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2. Poesía post-sandinista: el regreso de la metáfora
Como contrapunto a la poesía sandinista
de elementos exterioristas, la poesía nicaragüense
post-sandinista actual parte de la interioridad
psicológica individual y utiliza un lenguaje metafórico
que desobedece las reglas de Cardenal para los talleres
de poesía y permite mayor libertad expresiva. La poesía
que comenzó a escribirse y a publicarse a finales de la
década de los ochenta empieza a manifestar las
características de una poesía post-sandinista: una
poesía que no siente la necesidad ni la urgencia de
comprometerse políticamente, que no pasa por la
organización colectiva, que no está apriorísticamente
comprometida con una responsabilidad cívica. Aunque
había poetas anteriores a 1990 cuyos versos poseen
características de una poesía post-sandinista—y, por
otra parte, existen hoy poetas en Nicaragua que aún
escriben poesía al estilo exteriorista/sandinista—,
podemos utilizar las elecciones nacionales de 1990 para
hacer hincapié cronológico y temático en la nueva
generación de poetas. Y aunque el término
“post-sandinista” parte de la figura de Augusto
Sandino—asesinado en 1933 e inspiración ideológica del
FSLN—, nuestra intentión es reconocer la presencia
política del FSLN en la Nicaragua de hoy y, a la vez,
contextualizar el vocablo “sandinista” a partir de una
matización literaria que usa la década de 1980 a 1990
como punto de referencia dentro del entorno cultural
nicaragüense.
Durante los ochenta, algunos poetas
nicaragüense o nunca se habían adscrito al sistema
cardenaliano de componer poesía—Pablo Antonio Cuadra,
por ejemplo—, o bien ya habían roto con él. Nacida en
1946, la escritora
Michèle Najlis es precursora de la
poesía actual post-sandinista. Su primer libro de
poesía, El viento armado (1969), se podría
considerar el primer poemario plenamente sandinista al
profundizar en temas nacionales de la revolución armada,
la violencia y la búsqueda de la justicia a partir de un
lenguaje (proto)exteriorista. Para 1988, Najlis ya
había sobrepasado la poesía exteriorista y publicó
Ars combinatoria, un libro cuyo título en latín ya
se salía de las reglas del exteriorismo. En él, Najlis
emprende un viaje lúdico, metafórico y esotérico a
través de la poesía, empleando las matemáticas, la
física, el latín y el griego para desarrollar su propia
visión poética. Escrito por Giulio Girardi, el
Imprimatur “oficial” del libro ya revela el tono del
volumen:
Cuando empecé a leer estos poemas, sabía
bastante poco de lo que es el Ars combinatoria.
Pero ahora, ya no sé absolutamente nada de ello. Sin
embargo, sé algo más sobre la autora, y resulta que no
es tan mala como aparenta. Me parece entonces (NOS
parece) que como reconocimiento a estos tímidos
esfuerzos, la autora merece ser excomulgada (de la
comunidad de los sabios aburridos) y su obra merece ser
incluida en el índice de los libros prohibidos para
todos los que no tienen sentido del humor (y resulta que
son muchos).
Los títulos de algunos de los poemas ya
nos comunican su rebeldía—consciente o
inconsciente—contra las normas poéticas exterioristas:
“Natura non facit salta,” “Magister dixit,”
“Epistemología,” “Lapsus linguae,” “Paradojas de la
cronología,” “Le Caveau des Oubliettes,” “Diógenes” y
“E=mc2,” entre otros. En Cantos de
Ifigenia (1990), su siguiente poemario, los versos
de Najlis caben plenamente dentro del marco temático de
una poesía post-sandinista ya que la autora utiliza la
figura mitológica de Ifigenia para profundizar en el
eros humano e indagar en la identidad individual a
través de la persona de Ifigenia, usando como puentes
metafóricos el contacto físico, la naturaleza y Dios.
La poesía post-sandinista
escrita a partir de 1990 es una reacción a la producción
de los talleres de poesía, sin desvincularse de su
influencia; se redescubre el potencial del lenguaje, se
redobla la voz poética y la interioridad se vuelve el
punto poético de referencia. El mundo exterior sigue
presente a través del diálogo, la acción y la
descripción (Sobalvarro 25), pero se utiliza como un
vehículo en lugar de ser un fin aparentemente autónomo
de la interioridad.
