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Sintaxis de un
signo
Pablo Antonio Cuadra*
Desde hace varios poetas y desde hace varios
libros venían pensando que las huellas de
ciertos grandes poetas que hicieron el siglo XX
parecían perdidas en los nuevos caminos de las
últimas generaciones, caminos como aéreos salvo
excepciones, caminos de Dantes sin Virgilios, en
que uno ve pasar una soledad casi sin genealogía
que es cuando más peligro tiene el poeta de
“repetir” —ese verbo peligroso en poesía porque
cuando el poeta repite es cuando tropieza—; la
originalidad no significa no tener antecedentes,
no tener padres o precursores, no tener “palo
genealógico” sino, al contrario, tener orígenes.
(“Bien canta el poeta cuando canta posado en su
árbol genealógico”, decía Cocteau); no imitar,
por supuesto, sino poseer “el arte del injerto”
porque la literatura se hace de literatura.
Quiero decir que lo nuevo en literatura no se
crea de la nada. Otros han hablado de un filtro
y así dijeron de Darío —maestro mágico en el
arte del injerto— que metía en su filtro a los
autores que amaba en su tiempo y sacaba una rara
“quinta esencia” —como dice Mapes—, realizando
el —crimen perfecto”, al que siempre aspiró
Carlos Martínez Rivas, que consiste en cometer
el poema sin dejar huellas digitales.
Ese enfrentamiento con el “otro” autor: ya sea
con la alevosía de Martínez Rivas, ya con la
candidez de Cardenal, o dando un costoso
salto-atrás —como Salomón de la Selva— que
resucita un neoclásico pero salomónico Quinto
Horacio Flaco; ese toreo al “Modelo” sin caer en
su imitación es un juego que ya poco se ve, en
gran parte porque la poesía actual anda huérfana
—no elige precursores, lo cual es índice de
crisis aunque, repito, con excelentes
excepciones que demuestran que el “hilo azul” de
la poesía nicaragüense no se ha roto.
Una de esas excepciones —Nicasio Urbina— es
también una muestra de arresto y valor lírico
tanto porque el escogido autor para enfrentar es
nada menos que Vallejos, el poeta de poesía más
en carne viva (salvo los Nocturnos de Rubén) de
nuestra lengua, como por el desvío o
desdoblamiento que logra realizar con la
gramática y sintaxis vallejiana convirtiéndolas
en la arquitectura irónica de la biografía de un
profesor de literatura: es decir, en lúdica
“metáfora de un signo”, como confiesa el propio
autor:
-
Nacido verbo, bautizado
-
nombre
-
adjetivo
por educación,
-
moderado adverbio,
-
proposición y artículo
-
desde chiquititito
-
y a fuerza de crecer,
-
interjección...
El poemario, escrito con la gramática poética de
Vallejo crea, hace vivir, a un hombre-verbal —que
como la mujer iónica— se sale de su naturaleza
para sólo ser signo de ella: el homo-gramáticus;
la palabra que quiere escribir al hombre y sólo
se escribe a sí misma.
[tomado de “La Prensa Literaria”, La Prensa,
agosto de 1995]
*escritor nicaragüense |