|
La poesía nicaragüense en el siglo XXI
José
María
Mantero*
1.
Poesía sandinista: poesía exteriorista
2. Poesía post-sandinista: el regreso de la metáfora
La poesía
nicaragüense de los últimos veinte años está
indeleblemente marcada por dos fechas: el 19 de julio de
1979—la victoria de la revolución y del Frente
Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) frente al
dictador Anastasio Somoza Debayle—, y el 15 de febrero
de 1990, día en que el FSLN perdió las elecciones
generales contra la Unión Nacional de Oposición (UNO) y
su candidata presidencial, Violeta Chamorro. Ambas
fechas, principio y fin del ciclo político sandinista:
la primera simbolizó el comienzo de la implementación de
un proyecto nacional sistemático que llegaría a afectar
la producción artística, la educación y los sectores
socioeconómicos de Nicaragua, mientras que la segunda
fecha marca la ruptura popular con tal proyecto.
1.
Poesía sandinista: poesía exteriorista
Aunque la revolución armada contra el régimen somocista
no empezó de pleno a nivel nacional hasta 1977, los
comienzos del FSLN tuvieron lugar en 1969 cuando unos
estudiantes universitarios que habían fundado el Frente
Ventana en 1960 decidieron organizarse frente al
autoritarismo de Anastasio Somoza Debayle.
Como declararon en su primer manifiesto en 1969,
el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ha
surgido de las necesidades del pueblo nicaragüense de
tener una ´Organización de Vanguardia´ capaz de lograr
mediante la lucha frontal contra sus enemigos, la toma
del PODER POLITICO y el establecimiento de un sistema
social que liquide la explotación y la miseria que ha
padecido nuestro pueblo en el pasado histórico.
La victoria de la revolución en julio de 1979 les
permitió a los sandinistas entablar un proyecto
ambicioso de renovación nacional basado en la inclusión
de sectores nacionales que habían sido excluidos y
marginados durante los años de la dictadura de Somoza.
Tal proyecto abarcaría la vida social, económica y
política de Nicaragua para encaminar la nación hacia el
fin deseado: una nueva identidad nacional basada en los
ideales del sandinismo. En resumidas cuentas,
el sandinismo es y ha sido un movimiento clave desde la
óptica de tres áreas fundmentales: 1) en el área
histórico-cultural el sandinismo es un potente sistema
de identificación psicológica; 2) en el área de la
antropología ideológica, el movimiento no sólo exalta la
tradición histórica de Sandino y la moderna del FSLN,
sino que también se recrea ante un nuevo imaginario
colectivo y una visión ´revolucionaria´ de la ética de
los valores cotidianos; y 3) en el área de la poesía
política es el único movimiento horizontal que recoge y
se añade a sí mismo todas las subcategorías de la poesía
de protesta nicaragüense.
(la traducción es nuestra).
La cotidianeidad nicaragüense comenzó a politizarse
abiertamente en 1979 a partir de un concentrado esfuerzo
por parte de los ministerios individuales (en
particular, el Ministerio de Educación y el de Cultura).
Carlos Tünnerman Bernheim, antiguo Ministro de Educación
durante los años sandinistas, escribió en 1980 que
“ahora, el Ministerio de Educación se ha convertido en
un gran taller de trabajo donde convergen, junto al
esfuerzo técnico una profunda mística revolucionaria y
una entrega sandinista a las labores, de suerte que no
se conocen horarios fijos y las jornadas se extienden
por el tiempo que exijan las nuevas tareas a realizar”
(22). Hasta las lecciones infantiles de alfabetización,
por ejemplo, se llevaban a cabo a través de cierta
inculcación ideológica al incluir el nombre del
revolucionario fallecido Carlos Fonseca en las lecciones
diarias: “Fon-se-ca origina el estudio de las sílabas,
si, so, se, sa” (Ministerio de Educación 160). Y en un
discurso ofrecido en Managua en 1981, Tomás Borge, uno
de los fundadores del FSLN y Ministro del Interior
sandinista, proclamó que “hay que convertir a Nicaragua
en una enorme biblioteca, en la gran biblioteca de
Carlos Fonseca, donde vamos a leer todos. Al mismo
tiempo, hay que convertir a Nicaragua en una gran
trinchera para defender a la Patria. Una gran biblioteca
y una gran trinchera, y que cada nicaragüense porte en
sus manos un fusil y un libro” (51).
