
primer toque del lechero con sus tres caballos
cargados. El hombre y su pequeño ayudante, un
niño de ocho años, vaciaron en la tina, una tras
otra, las cuatro grandes cantimploras mugrientas.
Doña Isidora recogió con su cucharón de aluminio
la nata espesa en donde flotaban moscas, pelos,
astillas y tierra. Con gestos apresurados
arrastró la mecedora y se sentó, una vez ceñidas
las cintas de su gran delantal de bolsas
holgadas y profundas. Carlota, montada en un
taburete, empezó a servir la leche a las
primeras clientas. Doña Isidora vigilaba la
operación, mientras conversaba y arreglaba
cuentas. La niña, que llevaba ya dos años como
hija de casa y que por su trabajo se ganaba la
comida, la ropa y el albergue, era muy distraída.
De vez en cuando, doña Isidora le tiraba las
orejas cuando la sorprendía jugando con sus
hijos. Entonces la amenazaba con entregársela a
su madre.
La noche había sido insólita. Los
perros ladran cuando oyen el llanto de la
Llorona, un espíritu condenado a errar por el
mundo. Los animales se espantan con el silbido
de la bruja que, en noches de luna, sale a
manosear a los borrachos extraviados. El
chirrido de una misteriosa carreta también
perturba el sueño de los animales domésticos, lo
mismo que el brioso galopar del caballo de
aperos dorados, de un tal Arrichavala, un
militar español de alto rango que desde hace más
de cien años anda penando porque dejó sus
riquezas enterradas. Su espíritu ahuyenta sobre
todo a los perros, que con sus gemidos forman
una infernal sinfonía. Pero el tono de la noche
lo dio el ladrido de un solo perro.
Con el sereno fresco de la noche,
después de la cena los vecinos salieron de sus
casas. Las mecedoras chirriaban mezclando sus
escalofriantes notas al murmullo de voces y
carcajadas. Como de costumbre, a las nueve en
punto, con la última campanada de la iglesia,
después del “buenas noches” se cerraron las
puertas, una tras otra. Don Chicho hizo lo mismo,
entró con su perra que mantenía amarrada a la
pata de la mecedora.
Al distribuir la última gota de
leche, de las conversaciones de las clientas
sobre lo ocurrido la noche anterior, doña
Isidora concluyó que había sido la Viki de don
Chicho la del asunto. Porque aun en la madrugada
continuaba con sus largos gemidos.
Don Chicho vivía solo, íngrimo en
una casa de una sola pieza, que él había
dividido con un biombo para separar la cocina.
En el patio, que era una tirita de tierra,
tomaba sus baños de sol y allí mismo la perra
hacía sus necesidades. En esta casa vivió sus
últimos días de larga soledad desde que su
esposa, Feliza, veinte años menor que él, junto
con nueve de sus catorce hijos, lo había dejado.
La perra era una fiel compañera, que soportaba,
con la humildad incondicional de una sierva, los
humores de su amo. Uno de sus hijos, Saturnino,
se la había regalado el día que cumplió ochenta
y cinco años. La Viki era su Cirineo, el único
ser viviente capaz de aguantarlo.
El anciano se encariñó tanto con
el animal que juró por su madre, el ser más
venerado de la creación, después de Dios y la
Virgen Santísima, que la Viki guardaría su honra
para toda la vida. Don Chicho se consagró al
férreo y delicado cuidado de la virginidad de su
perra. Cuando un can callejero se le acercaba,
sacaba su bastón o su verga de toro tilinte con
la que domó a su mujer, a las hijas de casa y a
todos sus hijos, naturales y legítimos, y le
daba palo. A veces, el insolente animal, se iba
detrás de un perro callejero o un gato de
albañal en plena cacería nocturna, arrastrando
al anciano con todo y silla, a pesar de los
regaños y de su bastón amenazante. En Gracias,
ratones, cucarachas, grillos y capachos abundan
en verano. Un día, Don Chicho mató de un leñazo
a un perro que le lamía las nalgas a su Viki. El
animal quedó con la lengua de fuera.
El amanecer de aquella noche de
septiembre, noche de chicharras y papalotes
negros que caen al suelo convertidos en
hormigones dejando las alas pegadas en las
bujillas y enturbiando la luz, estaba cargado de
un ambiente pesado. Septiembre es especial en
ese pueblo de fantasmas y espíritus errantes. Es
un mes de tregua, de tranquilidad. Dicen que la
Virgen recorre la ciudad por las noches y
bendice las casas donde dejan una vela prendida
en la acera de la calle. Es el mes de la Virgen
de la Merced, patrona de Gracias, ciudad que ha
sobrevivido a grandes catástrofes.
Gracias es una ciudad marcada por
glorias y tragedias. De manera casi cíclica,
alguien se ensaña en su destrucción. Pero la
rebeldía y la obstinación de su gente han
triunfado siempre. Los ímpetus de la naturaleza
enfurecida han sido vencidos. El volcán que una
vez enterró a Gracias hace más de cuatrocientos
años se ha doblegado a la voluntad sobrehumana
de vivir de su gente. En las inmensas
procesiones de esta vetusta ciudad se conjura la
muerte, el desastre. Gracias es, a la vez, cuna
y tumba de poetas, de locos y dictadores. En
Gracias nacen heroínas y héroes: el amor y el
odio, la vida y la muerte se codean a diario.
La memoria de ese pueblo es prodigiosa y aun
mayor su fanatismo por la vida, porque es frágil.
Por eso se recuerdan y se celebran con pompa los
favores que hacen que la vida triunfe sobre la
muerte. Nadie podrá olvidar la vez que Gracias
estuvo a punto de sucumbir de nuevo bajo las
arenas y el tufo del volcán. La gente, mareada y
extenuada, luchaba por abrirse paso en medio de
la oscurana; los techos estaban a punto de ceder
bajo el peso de la lluvia densa y negra.
Monseñor Cortés, a campanazo limpio, reunió a
sus siervos en la plaza de la iglesia, y con la
cruz a cuestas se fue en procesión a desafiar
las fuerzas diabólicas del volcán. El lomo del
coloso temblaba, los retumbos lanzaban a la
gente que rebotaba como pelotas de caucho.
Chorros de humo, bolas de fuego salían de sus
fauces. Los peregrinos echaban conjuros,
lanzaban insultos y rezaban oraciones. Pero nada
contenía la soberbia de la naturaleza endiablada.
Monseñor clavó la cruz en la propia boca del
monstruo. Realizado el milagro, hubo un instante
de sosiego. De repente, un retumbo, una gran
bola de fuego reventó al lado del santo hombre
arrancándole un brazo y el pie de un tajo. El
volcán se apaciguó. El manco del volcán ganó la
batalla, pero el tiempo de su gloria terrenal
fue efímero porque a los pocos días Dios se lo
llevó engangrenado.[tomado de
ANIDE] |