Pedro Xavier Solís ha denominado
esta época iniciada en 1990 como un “período
pos-utópico” (Emboscadas 35) que plantea los
sueños de la época sandinista: “Caracteriza a este
período post-utópico la evaporación de dos mitos: el
mito de la Revolución y, consecuentemente, el mito de
una quimérica edad de oro al final del tiempo lineal”
(35). Como sostiene el crítico Serdán Zelaya,
La generación de poetas de 1990 se
diferencia del resto, porque en ella el distanciamiento
con otras generaciones literarias es más firme y
sostenido. Esto es debido posiblemente a la postura de
apoyo incondicional, a favor de la Revolución y de
justificar la guerra en la que miles de jóvenes
perecían, que asumieron la gran mayoría de los
intelectuales y artistas, promoviendo la grandeza del
heroísmo, rindiendo culto desmesurado a una cultura de
martirio y de muerte. Toda esta propaganda literaria
funcionó como un shock cultural a esa generación.
No es cuestión de negar ni de rechazar la
producción poética de las décadas de los setenta y los
ochenta sino lo opuesto: reconocerla como una parte
íntegra de los nuevos poetas que empiezan a hacer una
poesía nueva encarada con su condición universal sin
perder de vista las circunstancias nacionales.
Técnicamente, el mejor logro
de la nueva poesía post-sandinista ha sido resucitar la
metáfora. Con el regreso de un lenguaje abstracto, de la
ironía, de los juegos de palabras, queda superada y
desmitificada la poética de la revolución sandinista y,
así, la propaganda que afirmaba, en palabras de Bayardo
Arce en 1980, que “El arte no sirve para nada si no lo
entienden los obreros y los campesinos” (271). En los
poetas de la Nicaragua de hoy se puede percibir la
aplicación de la metáfora, particularmente en las
descripciones de la naturaleza, de la ciudad y del
proceso de escribir en sí, llegando a un conocimiento
más profundo de la identidad individual y colectiva. A
través de la metáfora y de un lenguaje al filo del
surrealismo, los poetas logran expresar su propia
realidad y su propia perspectiva con el fin de
aproximarse a su entorno cultural desde una variedad de
puntos de partida.
Los poetas abarcados en esta colección
nacieron a partir de 1950, y, aunque es muy posible que
vivencias y recuerdos de la revolución sandinista, la
mayoría no participaron en ella. Aunque la poesía
sandinista usaba frecuentemente de la naturaleza para
detallar el trasfondo de la lucha revolucionaria—por
ejemplo, las batallas en el norte montañoso del país
durante la década de los ochenta—, actualmente los
poetas post-sandinistas la utilizan como vehículo para
detallar el estado interior psicológico.
En su poema “En honor a la mentira,” por
ejemplo,
Blanca Castellón entra en diálogo con un mar
que la alienta a trabar una relación más íntima con sus
elementos:
[El mar] me suplicaba que le
peinara la espuma desordenada
Fingiendo que
necesitaba de mis buenos oficios
se espantaba
las gaviotas del cuerpo para conmoverme
Mientras yo
me comía la arena
escupía las
conchas para evadir su influencia.
Aparte de la evidente personificación del
mar, la metáfora se presta a otras interpretaciones que
tienden a redoblarse hacia la narradora. La súplica del
mar, por ejemplo, coloca a la escritora en una posición
de control y—aparentemente—de poder: ordenar el desorden
de la espuma, entrar en contacto. Aunque el mar intenta
embellecerse, la narradora ve más allá de las
apariencias, percibe la duplicidad del mar que finge
necesitarla y advierte el peligro de entregarse de
lleno. En los últimos versos, la narradora yuxtapone su
adultez con su niñez: regresa a una especie de infancia
e inocencia al comerse la arena, pero tiene conciencia
adulta de la influencia marítima. Al cabo, el simbolismo
del mar se presta a una variedad de interpretaciones
psicológicas, desde el desasosiego interior hasta el
reconocimiento de la identidad propia.
En su poema “Huérfana de las
piedras,”
Marta Leonor González ofrece una perspectiva
desgarradora de la identidad individual, y utiliza el
mar para describir su visión del futuro: “Mañana será el
agudo ojo incendiario, / la costa embravecida” (5-6,
13). Al mencionar el temperamento de la costa, la
narradora introduce el mar sin sentir la necesidad de
incluirlo explícitamente en el poema: la costa está
embravecida por la furia del mar, por el juego entre el
viento y el agua. El hecho de que mañana también será
“la costa embravecida” nos provoca curiosidad: ¿es un
mañana personal, o el mañana colectivo en el cual
participará la comunidad? Más adelante, al final del
poema, la narradora nos ofrece una pista: “El agua
desflora la costa / a mil kilómetros de vida / ¡Alga
huérfana de las piedras!”. En estos versos finales, se
mantiene el tono violento, pero ahora el uso del verbo
“desflorar” para describir la relación entre la costa y
el agua introduce una relación que implica la entrega de
la costa. Después, sólo queda un “alga huérfana,”
simbólica si recordamos que el título del poemario de
González es Huérfana embravecida. Al final, el
poema termina siendo autorreferencial, empleando el mar
para destacar el combate de la autora contra la soledad
diaria.