A partir de 1937, Anastasio Somoza García
(presidente de 1937 a 1947; y de 1950 a 1956), su hijo
Luis Somoza Debayle (de 1956 a 1963) y su hermano
Anastasio Somoza Debayle (de 1967 a 1972; y de 1974 a
1979) trabaron unas relaciones entrañables con los
Estados Unidos al pronunciarse aliados en la lucha
contra la influencia de la Unión Soviética en las
Américas y al moldear la cultura nicaragüense según
modelos importados del extranjero. Tras su victoria en
1979 y de acuerdo con las declaraciones de la Junta
Directiva acerca de su proyecto nacional, el FSLN
declaró “la democratización de la cultura:” “Reconocer,
en la práctica, que el pueblo es fuente, causa original,
productor sin competencias de su propia cultura” (Borge
174). Tal aproximación le tomó por sorpresa al burgués
nicaragüense, ya que representaba una manera novedosa de
concebir la producción cultural nacional (Dawes 31).
Para el FSLN, la creación de una nueva realidad nacional
con base en la victoria y en la lucha revolucionaria
requeriría explícitamente la contribución de los
artistas y la presencia visible de una cultura popular.
Como ha señalado José Miguel Oviedo,
La guerra civil puso un paréntesis a esa resignada
“normalidad” de la vida cultural y creó forzosamente
otros canales de comunicación: surgió (o más bien: cobró
nueva dignidad) una poesía popular y espontánea,
acompañante de la lucha, igual que las canciones y el
romancero de la guerra que remontaban a los años de
Sandino; la crónica y el testimonio empezaron a
cultuvarse en las trincheras, cárceles y entre grupos
clandestinos.
En la ceremonia de clausura del Primer Festival de
Artistas Aficionados, Daniel Ortega declaró en 1981 que
“Queremos decirles que el arte es parte de la
revolución; decirles que defendamos un arte al servicio
del pueblo, un arte al servicio del hombre, pero un arte
sin barreras de ninguna especie, sin limitaciones de
ningún tipo” (2). Y en un discurso en Managua en 1980,
Sergio Ramírez definió el momento:
Ahora debemos probar, debemos demostrar que la cultura
debe elaborarse en un plano eminentemente popular, que
la cultura debe introducirse necesariamente en la
realidad nacional, tiene que sumergirse necesariamente
en la vida del país; y en la medida en que una cultura
refleje la vida, en la medida en que refleje la realidad
y se alimente en la vida, en la realidad, será una
cultura revolucionaria.
La revolución sandinista había fomentado en Nicaragua la
identificación de “cultura” con “revolución” y
“política” para crear una unión teóricamente irrompible
entre los artistas y el pueblo y deshacerse de
distinciones jerárquicas entre un arte “alta” (léase
“culta”) y un arte “baja” (léase “popular”). Como
preguntó Tomás Borge, “¿Qué sentido tiene un poema que
no sea asimilado, recreado por el pueblo?” (37).
Aunque se han de admirar las intenciones
socioculturales del FSLN, en la práctica la
implementación de tal idealismo resultó laboriosa
debido, en parte, a las discrepancias políticas e
ideológicas interiores de la Junta Directiva del FSLN y
entre el liderazgo del FSLN y sus socios (Dawes 195).
Por una parte, resalta la condición contradictoria de
una expresión artística con libertad completa a la cual
se la exija ser comprendida por el pueblo y ser un
reflejo fiel de la realidad del pueblo (Wellinga
Nueva cultura nicaragüense 86); por otra parte,
tales exigencias llevaron a la creación de una música,
unas artes plásticas y una literatura irremediablemente
monótona y uniforme. La antología Talleres de poesía
(1983), por ejemplo, incluye 358 poemas de 155 poetas,
de los cuales la mayoría tratan el tema de la revolución
(“Guerrillero,” “Miliciana,” “Sandino,” “Compañera
Carolina” y “En la casa confiscada,” entre otros) y
poemas sobre compañeros caídos en la revolución o amores
no correspondidos (“Sonia,” “Silvia,” “Luz Marina,” “A
esa muchacha a quien yo no conozco,” “Amor entre
reservistas” y “Aún te amo Manuel”). Como ha escrito
Klaas Wellinga, “La iniciativa en sí—capacitar a la
población para que ella misma pinte y escriba—fue
aplaudida, pero no el estilo uniforme de poetizar y
pintar que la gente del ministerio habría enseñado”
(46).
Como Ministro de Cultura durante la mayoría de los años
ochenta, el poeta y sacerdote
Ernesto Cardenal formó
parte del esfuerzo de democratizar la cultura al
estrenar, junto con la costarricense Mayra Jiménez, los
talleres populares de poesía. Según José Miguel Oviedo,
los talleres son células de creación y discusión
colectiva de la producción poética de los jóvenes
radicalizados en la lucha y que hoy trabajan como
obreros, artesanos, o son estudiantes o vendedores
callejeros, o sirven en la milicia, el ejército, la
administración pública y aun en la policía de seguridad
estatal; el propósito es prolongar el proceso de
concientización a través del conocimiento directo del
fenómeno poético.
La intención de hacer partícipe al pueblo reflejaba el
deseo por parte de la Junta Directiva del Frente de que
la poesía fuera un vehículo de expresión artística
verosímil, revolucionaria y popular: “Ésta es una poesía
del pueblo”—afirmó Ernesto Cardenal--, (“Talleres de
poesía” 13); y, en palabras de Mayra Jiménez, “[Ésta]
es
una poesía que documenta la realidad” (23-24). Ante
todo, el deseo de popularizar el proceso artístico y
democratizar la cultura había creado una nueva dinámica
entre progreso artístico y progreso social (Craven 25).
Aunque los talleres no formaron parte de la agenda
oficial del FSLN hasta 1979, el origen geográfico de los
talleres de poesía está en el lago Nicaragua en el
archipiélago de Solentiname, lugar donde Cardenal había
fundado una especie de comunidad campesina artesana a
principios de los setenta. En 1977 Jiménez visitó
Solentiname, y advirtió que los habitantes nunca habían
leído los versos de Cardenal. Escribió Cardenal en 1983:
Yo pensaba que no podía hacer que entendieran mi poesía,
aunque siempre había tratado de hacerla popular, porque
muchas de sus palabras no eran del vocabulario de los
campesinos. Mayra Jiménez había hecho un taller de
poesía infantil con niños en Costa Rica y otro con niños
en Venezuela y había hecho que los niños escribieran muy
buena poesía y había publicado dos libros de esa poesía
infantil, de Costa Rica y Venezuela. Y entonces pensó
hacer en Solentiname el experimento de un taller de
poesía con campesinos adultos. Y resultó que pronto los
campesinos comprendieron mi poesía y la de
Coronel
Urtecho y
Pablo Antonio Cuadra y
Silva y
Rugama, y
después también poetas norteamericanos y cubanos, y
latinos y griegos.
Con el fin de educar a los campesinos y de regularizar
la producción poética, Cardenal estableció normas de
redacción en los talleres y asentó las bases de lo que
sería conocido como poesía exteriorista:
--Los versos no deben ser rimados; tampoco es bueno el
ritmo regular;
--Hay que preferir lo más concreto a lo más vago. Decir
árbol es más vago, o abstracto, que decir guayacán [. .
.]. La buena poesía se suele hacer con cosas bien
concretas;
--A la poesía le da mucha gracia la inclusión de nombres
propios;
--Hay que escribir como se habla;
--tratar de condensar lo más posible el lenguaje [;] Uno
debe economizar las palabras como si estuviera
escribiendo un telegrama.