Junto con el empleo del mar,
varios poetas post-sandinistas también utilizan la noche
como símbolo del ánimo psicológico, sea individual o
colectivo. En su poema “La luna de Samarkanda,”
Erick
Aguirre presagia la conclusión y crea un tono de
suspense al no mencionar la luna hasta el verso final.
Tal caracterización de la luna logra unir los temas
metarreferenciales del poema: la violencia, la crueldad,
la historia, la muerte y el destino. El empleo de una
estructura circular también nos permite identificar la
luna a lo largo del texto: comienza con el “surgir entre
las nubes / [d]el rostro enrojecido de Genghis Khan” y
termina con “el resplandecer [. . .] [d]el rostro
enrojecido de la luna en Samarkanda.” Aunque Aguirre
utiliza el personaje histórico de Genghis Khan para
desarrollar su concepto del destino, el tema se sale del
marco de la historia antigua y se incluye en la
actualidad al hacer al lector partícipe de las
ocurrencias cuando menciona el narrador que ellos
“atravesaban el silencio / la desierta calle Registán.”
Igual que el silencio representa su inocencia, también
supone una complicidad y huida de los eventos, ya que,
en el texto, se sabe de la orden de quemar la ciudad. En
el poema, la referencia anacrónica a un tiempo y a un
lugar claramente no nicaragüenses sirve para trazar los
paralelos y hacer hincapié—como se señaló antes—en la
violencia, la crueldad, la muerte y el destino. Como
metáfora, la luna representa la piedra de toque en la
cual se presagian y se reflejan los acontecimientos.
En otros poetas, la noche
también sirve de marco dentro del cual se construye la
identidad. En el poema “Las puertas,”
Milagros Terán
resalta la presencia de otras personas—“otros
rostros”—para entrar en diálogo con su propia
subconsciencia. Al comienzo, las tempestades representan
a personas que le han infundido una serie de
experiencias enérgicas, violentas, pero sucesos que han
hecho a la persona lo que es. Frecuentemente—y para
llegar plenamente hacia ella—, estos rostros exploran su
interioridad “de noche,” tiempo en que típicamente
reinan la subconsciencia y los sueños. Sus entrañas son
de cobre--la materia más fuerte después del hierro--, y
sus recuerdos son los asfaltos de su ser, calles y
caminos interiores creados por lo retrospectivo. La
fabricación de esta ciudad inmiscuye a cada individuo en
la creación de su identidad personal al caminar “sobre
[sus] asfaltos” y entrar en diálogo con el pasado
inmediato. En el poema, Terán utiliza la noche como
metáfora que apunta hacia el devenir de su carácter.
Nicasio Urbina también usa de
la noche para contextualizar y enmarcar sus versos. De
la colección Sintaxis de un signo, el poema
“Arteta” asocia la actualidad inmediata del texto con el
clima nocturno de la escritura, empezando con los
siguientes versos: “La noche oscura del poema brilla, /
tiene en su voz una sirena, / una campana tañe su piel,
/ vive en su sombra una paloma.” Al comienzo del poema,
sonidos, símbolos y mitología se combinan para crear el
tono de los versos y la desconstrucción de la relación
entre escritor y ambiente. “Encíclicas” de Urbina
también utiliza la noche como texto en el cual se pueden
descifrar los misterios de la existencia humana y como
lazo entre lo concreto y lo abstracto: “Los signos de la
noche no declinan, / giran las estrellas de la mano, / y
compra dolorosa una doncella / la carne enrojecida de un
donjuán.”
En lugar de representarse a
través de imágenes nocturnas, con atención a la
naturaleza, otros poetas post-sandinistas se vuelven a
la ciudad como punto de partida en vez de simple
receptor de sus descripciones, como lo era para los
talleres de poesía durante la década de los ochenta. Es
decir, la poesía post-sandinista usa la ciudad como
metáfora, mientras la poesía exteriorista empleaba la
ciudad simple y directamente para describir la ciudad.
Nombres de pulperías, de calles, de rotondas, de
habitantes, fechas, siglas, todo estaba en función de
reflejar la condición urbana lo más fielmente posible a
través de un lenguaje denotativo y libre de ritmo
regular.
Gustavo Adolfo Páez,
Karla Sánchez y
Juan
Sobalvarro, entre otros, pertenecen a esta nueva
tendencia dentro de la actualidad poética nicaragüense.
Como vimos, por ejemplo, en el poema anteriormente
mencionado de Erick Aguirre “La luna de Samarkanda,” la
poesía post-sandinista ha redescubierto el potencial
metafórico de la ciudad.
La importancia del sueño
dentro del contexto urbano es otra metáfora utilizada
por varios poetas post-sandinistas. Aunque el título
“Más serio que un semáforo” de
Carola Brantome ya tiene
connotaciones urbanas, el texto del poema profundiza en
la conexión entre lo onírico y lo urbano:
-
Mi sueño es
cansado y largo
-
como la noche
de los taxis.