Los talleres, pues, empezaron a formar parte del
esfuerzo por unir la política al arte y de esa expresión
cultural nacional sistemática, acciones que fueron
tachadas de versiones sandinistas de la censura (Darling
A1). Como ha señalado Jorge Valdés, “el énfasis en la
realidad externa objetiva por encima de la subjetividad
de los estados psíquicos interiores y los procesos
mentales claramente subordina lo privado e invididual a
lo público y colectivo” (66) (la traducción es nuestra).
Aún antes de la revolución sandinista en 1977 existía el
término exteriorismo para designar un estilo de
escribir poesía. En el prólogo a su antología de
Poesía nueva de Nicaragua (1974), Ernesto Cardenal
declaraba que “la única poesía que puede expresar la
realidad latinoamericana, y llegar al pueblo, y ser
revolucionaria, es la exteriorista” (10).
El peligro de los talleres de poesía fue que la socialización
de los medios de la producción poética (Craven 41)
también representaba la implícita imposición desde
arriba de una visión nacional y un estímulo explícito de
la construcción de tal visión en la cual teóricamente
estaría incluido todo nicaragüense. Como ha señalado
Juan Sobalvarro,
La gran huella
del exteriorismo está en que ha sido la única escuela
literaria que trascendió todos los sectores sociales.
Podría decirse que el exteriorismo desmitificó la idea
de que sólo los genios pueden hacer poesía e impulsó
personas de distinta condición social a escribir con
ilusión literaria. Pero contradictoriamente, esa poesía
popular, en su orientación panfletaria sirvió para
levantar otros mitos, porque hasta alimentó la idolatría
a los comandantes.
La tensión
entre, por una parte, los partidarios de una poesía
exteriorista y, a otro nivel, de esta “democratización
de la cultura” y, por otra, los escritores que deseaban
mantener cierta independencia ideológica y creativa
llegó a su punto culminante cuando se enfrentaron el
Ministerio de Cultura—liderado por Ernesto Cardenal—y la
Asociación Sandinista de Trabajadores Culturales (ASTC),
encabezada por
Rosario Murillo: el Ministerio abogaba
por una homogeneización de la producción cultural para
mejor comunicar la ideología nacional, mientras que la
ASTC designaba a algunos miembros como “destacados” y
mantenía la diferencia entre “buen arte” y todo lo demás
(Whisinant 238).
En resumidas cuentas,
una línea
crítica planteó que los talleres de poesía lo que
estaban haciendo era crear ´Cardenales en serie´, pero
sin la dimensión cultural del poeta, mientras los
defensores oponían que se estaba sumergiendo a un mundo
rural en grandes modelos como César Vallejo, o Pablo
Neruda, o poetas norteamericanos como William Carlos
Williams, sin olvidar a Darío y a otros poetas nicas.
Los talleres
de poesía comenzaron a producir una poesía sumergida en
la descripción del entorno exterior, toda con un mismo
fin: la alabanza de la lucha revolucionaria a través de
un lenguaje basado en “un máximo de significaciones
posibles que desdeña la libre asociación de metáforas
audaces, la incoherencia imaginativa, [y] las
arbitrariedades del signo lingüístico” (Veiravé 22). En
palabras del propio Cardenal,
El
exteriorismo es la poesía creada con las imágenes del
mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es,
por lo general, el mundo específico de la poesía. El
exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa y
anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y
con cosas concretas, con nombres propios y detalles
precisos, datos exactos y cifras y hechos y dichos.
Una lectura de la poesía de aquella época hace patente
que nunca hubo una escuela exteriorista técnica con
conciencia propia, ya que las normas de escritura se
imponían verticalmente. De hecho, “lo cierto es que no
se puede simplificar a los poetas de la década del
ochenta obedeciendo sólo a los parámetros que dictaban
las corrientes en boga” (González y Sobalvarro 13). Como
ha escrito el crítico Juan Sobalvarro, “Correcto sería
que dejáramos de hablar de una poesía exteriorista como
algo en sí y hablemos nada más de elementos
exterioristas” (“Las mentiras” 25).
sigue |