-
Mi sueño es
más serio
-
que un
semáforo.
-
Mi sueño no
conoce el cielo.
La repetición de la palabra “sueño” y la
comparación directa de su sueño con “la noche de los
taxis” y con un semáforo permiten la libre asociación en
distintos niveles significativos: en un nivel, "la noche
de los taxis" alude a un contexto socioeconómico al
implicar la presencia de los taxis en la ciudad e intuir
la espera del cliente o las horas de trabajo del
conductor; en otro nivel, la dimensión onírica y la
fatiga implícita del sueño añaden cierta incertidumbre
textual. En los versos siguientes, la referencia a un
semáforo mantiene el tono cromático pero impone un orden
a las imágenes: el caos de los taxis amarillos es
sustituido por el orden del verde, amarillo y rojo. Tras
estos versos, la poeta escribe que "[su]
sueño no conoce el cielo," confesión que atestigua el
terreno común entre su sueño y taxis y semáforos.
Ante todo, el poema nos invita a indagar en su
interioridad a través de un lenguaje que utiliza la
realidad exterior connotativamente, como trasfondo, no
como acción principal.
Para los escritores
post-sandinistas, la poesía y la escritura sirven
también de punto de partida en el cual se despliegan las
posibilidades del lenguaje. Al final de su poema
“Pasatiempos,” Blanca Castellón nos
personifica a la poesía, la dota de un cuerpo humano
capaz de ofrecerse a la escritora:
-
Abandono la
conciencia
-
sobre el filo
del milenio
-
-
Confecciono
alas nuevas
-
a mi dignidad
y las dejo volar
-
-
Enfúndome la
humillación
-
como traje
formal
-
-
Y así me
entretengo:
-
lamiendo los
pies descalzos
-
a la palabra.
En el poema, Castellón evoca este mismo
orden al abandonar la conciencia, hacerse alas nuevas
para volar y para acercarse al origen de su inspiración
(a lo Ícaro) y finalmente vestirse extáticamente de
anonadada humildad como si fuera un “traje formal.” La
última estrofa del poema nos revela el secreto de este
“pasatiempo:” la escritura. Al final, el lamerle “los
pies descalzos / a la palabra” no sólo representa una
erotización y hasta fetichización del proceso poético,
sino que también hace resaltar la entrega de la
escritora a su condición de poeta.
Los versos de
Marianela
Corriols también profundizan en una poesía que cobra
vida propia a través del lenguaje y de la interacción
entre escritor y ambiente. En el poema “Ante la página
blanca,” la escritora se confiesa incapaz de poder
expresarse siempre ante el reto de la página blanca:
-
Temo el
momento del encuentro . . .
-
Llegará.
-
Será la
visión de un rostro velado,
-
imaginado y
extraño.
-
Será el
abismo sospechado a cada paso.
En nuestra opinión, los primeros versos
del poema representan el regreso a la metáfora y la
esperanza que los poetas post-sandinistas mantienen de
entrar en comunicación con su mundo a través de la
poesía. Teme, se expresa el temor, pero se sabe que hay
confianza. Tal como leimos en el fragmento anterior, la
incertidumbre y las sombras dominan el encuentro con la
página en blanco porque se busca la expresión “velada,”
“extraña” e “imaginada” por medio de un lenguaje que se
aferra al regazo materno de la metáfora. Por muy
inseguro que sea el proceso, la exploración poética de
la interioridad confiere en sí una autonomía individual
a la escritora y al lector.
Como se habrá podido percibir, la vuelta
de la metáfora en la poesía post-sandinista representa
no sólo una reacción a la poesía exteriorista, sino
también la desmitificación de una poesía que sólo puede
estar en función de la patria o que sólo debe dar voz a
las masas revolucionarias. La evaporación del mito de la
Revolución y, consecuentemente, de "una edad de oro al
final del tiempo lineal" (Solís Emboscadas 35) ha
exigido una reaproximación a la realidad nacional por
parte de los poetas. Al emplear la metáfora, los
escritores de esta época post-sandinista exigen una
lectura más detenida de sus poemas: de sus símbolos y de
sus referencias, de su léxico connotativo y de su juego
de palabras. Los temas de la naturaleza, la ciudad y la
escritura sirven para vislumbrar la manera en que esta
nueva generación descubre la metáfora y construye su
propio espacio dentro de la cronología cultural
nicaragüense. Si, como se afirmó al principio, el
comandante Bayardo Arce sostenía en 1980 que “el arte no
sirve para nada si no lo entienden los obreros y los
campesinos” (271), hoy día los poetas post-sandinistas
abogan por una poesía que esté vinculada a la
interioridad personal y que sea consciente del potencial
de un lenguaje confiadamente transgresor.
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